—¡Él no está!
—¡Él no está! —grita desde dentro de un almacén la mujer que cocina para Nicanor Parra. Una mujer de pelo negro, lacio, desordenado, de un parecido asombroso a Violeta Parra (cantautora de música popular chilena que se suicidó en 1967), que nos mira enojada, desconfiada y que repite por tercera vez que no, que él no está, que salió.
Pero la mujer —el cerco para llegar a Nicanor— está comprando Coca Cola a varias cuadras de su casa de la calle Lincoln, en el balneario de Las Cruces. Y anda a pie. Y nosotros tenemos auto y aceleramos cuesta arriba.
Los dos Volkswagen escarabajo dorados, destartalados, están estacionados frente a la reja de madera blanca, tal como nos indicaron los carabineros hace unos minutos. Hay otras señales: en uno de los listones de la madera, alguien garabateó con plumón negro: “El Nobel para don Nica”. Y sobre la puerta de entrada, que es de madera café con una ventanilla, un graffitti mal hecho dice: Antipoesía.
Las puertas están cerradas, pero las ventanas abiertas de par en par y las cortinas se cuelan hacia afuera con el viento. Es la una de la tarde de un lunes de noviembre. El día está soleado y en la casa de madera de dos pisos de Nicanor, salvo el chillido de las gaviotas, no se escucha ruido alguno.
—Nicanoooor.
—Nicanoooor.
Nada.
Abro la reja blanca. Bajamos por la escalinata. Miramos por las ventanas. Golpeo la puerta de madera. Nada. La “Violeta” tiene razón. Y estamos ahí las tres, una escritora peruana crespa y sexy, una fotógrafa rubia despampanante y esta periodista, paradas frente a la casa de Nicanor Parra con un canasto de mimbre, tres botellas de vino —dos de tinto, una de blanco—, un descorchador y dos copias de sus Obras Completas II, que acabamos de comprar en el centro comercial de San Antonio a 35,500 pesos chilenos cada uno (aproximadamente 68 dólares).
Pero sucede lo imposible: la ventanilla de la puerta de entrada se abre y detrás de un enrejado de fierro aparece el rostro del poeta. Sus ojos azules inquisidores, desconfiados, nos miran de arriba hacia abajo. De un lado hacia el otro. Tiene puesto un gorro de lana que le tapa la mitad de la frente. Más tarde dirá que hoy amaneció con una frase de Hamlet rondándole la cabeza. “How if I say no” (Qué tal si digo no), pero ahora no dice nada, cierra la ventanilla, abre la puerta y hace un ademán para invitarnos a su mundo.
Ya no tiene puesto el gorro de lana, viste un pantalón de cotelé beige, una camisa verde con un lápiz Bic prendado del bolsillo, y debajo de ésta se cuelan los bordes de su pijama celeste, que seguro usaba cuando irrumpimos en su soledad.
Avanzamos por un pasillo de paredes blancas donde están escritos con plumón varios números telefónicos, el de una clínica y el de su nieto Tololo, entre éstos. Hay una estatua de mujer, artefactos, una foto antigua junto a su hermana Violeta en la carpa de La Reina. A la izquierda están la sala, los ventanales, la terraza y el mar. Nicanor Parra estudia unos segundos el lugar y elige para nosotras tres el sofá que mira hacia el océano. Él se sienta en una silla de paja, dándole la espalda. Y cuando nos sumergimos en la conversación, se escucha el abrir y cerrar de la puerta principal. Es la “Violeta” que entra a tranco pesado, directo a la cocina. Para nuestro alivio, ya estamos en la zona de seguridad.
El antipoeta chileno Nicanor Parra no pregunta quiénes somos, ni cómo nos llamamos, ni en qué andamos. Le decimos que somos sus admiradoras. También saco mi libreta y mi lápiz. Le digo que escribo artículos y que me gustaría hacer algo sobre esta visita. Me mira serio, sus ojos azules como proyectiles, voltea la cabeza, y sin contestar, cambia de tema.
Hace una semana, Nicanor Parra Sandoval dejó con los crespos hechos a todos los admiradores que irían a verlo al lanzamiento de sus Obras Completas II en la Feria del Libro de Santiago. En un comunicado de prensa, la editorial Random House Mondadori lo excusó por razones de salud: habría sufrido un ataque de asma. Tiene 97 años, no se ve enfermo, no tose ni carraspea, camina, maneja, lee sin anteojos, aunque un frasco de Rinomex sobre la mesa de centro —un descongestionante y antialérgico— que se confunde entre un libro de Hamlet, diarios y papeles, indica que quizás el episodio sí fue cierto. Aunque quizás no.
Para romper el hielo, le digo que conocí a su hijo Barraco, que tocó guitarra en una fiesta a la que asistí. Barraco, Juan de Dios Parra, músico, un virtuoso de Juan Sebastian Bach, hermano de Colombina, nombrado así porque cuando guagua gritaba como chanchito, asegura su padre, casi no viene a visitarlo. Barraco es un Apolo, continúa.
Barraco es alto, flaco, rubio, de pelo rizado, ojos azules y rostro angulado como su padre. Es hijo de la Nury Tuca, la mujer catalana que lo tuvo cuando era veinteañera y él un sesentón. Una mujer que Nicanor Parra define como “estilo Liz Taylor”. Pero más importante que todo eso, Barraco es el padre de “Lina Paya”, de Cristalina Parra, la nieta de once años que le robó el alma y que se autobautizó así. “Lina Paya” vivía junto a sus padres en la casa de La Reina que Nicanor tiene en Santiago. Recuerda una de las últimas cosas que le dijo:
—Abuelo, por qué te vas.
Y él le contestó:
—Porque tú no me quieres.
Y ella replicó:
—Yo sí te quiero, pero si quieres ándate.
Cuenta que una vez la pillaron cantando y el resto de la familia se puso a cantar con ella. Y ella dijo:
—No. Ustedes no cantan. Yo canto, ustedes aplauden.
—Esa es la “Lina Paya” —dice, emocionado.
—¿Lo viene a ver para acá?
—Ahora ya no.
Nicanor Parra se queda unos segundos en silencio.
La escritora crespa, sexy y limeña, le dice:
—Te traigo un regalo —y le pasa su último libro, una colección de cuentos. Olvida decirle que él aparece en uno de ellos. Nicanor lee la contratapa, se entera de que es peruana y le recita un huainito.
Bajando de Machu Picchu
perlas challay
me enamoré de una chola
chiguas challay
más linda que una vicuña
perlas challay
pero ella no me hizo caso
palomitay!
Eres demasiado viejo
perlas challay
me dijo y huyó riendo
chiguas challay
y yo me quedé pensando
perlas challay
qué cosas tiene la vida
palomitay!
Mejor me vuelvo a Chile
perlas challay
donde me espera mi vieja
chiguas challay
con mis 7 ratoncitos
perlas challay
y aquí no ha pasado nada
huifayayay!!!
Y ella le recita –le canta– otro de vuelta. Uno sobre el huacatay.
—¿Tinto o blanco? —le ofrecemos.
—Parece que tinto —dice él y la crespa sexy y limeña parte a la cocina a buscar vasos y a meter el blanco en el refrigerador, donde ve un pedazo de pollo y un pan de mantequilla. La “Violeta” la mira en silencio, con desdén.
Por mientras, paso al baño. En la pared cuelga un cartón blanco algo ajado en donde está escrito en versión antipoema que no tiren papeles al excusado. Las toallas son amarillas, a la ducha le faltan algunos azulejos. Cuando regreso, Nicanor está interrogando a la fotógrafa rubia despampanante.
—Ah, Chile fue un país de poetas –le dice–, luego un país de columnistas, antes había sido un país de historiadores y ahora es un país de di/se/ña/do/res. Cuando compro el diario, lo que más llama la atención son los monos.
Se para y desde una mesa pequeña trae la portada de un suplemento deportivo del 16 de noviembre pasado con una foto a página completa de un futbolista con la lengua afuera, probablemente celebrando algún gol. En un papel blanco doblado bajo la foto, Nicanor Parra escribió: “TODO POR UN MTO DE ÉXTASIS”.
Ríe, toma un sorbo de vino y explica que su método de trabajo consiste en apoderarse de lo que hacen y dicen los demás. Le llama “estilo Bill Gates”.
—El método es el siguiente: no hay que trabajar, hay que hacer trabajar al resto del mundo para uno.
Qué pasa si digo no
Toma uno de los ejemplares de su nuevo libro. Los hojea. Pareciera que nunca lo hubiera visto. No puede creer que cueste más de 60 dólares.
Dice que se divirtió como chino escribiéndolo. Son más de mil páginas escritas entre 1975 y 2006.
—Me falta un año y tanto para los cien. La pregunta ahora es ¿para qué vivir tanto? La Violeta se suicidó a los 50 y un mes después tuve un sueño.
Relata que era de noche y estaba en un bosque. Subía por una escalera destartalada, una escalera que no conducía a ninguna parte y, antes de llegar al último peldaño, oyó una voz que venía por detrás. Decía: “Tito, no seas imbécil. Tito, por qué no te matas”. Escuchó la frase tres veces. Volteó la cabeza y ahí estaba Violeta envuelta en un área, diciéndole: “Tito, no seas imbécil. Tito, por qué no te matas”.
El suicidio es un gran problema, asegura, y vuelve a Hamlet:
—To be or not to be. Ser o no ser.
No ha visto la película Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood.
—Es una película bonita —le digo.
Pero a Nicanor no le gustó el título y por eso no la verá nunca, dice. No le gustó que el nombre de su hermana no viniera precedido del artículo “la”, como se estila en los barrios pobres donde crecieron. Él era “el Tito”, Roberto, “el Roberto” y Violeta, “la Violeta”.
—Eliminar el artículo es puro arribismo —dice. Hubiera ido a ver la película si se hubiese llamado “La violenta Parra”. Así le decían en Chillán los choros burgueses —cuenta.
Le digo que se llamó Violeta se fue a los cielos porque está basada en el libro homónimo de su hijo Ángel Parra.
—I couldn’t care less. El Angelito es buen niño, pero se enredó en las alfombras burguesas. ¿Entiendes eso?
Tampoco ha leído el libro. Le digo que me sorprendió que él apenas haya salido en la película sobre su hermana. Hace un ademán de disgusto. Le pregunto, entonces, cómo fue que Violeta fue tan brillante en su escritura, en sus canciones, sin haber estudiado.
—Yo la inventé a la Violeta. Es la hermana menor mía, yo la inventé —dice, y nos recuerda una frase que dijo ella misma: Sin Nicanor no hay Violeta.
Se remite al barrio de Estación Central a la calle Melipilla número 1440 donde su madre Clara Sandoval tenía un restorancito.
—Era tan penca que no tenía ni nombre —dice y se pone a zapatear en el suelo. Zapatea en el suelo cuando dice algo gracioso. Y cuando lo dice suena muy gracioso. Cuenta que un día llegó hasta ahí y se encontró a la Violeta y a su hermana Hilda cantando y tocando la guitarra. Le preguntaron qué le parecía:
—Folclor radial, folclor comercial.
Le sugirió a Violeta que fuera al campo a ver cómo cantaban las cantoras campesinas. Le hizo caso y partió con su grabadora.
—Y pasó lo que pasó —dice, con aire de seguridad.
—¿Y Hamlet inventó a Nicanor?
—Yo aprendí mucho de él o me confirmé en él. Lo que pasa es que Hamlet se hace el loco, esa es la clave.
Nicanor tradujo del inglés al español las obras de Shakespeare. Con curiosidad nos pregunta si las hemos leído.
—No —decimos las tres.
—No tienen perra idea con quién están hablando —dice. Y continúa:
—Yo no tengo nada que ver con eso que llaman arte. Yo salí de la carga de la burra hace mucho tiempo. ARTE (mueve las manos como si estuviera la palabra en el aire) = vergüenza ajena. Artimañas del rey para manipular al huevonaje. No al arte, yo me despedí incluso de Shakespeare.
A Hamlet en particular hacía meses que no lo leía, lo tenía cancelado, dice. Su hermano Roberto, el de las cuecas bravas, que apenas terminó la primaria, una vez, después de escucharlo recitar a Hamlet, le dijo que era basura, basura al cuadrado. Y lo convenció.
Pero hoy, este lunes de noviembre, amaneció con esa frase, “How if I said no?”, y se obsesionó. También está obsesionado por descubrir las razones de por qué Ofelia le fue infiel a Hamlet. Hace unas semanas se encontró con una enfermera que conocía de antes y le preguntó.
—Dígame, ¿por qué cree que Ofelia le puso el gorro (el cuerno) a Hamlet?
Y ella le respondió:
—Era poco hombre.
—Una de las fallas de Hamlet es que era machista. El que no lava platos en Inglaterra está perdido. Yo soy un asqueroso machista latinoamericano.
—Supongo que a usted nadie le puso el gorro.
—Ese es un secreto. Te hubiera contestado la “Lina Paya” a esa pregunta.
Un inmortal en la familia
Nicanor Parra abre un enorme libro rojo. Es el catálogo de la exposición que va a montar en Barcelona en enero del próximo año. Una recopilación de lujo como ninguna que le hayan hecho en Chile. Abre una página al azar. Aparece la foto de su curso en el último año, el sexto de humanidades del Internado Barros Arana, con la leyenda:
“Todas íbamos a ser reinas”. La misma foto y leyenda que tiene colgada dentro de un marco en este living. Los repasa uno por uno. Se sabe los nombres, los apellidos, las historias. Hasta hace un tiempo él y otro “ñato” eran los únicos vivos. Es probable que hoy él sea el único. A los cien años, dice, sólo aspira a no olvidar demasiadas cosas.
—Anota bien —dice mirando mi libreta—, porque después todo se olvida.
Pero él no olvida que el rector del Barros Arana se apellidaba Alcayaga y que era primo de la Gabriela Mistral. Que el capitán del equipo de básquetbol era un alemán de dos metros. Que el tesorero fue encontrado muerto en su departamento, degollado y vestido de mujer. Y que el primero en morir fue un compañero que sacó la cabeza por la ventana del tren y lo decapitó un poste.
—El último va a ser usted —le digo.
—Por fin un inmortal en la familia —dice, y se larga a reír.
Son cerca de las tres de la tarde. Desde la cocina se huele el pollo cocinándose en la sartén. Nicanor Parra, que desayunó tarde un brunch con dos huevos a la copa, se excusa por no tener almuerzo para nosotras. Sugiere que vayamos a comprar unas galletas. Él también quiere ir. Cuando salimos nos cuenta que él es un hombre de negocios. Que un día, mientras caminaba por la calle, unos señores arriba de un camión lo pararon. Le mostraron un cheque por treinta mil dólares y le pidieron 30 segundos de su tiempo. Pensó que era una broma, pero se arriesgó. Le pidieron que tomara un vaso de leche y dijera, “Yo tomo leche”. Fue al banco y el cheque tenía fondos.
La limeña crespa y sexy y la rubia despampanante se bajan a comprar galletas, papas fritas y bebidas en el mismo almacén donde la “Violeta”, que le compraba su Coca Cola, nos dijo que no estaba. Nos quedamos en el auto conversando. Le pregunto qué le gustaría que escribieran en su epitafio.
—Cuando un periodista me pregunta eso, le contesto que es un secreto.
De regreso nos invita a pasar a la terraza. Nos sentamos. Y cuando estamos cómodas, con un vaso de vino, masticando papas fritas que él no toca, de un momento a otro se levanta y dice:
—Voy y vuelvo.
A los 15 minutos aparece la “Violeta”, señal inequívoca de que su última frase, la misma que está escrita en uno de sus artefactos —una cruz de Cristo, sin Cristo pero con los clavos— es una “Parrada”. Las cortinas de una de las habitaciones de la casa están corridas. El antipoeta descansa.
SABINE DRYSDALE es una periodista chilena que ha publicado en diversas revistas del periódico “El Mercurio”, donde actualmente colabora. Supo escoger un buen tinto para Don Nicanor porque tomó un diplomado en vino chileno y es miembro del círculo de Wine Writers del Reino Unido