El arte imposible del abismo

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Cuando se viaja en las alturas o se asciende a un punto de observación muy elevado y se mira de golpe hacia abajo, penetramos una zona de la experiencia que es difícilmente descriptible porque es mucho más de lo que vemos. Se desencadena una sensación o un conjunto de sensaciones complejas. Por una parte, ya sea desde el avión o desde alguna tremenda montaña o una torre incluso, se revive de diferentes maneras y con muy diversas intensidades la experiencia humana radical de estar frente al abismo. Hay quienes no lo soportan y un vértigo agudo o cualquier otro tipo de malestar de altura los vence. Pero hay también los que de manera notablemente engolosinada se entregan a los poderes del abismo. Porque los escalofríos de la altura, incluyendo al vértigo, no les vienen sin una corriente de placer convulsivo.

El abismo nos sugiere y casi nos ordena entregarnos al estremecimiento y al placer. Y esa combinación perfecta es la que los humanos sienten cuando se enfrentan a algo que los hace intuir su esencia. Eso somos, abismo. Y cuando miras de verdad adentro de los ojos de alguien eso es lo que miras. Una profundidad llena de algo radicalmente inesperado. Incluso en alguien que amas. Mirar de verdad en los ojos es mirar desde tu orilla el abismo humano que somos, es un tremendo placer cenital.

Somos habitantes permanentes del abismo y algunas veces, distraídos, miramos hacia otro lado. El abismo es el llamado radical y abierto de la nada en nosotros. Quienes temen a la nada y sus posibilidades son los más afectados por el abismo y son quienes más le huyen. Con la visión del abismo despertamos de manera súbita y no siempre violenta nuestros más antiguos anhelos, miedos o felicidades, asombros.

Es tan extraño ver las cosas tan desde arriba y a los otros tan empequeñecidos que esa extrañeza es, por decir lo menos, muy inquietante. Y así, como “inquietante extrañeza”, se traduce uno de los conceptos de Freud que se usan para nombrar la sensación que tenemos cuando una situación que parecía familiar deja de serlo y produce en nosotros una inquietud que es a la vez estremecimiento y placer. Como en la literatura gótica, por ejemplo. Mirar desde arriba es, para algunos, extrañeza inquietante que produce fascinación y estremecimiento: placeres cenitales. Nada extraño que para describir mínimamente eso que se ve desde arriba, cuando son placeres cenitales, se usen metáforas. El abismo se expresa de manera estética. Mirando al mundo, viajando y contándolo nos ejercitamos en el arte imposible del abismo.

Tres desgarramientos del cielo que me vienen a la mente:

Los repentinos campos de flores amarillas, que acabo de ver desde el avión al llegar a Ginebra, como trozos de sol entre la bruma. Como si el sol hubiera sido un cántaro roto de barro cuyas piezas quebradas quedaron tiradas al azar en los campos verdes de Suiza. Lo que explica también la bruma, la dramática falta de otra luz en esta tierra. Y es una superficie con destellos: veo al acercarme que la flor es ligerísima y cada tallo la hace brotar a diferentes niveles, lo que da a la superficie amarilla desde lejos tonos variables. Me dicen que de estas flores se extrae el “aceite colza” y que al avanzar la primavera, cuando de verdad las golpea el sol huele fuerte, de manera casi insoportable, a fritanga impregnando el aire.

Una franja súbita de desierto volátil y montañas erosionadas que se devoran mutuamente. Y se les ve hacerlo al caer el sol en una perspectiva marcada por grandes torres de algo que fue y ahora es ruina. O, tal vez, fueron construcciones destinadas siempre a serlo. Marcadores de la muerte. Porque es un campo funerario: el inmenso Valle de los Muertos, en Siria, visto desde la fortaleza islámica de la montaña más alta, al lado de las ruinas estremecedoras de la muy antigua Palmira que se extienden al pie de la montaña.

Como si el mar de pronto se congelara en su más alto oleaje y también su alta mar se solidificara. Como si el movimiento de una parte del planeta se detuviera en el aire. Así se ven los inmensos campos de hielo y glaciares del norte de Canadá, extendidos como una enorme ciudad de ciudades y con profundidad de más de trescientos metros, como la torre Eiffel. Y una inquietante hilera de puntos que a lo lejos se mueven penosamente, como hormigas torpes: son cientos de personas en una sola fila atados unos a otros mientras suben el Everest. Y por azar, casi en la misma semana, se me impusieron sobre esas imágenes frías las imágenes de los glaciares del sur de Chile, cerca de las Torres del Paine, como un inmenso río detenido pero resquebrajándose. A un glaciar, se le oye romperse todo el tiempo. Y desde el aire eso algunas veces se mira. Pero con las imágenes multiplicadas de los glaciares rompiéndose me vino a la mente la escultura de una medusa, una hermosísima cabeza blanca de serpientes entrelazadas, quietas pero amenazantes.

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