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Soy un milagro de Dios: Julio César Chávez

Más allá de su gloriosa carrera sobre los cuadriláteros, JC Chávez se ha levantado una y otra vez de la lona para recibir la cuenta de protección en la pelea con su destino; El Gran Campeón Mexicano, quien participa en La Isla, agradece que a pesar de haber recibido tantos golpes en la cabeza y de su adicción a las drogas y el alcohol, todavía siga cuerdo; nos cuenta también cómo ha sido su batalla y la forma en que ahora contribuye a que otros salgan del infierno en el que cayó
RECUPERACIÓN. A los 52 años Julio César Chávez nos dice que está redescubriendo lo que es vivir. (FOTO: Especial )
Por José Luis Tapia. Fotos cortesía JC Chávez / TV Azteca / Archivo EL UNIVERSAL
| domingo, 20 de julio de 2014 | 00:10

Comencé a cubrir la carrera de Julio César Chávez casi cuando inicié la mía como periodista deportivo. La primera pelea a la que asistí fue en diciembre de 1993, y él ya era un figurón. También atestigüé, ya de lejos, su pelea del retiro en septiembre de 2005, hace casi ya 10 años.

Aquella primera vez JC cumplía nueve años como campeón mundial y llegaba invicto a su pelea número 90. En la 91, realizada un mes después, el 29 de enero de 1994, perdería por primera vez. Tragedia personal, tragedia nacional.

Esa derrota con Frankie Randall marcó el inicio de la caída de Julio. Le sucedieron las humillaciones sufridas a puños de Óscar de la Hoya. La paliza que le acomodó el australiano Kosta Tszyu. Una docena de peleas mediocres, incluida la de la Plaza México ante Miguel Ángel González.

Entonces comencé a sentir que había llegado tarde a su carrera, sólo para informar de su caída. De sus grandes noches ante El Macho Camacho, Meldrick Taylor, Pernell Whitaker, José Luis Ramírez e incluso Roger Mayweather, tío de Floyd Mayweather, sólo me enteré por los periódicos.

A partir de esa derrota ante Randall, los golpes que recibía JC comenzaron a ser más peligrosos, arriba y abajo del ring. El divorcio de su primera esposa y madre de tres de sus hijos, entre ellos los que hoy son boxeadores: Julio y Omar. El asesinato de su sparring El Bebé Gallardo, mientras entrenaban en Toluca. La persecución de la Secretaría de Hacienda apenas entrada la administración de Ernesto Zedillo, por evasión de impuestos —pasaba de ser el héroe del salinismo al villano del zedillismo—. Su huida. Sus peleas cuyas bolsas que, completitas, eran para pagar al fisco para no ser detenido. Sus pleitos y reconciliaciones con los promotores, Don King y Bob Arum. Su paso de la prensa deportiva a la prensa rosa. Su alcoholismo, su drogadicción. Su internamiento en clínicas para tratarla. Su caída.

CHÁVEZ SE LEVANTA DE LA LONA. Revela por primera vez Julio César Chávez que las drogas, el acohol, así como el vacío existencial en el que vivía, lo hicieron estar al borde del suicidio en su casa de Culiacán.

Ahora, veintiún años después de aquel primer contacto profesional, vuelvo a ver a Julio César Chávez. Pasaron también 12 años desde la última entrevista, hecha con motivo de su cumpleaños cuarenta. Fue un 12 de julio de 2002, en su casa de Culiacán; la cita había sido pactada a las diez de la mañana, pero él salió al filo de las seis de la tarde, adormilado, con los ojos hinchados, con mucha hambre, pero sin pena alguna, con un bote de Tecate en la mano. Esa tarde hubo carne,  partidos de futbolito con sus hermanos y un par de amigos, y más botes de cerveza. Risas y anécdotas.

Este reencuentro se da, coincidentemente, una semana antes de su cumpleaños cincuenta y dos. Verlo otra vez genera cierta emoción, imposible negarlo. Emoción por saber si se acordará de las veces en las que hablamos por horas de sus problemas, cuando incluso nadie más sabía de su paradero y acordábamos encuentros en clave y en ciudades en donde sabía que nadie más lo encontraría. Por saber qué tanto querrá contar de esta nueva etapa de su vida. Por saludar al ídolo al que nunca le dije que lo era porque esa es una concesión que no permite —al menos no públicamente— este oficio.

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Julio llega al filo de las diez de la noche. Del aeropuerto fue directo a TV Azteca, televisora para la que cada sábado comenta peleas de box. Viene de Tijuana, su lugar de residencia actual. Viste unos modernos pantalones de algodón color ladrillo, zapatos sport de gamuza, playera negra y un chaleco acolchado del mismo color —insuficiente para el frío de esa noche, se queja—. Reparte sonrisas. Reconoce viejos rostros. Cuando termina de ligar los nombres con sus recuerdos, abraza. Luego se devora un sándwich y algunas papas fritas.

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A los cincuenta y dos años Julio dice que está redescubriendo lo que es vivir. Lleva cuatro años en su nueva vida —"comienzo a caminar otra vez", reconoce quien sin pena se autodefine como un "adicto en recuperación".

Entonces el campeón, el mejor boxeador mexicano de todos los tiempos cuyas marcas hacen ver ridículos a los campeones actuales (37 peleas de título mundial, 107 triunfos, 6 derrotas y 2 empates), el que obtuvo cinco campeonatos mundiales en tres divisiones distintas, inicia un inédito recorrido por todo lo que pasaba en su vida cuando no entrenaba o cuando no paralizaba al país entero con sus peleas.

Comienza por la primera derrota de su carrera: ante Frankie Randall, el 29 de enero de 1994.

Días antes de esa pelea, la cual inauguró la arena del hotel MGM de Las Vegas, una revista de espectáculos publicó fotos de Julio en una playa, lo que levantó suspicacias en torno a su preparación. Pero Julio subió a pelear y se veía entero. Con las apuestas a favor —Randall era un desconocido púgil que había estado preso— nadie pensaba que pasaría lo que pasó.

Más que menospreciar al rival, JC se menospreció a sí mismo. No entrenó. Se la pasó bebiendo entre la pelea del 18 de diciembre y la del 29 de enero. Además, su hijo Omar enfermó de meningitis y tuvo que llevarlo de Culiacán a Los Ángeles en jet privado en busca de una cura "porque se me estaba muriendo".

Pero esa noche nadie más sabía eso y Julio comenzó a pelear con Randall, quien el round once le propinó su primera caída ¡en 90 peleas! Eso inclinó la decisión a favor del estadounidense y su salto sorpresivo a la fama sin saber, quizá, que había enfrentado a un rival que le aguantó doce rounds gracias a sus dones naturales y no a su preparación.

A la distancia, Chávez ve esa derrota como una bendición: "Afortunadamente mi hijo se salvó, pero yo perdí la pelea y esa fue una bendición de Dios, que dijo: 'Vas a perder la pelea, pero tu hijo se va a salvar'".

A la sorpresa que vivimos quienes estábamos en la arena, sobrevinieron las interrogantes. Los rumores sobre la falta de preparación del hasta ese día campeón comenzaron a adquirir valor.

Pero esa noche, enojado, él se defendía: "Cómo va a ganar la pelea él, de dónde va a ganar la pelea; estoy muy enojado con el Consejo Mundial de Box, nunca hice el faul por el que me quitaron el punto".

Veinte años después reconoce que lo sucedido ese día era algo que ya esperaba, "porque ya me había dado cuenta que mis facultades estaban mermando a causa de la droga y el alcohol. ¿Cómo lo notaba yo en las peleas? Porque a veces me ponían un golpe que años atrás aguantaba a pie firme y nunca me sentía lastimado ni atarantado, pero acercándose a la pelea con Randall ya me habían puesto mal, pero afortunadamente el rival no se había dado cuenta".

El Gran Campeón Mexicano ya libraba, desde entonces, batallas campales contra sus adicciones, las que comenzaron a hacer con él lo que ningún oponente había logrado con los puños.

"No, nunca me sentí invencible, porque siempre he sabido que soy un ser humano, no era un robot y sabía que tarde que temprano, por mis excesos, que ya eran bastantes y muy duros, iba a perder una pelea".

Julio cayó en shock. El país también. Eran los años en que los triunfos deportivos del país eran más escasos que ahora, y JC era motivo de orgullo nacional. Representaba dignamente a la raza guerrera que dominaba a cualquier rival del mundo, aunque fuera por 12 rounds. Si la noche previa el país se paralizó —como siempre— para verlo pelear, en la mañana del 30 de enero todo era tristeza. Cuando Julio subía a pelear, lo lógico era que terminara con algún cinturón de campeón levantado. Con la selección de futbol todos esperamos que pase lo que no creemos que va a pasar. Con Julio era diferente. Con él todos estábamos seguros de lo que pasaría, aunque a esas alturas él ya no lo estaba tanto.

"Después de esa pelea, sinceramente me di cuenta de lo que valía: Ver a la gente llorar, ver a la gente cómo sufría, el recibimiento que tuve en Culiacán, porque toda la ciudad se paralizó cuando yo perdí la pelea, y aún así fueron a recibirme al aeropuerto como si hubiera ganado. La gente, lógicamente, llorando, dándome su apoyo", recuerda JC Chávez.

Y agrega: "Ahí me di cuenta de lo irresponsable que era, lo irresponsable que fui, porque ya no me preparaba igual, porque ya no entrenaba igual, ya le había perdido el respeto al boxeo, pensé que había logrado lo que un boxeador quería obtener en la vida".

Esa noche Julio se fue triste a su cuarto. Tomó de la mano a sus chiquillos, que incluso lo acompañaron en la conferencia de prensa posterior al combate, y fueron a dormir. Pasaba la media noche y los tres Chávez llevaban mucho dolor encima, en el cuerpo y en el orgullo. A las tres de la mañana el padre se despertó sin recordar lo que había sucedido ni que su récord ya no era perfecto. Omar, que recién había cumplido los cuatro años, fue el encargado de recordárselo.

—Apá, te acuerdas de anoche —dijo Omarcito.

—De qué hijo —contestó Julio.

—Te acuerdas pá que caíste de culito —le espetó el niño.

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Randall le dio la revancha a JC y ahí recuperó el título. A la vista de todos las cosas regresaban a la normalidad. Pero seis peleas después quedó demostrado que no.

Óscar de la Hoya, el campeón olímpico en Barcelona 1992, el nuevo niño bonito del boxeo, de sangre mexicana, se atrevió a desafiar al "monstruo" mexicano, a su ídolo. Éste aceptó a cambio de, se dice, 15 millones de dólares. Aunque en el medio se reconocía el talento del llamado Golden Boy, no había experto que le diera posibilidades de triunfar ante el maestro del gancho al hígado y el bending de cintura para quitarse los golpes.

Pero de nueva cuenta, JC le facilitó el trabajo al enemigo.

Ahora, Chávez llama a esa derrota un "castigo de Dios". Y explica: "La verdad me dejé ir por lo material, porque yo estaba cortado. Tenía una gran preparación física y De la Hoya nunca me hubiera ganado, la verdad, porque a pesar de que ya tenía la adicción a la droga y al alcohol, estaba sumamente bien preparado, bien concentrado, en peso y todo".

Julio sabía que Óscar no era mejor que él. Pero esa cortada mal cicatrizada en la ceja izquierda sufrida en un entrenamiento, era un hándicap muy complicado. El doctor lo coció y le autorizó a pelear. Julio recuerda que hasta pagó 10 mil pesos por un "menjurje" que fueron a traerle a Tijuana para acelerar la cicatrización. Pero no funcionó. Ya en el vestuario, volvió a abrírsele "porque me tenían que inyectar y estaba recién cocido", explica.

Reconoce que antes de subir a su pelea número 100 ya la había perdido. Su ceja comenzó a sangrar a la mitad de primer round. No necesitó más que un rozón. En la arena todos estábamos impresionados. Nadie había visto que De la Hoya conectara un golpe lo suficientemente certero para provocarle un tajo de ese tamaño. En los 99 pleitos previos su piel resistió golpes mejor conectados, eso sin duda.

En segundos, el rostro y el pantaloncillo blanco del mexicano se tiñeron de rojo. Cuatro rounds después la hemorragia era incontenible. Óscar había hecho más grande la herida y JC, cegado por su propia sangre, era un blanco demasiado fácil. El réferi paró la pelea y el médico no lo dejó seguir.

GANCHO AL HÍGADO. Muy pocos boxeadores a lo largo de la historia del pugilismo profesional pueden presumir un récord como el de Julio César Chávez, admirado lo mismo por Mike Tyson que por Don King.

"Fue otro castigo de Dios —argumenta Julio— ahí yo me derrumbé y agarré más feo la droga y el alcohol y, después, tú sabes lo que pasó".

No lo sé, pero quizá Julio se refiere a la pelea de revancha concretada dos años después, cuando De la Hoya ya era el mejor del mundo y él un boxeador que se había dedicado a vivir del prestigio, a llenar arenas con rivales a modo.

El combate "Chávez-De la Hoya II" llegó. Mes patrio de 1998. Si algo quedaba del gran campeón mexicano, esa era la oportunidad de sacarlo. Le pagarían una decena de millones de dólares por hacerlo.

"Lo que yo no quería es que (De la Hoya) se burlara de mí —recuerda— y que con la condición física que traía y mientras estuviera arriba del ring, la pelea iba a ser muy pareja".

Fueron los últimos ocho grandes rounds de la carrera de Julio. Se trenzaron como perros rabiosos. Incluso, en el octavo, ambos conectaron terribles golpes. JC sabía que si no noqueaba en ese, después sería complicado. De nuevo fue el valiente de los años previos, pero Óscar, diez años menor, y en la curva ascendente de su carrera, fue demasiado. Para el noveno, JC decidió no salir. Una peligrosa cortada en la mucosa inferior le hizo aventar la toalla.

En adelante y hasta su retiro oficial —7 años y 10 peleas después— ya sólo se dedicaría a pelear, porque al boxeo —el arte de golpear y no ser golpeado— lo retiró ese día.

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Hoy en día, en lo físico, no sé qué tanto conserva de sus años de grandeza deportiva, aunque se ve delgado y dice que se cuida comiendo bien y corriendo 10 kilómetros diarios. Lo que sí conserva intacto es su carisma y su sentido del humor. Nunca fue un dechado del discurso, pero su actual faceta como comentarista y analista de box en las cadenas TV Azteca e ESPN le han permitido desarrollar un estilo singular. Grita, manotea y hasta deja escapar algunas groserías cuando ve a un réferi actuar incorrectamente o a unos jueces calificar de manera injusta. Si algo presume ahora es que pese a tantos golpes recibidos y al uso de drogas el cerebro le funciona bien. No tartamudea y hasta graba spots de televisión como todo un experto. Es todo un profesional del comentario deportivo el cual enriquece con todo lo que aprendió arriba y abajo del ring.

Pero lo realmente importante es que este trabajo se ha convertido en parte de su terapia de rehabilitación de las drogas y el alcohol. Lo ha alejado del peligroso ocio.

Lo realmente importante es que vive para contarlo.

"Dicen que esta enfermedad te arrastra primero al hospital, luego a la cárcel y a la muerte. A mi me arrastró al hospital, a la cárcel gracias a Dios no, pero de la muerte sí estuve muy cerca: varias veces vomité sangre, tanta cerveza me estaba destruyendo. Aparte, imagínate, tantos golpes en la cabeza y droga… soy un milagro de Dios, porque quedé bien, quedé cuerdo".

Escuchar esto conmueve. En todo ese tiempo sin platicar con él, pasaron demasiadas cosas en su vida. Googleando es posible descubrir varios pasajes en revistas de la farándula, en algunos medios amarillistas. No es que hubiera ignorado todo, José Sulaimán, el presidente de Consejo Mundial de Boxeo hoy fallecido, alguna vez contó que él lo había convencido de que se internara por primera vez en una clínica para tratar sus adicciones. "Fue casi a la fuerza", dijo Sulaimán.

CINCO HIJOS. JC Chávez acompañado de su familia durante un homenaje que le rindió el Consejo Mundial de Boxeo.

"Ya no tenía el respeto de mis hijos, no tenía el respeto de mi entorno, no estaba metido (sic) en la sociedad porque tú sabes que un alcohólico o un drogadicto siempre apesta en la sociedad y gracias a Dios, todo eso que había perdido, lo volví a recuperar".

Las pausas en la charla solo sirven como transiciones a otros capítulos igual de conmovedores. El siguiente es para explicar por qué dice que está aprendiendo a vivir de nuevo.

"Imagínate, desde que fui campeón del mundo por primera vez, desde que le gané al Azabache Martínez (13 de septiembre de 1984, cuando obtuvo su primer título mundial, el de peso Superpluma) todo para arriba, para arriba, para arriba: elogios, dinero, fama, todo hasta que llegó un momento donde no le vi sentido a la vida. Me sentía vacío. Tener dinero, fama, mujeres y no hallarle sentido a la vida es feo, es horroroso tener una vida vacía, es algo que no se lo deseo ni al más jodido del mundo... Yo gané más de 100 millones de dólares, ¡imagínate! Tiré mucho dinero, me robaron mucho dinero, pero gracias a Dios aseguré a mis hijos y a mi esposa para el resto de sus vidas".

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Conseguir entrevistas con el campeón mientras seguía activo era una labor complicada. Los encuentros con él no se concretaban por los filtros que su séquito ponía, por su falta de disposición o porque citaba pero nunca llegaba. Aún así se lograron varias exclusivas en una época en la que a los periódicos deportivos le importaban las historias y no solamente los resultados, y no existían tuits que las estropearan: En Las Vegas, en restaurantes caros a donde solía ir a comer, en su depa de la San José Insurgentes, en el DF, o en su casa de Culiacán.

Por cierto, ésta última —ubicada en Colinas de San Miguel— ya estaba deteriorada cuando la visité 12 años atrás. La alberca estaba sucia, los coches de colección polvorientos y la fachada pedía pintura a gritos. En esa casa invirtió sus primeras bolsas. Ahí sus tres hijos varones vivieron sus primeros años. Ahí vivió mucho tiempo con Amalia, la madre de ellos, pero ahí también —confiesa ahora— quiso suicidarse varias veces. "Me drogaba, hice mucho mal. Ahí perdí a mi esposa a causa de la droga y el alcohol".

Pero en este renacimiento suyo, esa casa se ha convertido en un símbolo. La convirtió en clínica de rehabilitación para gente con sus mismos problemas. Esa fue la mejor manera de "cambiarle" la vibra y exorcizar los malos recuerdos, "convertirla en algo de valor y vida para la gente". Dejó en las paredes algunos cuadros, trofeos, cosas de su pasado glorioso para motivar a sus pacientes o "anexados", como él les dice.

Se llama Baja del Sol y es la segunda clínica que abre. La primera está en Tijuana, donde ahora vive y donde comenzó su rehabilitación.

"Mucha gente pedía mi ayuda y pedía que pusiera una clínica, entonces me junté con puro adicto en recuperación. Todos los que trabajamos en la clínica somos adictos en recuperación. Formé un grupo muy bueno entre terapistas, sicólogos, consultores, doctores...".

AYUDA CON MUCHO POUNCH. Para poder contar con los recursos económicos suficientes y seguir ayudando a más jóvenes a salir de su adicción a las drogas, Julio César Chávez rifará en los próximos días dos exclusivos automóviles de su colección privada.

Ahí es parte del staff. Ahí se para frente a otros adictos a contar su historia. Ahí quiere mostrar los resultados de su otra pelea, la más difícil.

"Ésta es una pelea para toda la vida, una pelea día tras día: sólo por hoy no voy a tomar, sólo por hoy me voy a abstener y así me la llevo. Claro, tengo mis defectos de carácter que se me alborota y de repente quiere uno 'echarse lo propio'. También se me antoja la cerveza, pero sé que la cerveza me va a llevar a otra cosa, entonces para qué le busco".

No son clínicas baratas —dos mil dólares en promedio por mes—, pero a quien no tiene dinero Julio lo apoya gracias al trabajo de la Fundación Baja Sol, creada para ese propósito.

Julio desvela el otro objetivo de la clínica: Cuidar a sus hijos por si llegaran a necesitarlo. "Saben perfectamente bien que cualquier error que cometan, cualquier desvío que agarren ahí van a estar en la clínica. Lo hice también con ese propósito, porque ellos saben perfectamente bien que su papá está limpio, que su papá hizo un gran esfuerzo y que ellos no entiendan el mensaje, imagínate en qué posición me ponen a mí".

La calidad de vida que ahora tiene —sobrio, lejos del relajo— lo tienen muy feliz y convencido de que así es como quiere estar, de no querer volver para atrás ni experimentar de nuevo "el sufrimiento y el estrés" en el que vivía.

Por eso acepta otros retos. Además de comentar peleas en TV, atender sus clínicas y entrenar con sus hijos, acaba de iniciar su participación en La Isla, un reality show de resistencia física y psicológica que, en esta nueva edición, se desarrolla en Nicaragua. En el programa participan 12 famosos y seis desconocidos, quienes se irán eliminando hasta que quede un sobreviviente. "Es una experiencia muy bonita, es algo muy duro, pero acepté para demostrar que todavía puedo", dice.

Pero ante los otros retos de vida —vivir tranquilo, volver a llevar la vida de un ser humano convencional alejado de las drogas y el alcohol—, este desafío parece cualquier cosa.

JOSÉ LUIS TAPIA es periodista independiente, convencido del poder transformador que tiene el deporte. Por ello creó "lakmiseta.com", un sitio donde los campeones no son los que ganan títulos mundiales, sino los que deciden vencer a las sábanas cada mañana para mover sus cuerpos, o para aquellos que, como JC, usan su ejemplo para inspirar a los demás: se vale caer, pero no dejar de tirar golpes.