» Historia Internacional «

Saqueadores de oro del Perú

Cada día se fortalecen más las mafias nómadas de mineros que se enriquecen ilegalmente a costa de comunidades enteras, al tiempo que matan personas, envenenan ríos y deforestan la amazonia inca con total impunidad
Perú. Mientras los mineros en la ilegalidad operan con total impunidad, el gobierno de Perú es muy rígido con la normativa que se aplica a las compañías mineras formales, llegando a destruir su maquinaria si no la cumplen (FOTO: DIEGO COBO Y ASOCIACIÓN HUARAYO )
TEXTO Diego Cobo / FOTOS Diego Cobo y Asociación Huarayo
| domingo, 21 de junio de 2015 | 00:10

DESDE MADRE DE DIOS, PERÚ

Una llamada despierta a la mujer en mitad del trayecto.

—¿Hola? —responde. Se incorpora en el todoterreno, escucha un momento y continúa:

—Estoy yendo a buscar a tres chicas que vienen de Lima. Tienen buen cuerpo, aunque una chibola es mayor.

Nadie de la camioneta se inmuta: los pasajeros siguen cabeceando mientras el chofer sigue abriendo camino con las luces entre las piedras y el agua. Y la mujer que habla, una chica de trentaytantos —gafas de sol de diseño, abrigo verde chillón, pantalones ajustados, zapatos con algo de tacón y camiseta amarilla con no más de cien lentejuelas— vuelve a cabecear hasta llegar al Río Inambari. Se sube apresuradamente a una de las barcazas que van y vienen desde la otra orilla de este brazo del Río Madre de Dios y 20 minutos después se sube a un coche hasta llegar a Mazuco para recoger a las tres chicas. Buenos cuerpos, una algo mayor. Un destino: Huepetuhe.

La zona baja de Huepetuhe es una zanja pestilente plagada de riachuelos; la zona alta, un manojo de calles firmes: su Plaza de Armas, sus decenas de gasolineras, sus vivos, sus muertos —esta tarde pasean a hombros el cadáver de una mujer asesinada por su esposo, que ha huido—, sus agencias de transporte que van a las minas y a la orilla del río.

Ambas mitades suman 10 mil personas, de las que sólo 40 por ciento están censadas; el resto son mineros que van y vienen, comerciantes que hacen negocio (un comercio por cada tres habitantes censados, una prostituta por cada 17 vecinos). En la parte alta está la alcaldía y la fiscalía; en la baja, la policía, las cantinas, los prostíbulos, los establecimientos de compradores de oro —“más que cevicherías”, dice Marco, propietario de uno de ellos—, los talleres de reparación de maquinaria ligera y pesada, los hospedajes baratos donde los mineros queman el salario.

En la zona alta de Huepetuhe, los habitantes apenas tienen deudas con el consistorio, pero en la baja sólo tiene al día sus obligaciones  20 por ciento de la población. “Ustedes tienen que desalojar la zona baja”, les dijeron desde el poder municipal, “porque ha sido declarada zona de riesgo  medio”. Pero ellos respondieron que no se movían: “Aquí hay mucho dinero”.

A los pies de la zona alta, la iglesia. A los pies de la zona baja: las minas de oro.

Los saqueadores de oro han hecho de la región de Madre de Dios, en la amazonia peruana, su base de operaciones, sin que ninguna autoridad les ponga un alto.

 La anarquía consumada

A partir del kilómetro 98 de la Carretera Interoceánica, el paisaje cambia abruptamente. La exuberancia de la selva tropical —cedros, topas, pachacos, caobas, lupunas, castañas— se transforma en un aspecto lunar, de bosque despellejado y tierra ocre. Nada ha dejado a salvo la minería ilegal, excepto unas heridas que recorren cerca de cinco por ciento de la piel de Madre de Dios.

“El Estado no recupera ni un sol en impuestos. Las personas que vienen son de otros departamentos. En la comunidad de Nueva Arequipa no somos más de 100 vecinos. Y aquí viven más de 4 mil personas. En Nueva Arequipa están todas las mafias de la minería ilegal”, explica Germán Fernández, teniente gobernador de esta comunidad.

Hasta el kilómetro 115, las explotaciones se esconden en las profundidades de la carretera. Pero entre medias, la zona denominada “La Invasión”, es el símbolo de un modo de vida nómada, sin ley y con dinero. Los camiones de carga invaden la carretera, las prostitutas emiten chasquidos al paso de los hombres, las camionetas transportan maquinaria y un ambiente de caos contenido permea en esta población improvisada desde que hace unos años comenzara la fiebre del oro ilegal.

“El 80 por ciento de los que trabajan en la minería son delincuentes con orden de captura”, continúa el gobernador, apaleado y secuestrado en numerosas ocasiones por combatir esta práctica que primero invade los terrenos, después arrasa con la vegetación y algo más tarde vacía sus entrañas.

“El Estado siempre ha tratado de solucionarlo, pero no ha podido debido a la corrupción. El minero ilegal ya sabe cuándo se van a venir a hacer las intervenciones; la policía da la información”, cuenta Germán, también víctima de la minería: un tío asesinado, terrenos suyos invadidos y la amenaza siguiéndole como una sombra.

Era el año 2011. Ollanta Humala había ganado las elecciones y Alan García salía del gobierno: tiempo suficiente como para que avispados de todo el país llegaran aquí, tomaran la tierra y, con una maquinaria ligera —apenas un motor y un chorro de agua— comenzaran a destripar el suelo y a arrancarle cerca de 60 gramos de oro por día. La impunidad y la corrupción estaban de su lado.

Las anécdotas que se cuentan en Nueva Arequipa, conocida popularmente como La Pampa, dan fe de ello. Se habla de asesinatos, de un ritual llamado pago a la tierra en donde se entierra a mineros vivos, de robos de delincuentes grandes a delincuentes chicos y de saqueos de la policía a todos ellos.

Dos kilómetros componen “La Invasión”: la anarquía consumada. Una gorra, ropa vieja y mucha discreción se recomienda al extranjero que quiera atravesar a pie por ahí  —“esto es un caos; diario muere gente: como usted lo oye”, dice Germán— sin leyes, sin policía, con millones y sin su lugar en el mapa.

Junto con las mafias de mineros ilegales, también han florecido los llamados “pueblos nómadas”, en donde la prostitución,  los juegos de apuestas y la criminalidad se han disparado.

¿Mineros en regla?

La historia de Huepetuhe es más vieja, pero también más actual. La minería rodea esta población que brotó de una práctica que, desde hace años, se lleva a cabo en la región. Hasta la construcción de la carretera que une Cuzco con Madre de Dios en el año 2010, Huepetuhe era aún más remota de lo que hoy es. Desde entonces la delincuencia prosperó y a la minería ilegal se le unieron ladrones, la droga y la persecución del Estado a la minería.

“El gobierno nos ha satanizado —expone Juan Ojeda Gutiérrez, un  minero de 45 años que entró al negocio familiar a los 18 años—. Nos tratan peor que al narcotráfico; por una parte quieren formalizar la minería, pero por otra nos atacan”.

Juan, que acaba de bajarse de una impecable camioneta salpicada de barro, llega a comer antes de que el cielo reviente e inunde los caminos de acceso a las 350 hectáreas de superficie que explota junto a seis socios y de las que extirpa, con su maquinaria pesada, unos 50 gramos de oro al día —5 mil 300 soles de beneficio diarios—. Dragas, retroexcavadoras, frontales: su guerra contra la barriga de Madre de Dios.

En abril del año pasado, un operativo del Ejército atacó y destrozó muchos de estos campamentos y sus maquinarias. El proceso de formalización que el gobierno comenzó en 2011 apenas cumple las expectativas de un sector que, a pesar de sus mareantes cifras —30 mil millones de dólares y 300 mil personas implicadas, según Daniel Urresti, Ministro de Interior—, no acaba de lograr su asentamiento legal. Pero la rueda de la minería sigue girando: con sus cifras, su deforestación, su mercurio encharcando las aguas y las quejas de los mineros.

“Con una ley prohíben el uso de cargadores frontales y dragas. ¿Cómo puedes formalizar el sector si hay una ley que lo prohíbe? El Estado no nos da alternativas. La Pampa es ilegal, pero siguen trabajando, mientras que a nosotros nos atacan”, se lamenta Juan Ojeda, quien, en aquella operación de la policía, perdió toda su maquinaria.

En La Pampa, la minería ilegal sigue su curso. En Huepetuhe, la explotación trata de formalizarse mediante gestiones que caen a cuentagotas y donde el desierto avanza al ritmo que rastrean un oro que ya se agota y buscan más allá comprando concesiones.

En ambas, de lo peor que le pueden acusar a uno es de lo mismo: de ambientalista.

Los mineros ilegales en la región de Madre de Dios trabajan, por lo general, en equipos de cuatro personas y llegan a obtener hasta 50 gramos de oro cada día.

“Se meten sin permiso”

“A veces nos da la malaria, nos da diarrea o fiebre interior. Porque el agua está cochina con el barro que lava la minería y la grasa que bota. Un día le han encontrado así una bola, debajo de la costillita, a un pescado. Un tumorcito”, cuenta Matilde Tijé, vecina de Arazaide, la primera comunidad indígena reconocida como tal por el Estado peruano.

En Madre de Dios, la minería ilegal es la cabeza de un animal con muchas colas: la prostitución, la delincuencia, el contrabando (la carretera Interoceánica continúa hacia Brasil), la tala indiscriminada (“ellos entran, todito lo voltean”, dice Matilde), la contaminación de los ríos o el acoso a las poblaciones indígenas inflaman aún más el conflicto.

Matilde, junto a otras 100 personas, vive en su comunidad del kilómetro 162, donde poseen 2 mil hectáreas de terreno. Pero la minería lleva muchos años devorando parte de unas tierras que dedican al cultivo y que el Estado reconoció suyas en 1977.

“Desde hace 15 o 20  años tenemos problemas con la minería. Se meten sin permiso. Hemos reclamado judicialmente, pero la autoridad no hace caso. Es al otro lado del río, y allí no vive nadie —dice la mujer—. No les hemos reclamado, y ahora nos hemos ido a trabajar la mina porque necesitamos recursos”.

Y es cuando más se han encendido los enfrentamientos. El último, el pasado 27 de marzo; la comunidad contrató a tres hombres para trabajar la mina y dejar en Arazaide un porcentaje de las ganancias. Pero llegó Braulio Quispe, “un minero grande que dice que no tenemos los títulos de propiedad y que ha trabajado nuestro terreno durante dos años son pedir permiso”.

“No existe comunidad, no existen nativos, no existe nada. Y ustedes están robando mi metal”, les dijo el minero, acompañado de 12 policías, el fiscal de Mazuco y un perito.

La aventura minera de los nativos había durado apenas una semana en la que arrancaron siete gramos al día en una superficie esquilmada. “¡Hasta nos acusaron de robarles tres kilos de oro!”, se sorprende Matilde.

“Aquí te matamos porque tú eres el coimero, tú eres el ratero, tú eres el que recibe los sobornos”, le dijeron un día al antiguo fiscal cuando unos coreanos comenzaron a explotar un pedacito de su tierra. Llegó el fiscal y los coreanos —cuenta Matilde—, pero avisaron a paisanos de diez comunidades aledañas para que bajaron con sus flechas y su furia a punto. Ahora, Matilde rememora cómo el fiscal rompió en llanto. “Quiso tirarse al río. No le dejaban respirar los paisanos, pues”.

Todos los días nace un minero

Desde el cielo, la selva se ve remendada con parches marrones y plásticos azules, negros, rojos; las heridas, los toldos, la maquinaria. Pero desde la tierra, este Lejano Oeste tiene aquí su más fiel decorado.

Según Proceedings of the National Academy of Sciences, la minería en Madre de Dios engulle 6 mil 145 hectáreas de selva virgen anualmente, un aumento de 400 por ciento desde el año 1999. Esta zona, una de las más fértiles de todo el planeta, ve cómo, de manera inexorable, menguan sus territorios y su biodiversidad.

“Dicen que el mercurio contamina, pero es mentira. En diez años, el bosque se recupera. Mis padres trabajaron y continuaron aquí; si se reforesta, el bosque se recupera”, opina el minero Juan Ojeda.

Pero no dicen lo mismo los datos ni las fotografías ni los agricultores y ganaderos. No dice lo mismo el teniente alcalde de Nueva Arequipa, una de las zonas más castigadas y surrealistas de toda la selva, en donde todos los días muere gente, la selva en donde todos los días se muerde la reserva Tambopata Candamo, “la última sin nombres que ya empieza a tener nombres”. La selva en la que todos los días nace un minero.

“Al principio nosotros vivíamos tranquilos. No había prostitución ni corrupción. Tampoco había delincuencia y la vida era tranquila. No hay mineros en la cárcel, más bien han encarcelado a los agricultores. La ley es ciega. ¿Qué hago yo solo? Con esta gente hay que tener mucho cuidado —dice Germán—. Cuando una persona se opone a que sigan trabajando, ya te tildan. Te agarran, te golpean, te dicen de todo”.

Como en otros sectores donde la corrupción, el empleo y el exceso de dinero circulan sin demasiado problema —Perú se ha convertido en el primer productor de cocaína del mundo, por delante de Colombia—, el conflicto tiene varios frentes: ¿Qué hacer con los miles y miles de trabajadores dedicados a estos menesteres?

“Todo lo que se hace con alevosía, dolosamente, sale mal; todo lo que termina con maldad termina mal. Todo sale mal. Yo mismo digo: si quieres tener algo, trabaja y consíguelo, pero por acá no lo hacen así. Acá se arrogan todo el oro del Perú y ni siquiera dejan nada para el país y mucho menos para la comunidad”, argumenta el alcalde.

De momento, y a pesar de las consecuencias para las víctimas de esa deforestación  (“una bola, debajo de la costillita, a un pescado. Un tumorcito”), la minería sigue regando de dinero, y de furgonetas, y de noche, y de  juego, miles de vidas. Pero también de necesidades de primer orden.

“Hay que trabajar un poco la mina para el sustento de los niños, para los cuadernos del colegio”, dice Matilde al tiempo que Nena, su mona, mordisquea una planta y las gallinas picotean el suelo. “La chacra demora un año y cosechas un año nomás, pues. Entonces, la minería nos da para aguantar”

 Desde el aire, cada día es más “normal” ver cómo avanza la huella de la deforestación en la selva amazónica.