I
Antes de que el concepto de discriminación tomara forma en nuestra sociedad, antes aun de que se considerara que hombres y mujeres somos iguales y que, por lo tanto, debemos ser tratados de manera equitativa, la discriminación existía. Por raza, color, condición social y desde luego, por género, el trato diferenciado a las personas ha sido costumbre: maltrato y mala costumbre que, como la mala hierba, es difícil erradicar.
Durante siglos ni siquiera se pensaba en que las condiciones podían cambiar: así era y punto. En México, por partida doble —las tradiciones indígenas y la cultura hispánica—, el predominio de los hombres hizo del machismo una práctica común, un hábito diario. Algo que por repetido pasa a ser normal y por normal, casi invisible.
"Así nos educaron", podríamos decir, y sin pararnos a reflexionar, continuar las mismas prácticas, seguir en la comodidad de las costumbres de siempre. Siglos de tratar de dejar a las mujeres confinadas en su supuesto destino de encierro, de ocupar un plano secundario, de quedarse en la oscuridad, de condenarlas a no tener las mismas oportunidades. Sin embargo, Heráclito tenía razón, el tiempo no se detiene, su perpetuo flujo como caudal de un río hace que nada permanezca igual, que todo cambie constantemente.
Tras años de esfuerzos, de luchas constantes por remontar la corriente, las mujeres pueden en estos días tomar el destino en sus manos, pero no son todas, ni todos los machos han dejado de existir. Hay todavía grandes obstáculos, todavía queda mucho camino por recorrer.
Como uno debe hablar de lo que conoce o sabe, y mi vida, larga ya, ha transcurrido en el teatro, gracias a esta oportunidad que nos brinda el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, puedo ahora dar testimonio de algunas historias que no sólo han marcado nuevos derroteros en la cultura y el teatro en México, sino que han dejado una profunda impresión en mi desempeño como actor y en mi vida profesional y personal.
Son estas historias de mujeres que, adelantadas a su momento, vivieron vidas plenas, mujeres que con gran valor y fuerza desafiaron las convenciones sociales y culturales. Su esfuerzo y trayectoria son un ejemplo que inspira y que ha tenido resultados visibles y admirables.
II
En los escenarios del mundo, en diferentes épocas y distintas culturas, imperó durante mucho, mucho tiempo, la total exclusión de las mujeres. Indispensables en toda construcción humana y por lo tanto también en toda forma dramática, las mujeres no podían representarse a sí mismas. En la Antigüedad, en el ritual del teatro griego, si bien se les aceptaba como espectadoras, los papeles femeninos, fueran de diosas o reinas, eran desempeñados por ellos.
La tradición ancestral del teatro noh en Japón marcaba que, tras las delicadas máscaras de rasgos femeninos usadas para la representación dramática, fueran indefectiblemente hombres los que asumían el papel de mujer.
Lo mismo sucedía en el teatro isabelino, hombres caracterizados representaban a las grandes heroínas: la hermosa Julieta era un hombre…
Mucho tiempo tuvo que pasar, y mucha agua del río que contemplaba Heráclito tuvo que correr, para que las mujeres ganaran el derecho a estar en el escenario y actuar los papeles que les tocaba desempeñar.
Cuando al fin ellas pudieron ser actrices, no tardó en ponérsele un alto precio al atrevimiento. Pertenecer a la farándula era poner las virtudes y los valores propios en entredicho: ser actriz durante años fue sinónimo de liviandad, de reputación dudosa. Las "señoritas de buena familia" no podían ser tiples o bataclanas, como despectivamente se agrupaba a toda aquella que osara trabajar en un escenario.
El rechazo social y la admiración del espectador masculino corrían de manera paralela. Flores, obsequios, aplausos, pero al mismo tiempo una mujer del teatro era considerada poco menos que una aventurera por la llamada "gente decente".
Si la discriminación en lo social era una constante, en lo laboral el trato era igualmente desfavorable. Tampoco, por supuesto, había ninguna clase de apoyo por el hecho de ser madres, sino que generalmente eran despedidas, y en este oficio si no trabajas, no cobras.
III
Así, en un ambiente dominado por estos modos, apareció primero una mujer fuera de serie: doña Virginia Fábregas. Su vida fue —esa sí, y en el mejor de los sentidos— una aventura verdadera. Huérfana de padre, desde muy joven combinó su trabajo como maestra en una escuela para sordomudos con su afición al teatro. Venció la oposición materna y debutó como actriz profesional en 1892, cuando tenía 21 años. Luego de formar parte de la compañía de Leopoldo Burón, con quien viajó a Cuba, gracias a su talento comenzó a destacar. Pronto logró fundar su propia compañía de teatro y en el Teatro Arbeu —a manera de irónica revancha— representó ella a don Juan Tenorio. Con grandes esfuerzos, buscando ayudas, utilizando su fama y el reconocimiento que la seguía, adquirió el antiguo Teatro Renacimiento y lo remozó para bautizarlo con su propio nombre. Con su compañía o con otras, recorrió el país de arriba abajo.
La llegada de tiempos difíciles con la Revolución la obligó a irse de gira a Centro y Sudamérica. Con 24 toneladas de equipaje, con sus compañeros y compañeras de trabajo, a bordo de coches de caballos, trenes, barcos, lanchones y hasta a lomo de burro, logró llegar en 1912 nada menos que hasta Buenos Aires.
Ni las dificultades económicas ni los problemas familiares —ella fue la primera en obtener en México un acta de divorcio— ni el cuidado de los hijos y luego de los nietos la apartaron nunca de su vocación y su vida, el teatro.
En su doble papel, de actriz y empresaria, cabeza de su compañía, doña Virginia Fábregas vivió todo lo imaginable: revoluciones, accidentes, huracanes, sublevaciones en países remotos, y por si fuera poco las tribulaciones de las dos Guerras Mundiales.
Con una fuerza increíble y una energía sorprendente, nunca dejó de trabajar: organizaba giras, presentaba obras nuevas, buscaba la manera de conservar su teatro y su compañía. Su apellido y su legado han llegado hasta nuestros días, a través del trabajo continuo de hijos, nietos y bisnietos: una familia de actores, actrices y empresarios. Un ejemplo de profesionalismo admirable.
IV
Otra mujer destacada en la historia del teatro mexicano fue María Tereza Montoya. Proveniente, ella sí, de una familia dedicada a la actuación, la Montoya, como se le conocía y llamaba a la usanza de los grandes, fue también empresaria y actriz de grandes vuelos. Nacida con el siglo XX, debutó en el teatro a los tres meses de edad, y no lo dejó sino hasta su muerte, setenta años después.
Al quedar huérfana muy niña tuvo que trabajar para ayudar a la familia y lo hizo en lo que sabía hacer, como actriz en los escenarios. A partir de 1917 formó diversas compañías y organizó giras por toda la república. Fue al sur de Estados Unidos, atravesó el Golfo para representar en Cuba, viajó también hasta Perú, Colombia, y Argentina. Luego fue invitada a ofrecer una gira por España.
Su talento y su temperamento de primera actriz la llevaron a interpretar personajes creados por los más célebres dramaturgos, desde Oscar Wilde hasta Jacinto Benavente, pasando por Federico García Lorca o Bertolt Brecht.
La Montoya hizo también cine y televisión. Frecuentó a escritores y artistas, y fue socia fundadora de la Asociación Nacional de Actores, la Anda. Dos de sus hijas son también actrices.
María Tereza Montoya fue, al igual que muchos de sus personajes, como aquella inolvidable Madre Coraje (de Bertolt Brecht), una mujer de gran temple y valor. Ella, por su calidad como actriz y por los tiempos que le tocaron vivir, fue el puente entre el teatro tradicional y las nuevas tendencias.
V
En México, las nuevas tendencias en el teatro, llegaron a finales de los años veinte del siglo xx, con el Teatro de Ulises. La vieja escuela, la de las compañías de repertorio, funcionaba con escenografías pintadas sobre telones –que se planchaban al llegar a cada destino–. Se montaban obras generalmente de repertorio chico, con personajes parecidos para poder utilizar vestuarios semejantes así como a los mismos actores y actrices contratados para representarlos. Los diálogos no se memorizaban por completo, por lo que el apuntador, en su infaltable "concha", era un miembro indispensable. No se trataba de buscar el realismo en la representación, sino de apelar a las emociones de un público que no tenía muchas otras opciones de diversión.
El Teatro de Ulises era lo contrario. Conformado en torno a la revista Ulises, en la que participaron los Contemporáneos, Salvador Novo, Celestino Gorostiza, Gilberto Owen y Xavier Villaurrutia, con el mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado, el grupo de El Teatro de Ulises, trajo cambios profundos que revolucionaron la forma de hacer teatro y la cultura en nuestro país. Con el grupo debutaron actrices como Isabela Corona y la muy joven Clementina Otero.
De ahí en adelante, el teatro moderno desmantelaría la "concha", las obras serían memorizadas por los intérpretes y, entre otras innovaciones, las escenografías tendrían cuerpo y volúmenes. Eso naturalmente trajo cambios en muchos aspectos más.
Si hasta ese momento no había más escuela que los escenarios mismos, México transitaba a una nueva forma de ver y enfrentar el hecho teatral. En 1946 se fundó la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes, la primera en México, de la que surgirán las nuevas generaciones de actores, con preparación académica y profesional. Los creadores del Teatro de Ulises, llamado para entonces de Orientación, son también los primeros maestros, quienes con su preparación y altos alcances intelectuales, transformaron la escena nacional.
En ese momento, yo me reponía de una grave operación (una cirugía para recuperar la columna vertebral, que me había roto al caer de un árbol, cuando pizcaba naranja en Estados Unidos) y leía a Xavier Villaurrutia. En cuanto pude caminar, fui a buscar a Villaurrutia y lo encontré en la Escuela de Teatro de Bellas Artes. Durante un año completo, sin poder decidirme a entrar formalmente a la escuela, acudía un tanto a escondidas a las clases y fue ahí que conocí a Clementina Otero.
Elegante, bella y de una brillante inteligencia, la maestra Otero cautivaba a todo aquel que llegaba a conocerla. Fascinaba tanto como expresaba su primer cautivo, Gilberto Owen: "Me muero de sin usted", y fue también inspiración para el gran poeta Villaurrutia, como atestigua su obra ¿En qué piensas?
Pero regresando a cuando la conocí, Clementina Otero me impresionó mucho. Ella se desenvolvía con seguridad y se desplazaba por el salón aparentemente sin problemas. Luego supe que ella había padecido una grave enfermedad de la vista que la dejó casi ciega. Por conversaciones con algunos actores que habían trabajado con ella en los escenarios en aquel tiempo, me enteré de que en sus últimas actuaciones en Bellas Artes, ella había tenido que medir todo minuciosamente para poder trabajar. Contar sus pasos a cada una de las posiciones: tres pasos a la izquierda hasta el sillón, levantarse y quince pasos para alcanzar la puerta… todo lo ensayaba a detalle antes de que se abriera el telón cada noche, con gran dificultad. El público nunca se dio cuenta de nada, con esa seguridad se movía ella en escena.
Después la operaron, quizás, y ella, que fue tan discreta con su vida privada, hablaba muy rara vez del asunto, pero siguió dando sus clases, y siguió trabajando sin tregua, siempre con ánimo, con una dedicación realmente ejemplar.
Esta pionera del teatro nuevo no sólo participó en la fundación de la Escuela de Arte Teatral, sino que llegó a dirigirla (1965). Además de ser actriz y maestra, Clementina Otero fue una incansable promotora, junto a Concepción Sada, del Teatro Infantil de Bellas Artes, institución que también dirigió (1941-1948). Desde ahí puso en escena y escribió un gran número de obras, y presentó espectáculos con el fin de crear nuevos públicos.
Su labor constructora siguió con la danza. De 1965 a 1971 fue jefa del Departamento de Danza del inba, donde desarrolló una invaluable labor de promoción y organización que aún perdura.
La admiré por su forma de luchar por lo que ella creía que valía la pena, por vencer la oposición que tuvo en su casa para dedicarse al teatro y por cómo conquistó todas las cumbres, pues no es nada fácil desempeñar todos esos cargos como lo hizo y entregarse a una labor decisiva para la cultura en México.
VI
A lo largo de mi propia vida en el teatro he tenido el privilegio de compartir la escena con grandes actrices, con mujeres de talento que han luchado y sabido triunfar para poder desempeñarse en lo que su vocación y destino les marcaba.
Hay un largo camino transcurrido, pero todavía queda un amplio trecho por delante… y qué mejor que una buena compañera para seguirlo caminando juntos: los hombres y las mujeres lado a lado.
Ofelia Guillmain, María Douglas, Carmen Montejo, María Teresa Rivas, Silvia Pinal, queridas y admiradas compañeras, va por ustedes, porque su ejemplo siga inspirando a muchas mujeres y hombres más, porque algún día la discriminación de género, raza, religión, posición social o económica sea solamente un mal recuerdo.