El dolor se le escurre por los ojos, le consume los cigarros que no deja de exhalar, lo contagia con cada abrazo que da. Javier Sicilia no tiene miedo a llorar porque como buen cristiano entiende que la debilidad es una virtud frente a los poderosos.
El asesinato de su hijo, Juan Francisco Sicilia, el pasado marzo, revolvió a una sociedad anestesiada ante la violencia. Con más de 40 mil víctimas a cuestas, muchos mexicanos pensaban que las víctimas lo eran porque “algo habrán hecho”. Pero, a Juanelo, el estudiante clasemediero, no lo podían estigmatizar. Javier no lo permitiría. Él tampoco había hecho nada contra la violencia antes de la pérdida de su hijo, y la parábola del Buen Samaritano le pesaba en la conciencia. Así que decidió expiar sus culpas y convertirse, ahora sí, en aquel primer salvador que ayudó al prójimo.
Dejó la poesía, pero su palabra se volvió víscera, escupida en la cara de políticos y criminales. En sus primeras apelaciones se atrevió a ponerlos en el mismo saco, a unos y otros, y eso causó simpatías en los movimientos sociales. Pero él no se limitó a recibir las palmaditas en la espalda, sino que jalaba a la causa a todo el que se acercara. Un mes y medio después de la pérdida de su hijo, ya había organizado un movimiento nacional. Y a los tres meses, salió a recorrer el país, rumbo al norte, para auxiliar a todas aquellas víctimas que se habían quedado solas en el camino de la justicia, para visibilizarlas, para ponerles cara y ojos.
Con ellas, en la comunión del dolor, en la compasión —siguiendo el concepto cristiano—, Javier se expande, es mano abierta, es consuelo, es esperanza. Así se volvió un líder, un papel que ahora carga como una cruz. Porque en la arena política, resbala.
Su ímpetu, ese arrebato que le motivó a canalizar, sin dimensionarlo, todas las indignaciones nacionales; no casa con los formalismos, con mantener acuerdos, con seguir estrategias. Por eso da besos a quien se le antoja, por eso interrumpe al presidente Felipe Calderón para prenderse un cigarrillo, o manda a la prensa “a la chingada”.
Es irreverente, irascible y gruñón, pero ha conseguido lo que ninguno de sus antecesores había hecho hasta ahora, unir los agravios de la nación y plantárselos en las narices a los gobernantes. Para superarlos, Sicilia exige refundar las instituciones y cambiar la estrategia militar por una basada en la seguridad humana, en la hermandad, el perdón y la reconciliación. Pero para conseguirlo, hará falta mucho más que su fe cristiana.