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El hombre negro se arrastraba por el fango y dejaba en suelo los últimos rasgos de dignidad: gritaba, sollozaba, rogaba clemencia. Su esposa estaba atada de los brazos, con el cuerpo semidesnudo. El sonido del látigo, amenazante, la hacía llorar. El látigo mordió la carne de ella mientras Django imploraba al hombre blanco que la dejara en paz, que mejor lo golpeara a él. Ace Speck, el capataz con látigo en mano, le respondió: “Me gusta verte rogar”. La escena define bien a Django sin cadenas (Django Unchained), una cinta escrita y dirigida por Quentin Tarantino que consigue un despiadado relato —con sonrisas incluidas— sobre la esclavitud, el odio y el amor.

“Hablo sobre el miedo, el rencor, el dolor y la agonía. A veces creo que las partes más oscuras del ser humano son las más estimulantes para hacer arte”, dice el director que volvió locos a los cinéfilos en los años noventa con Perros de reserva y Tiempos violentos. “Es necesario dialogar con tus fantasmas, confrontar tus miedos. Muchas veces, desde el miedo, puedes imaginar y crear”, agrega. En Django sin cadenas, Tarantino hace de sus miedos y demonios obras maestras: “Me gusta jugar con la mente humana, es fascinante divertirse con la doble moral, los prejuicios y las falsedades de una sociedad enferma”.

La película está lista para ser el caballo negro en la próxima premiación de los premios Oscar y, en México, los cinéfilos la han acogido bien: en su debut en cartelera tuvo mejores ingresos que sus contrincantes Lincoln y Lo imposible. Tarantino nunca ha ganado un Oscar.

GUSTOS DIFERENTES

Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, 1963) tiene una fijación casi erótica por personajes desquiciados y con destinos funestos, con historias de agonías y cinismo: es el lobo estepario que ronda la casa de las Hermanas de la Caridad ataviadas con la farsa, los puritanismos y banalidades. Desde hace dos décadas, su trabajo cinematográfico ha sido sometido a las más rigurosas evaluaciones del llamado “cine de autor”. Sin embargo, ha conseguido escapar a todas las definiciones y, por lo tanto, volverse impredecible.

Tarantino pasó su adolescencia en una tienda de videos repleta de subgéneros provocadores y alternativos. En Video Archives, una especie de mega videoclub que había cerca de su casa, en Manhattan Beach, pasaba las tardes viendo películas de todo tipo en la gigantesca pantalla panorámica que había en la tienda. Gracias a esos días, ha podido darle la vuelta a sus relatos y tendencias para poder extraer otras jugosidades: como una esponja que absorbe todo y, al exprimirla, regresa un líquido distinto, una mezcla loca y genial. En sus narraciones no sólo se presume la hiperviolencia, sino el estrambótico, exacerbado y retorcido sentido del humor que lo caracterizan. El cine de Tarantino rinde homenaje a la cultura chatarra yanqui. No tiene respeto por los géneros y hace de sus filmes lo que le viene en gana, con desencuadres narrativos y un arsenal de excesos visuales.

Antes de apellidarse Tarantino, él era Quentin Zastoupil. El apellido paterno Tarantino lo recuperó para su carrera cinematográfica por sugerencia de su profesor de interpretación. Es hijo de una madre soltera y nieto de una abuela alcohólica. Jamás conoció a su padre, un músico llamado Tony Tarantino. Su nombre de pila, Quentin, es un homenaje a Quint, el personaje favorito de su madre en la serie televisiva La ley del revolver, interpretado por Burt Reynolds.

En su infancia, a principios de los años setenta, Tarantino fue asiduo del cine alternativo que se exhibía en Estados Unidos. Le tocó un periodo especial en la historia cinemátográfica de ese país. Pocos años antes había sido eliminado el Código Hays, que llevaba en activo desde 1934 y que determinaba de forma restrictiva cuáles películas se podían exhibir y realizar, y cuáles no. Por esa razón durante un corto período se mostraron películas con violencia y sexo explícito: cualquier niño podía ver cualquier película, siempre y cuando fuera acompañado por un adulto.

La madre de Quentin, Connie, lo llevó a ver películas que conformaron sus primeras referencias: Conocimiento carnal (Carnal Knowledge), de Mike Nichols; Grupo salvaje (The Wild Bunch), de Sam Peckinpah; o Deliverance, de John Boorman.

Quentin abandonó la escuela a los 15 años y los 16 se inscribió en la escuela de actores James Best, donde ensayaban con textos de Tennessee Williams. Quentin costeaba las clases trabajando por las noches como acomodador en un cine porno.

Tarantino es un artista que se ha nutrido del cine, la literatura y la música. No es un arquitecto de imágenes, un cineasta en el más estricto sentido de la palabra: en su obra se puede encontrar, en realidad, a un fanático del cine que sólo sigue sus impulsos por crear. Sus influencias (o sus ídolos, como se le quiera llamar) son tan diversos como Godard, John Woo, Samuel Fuller, Lucio Fulci, Lee Van Cleef, Bruce Lee o cintas como Candy Stripe NursesTaxi Driver o Dead Women in Lingerie, entre otras. “Pero la música también ocupa un lugar importante en mi vida”, dice Tarantino, “te puedo mencionar a Bob Dylan y su álbum Blood On The Tracks; tenía 25 años cuando descubrí la música folk. También me gusta la música de los años cincuenta, como Freda Payne, el rockabilly de Elvis Presley que se escucha en The Sun Sessions, o el rock de protesta que hizo Phil Ochs en The Highwayman. También disfruto los soundtracks como el de la cinta de Brian De Palma, Sisters, que realizó Bernard Herrmann; la obra del italiano Ennio Morricone; o Revenge, de Jack Nitzsche, que hizo para True Romance, la película de Tony Scott”.

El soundtrack de Django sin cadenas es el mejor desde Tiempos Violentos. O al menos eso dice él. ¿La mejor canción de todas?: “Me quedo con Unchained, una fantástica versión que reúne desde sus tumbas a James Brown y 2Pac, un asombroso desafío funk”.

OBRAS ATEMPORALES

Cuando uno se extravía en los laberintos mentales del director, es inevitable encontrarse con personajes y frases que ya son parte de nuestra memoria fílmica: Perros de reserva (Reservoir Dogs, 1992), sobre una banda de criminales que roban una joyería, es un festín de diálogos banales y litros de sangre, y le ganó el reconocimiento del gremio.  

Dos años después Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994) lo catapultaría al estrellato, con las escenas imborrables de John Travolta como Vincent Vega y de Jules Winnfield, que encarnó Samuel L. Jackson. Con este filme no sólo ganó en el Festival de Cannes, sino también la admiración de millones.

Entre 2003 y 2004 presentó las dos partes de Kill Bill: el catequismo de venganza y violencia donde rindió homenaje a algunos de sus ídolos: Bruce Lee, en The Game Death (1972) y Sonny Chiba, en The Street Fighter (1974). En 2009, hizo del desprecio y el patetismo por lo nazi una de las cintas más hilarantes que haya logrado: Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009). En su filmografía se observa una psique y entelequia perversa, lúcida, delirante: una montaña rusa.

VAQUERO FUNK

En Django sin cadenas Tarantino hace un western, una película de vaqueros, y habla sin tapujos sobre el gran tema tabú en Estados Unidos: la esclavitud. “No se puede ser más espeluznante que la vida real. Django es una historia más surrealista de lo que es la realidad porque en ella hay imaginación, valentía y dignificación. Lo que no podía hacer era ignorar todo el dolor y sufrimiento que ha pasado este país, así que para mí era ideal hacer una historia, un interpretación del género spaghetti western, con ese tema. Desde que se abolió la esclavitud Estados Unidos ha evitado el dolor de afrontar aquella época. Pero eso no sólo sucede con la gente blanca, porque incluso a la población negra le cuesta trabajo ver la verdad de lo que sucedió”.

Tarantino tiene un talento singular: es un resucitador de muertos vivientes. A aquellos actores que parecían condenados al olvido, Tarantino les da la oportunidad de la vida después de la muerte. En Django lo hizo con una de las glorias sexuales de los años ochenta en Hollywood: Don Johnson. En esta cinta interpreta al dueño de una plantación llamado Big Daddy. Johnson quizá sea recordado por su papel como Nash Bridges, o como el detective encubierto Sonny Croquet, en Miami Vice. Big Daddy no aparece más de 20 minutos, pero lo hace en un punto crucial. “Cuando era niño, yo era un gran fan y siempre me pregunté por qué Don no había llegado a ser una estrella famosa”, dijo Tarantino en una entrevista para la revista Rolling Stone. A esa estrella en decadencia Quentin le rindió homenaje. Esos homenajes que está acostumbrado a hacer.

SIN CADENAS

La película de Tarantino narra la historia de venganza de Django, un esclavo negro del sur de los Estados Unidos —la zona más radical en favor del esclavismo—, poco antes de la Guerra de Secesión. Al esclavo (Jamie Foxx) lo libera un dentista blanco reconvertido en cazarrecompensas, King Schultz (Christoph Waltz). Ambos emprenden una odisea para rescatar a la esposa de Django, Hilda (Kerry Washington), de las manos del terrateniente Calvin Candie (Leonardo DiCaprio).

Pero en Django no todo es sanguinario: el estilo de Tarantino incluye humor y diálogos frenéticos. “Debía aligerar el discurso racista con un guión impregnado de humor”, comenta, “no se trata de ver la realidad de manera sobria y oscura, si no el impacto para quien la ve no tiene trascendencia. Es mejor ser ingenioso para que, a través del humor, penetre en las conciencias. Sin embargo, es importante mantener el respeto hacia temas como el racismo, pues lo que sucede en esta cinta es realmente minúsculo comparado con lo que sucedió en realidad”.

Django sin cadenas ganó dos premios Golden Globes (Mejor Actor de Reparto y Mejor Guión), de siete nominaciones, y  tiene cinco nominaciones más a los Oscar (Mejor Película, Mejor Actor de Reparto, Mejor Fotografía, Mejor Guión Original,  Mejor Edición de Sonido).

En la cinta, Quentin rinde homenaje a uno de sus maestros: Sergio Leone. La película está hecha como las viejas películas de vaqueros de los años sesenta. “La trama se desarrolla en el sur de antes de la Guerra Civil, y sobresale la existencia de un personaje negro como parte estelar de la historia. Usamos los tópicos del cine del oeste, pero con una problemática de la parte sureña de los Estados Unidos”.

—Me llama la atención que presentas a un vaquero alemán —le hago saber a Tarantino, no sin antes hacer hincapié en que entiendo que el personaje de Django está basado en una cinta de vaqueros hispano-italiana de 1966, protagonizada por Franco Nero.  

—Sí, pero también es interesante que haya sido un italiano quien interpretó a Django en la primera película. Y después hubo 39 películas con ese nombre que no tenían relación con la historia de Django, y a veces ni siquiera aparecía un personaje llamado Django. En esta cinta nos integramos a una lista de secuelas de Django no oficiales. Al mismo tiempo, que el personaje sea un esclavo liberado es estupendo, y agregar a la mezcla a este alemán dentista cazador de recompensas ¡es algo muy mío! —dice entre risas.

—¿Cuál es tu visión sobre el papel de Jamie Foxx?

—Me pareció magnífico. Jamie entendió la historia, el contexto de la trama y la importancia histórica de la película. Él actúa por mí, actúa por el cine, actúa por sí mismo, pero también actúa por sus ancestros. Desea hacer cosas que sus ancestros no fueron capaces de lograr. Esta historia es importante para él y su gente, para todas las personas y todos los estadounidenses. Él entendió esto. Lo captó al 100%. Es un gran actor y luce perfecto en este papel, pues requería un aspecto de vaquero y él tiene cierta cualidad. Cuando lo conocí pensé que si en los años sesenta hubieran incluido a negros como estrellas de televisión del Oeste, hubiera tenido su propio programa. Se ve muy bien sobre un caballo y también con el vestuario.

—Leonardo DiCaprio como Candie, el esclavista, es inusual en el elenco. ¿Cómo ocurrió que decidieran trabajar juntos en la cinta?

—Francamente él me dijo que le interesaba el papel. Traté de no ser muy específico con el personaje en el guión y no lo describí detalladamente, de forma que quedara abierto para la interpretación. Quizá pensaba en un actor mayor. Después Leo leyó el guión, le gustó, y nos reunimos. Empecé a pensar que sería más fácil configurar al tipo como un Calígula, como un emperador joven. Él es el cuarto Candie en la línea de sucesión y asume el control del negocio, pero le aburre. No le interesa el algodón; por eso se involucra en el negocio de las peleas. Pero es un príncipe joven y petulante, como el rey Luis XIV en Versalles. Y hay un aspecto extraordinario en ello, que se puede ver en la película: si eres dueño de una plantación, tienes trabajadores blancos a tu servicio y esclavos negros, y un enorme terreno, bien te puedes considerar como el rey de tu tierra. La gran mansión sería tu palacio y todas las personas tus súbditos. Quería que interpretara el papel como Luis XIV, pero en el sur de EU.  

—¿Temes haber tocado fibras muy sensibles acerca del racismo?

—Mi intención nunca fue abrir un debate sobre la esclavitud, aunque ahora con todos los comentarios me siento muy satisfecho. Creo que esta cinta abrirá un camino para hablar del tema con mayor apertura dentro del cine. No voy a dejar que nada ni nadie me impida hacer lo que deseo. Así que eso no me molesta y si alguien habla demasiado, le puedo decir “sí, es verdad, habla del racismo, pero al mismo tiempo es un western estupendo…”

—¿Es una cinta con una opinión más personal que las anteriores?

—No, definitivamente es un asunto de mantener un género épico. No considero que los spaghetti westerns (películas europeas de vaqueros) sean películas de explotación de uno mismo, o personales. Creo que son una marca de western tan legítima como la estadounidense, de hecho tiendo a que me gusten más. Y trato de no caer en la explotación, pues trabajo con un material muy propenso a eso. No quiero que nadie piense que, en la película, las mujeres o los personajes de los esclavos son explotados. Muestro cómo eran explotados. No los exploto yo, más bien sirvo de testigo.

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