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Rezo por vos

El coma en el que se encuentra desde hace año y medio Gustavo Cerati divide a los argentinos en un debate sobre el derecho a la muerte digna: debe dejársele ir, como propone el ex Soda Stereo Charly Alberti, o habrá que esperar un milagro del Dios de su madre. El tema ya está en manos de los legisladores argentinos

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Diego Jemio
Buenos Aires, Argentina | domingo, 11 de diciembre de 2011 | 00:48

William Maximiliano Montivero recorrió 1,100 kilómetros en autobús para estar en una misa en la que decenas de fans pidieron a Dios que les conceda el milagro de despertar a Gustavo Cerati.

El chico de 21 años está sentado en la escalera de mármol de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, donde me cuenta que aunque él tenía apenas siete años cuando Soda Stereo tuvo su concierto de despedida, sus canciones le cambiaron la vida, que él era parco y cerrado y se volvió cariñoso. Era 1997 cuando Cerati soltó su célebre “gracias totales” en el estadio River Plate para decir adiós a la agrupación que cosechó millones de seguidores de habla hispana, junto con Alberti y Zeta Bosio. Tiempo después, William vio el video de ese momento, de Gustavo cerrando el recital con una canción que ya es un himno latino. Y aquel amor, de música ligera, nada nos libra, nada más queda. En uno de sus viajes, su papá llevó a casa el disco Doble vida. Ahí nació el romance, que hoy alimenta con fe.

“Dios es lo más grande que hay. Yo sé que va a salir. No importa si no puede cantar más. Pero quiero que esté con nosotros y que sea el hombre más feliz del mundo”, dice William, con su acné duradero, el flequillo de adolescente, la camiseta del disco Ahí vamos, la mirada tímida y la esperanza encendida. Cree que su Dios le devolverá al hombre que logró modificar ese carácter duro como la tierra de su humilde provincia, Chaco, una de las más pobres del país.

—Comencé a escuchar a Soda por mis hermanos mayores. Pero me hice fanático a los 12 años. Ahí me enamoré, me enloquecí. Cuando leí que Soda volvía a juntarse en 2007 me puse muy feliz. Y viajé a Buenos Aires para verlos. Me acuerdo que vendí un teléfono celular y camisetas de Boca Juniors para pagarme el pasaje. Y eso que soy muy hincha.

—¿Dónde estabas cuando Cerati tuvo el accidente? ¿Qué pensaste en ese momento?

—Estaba en la calle haciendo unos trámites. Me lo contó mi papá cuando volví a casa. Pensé que no iba a ser tan grave. Después, cuando me enteré que era un ACV (accidente cerebrovascular) pasé uno de los momentos más difíciles de mi vida. Me encerré en mi habitación y no podía parar de llorar. Estuve así un mes, con una depresión espantosa. Llegué a enfermarme.

La historia de fe y de amor de William es una de las cientos de miles que se repiten en toda América Latina desde mayo de 2010, cuando el músico cayó en coma tras sufrir un accidente cerebrovascular. Las manifestaciones se reproducen en foros de internet, en pancartas pegadas en la pared de la clínica donde está internado, en reuniones laicas y en cadenas de oraciones.

Pero no todos creen que hay que mantener a Cerati con vida a cualquier costo. Y las opiniones cruzadas crearon un debate en Argentina sobre la necesidad de contemplar una “muerte digna” para el músico. Uno de ellos es el propio Charly Alberti, baterista de Soda Stereo, amigo y compañero de ruta de Cerati durante buena parte de su vida.

Para muchos, sus palabras fueron una puñalada, una traición de amigos. Para otros son sólo sensatez de alguien que lo quiere bien. Alberti habla de dejarlo ir, de desconectarlo, de dejar que la naturaleza haga su trabajo con un cuerpo ya inerte.

“La verdad es que hay días en los que me siento muy mal. Opté por no ir a verlo porque quedo 15 días out. Me hace muchísimo daño. Y lo único que espero es que esto termine rápido, por Lilian (mamá del cantante), Laura (hermana de Cerati), los hijos y los fans. Esto se está poniendo largo y me parece que él no lo merece. Hay que dejarlo ir… o venir”, declaró Alberti.

El cantante del grupo Intoxicados, Pity Alvarez, ya había dicho tiempo atrás: “La verdad, creo que lo mejor es que se muera. Se lo deseo de onda”.

Hugo Óscar Rojas, ex tramoyista de Soda Stereo en los años 90, tiene —quizá— la respuesta más lúcida ante el dilema: “Yo creo en Dios y siento que no deberían dejarlo ir. Pero si no fuese creyente y pensara que debe morir, ¿quién tomaría la decisión de desconectarlo? ¿Quién llevaría toda esa responsabilidad? ¿La madre? ¿La hermana? Ellos se aferran a la esperanza de que Gustavo pueda despertar algún día. Yo haría lo mismo si tuviese un hijo o un hermano en esa condición”.

Para muchos es una tentación jugar con las letras de Cerati; buscar mensajes encriptados en sus canciones; rastrear en versos que den cuenta de este presente inmóvil. Con el gesto siempre teñido de tristeza, los fans eligen “Puente” como el tema que más representa al músico en este momento. Cruza al amor. Yo cruzaré los dedos... Y, gracias por venir. ¡Gracias, porvenir! Adorable puente... Usa al amor... Usa al amor como un puente. La canción del gran disco Bocanada ahora es tarareada por algunos seguidores que se encuentran en la puerta de la Catedral. Al rato, entran todos. La misa está por comenzar, justo el día en el que su hijo Benito cumple 18 años. Su hermana Lisa tiene 15.

Sentada muy cerca del altar, una chica lleva colgado del cuello un pedazo de cartón rojo en forma de corazón. En el centro, pegó una foto de su ídolo. Cada vez que el cura lo nombra, besa la imagen de papel. Por momentos llora, por momentos mira a un punto fijo, con los ojos inmóviles y llenos de tristeza. Por momentos abraza a su madre, que parece sufrir tanto como ella. El cura reza por su salud.

—Venimos a pedir por Gustavo Cerati. Vamos a pedir para que Dios lo pueda seguir sosteniendo. Vamos a pedir para que su familia tenga fuerzas, contenida por la gracia de Dios. Vamos a pedir también para que todos tengamos así, desde este momento y con este ejemplo, siempre el respeto por la vida humana —dice, seguramente como respuesta a los pedidos de una muerte digna para el artista.

Luego dirá que todos los fanáticos del músico deben encomendarse a la Virgen. Y hasta él, en teoría enviado de Dios en la tierra, cree que su recuperación no es fácil.

—Yo sé que en este día, con sinceridad de corazón, quisieran pedirle a Dios una intervención directa. Cada uno quiere un milagro. Cada uno quiere que, al salir de aquí, Gustavo se encuentre de pie. Pero debemos saber que Dios siempre actúa para nuestro bien.

Muy cerca del cura, está sentada Magalí Espíndola, 19 años, toda de negro, la voz suave, el pelo azabache, el gesto entre aniñado y sensual. Dice que se hizo fan de Soda Stereo por herencia familiar, y de Cerati por decisión propia, aunque nunca lo vio en vivo. Recuerda el accidente del músico en Venezuela. Habla convencida, tanto que da pudor recordarle los pronóstico pesimistas de los médicos. Como el ser o no ser shakesperiano, pienso en la fe. Tenerla o no tenerla. Creer que existen los milagros. O no creer en nada. Ser fan de Cerati y ateo debe ser uno de los peores destinos posibles.

“No quiero que Gustavo se vaya. Yo sé que se pondrá bien. Falta poco para que eso pase. Si hablás con la madre, sabrás la cantidad de avances que tuvo. Sólo le falta abrir los ojos. Estoy segura de que lo veré arriba de un escenario haciendo música. En los momentos en los que estoy muy triste, escucho sus canciones y me pongo mejor”, me dice la chica que quiere ser maestra de educación diferencial y trabaja en un estudio contable.

Cuando habla, me mira a los ojos fijamente, con una expresión ligeramente suplicante, como pidiendo que yo también me sume a sus ruegos. Luce frágil. Entro en el juego de los fans de pensar canciones que la definan. Así son las cosas, amargas. Son fotos veladas de un tiempo mejor, escribió Gustavo en El mareo. La escribió como todas sus canciones, empezando por las estrofas.

Entre la razón y la fe

Como alguna vez dijo el filósofo español Miguel de Unamuno, la fe es un hecho en los que la poseen. Y les resulta inútil disertar sobre ella a aquellos que no la tienen. Los últimos partes médicos —el eterno dilema ciencia y fe— se remontan a mayo de este año y no son alentadores. 

“El paciente Gustavo Cerati ha sido transferido a una habitación de menor complejidad en el día de la fecha. En cuanto a su estado clínico, persiste en coma. Se encuentra respirando con soporte mecánico y con asistencia permanente del equipo de Kinesiología de FLENI (Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia). No presenta complicaciones activas. Hoy se realizó una nueva tomografía cerebral, que no mostró cambios con respecto a las previas”, difundió Claudio Pensa, director médico de la institución.

Luego, fue trasladado a la Clínica Alcla, de menor complejidad, donde está internado actualmente. Ellos dijeron: “El paciente Gustavo Adrián Cerati está clínicamente estable, sin cambios neurológicos, con adecuados parámetros nutricionales y sin intercurrencias agudas, persistiendo con asistencia respiratoria mecánica y manteniendo un plan de desvinculación progresiva del respirador. Continúa con su plan terapéutico habitual, trabajando en las diferentes áreas de rehabilitación”.

“Lago en el cielo”, del disco Ahí vamos, fue el último tema que cantó Cerati aquel 15 de mayo en Caracas, antes de sufrir un ataque cerebral masivo. Ahora, cada frase es una señal. El tiempo es arena en mis manos, dice un verso de la canción. Ahora, todos recuerdan las imágenes que pasan como ráfaga. Cerati luego del concierto diciendo que sólo quiere descansar —algo rarísimo en él después de un show—, Cerati desplomándose en el sillón de su camerino, Cerati trasladado a la clínica La Trinidad de Venezuela donde fue operado, Cerati al día siguiente con el cuerpo adormecido, Cerati dormido, en un sueño del que todavía no puede despertar.

El músico sufrió una isquemia durante el show y un infarto cerebral en el hospital. Tiene afectadas las funciones neurológicas, como moverse, hablar o ver, a raíz de un aporte sanguíneo insuficiente, además de una muerte de células cerebrales. En una reciente entrevista a la revista Newsweek, Tristán Bekinschtein, investigador argentino residente en Inglaterra, dijo: “La expectativa real de que se recuperen estos pacientes es baja”.

Lilian Clark, la madre del cantante argentino que sigue vendiendo discos, confía en la opinión de los médicos, pero tiene una fe conmovedora. Es la única que visita al músico todos los días y se sienta al pie de su cama para acompañarlo. Cree que su hijo tiene un estado de mínima conciencia. Asegura que se emociona y reacciona ante los estímulos.

—Lo veo cada vez mejor. Sé que es un proceso largo y difícil, pero tengo esperanza y una profunda fe. Sé que saldrá adelante. No sé cuál es el misterioso mundo donde Gustavo está, pero yo sé que siente —aseguró en una reciente entrevista.

En este tiempo de internación, la mujer recibió todo tipo de amuletos. Marta Torresi, una madre cuyo hijo en coma despertó, le regaló a Lilian un rosario que, dice, es salvador. Ella lo recibió esperanzada.

Pero hay otros que perdieron la fe o decidieron alejarse porque no soportaron la idea de ver a Gustavo en esa situación, con un cuerpo enchufado y atrofiado, donde antes había vida y talento. Chloé Bello, la última novia del músico, se mudó a Europa en agosto de este año. Días antes de tomar el avión, pasó por la clínica del barrio porteño de Belgrano para despedirse. “Para ella la situación es muy difícil, llegó un momento en que no sabe qué hacer y se desespera”, dijeron en el círculo íntimo de la modelo.

Mientras tanto, Clark no baja los brazos. Cree que Cerati necesita escuchar voces conocidas. Entonces, cuando lo visitan músicos y amigos, les pide que le hablen o que le canten una canción que él conozca. También recopiló algunas grabaciones de cuando Gustavo era niño y se las pasa durante el día. Los médicos, por su parte, creen que los avances de los que habla su madre son apenas respuestas reflejas a estímulos internos o externos.

Por eso, suenan cada vez más fuertes las palabras que cuestionan la decisión de mantener la vida a cualquier costo. El tema, además, se intensifica a raíz del debate en el Congreso del proyecto de ley de “muerte digna” en Argentina, que busca regular los derechos de los enfermos terminales o en agonía, los deberes del personal sanitario que los atiende y las garantías que deberán cubrir hospitales y clínicas.

Los músicos de rock y muchos fanáticos coinciden en que Cerati vivía un gran momento creativo cuando tuvo el accidente en Venezuela. Con Ahí vamos, en 2006, había grabado el disco más aclamado de su carrera como solista, que le valió el premio Gardel de Oro, el máximo galardón de la industria musical argentina. Su carrera estaba más sólida que nunca y no le debía ninguna cuenta al pasado más exitoso.

Luego ganaría la misma distinción y otras siete estatuillas más con Fuerza natural, su quinto disco como solista; además, al momento del accidente, estaba grabando Fuerza natural, la película. Y tenía en mente otros proyectos.

Pese a la enfermedad —o quizá a raíz de ella—, la maquinaria Cerati sigue dando mucho dinero. Sus cinco discos solistas y los de Soda Stereo se venden de forma sostenida. Laura, una de sus hermanas, tomó las riendas de la vida económica de su hermano. Su estudio de grabación Submarino, que sigue funcionando, y todo el material grabado previo al accidente son algunos de los patrimonios que maneja celosamente.

Además, se habla de una tregua con la discográfica Sony Music para no reeditar —por ahora— discos ni sacar a la luz canciones inéditas de Cerati.

El último trabajo vendió más de 60 mil copias; sólo por el regreso de Soda cobró poco más de dos millones de dólares y los ingresos por derechos de autor superarían los 300 mil dólares mensuales, según fuentes extraoficiales de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (SADAIC).

La misa por Cerati ya terminó. Los fans dicen que la madre no fue para evadir las preguntas de la prensa sobre los dichos de Alberti. El diagnóstico sigue siendo el mismo: “Infarto extenso en el hemisferio cerebral izquierdo y daño del tronco cerebral secundario”. Amelia Álvarez, vocera de prensa de la familia de Cerati, agrega:

“Continúa en coma en la clínica. Percibimos en él sutiles señales que nos confirman el camino emprendido junto al equipo de médicos, el equipo de enfermería, kinesiólogos, músicoterapeutas y demás especialistas”.

Mientras tanto, Agostina Conserva está sentada en la escalinata de la Catedral Metropolitana. Viajó 50 kilómetros desde la ciudad de La Plata para rezar por su cantante favorito. Se acomoda los lentes de sol y dice que está enojada con Alberti.

—Tendría que haber sido más delicado. La madre y los hijos se levantan con la esperanza de verlo despierto. Yo, como fan, me acuerdo de Gustavo todos los días. Esta agonía, esta incertidumbre de no saber qué pasará me tiene mal. Me duele mucho —me dice, mientras se toca el pecho con la palma de la mano, tocando ese dolor.

—¿Y vos? ¿Seguís con esperanza?

—Claro que tengo esperanza. Quizá mi esperanza sea ilusa. No me importa. Si no creemos, es imposible aportar esa energía que él necesita. Se va a despertar. Vas a ver. Quiero ver de nuevo esos enormes ojos azules.

Agostina carga su bolso y se va caminando, en dirección al Río de la Plata. Pienso en su dolor, en lo difícil que es abarcar la tristeza en palabras. Me sigue persiguiendo la obsesión de buscar pistas en las canciones. Cae como un fruto uno de los versos de la canción “Nuestra fe”. Con el sol de abril, y sin saber por qué, estoy sudando en nuestra fe. Que no para de crecer. Que no para de crecer. Se hace de noche en Buenos Aires. Un gran silencio flota en el viento.

 

 

DIEGO JEMIO (Tucumán, Argentina, 1977) ha publicado crónicas y reportajes narrativos en medios de su país, Perú, Ecuador, Venezuela, México y España. Tiene facilidad para memorizar diálogos de películas y recopilar datos inútiles.