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Una mexicana en Waterloo

Desde que Mónica Alcocer, empleada en una compañía de seguros, se fue a vivir a Europa y casó con un inglés algunos años mayor, ella tiene un nuevo pasatiempo: “Jugar a los soldaditos”; y es literal, porque forma parte de un grupo que realiza fieles recreaciones de épicas batallas en la historia, como la de Waterloo, que tuvo lugar hace exactamente 200 años.
Waterloo. Mónica Alcocer (en el círculo) participó en la magna recreación de la batalla de Waterloo, realizada en el mismo lugar en donde ocurrieron los hechos, hace 200 años. (FOTO: ANNICK DONKERS )

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TEXTO Julio I. Godínez Hernández / FOTOS Annick Donkers DESDE WATERLOO, BÉLGICA
| domingo, 5 de julio de 2015 | 00:10
Mónica golpeó su tambor con toda sus fuerzas. Además de llamar a la guerra, el sonido retumbante y monótono de su instrumento parecía golpear a las puertas del infierno para que se abrieran, justo como ocurrió hace doscientos años en este mismo lugar. A su ritmo, el 85 Batallón de Infantería de Línea del Gran Ejército francés tomó su posición al sur del inmenso campo de trigo. Entonces, bajo el cielo medio nublado de Waterloo, el averno pareció abrir sus puertas nuevamente.
  
La mujer bajita, originaria de la Ciudad de México, miró a su alrededor sin dejar de hacer repicar sus baquetas sobre el parche del tambor siquiera un instante. En ese momento, se dio cuenta del episodio al que llamaba a su batallón: junto a ella, más de 5 mil hombres —y en esta ocasión mujeres— con mosquete al hombro, representarían la batalla que culminaría con el periodo llamado Cent-Jours (de los Cien Días) y que frenaría las intenciones de Napoleón Bonaparte de conquistar Europa; un evento cambiaría el curso de la historia y que convertiría aquellas 2 mil 500 hectáreas en un inmenso camposanto en cuestión de unas cuantas horas.
 
“¡Vive la France!, ¡Vive l’Empereur!”, se escuchó el grito de su mariscal. “¡Vive la France!, ¡Vive l’Empereur!”, respondió enardecida Mónica Alcocer junto a su columna, que había tomado posición en el terreno, mientras miles de espectadores seguían atentos, desde el graderío, las acciones del singular evento realizado el pasado 19 de junio.
 
La mexicana Mónica Alcocer “juega a los soldaditos” recreando épicas batallas.
 
¡Bum!, se escuchó el primer cañonazo. ¡Bum-bum-bum!, tronaron uno tras otro. Napoleón había dado la orden de recetar a sus contrincantes —el Ejército inglés, que se mantenía inmóvil al norte del  campo, en dirección a  Bruselas— una probada de su poderosa artillería e intentar, con ello, romper en dos la gruesa columna enemiga que en aquel entonces estuvo formada por poco más de 100 mil soldados británicos y holandeses.
 
El fuego asesino de los cañones franceses se extendió durante varios minutos en dirección frontal a las tropas que comandaba el futuro duque de Wellington. Desde su posición, y sin estar armada más que con su tambor y sus baquetas, la mexicana observó cómo el humo que dejaban los disparos ficticios de las pesadas armas invadía el terreno.
 
La chica imaginó, como nunca antes lo había hecho en los diez años que lleva representando esta batalla, los cuerpos que salían volado, las extremidades cercenadas, las vidas arrancadas tras ser impactadas por la pesada artillería francesa. Imaginó también a los soldados ingleses aterrados, pero al mismo tiempo con una valentía a toda prueba, que permanecían inmóviles, obedeciendo las órdenes de sus comandantes.
 
No obstante, desde su posición, Mónica Alcocer se sintió privilegiada, sabía que era la única “soldado” mexicana que estaban a punto de “batirse” en un evento que no tenía comparación.
 
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A mediados de 1999 Mónica viajó de la Ciudad de México a Londres. Apenas unas semanas antes, la compañía de seguros donde aún trabaja le había ofrecido llevar a cabo una pasantía en la capital británica, propuesta que aceptó de inmediato por la experiencia que, estaba segura, podía obtener. En aquella ciudad, conocería a Graham Towers, un inglés con el que se casaría y quien la iniciaría en un inusual pasatiempo: Jugar a los soldaditos.

En anteriores viajes a Europa que había realizado, algunos de mochilazo, Mónica tenía por costumbre visitar los lugares que han marcado el curso de la historia, así como los sitios relacionados con uno de los personajes que   más la han impactado: Napoleón Bonaparte. Su tumba, localizada en el Palacio Nacional de los Inválidos de París, es uno de sus lugares favoritos.
 
 
Durante los días que dura “el juego”, todos acampan con utensilios de la época, eliminando artefactos y símbolos actuales.

“Me admira todo lo que hizo, su capacidad de liderazgo, la inspiración que provocaba en toda su gente, la idea de que todos los seres humanos podemos ser iguales. Lo admiro porque muchas de las cosas que él implantó aún siguen en uso, como el Código Napoleónico o el Código Civil, que incluso fue la base del que usamos en México”, me dijo Mónica antes de su participación en la representación de la batalla de Waterloo, sentada sobre el césped del campamento francés y vestida con su uniforme militar que incluía un shako —sombrero cilíndrico— con una placa dorada con el número de su regimiento, el mismo que portaba en los botones de su abrigo de lana verde; luce también  unos pantalones blancos y unos zapatos de piel negros que, curiosamente, no tienen derecho ni izquierdo, sino que se amoldan al pie que los usa.

Aquel 18 de junio, cerca del medio día, Mónica y el resto de su batallón habían asistido al monumento de l’Aigle blessé (el águila herida). Frente a la impresionante figura del ave lesionada en una de sus alas, pero que sostiene estoica la bandera del Gran Ejército francés, los soldados del 85 Batallón guardaron un minuto de silencio para recordar a quienes cayeron en ese mismo lugar, y el mismo día, pero de 1815.

Al estar frente al monumento, enrejado y con una N imperial, Mónica pensó en aquellos soldados que siguieron, en su mayoría, de manera voluntaria al emperador tras su regreso del exilio de un año en la isla de Elba. También pensó en las decenas de miles de vidas que se perdieron durante la batalla de Waterloo, una batalla que ella misma recrearía horas más tarde. Mónica, de 45 años, estaba agradecida de que su esposo, de 56 años (y quien participa en estas representaciones bélicas desde que tenía 16), la hubiera invitado a formar parte de las huestes napoleónicas.

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A finales de 2004, el esposo de Mónica se puso en contacto con Mark Evans, un viejo amigo, quien por entonces comandaba el 85 Batallón de Infantería de Línea. Evans invitó a Towers a reintegrarse a la unidad luego de varios años de que éste se había alejado por diferencias con el resto del grupo.
 
 

Las personas que recrearon Waterloo están organizadas en ejércitos, brigadas y batallones.

“¿Por qué no te vienes y participas con nosotros?”, le preguntó Graham a Mónica, tratando de convencerla de algo que a ella misma le entusiasmó desde el momento en que supo del exótico pasatiempo de su pareja de recrear batallas. Sólo una condición puso la chica originaria de Coyoacán, ella no sería  una más de las mujeres que seguían a sus esposos y permanecían en el campamento preparando comida mientras ellos peleaban.

Entonces, Graham le dio su mosquete, “pero pesaba tanto que ni siquiera podía levantarlo para apuntar, y mucho menos disparar”, cuenta Mónica, instalada en su tienda de campaña de lona blanca que forma parte del campamento francés.

—No puedes ser fusilero —dijo él.
—No me importa —respondió ella—. Si tú quieres regresar, regresa, si quieres ser soldado, adelante; pero yo no quiero ser mujer, eso lo hago todos los días.

Afortunadamente, el experimentado “soldado” de ojos claros y apasionado de la historia recordó que hace varios años, Sophie, una de las hijas de su primer matrimonio,  había tocado la flauta cuando asistía con su papá a estos eventos que se llevan a cabo por toda Europa. Incluso, aún conservaba el abrigo del uniforme que utilizaba. Por su complexión pequeña, la prenda le vino casi perfecta a Mónica. “Sólo le tuvimos que hacer un pequeño ajuste”, recuerda. Además, Richard, otros de los hijos de Graham, también de su primer matrimonio, tenía un tambor y sólo sería cuestión de desempolvarlo.
 
 
Cada soldado debe confeccionar su uniforme y llevar su “armamento”, siguiendo una serie de reglas establecidas.

Por entonces, el 195 aniversario de la batalla de Waterloo se aproximaba y habían sido invitados a participar en la gran representación. Mónica le preguntó a su esposo si conocía la tumba de Napoleón, a lo que él respondió que no, que jamás la había visitado, así que la mexicana lo llevó a París en un tour para conocer los sitios que el emperador mandó construir en vida, como el Arco del Triunfo.

Unas semanas más tarde, Mónica se estrenó como tamborilero junto a Graham y el resto del batallón en un pequeño evento de demostración en Inglaterra. “No sabía qué tenía que hacer, qué se esperaba de mí, hacia dónde me tenía que mover, por supuesto no conocía ninguna de las órdenes. Rachel, la hija de Mark Evans, me dijo: ‘Es muy fácil, yo te voy a enseñar’, y ella me enseñó. Al principio me estresaba mucho, pero Graham me decía relájate, esto es un juego. Yo me lo tomaba muy en serio”, dice.
 
 
Mónica y su esposo viajaron sólo tres semanas después de aquel minúsculo evento a Bélgica para participar en la llamada “Fórmula 1 de las representaciones bélicas”: el 195 aniversario de la batalla de Waterloo. Por primera vez en su vida, la mexicana veía a tantos voluntarios y entusiastas de la historia reunidos para recrear, con lujo de detalle, uno de los enfrentamientos militares más importantes de la historia y que puso frente a frente a dos de los estrategas más influyentes de su época: el duque de Wellington contra Napoleón Bonaparte.

Aquel verano, gracias a la ayuda de un joven belga de nombre Kristof. quien de pequeño había sido también tamborilero, Mónica logró aprender correctamente a tocar su instrumento e interpretar marchas militares que guiaban a sus compañeros hacia el campo de batalla de Waterloo.
 
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Desde lo alto de la Colina del León, un impresionante monumento conmemorativo de la contienda, ubicado a más de 40 metros de altura, se puede observar perfectamente el gran teatro de la última batalla de Napoleón. Además, desde ese punto se aprecia el campamento de las tropas inglesas, un sitio que, como el del lado francés, está lleno de detalles de la época.
 
 
Los entusiastas de las reproducciones bélicas son de lo más quisquillosos con los elementos que se montan durante la semana que duran instalados los campamentos. El lugar se ubica  a poco más de 30 kilómetros al sur de Bruselas. Además de las tiendas de campaña de lona con camas hechas de paja o catres de madera, hay ollas de peltre, hornillas, canastas, platos de madera y demás utensilios de la época. Se comen guisados tradicionales, se fuma tabaco en pipa y se bebe whisky en tarro.
 
 

El “teatro” en donde se escenifica la batalla de Waterloo está a los pies de La Colina de los Leones, un monumento histórico que recuerda a las víctimas.

Los mismos grupos, ingleses y franceses, son los encargados de eliminar cualquier símbolo de modernidad en los campamentos y el campo de batalla. Se busca que, mientras dure el evento, la representación sea lo más apegada a la realidad. “Aquí no usamos celulares, está prohibido; para nosotros es un tónico para la vida cotidiana”, explica uno de los soldados del regimiento inglés.
 
 
Los objetos que utilizan hombres y mujeres son, muchas veces, hechos por ellos mismos. Otros, son adquiridos en mercados de antigüedades, donde se puede encontrar desde un par de botas de campaña y un mosquete con bayoneta hecho en India, hasta una réplica exacta realizada en fieltro de castor del petit chapeau (pequeño sombrero) que usaba Napoleón Bonaparte en las batallas.

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Los cañones franceses cesaron su embestida directa a la línea británica. “Ataquen directo al centro”, ordenó el emperador francés a sus mariscales. Su idea era romper en dos las tropas de Wellington y enfrentarlas por separado. Así, Mónica y el resto del 85 Batallón de Infantería avanzaron de frente como parte de la Grand Armeé en formación de columna, que representaba a los 150 hombres al frente, —seguidos por 24 líneas de fondo— que había en la batalla original.

Frente a ellos, Wellington había ordenado una formación larga con sólo dos o tres líneas de fondo. Esta estrategia le permitiría a los ingleses tener una mayor capacidad de disparo, ya que todos los hombres desplazados al frente podían abrir fuego contra su enemigo.

A las 14:00 horas del 18 de junio de 1815 los soldados galos, con uniforme azul, avanzaron con sus mosquetes apuntando hacia sus enemigos (vestidos de rojo). Doscientos años más tarde, el 19 de junio de 2015, a las 20:00 horas, Mónica Alcocer y Graham Towers, junto al resto de las unidades, avanzaron en la misma dirección mientras tambores, flautas y gaitas sonaban en todo el lugar.
 
 
Las tropas inglesas abrieron fuego. Entonces, su poderío se hizo manifiesto. Los franceses forzaron el avance, sin embargo la embestida de los hombres de Wellington fue mayor, lo que hizo retroceder a las huestes de Bonaparte, dejando miles de muertos y heridos  en el terreno. Era apenas el primer asalto.
Luego de tres horas de batalla, Napoleón modificó su plan y envió a sus hombres a tomar La Haye Sainte, una granja controlada por los alemanes aliados. La consideraba fundamental para romper las formaciones enemigas. Al mismo tiempo, la artillería continuó su ataque en campo abierto. Wellington ordenó replegarse detrás de una colina, lo que fue interpretado como una retirada.
 
 

El ejército francés, liderado por el emperador Napoleón Bonaparte (foto), fue derrotado finalmente tras 20 años de singulares victorias.

Napoleón ordenó entonces que la caballería avanzara. Una impresionante embestida de 12 mil caballos se aproximó a las tropas inglesas que llevaron a cabo una formación en cuadro, lo que les permitió resistir el ataque; los caballos, naturalmente, se resistieron a acercarse o  asaltar las afiladas bayonetas. Una y otra vez, los jinetes galos intentaron atacar, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos.

A lo lejos, un nutrido ejército se aproximaba al lugar de la batalla. Eran las tropas de Prusia, aliadas de Inglaterra, que llegaban en su apoyo. Napoleón, furioso, no daba crédito. En los últimos 20 años, la Grand Armeé jamás había perdido una batalla. 

En un momento de desesperación,  ordenó a su Guardia Imperial, integrada por 4 mil 500 soldados de élite, avanzar en dirección frontal a la colina que defendían sus enemigos. La primera línea inglesa fue fácilmente vencida. Sin embargo, Wellington había ordenado a miles de hombres tenderse sobre el piso, detrás de la colina. En un instante, todos se levantaron y abrieron fuego contra los franceses. Fue una masacre.
Desde su posición, Mónica Alcocer mira cómo los soldados más fieles al emperador se retiran. Es testigo del episodio que tiñó de rojo  los campos de trigo de Waterloo. Ahí, frente a 57 mil espectadores, ve a su ejército caer, justo como ocurrió hace 200 años.
“Su excelencia, ¿en qué dirección?”, se cuenta que. al termino de la batalla, le preguntó a Napoleón Bonaparte uno de sus  mariscales . “A París. Luego, sólo Dios sabe”.

47% DE LOS JÓVENES en Europa asocian la palabra Waterloo con una canción del grupo Abba, y no con la batalla registrada hace 200 años, en la que perdieron la vida unas 100 mil personas.

100 DÍAS es como se le conoce a este episodio, y no porque haya durado ese tiempo la batalla, sino que es desde que Napoleón regresó del exilio, hasta que abandonó París derrotado.

2.5 EUROS es el valor de la moneda de edición especial que lanzó el gobierno de Bélgica, con el respaldo de la Unión Europea, para conmemorar los 200 años de la batalla de Waterloo.