Cuando las ninfas sonríen

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Calasso habló de ellas en un ensayo luminoso: La locura que viene de las ninfas y las asoció al conocimiento al que se accede mediante la posesión. Etimológicamente provienen del latín nympha y éste del griego νύμφα: novia, la que porta un velo, doncella lista para la boda, pero también, misteriosamente, “fuente”. El filósofo Sócrates fue uno de los más célebres “ninfoleptos”, como se les llamaba a los seres poseídos, raptados por el furor de las ninfas, aquellos que se perdían en el torbellino de sus turbulentas aguas mentales. No se trata en manera alguna de un conocimiento racional, sino uno que comprometía el alma y el cuerpo. No en balde Platón afirmó en su Fedro que la pasión más alta era la posesión erótica.

Hay muchos mitos que tienen como protagonista a una de estas veleidosas deidades de los mares, ríos, montañas, bosques -y de ahí sus nombres: nereidas, náyades, oréades, dríades… Entre las más memorables mencionadas en la Metamorfosis de Ovidio: Dafne, dríade convertida en árbol de laurel para evitar el asedio de Apolo -y eternizada por el escultor Bernini en un mármol que es auténtica lujuria en movimiento. Eco, oréade condenada por la diosa Hera a repetir las últimas palabras que se le dirigieran, en castigo por dejarse seducir por Zeus, y más tarde enamorada del esquivo Narciso, a quien condenó a su vez a enamorarse de un amor tan imposible como el suyo: la pasión por su propia imagen reflejada en una fuente.

Muchachas dulces, en la flor de la feminidad, pero también terribles, según la fuerza de su deseo. Como lo revela la historia de Salmacis, ninfa obsesionada con el hermoso Hermafrodito. Cuenta la leyenda que, acalorado después de un día de caza, el joven se introdujo desnudo en una fuente habitada por la ninfa, quien al percibir el esplendor de su cuerpo vigoroso, fue arrollada por una pasión violenta. Entonces quiso “sumergirlo en sus aguas como en un delirio sin retorno”. Hermafrodito luchó por su vida y ya a punto de abandonar la fuente, Salmacis se abrazó a él rogando a los dioses que nunca la separaran del amado, con lo que los cuerpos de mujer y hombre se fusionaron en uno solo. El poder de estas divinidades es tal que, incluso las más pequeñas, las nínfulas o ninfetas, son poseedoras de una “gracia letal”, como se las describe en la célebre Lolita de Nabokov.

Pero también hay una suerte de hermenéutica o simbolismo en esa pasión desaforada. En la Ética a Eudemo, nos dice Calasso, Aristóteles habla de un tipo de felicidad que viene de los dioses o de las ninfas: violenta, abrupta, una suerte de ebriedad o goce que nos captura y transforma. Un éxtasis. Una herida resplandeciente que nos abre y nos hace manar. Un verdadero trance como el de la protagonista de Las ninfas a veces sonríen cuando dice: “En ese entonces me daba por tocarme todo el tiempo. Fluía. Me desbordaba. Jugueteaba con mis aguas. Claro, era una fuente. Pero no se crea que hablo en sentido figurado. Era transparente. Inmediata. Entera. Rotunda. También era una diosa. En plenitud de poderes. Decía ‘viento’ y los céfiros mecían el aire. Decía ‘belleza’ y las aguas me devolvían mi imagen. Por supuesto, tuve que ir entendiendo cada cosa en su momento. Mis hermanas mayores me reñían: ‘Te miras demasiado, terminarás por descubrir la muerte’. Las desoía y entonces volvía a tocarme. Me envolvía en mis pétalos, me gozaba sintiéndome. Aspiraba mis olores. Respiraba. Latía. Bullía. Y vuelta a fluir. Yo era mi Paraíso”.

Decía el poeta Paul Valéry que no hay nada más profundo que la piel. Supongo que es así cuando las ninfas sonríen y lo sumergen a uno en el misterio de su sonrisa tenue, perturbadora, gozosa, carnal.

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