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Pueblo chico, cuartel grande

El pueblo de San Fernando tenía 50 policías antes de los asesinatos masivos atribuidos al crimen organizado, ahora 750 soldados custodian esta ciudad del norte de Tamaulipas, donde los militares también hacen labores de tránsito, pintan calles, brindan servicios dentales y cortan el pelo a los niños. A pesar de todo, en enero hubo 37 homicidios
Por: Javier Estrada, Fotos: Hans Musielik
SAN FERNANDO, Tamaulipas | domingo, 25 de marzo de 2012 | 00:10

El militar gira sobre su propio eje cuando marca el alto a los automovilistas que disciplinadamente siguen sus instrucciones. Los peatones, tímidos y esquivos ante la mirada del soldado, cruzan la calle con un ritmo que simula una marcha del Ejército: alineados y sincronizados, atraviesan las angostas calles del centro. Este inquilino verde es solamente uno de los 750 que han llegado desde hace nueve meses a este pequeño lugar, ubicado al norte de Tamaulipas. Antes, eran media centena de policías para sus 57,000 habitantes, que ahora despiertan cada mañana en una ciudad convertida en un cuartel. Los militares no sólo dirigen el tráfico y patrullan las calles, sino que hacen revisiones en puestos de control, atienden denuncias ciudadanas. Incluso, como parte de las tareas,  ofrecen atención médica a la población, pintan bardas, podan el césped de escuelas públicas y hacen de peluqueros.

Desde junio de 2011, los militares fueron convertidos en policías después de una serie de asesinatos macabros, entierros clandestinos en fosas, masacres, secuestros y extorsiones. En su mejor momento, la policía municipal llegó a tener a 50 uniformados para cubrir las necesidades de seguridad de todos los habitantes: ahora hay un militar por cada 76 pobladores.

Las fuerzas civiles desaparecieron en abril del año pasado, cuando treinta policías renunciaron o quedaron en prisión preventiva por supuestos vínculos con el narcotráfico, me dice el alcalde Tomás Gloria Requena. Los soldados llegaron al pueblo en junio, en el momento más álgido de la disputa entre la organización delictiva Los Zetas y el cártel del Golfo: diez meses antes habían encontrado los cuerpos de 72 inmigrantes centro y sudamericanos en un polvoriento rancho de San Fernando. Inmediatamente sustituyeron las tareas que desempeñaban los agentes de Seguridad y Tránsito.

Además de los cien policías militares que se encargan específicamente de la seguridad del municipio de San Fernando, el gobierno federal culminó a  las afueras de la ciudad un cuartel que ya alberga a 650 soldados del 106 Batallón de Infantería, a cargo del general brigadier Arturo Medina Mayoral. Este cuartel es uno de los tres nuevos que se instalaron en todo Tamaulipas, anunciados por el presidente Felipe Calderón en mayo de 2011, casi un año atrás. Uno similar ya se terminó en la fronteriza Ciudad Mier con la misma cantidad de soldados, mientras que otro más se construye en Mante, al sur de la entidad.

San Fernando está entre los 22 municipios que tiene policías militares; si se considera  que Tamaulipas tiene 43 localidades, entonces más de la mitad de su población convive palmo a palmo con los soldados, todos los días.

La disputa entre las dos organizaciones criminales ha dejado un récord de homicidios en la localidad: 292 entre enero y septiembre de 2011, según el último dato proporcionado por la Procuraduría General de la República (PGR). Esta  cifra posicionó a San Fernando  en el octavo lugar en la lista nacional de municipios con más muertes relacionadas con la delincuencia organizada.

La importancia de San Fernando para las organizaciones criminales es que constituye un "nudo de comunicaciones" para el tráfico ilegal de drogas, armas y personas, porque ahí confluyen carreteras a ciudades importantes de Tamaulipas (Matamoros, Reynosa, ciudad Victoria), Nuevo León (Monterrey) y la capital homónima de San Luis Potosí, me dice el comandante de la Octava Zona Militar, Miguel Ángel González Cruz. La llegada de tantos soldados es histórica en los 263 años de la fundación de San Fernando.

Los nuevos inquilinos

Como si abandonaran sus barracas, los pobladores salen a las calles y conviven con sus nuevos vecinos bajo un calor de 35 grados. Un aparatoso convoy de oficiales de alto rango atraviesa el centro de San Fernando y, por un momento, el policía militar que dirige el tráfico se queda rígido y hace el saludo habitual a sus superiores. Algunos habitantes contienen la respiración y  otros esbozan una sonrisa tímida.

"En cada esquina hay soldados", me dice Miguel Ángel, un chico de doce años que tiene unos expresivos ojos cafés. Estudia en la Escuela Secundaria Belisario Domínguez, uno de los 159 planteles de educación básica que existen en San Fernando.

"Perdí la mitad del año  por la delincuencia", cuenta el niño, rodeado de varios de sus compañeros. Afuera de la escuela, el omnipresente policía militar marca el alto a los automovilistas. Y adentro,  otro espera en un teatro a que lleguen los estudiantes para sentarlos en un banquillo y cortarles el cabello. Miguel Ángel me corta rápido la conversación y corre para que también le cambien el look.

Una veintena de militares conviven con los pequeños  mientras podan el césped del colegio, pintan bardas o les revisan las muelas como parte de una labor que ha encomendado la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) en ocho planteles del municipio.

"Todavía tenemos miedo, pero menos", interrumpe Braulio, de la misma edad que su efusivo amigo. A principios de enero les tocó una dura balacera cerca de la secundaria. A Braulio no se le olvida que su maestro les ordenó tirarse al suelo en plena clase, durante la mañana. Desde entonces, dice, le gusta la presencia de los militares, se siente más confiado.

A finales de 2009, cuando la crisis de inseguridad se agravó en San Fernando, en esta misma escuela hubo un ausentismo de hasta el 40 por ciento de los 1,500 alumnos, detalla el director del plantel, Noé Campos Contreras. En ese tiempo más del 10 por ciento tomó lo necesario y le dio la bendición  a sus casas: abandonaron todo a los cárteles. El alcalde Gloria Requena, un poco optimista, espera el regreso de todos los habitantes por la presencia militar.

En el caso de los niños, a principios de este año, el colegio de Miguel Ángel y de Braulio ya tenía una asistencia de 97 por ciento, además de 500 solicitudes de nuevo ingreso, dice el director de estos dos estudiantes. "No había una situación específica (del ausentismo), simplemente se trasladaban a otra ciudad", cuenta.

Sin embargo, al volver de nuevo a sus hogares y a sus pupitres, los alumnos ya no eran los mismos. El sistema Desarrollo Integral para la Familia (DIF) de San Fernando tiene un cuerpo de psicólogos que atienden todos los viernes a niños que presentan síntomas de shock postraumático ocasionado por la violencia que han vivido en los últimos tiempos.

"Estamos superando (el fenómeno), definitivamente con el apoyo de todos: maestros, padres de familia, las instituciones de la localidad", alienta el docente.

Algo similar opina Nohemí, una ama de casa morena, chaparrita y risueña. Caminaba con tranquilidad por la plaza principal, cargando en la mano derecha una bolsa de plástico con el mandado del mediodía, que había comprado unos minutos antes en el centro de San Fernando. "La verdad los militares nos salvaron la vida. Yo no confiaba en los policías que aquí había, aparte eran muy poquitos para todo el municipio".

La escasez de policías civiles en Tamaulipas es crítica. Para todo el estado hay poco más de 6,000, una proporción de 184 por cada 100,000 habitantes, la segunda más baja en todo México, según el reporte del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP).

Para algunos pobladores de San Fernando, la presencia verde da un poco de alivio, quizá, pero para otros es abrumador. Puertas adentro, una parte de San Fernando se cuestiona si este blindaje es real o se desmoronará en otra ola criminal. En la vía pública, sin embargo, evitan la pregunta, y mucho menos encaran a sus custodios o dan abiertamente y sin titubeos su opinión a los periodistas. "Aquí la situación sigue igual", dicen, en voz baja. La principal medida de esta percepción proviene de los homicidios dolosos que no paran: en enero pasado hubo 37 asesinatos, según  los datos preliminares del gobierno federal.

Aún con esto, el modelo de seguridad militar quiere ser emulado por las autoridades locales y para la refundación de la policía municipal, el alcalde Gloria Requena dice que San Fernando ya ha contratado a doce nuevos elementos, todos exmilitares retirados, que actualmente toman las pruebas de control de confianza.

La llegada de más soldados también ha generado un estímulo para la economía local, que ha sufrido los estragos del éxodo de familias enteras, empresarios, el cierre de negocios y el paro laboral en algunas empresas.

El 70 por ciento de los empresarios que emigraron habían regresado para finales de enero, de acuerdo con datos proporcionados por el presidente municipal. "Estamos recuperando la situación económica. Vemos cómo paulatinamente avanza  el sector comercial, el sector de prestadores de servicio, el campo", dice.

En un recorrido por las calles puedo observar comercios que reabrieron, pero aún cuelgan, nadie sabe hasta cuándo, carteles con la leyenda "cerrado".

Algunos de los clientes en los comercios son los mismos militares. Esto es algo paradójico, porque la economía del municipio se estimula, pero a su vez es el municipio quien paga, principalmente, los sueldos y la gasolina de los  policías militares. En 2011 las arcas municipales desembolsaron los tres millones de pesos presupuestados para los nuevos cuidadores, pero para finales de enero estos gastos habían aumentado considerablemente, dice el alcalde. La situación se agrava porque no se otorgaron en 2012 los subsidios federales destinados para la seguridad municipal: el Consejo Nacional de Seguridad Pública rechazó la solicitud emitida de San Fernando porque no cumplió con una serie de lineamientos para acceder a estos recursos, entre ellos,  la reducción de la incidencia delictiva.

Casi termina el día en  San Fernando. Los habitantes se van metiendo a sus casas tras haberse  reencontrado con sus silenciosos custodios. En el ocaso, la figura de aquel soldado que marca el alto en los cruces viales caminará obediente a su cuartel, donde aguardará hasta la mañana siguiente.

 

JAVIER ESTRADA es un periodista tamaulipeco que trabaja en Monterrey, desde donde investiga y cuenta historias sobre la narcoviolencia y la inseguridad, pero aún así se hace tiempo para disfrutar de vez en cuando de un buen cabrito acompañado por una o dos cervezas frías. Ni Rayado ni Tigre, su pasión es la música, la guitarra y el cine