Algo pasó con el erotismo en los años treinta que empezó a ser considerado un arma arrojadiza en el cine. Después de que mujeres como Clara Bow o, sobre todo, Mae West, desafiaron con sus carnes o sus diálogos afilados al puritanismo, algo cambió.
Mientras en Europa Hedy Lamarr salía completamente desnuda durante diez minutos en la cinta checoslovaca Éxtasis, de 1933 y dirigida por Gustav Machaty, en 1934 se abría en Hollywood el Código Hays, que hasta 1967 especificó claramente qué estaba permitido y qué no en las pantallas estadounidenses.
Un guante cambió al mundo
En 1946, una mujer llamada Gilda hizo el striptease más sutil de la historia del cine, striptease al fin y al cabo. Rita Hayworth cantó Put the Blame on Mame y se quitó un guante de raso negro antes de ser abofeteada por Glenn Ford. Era el auge del cine negro: mujer fatal sin seducción no era nada en la pantalla.
Alfred Hitchcock aderezó el suspense con un erotismo malsano que le creó problemas con la censura. La toreó interrumpiendo los besos entre Cary Grant e Ingrid Bergman con una conversación telefónica en Notorious. Y en Psicosis le pidieron cortar una escena porque se le veía un pezón a Janet Leigh.
La caída del Código Hays
Dos años después, el director Ken Russell mostró el primer desnudo frontal masculino. Y a falta de uno, dos: Alan Bates y Oliver Reed luchaban en cueros frente al fuego en el filme Women in Love.
Al mismo tiempo, Stanley Kubrick revolucionaba al mundo, más por la violencia, pero sin cortapisas en el sexo, con la película A Clockwork Orange, con clasificación X, mientras que desde Italia llegaba Bernardo Bertolucci para desempolvar al sex symbol Marlon Brando en la cinta L'ultimo tango a Parigi.
Un salto al porno de autor
El erotismo más comercial había nacido en los años setenta con Emmanuelle, una saga interminable con estética brumosa y argumentos escuálidos a mayor gloria de los atributos físicos de Sylvia Kristel. Pero en los años ochenta se convirtió en éxito de masas con Body Heat, con Katheleen Turner, y sobre todo gracias a Nine Weeks and a Half, donde el striptease de Kim Basinger velado por las lamas de la persiana calentó las hormonas de ellos, mientras ellas se deleitaron con Mickey Rourke.
El relevo en los noventa lo tomó Sharon Stone con el cruzado de piernas más famoso del mundo en Basic Instinct, de Paul Verhoeven. Mientras Demi Moore hacía su Striptease y se convertía en la actriz mejor pagada de Hollywood y Adrian Lyne revisitaba Lolita, el erotismo empezó su camino a la devaluación. Con la llegada del nuevo siglo el sexo fue reivindicado por el cine de autor.
En 2001, Patrice Cherau ganaba el Oso de Oro en Berlín por Intimacy. Años más tarde repitió operación el prolífico Michael Winterbottom con 9 Songs. Y el maestro de la polémica, hasta ahora más política y religiosa que sexual, Lars Von Trier, amenaza con hacer una película pornográfica.
En el 2011 apareció Shame, que ha sacudido las conciencias no por lo explícito de su sexo, que también, sino por la reflexión que plantea sobre la insatisfacción sexual que asedia a su protagonista y que busca desesperadamente el erotismo en medio del sexo de fácil consumo. Toda una metáfora de esa relación del cine con la provocación. ¿Falta algo por enseñar?