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Mi hijo se fue a la Yihad

El caótico barrio hípster de los hermanos musulmanes
Una mujer de origen musulmán compra su mandado en una carnicería de Molenbeek, el barrio de Bruselas en donde se fusionan las más diversas culturas y estilos de vida. (FOTO: Jordi Oliver y Mirko Cecchi )
Claudia Bellante
| domingo, 20 de diciembre de 2015 | 00:10

Luego de los ataques terroristas en París de noviembre pasado, donde murieron 130 personas, los servicios de inteligencia franceses ubicaron el barrio Molenbeek, en Bruselas, como uno de los lugares en donde se planearon los atentados; con 40% de la población de origen musulmán, esta localidad belga es, según fuentes oficiales, el sitio que más extranjeros aporta a las filas del Estado Islámico en Siria; Domingo visitó la peligrosa guarida de yihadistas para conocer el día a día de sus habitantes

 

Bruselas, en invierno, parece un carillón (juego de campanas que, acomodadas de cierta forma, reproducen las notas musicales): placitas iluminadas, tiendas de chocolates, ruedas panorámicas y camiones de ostras con vino caliente. Pero este año, a pesar de la Navidad que viene, detrás de los vehículos blindados del ejército estacionados en las calles del centro y militares aburridos que pasean en las estaciones del Metro, se revela al mundo una ciudad diferente: la capital de un estado tamiz y de una Europa cada vez más en crisis. Una Bruselas dividida, crecida sobre las espaldas dobladas de generaciones de trabajadores llegados de lejos, que una vez adulta ha decidido premiar sólo a quienes no se han ensuciado nunca las manos. Dejando a los otros escondidos en un limbo en el que no hay culpa ni redención, y del que no se puede dar marcha atrás ni salir adelante.

 Molenbeek, un barrio de Bruselas definido por la prensa internacional como una guarida de yihadistas que van y vienen de Siria, se encuentra a 20 minutos a pie de la Grand Place. Nada de cuarteles de hormigón, pasos subterráneos o viaductos. Del resto de la ciudad, sin embargo, lo separa un canal, una frontera considerada insuperable y que, por ninguna de las partes, nunca fue alcanzada fácilmente. Atravesé esa trinchera por primera vez en diciembre de 2010 para visitar una asociación que ayuda los niños del barrio con sus tareas, y allí me encontré con un quinceañero de origen árabe que había convencido a sus padres y dos hermanas pequeñas de dejar Italia para asistir a una escuela coránica. Parecía increíble que el corazón de Europa podría representar también un punto de referencia para el Islam y esta pequeña anécdota tenía una explicación compleja que merecía mayor consideración. Especialmente por las instituciones de un país que quiere ser responsable y consciente de lo que ocurre en su interior.

 Pero nadie se tomó la molestia de hacerlo y, después de cinco años, Molenbeek saltó a la fama de la peor manera posible. Ya que es aquí que, tras los atentados en París del 13 de noviembre, se centraron las investigaciones y redadas policiales. Las fuerzas especiales buscaron de casa en casa en algunas calles del barrio, efectuando varios arrestos e incautando armas y explosivos. Pero no lograron capturar al principal sospechoso Salah Abdeslam, que después de las masacres habría regresado a Bélgica sin molestia alguna y, hasta el día de hoy, permanece desaparecido.

De acuerdo con politógos y especialistas, lo que se ve en Molenbeek no es la radicalización del islamismo, sino la “islamización” del radicalismo.

 “Por supuesto que la gente de aquí está preocupada no sólo porque al igual que todos los habitantes de Bruselas piensa que algo terrible va a suceder, sino también porque teme ser culpada por lo que no cometió y discriminada por el sólo hecho de ser musulmán”, explica Annalisa Gadaleta, asesor de Medio Ambiente y Educación para el municipio de Molenbeek-Saint-Jean, cuando nos encontramos con él un par de días después de los ataques en París y con el estado de alerta terrorista declarado por el gobierno de Francia aún a nivel 4, el máximo.

 Molenbeek-Saint-Jean es uno de los 19 municipios en que se divide la región de Bruselas, que junto a otras dos regiones: la valona, de habla francesa, y la flamenca, de habla holandesa, conforman el tablero de ajedrez belga. La población musulmana en el distrito es de aproximadamente 40 por ciento, y en algunas zonas llega al 80 por ciento, un número notable si se compara con el resto de la ciudad (25 por ciento) y el país (7 por ciento). Un tercio de los casi 100 mil habitantes son menores de 18 años, pero el desempleo juvenil es de 50 por ciento, frente al 30 por ciento de la media nacional. “Este siempre ha sido un barrio obrero y de inmigración. En 1946 Bélgica hizo un acuerdo con Italia para recibir más de 50 mil trabajadores destinados a las minas a cambio de carbón y en 1964 fue el turno de los marroquíes que se necesitaban para hacer frente a la escasez de mano de obra en las fábricas de tabaco y cerveza que surgían a lo largo del canal. En los planes de los gobiernos estas personas tendrían que regresar a sus hogares una vez ahorrado dinero, pero esto no sucedió, se construyeron una vida, una familia y sus hijos nacieron aquí”, explica Gadaleta, quien nos muestra dos nuevos mapas distribuidos por el Ayuntamiento. El circuito de la arquitectura sostenible y los espacios verdes de Molenbeek: “Mucho se ha hecho y se sigue haciendo, el barrio ha cambiado en los últimos años, pero evidentemente no lo suficiente. Este es un duro golpe para la comunidad, que espero sirva para encontrar una mayor unidad, a colaborar de verdad. La gente está empezando a hablar, a denunciar”.

 

Los hijos no queridos de Bélgica

 Khalid tiene 17 años, lleva una chaqueta de motociclista y siempre lleva el casco bajo el brazo. Nos encontramos con él en la Maison des Cultures et de la Cohésion Sociale de Molenbeek, un edificio industrial remodelado que alberga exposiciones, performances y actividades gratuitas para los habitantes del barrio. Khalid tiene clase de teatro la noche del viernes y el sábado por la mañana de comedia musical. Asiste a una escuela profesional y tres días a la semana trabaja como herramentista en la escuela de circo donde entrena como equilibrista. “El me pidió hacer una pasantía aquí —explica Vicente Wauters, el director—. En el principio llegaba tarde, no se callaba, pero le dije: si quieres quedarte hay que respetar las reglas. Desde entonces, todos los días lo tiro un poco, cómo un hilo de pesca con un pez, para que no se vaya y llegue más lejos. Estamos orgullosos de él”.

 “Hasta hace poco Khalid llevaba barba, pero se la cortó. No pasaba un día que la policía no lo parara para un control. Aquí el razonamiento es simple: Te llamas Khalid, vienes de Molenbeek, tiene barba, entonces eres terrorista ...”. Lo piensa la policía, pero también los reclutadores, personas de carne y huesos que soportan la propaganda digital del Estado Islámico buscando por las calles de Europa jóvenes para enviar al sacrificio.

Luego de los atentados en París, es común ver en cada esquina de Molenbeek vehículos militares estacionados.

 “Una vez a mí también se me acercaron: Hey Khalid, qué haces aquí? Ven con nosotros, te pagamos 2 mil dólares por mes, ahí hace sol, se está bien y ayudas a los hermanos musulmanes”. ¿Y qué hiciste...? “Le dije que me dejaran en paz y llamé a la policía”.

 Pero por cada Khalid milagrosamente fuerte y decidido a resistir, a pesar de una infancia pasada en la calle y huérfano de padre y un hermano mayor, hay cientos de chicos listos para rendirse. Y de Bélgica se fue a Siria el mayor número de combatientes extranjeros per cápita: 516 los registrados en octubre pasado sobre 11.4 millones de habitantes.

 Entre ellos Anis, el hijo de Geraldine Henneghien, una señora de 50 años con la cara dulce y redonda enmarcada por un rubia melena, a la que encontramos en una noche de lluvia y viento. La mujer llega a la taberna en donde quedamos de encontrarnos con apenas unos minutos de retraso. Se disculpa. Pide una Coca-Cola y se presenta: “¿Quién soy...? Soy una madre”.

 

 Geraldine es una madre belga, casada con un belga de origen marroquí, que se convirtió al Islam hace 24 años, que vive en Molenbeek y que hasta el 23 de febrero 2015 tenían dos hijos, un niño y una niña. “Los hemos criado enseñándoles, ambos, nuestras culturas, pero Anis siempre se ha sentido más árabe y a veces lo vivía como un problema. Si en la escuela lo regañaban decía que era por sus orígenes, no porque había hecho algo malo. Pero aparte de eso, todo fue bien hasta que terminó el bachillerato y se tomó un año sabático antes de comenzar la universidad. Yo y su padre le dijimos que no se podía quedar en casa sin hacer nada, tendría que trabajar”.

 Anis buscó trabajo sin éxito. Hasta trató de ir a Marruecos, pero incluso allí ser mitad belga no era bien visto. “Por desgracia, es cierto, es difícil para estos chicos encontrar trabajo. Yo misma escucho los discursos que hacen los responsables de recursos humanos que prefieren mantenerse alejados de cualquier tipo de problema”.

 A raíz de eso Anis comenzó a ir a la mezquita: “Pero no a la nuestra, en otra, decía que había un imán más joven, que lo entendía, pero nunca quiso que nos acercáramos”. Geraldine y su esposo pensaron que esto le habría ayudado, lo vieron más tranquilo, más sereno. Pero en octubre de 2013, la situación cambió: “Anis empezó a hablar primero de Palestina y luego de Siria. Llegaba a casa citando versos del Corán interpretados de forma equivocada y se peleaba con mi marido por eso. Dijo que quería ir allí para ayudar a las mujeres y los niños. Si fuera con una ONG estaríamos de acuerdo, pero no era así. Y cuando en enero nos dijo que ya se iba, nos vimos obligados a ir a la policía, aunque con mucho dolor, porque ningún padre quiere llegar a esto. Lo denunciamos por asociación terrorista y le quitamos el dinero y el pasaporte”.

 Pero nadie detuvo a Anis en el aeropuerto y el 22 de enero de 2014 Geraldine recibió la llamada de un hombre: Su hijo estaba en Turquía y al día siguiente se iría para Siria, tal como había decidido. “Llamé a la policía, me dijeron que tenía 18 años y era libre de hacer lo que quisiera. No sabes cuántas veces he escuchado la frase: Un musulmán ahí es un musulmán menos aquí”. Poco más de un año después Anis murió en un ataque de Estados Unidos, mientras estaba de servicio. La noticia fue notificada a la familia a través de un mensaje de texto. Geraldine, después de meses de un sentimiento de culpa y sin tener siquiera un cuerpo que enterrar y llorar, hoy es parte de la asociación Les parents concernés, en la que, junto con otras madres de jóvenes combatientes que fueron a Siria, ha formado un grupo de diálogo. “Somos más de 40 familias, la mayoría con hijos que murieron allí. Sólo hay cinco chicas vivas, con quienes estamos en contacto. Una tuvo dos hijos. Le preguntamos: ¿Cómo puedes hacerlos crecer entre las bombas? Pero ella lo niega todo”.

Hay muchas personas en Bélgica que denuncian a los miembros de su familia que se unen al Estado Islámico.

 Geraldine nunca llora, excepto cuando recuerda las llamadas con Anis: “Un día me preguntó si le ayudaría a regresar, pero una semana más tarde dijo que no, que nunca lo había pensado de verdad y que en caso de volver tendría que matar a su padre, porque no era un buen musulmán”.

 El día después de nuestra charla Geraldine ha programado una reunión con el Parlamento de Bruselas: “Pedimos una línea directa para las familias en peligro, necesitamos terapeutas y sicólogos preparados; queremos cambiar la ley para que ellos puedan volver cuando consigan escapar. Algunos de ellos están varados en Turquía, sin dinero ni documentos. Es justo que paguen por lo que hicieron, pero no se les puede abandonar. Geraldine concede muchas entrevistas, participa en los debates en TV y va a las escuelas para hablar de su experiencia y la de su hijo. “Es Anis quien me da la fuerza, esta es mi yihad”.

 

Como una secta

 Lo que parece claro, leyendo y comparando las historias de los responsables de los ataques, es que las personas no nacen yihadistas, pero se convierten a una velocidad aterradora, y el proceso de radicalización —que no tiene detrás de sí ese largo camino hacia el Islam que pasa por la lectura y reflexión del Corán— que produce un cortocircuito en la mente de personas frágiles (a menudo con antecedentes penales y adictas a alguna sustancia) que se sienten excluidas de la sociedad, y a las que se les ofrece una vía de escape terriblemente rica de encanto sangriento, valores mutilados enmascarados de heroísmo y aventura sagrada que culminará en la gloria eterna.

 Ghita Belhaj, activista de Muslim Rights Belgium, una asociación que recoge denuncias de ciudadanos víctimas de islamofobia, hace hincapié en que, en realidad, el Estado Islámico actúa de una manera comparable a una secta y practica un lavado de cerebro a sus seguidores en un tiempo estudiado que va de dos a tres semanas. “La prensa habla de Molenbeek porque necesita explicaciones fáciles, pero los combatientes también vienen de los barrios ricos de Bruselas. Hay personas con una familia y una carrera que son seducidas y abandonan todo en nombre de una causa superior. Enfocar las debilidades sociales de un grupo específico para explicar un fenómeno tan complejo y que nos atañe a todos, tal vez puede ponerlo de lado por un tiempo, pero va a volver como un boomerang con consecuencias aún más graves”. 

“Yo creo que la vida está hecha de momentos, encuentros, y que por desgracia basta sólo un segundo para que todo vaya mal”, piensa Rajae Maouane, de 25 años, asistente de la concejal a la cohesión social Sarah Turine. Rajae transmite con su cara dura y su sonrisa pícara la fuerza que viene de su lucha diaria contra la injusticia: “He tenido una única experiencia de racismo en mi vida, pero muy fuerte —recuerda—. Cuando terminé la primaria y tuve que ir a la secundaria, mi maestra llamó a la mejor escuela en Bruselas para poder inscribirme porque tenía las notas más altas. Por teléfono le dijeron que no había problema, pero cuando llegué con mi padre, que ciertamente no se ve como el ciudadano belga clásico, me negaron la admisión”.

 Rajae decidió trabajar en el ayuntamiento porque nadie mejor que ella sabe cuáles son los problemas a los que la juventud de Molenbeek se tiene que enfrentar todos los días y con qué instrumentos vencerlos: “Son necesarios más recursos para la escuela y la educación”. Porque como dice Olivier Roy (politólogo francés y especialista en Oriente Medio) lo que vemos “no es la radicalización del Islam, pero sí la islamización del radicalismo... ¿Qué hay en común entre la ‘segunda generación’ de inmigrantes y los convertidos al Islam? Se trata de una revuelta generacional: Ambos rompen con lo que sus padres representan en términos de cultura y religión. Y mañana lucharán con un bando diferente, a menos que no encuentren la muerte en la acción, la edad o la desilusión, dejarán sus filas vacías como fue el caso de los ultraizquierdistas en la década de los 70”.

 Se estima que en Bélgica el 50% de los jóvenes de origen musulmán no consiguen trabajo por prejuicios raciales y se dedican al empleo informal.

 

¿Qué significa integración?

 Aunque el dinero nunca es suficiente, Molenbeek siempre ha sido un laboratorio de acción para decenas de organizaciones que trabajan con los habitantes para la cultura y la cohesión social. Y la sensación que existe es que con el tiempo la gentrificación (cuando los ricos desplazan a los pobres de sus barrios) ganará cualquier conflicto, y esto se convertirá en el próximo lugar de moda en Bruselas.

 Algunos artistas ya se mudaron y crearon proyectos interesantes como LaVallée, la fábrica dirigida por Pierre Pevée que desde enero pasado ofrece 5 mil metros cuadrados a 73 creadores: pintores, camarógrafos, diseñadores gráficos, arquitectos, escultores. “Es imposible encontrar un espacio tan asequible en otras partes de la ciudad —admite Pierre—, pero este lugar es también increíblemente estimulante. Nos ponemos al servicio del distrito. Los martes hospedamos el banco de alimentos que distribuye comida gratis. Y organizamos talleres con los niños. Es cierto, vendemos cerveza durante los eventos y a alguien no le gusta, pero es parte de la identidad belga. Por otro lado por soy DJ techno y aquí nunca me atrevería a montar una fiesta así. Realmente estamos tratando de acercar y reunir a dos culturas diferentes”.

 A una cuadra de LaVallée, con vistas al canal, está Le Phare (el faro), un acogedor local que sirve pasteles y bocadillos, y donde hay espacios de co-working. Abrió sus puertas hace unos meses por voluntad de Hanna Bonnier, una chica francesa que decidió quedarse en Bruselas. “Vengo de un barrio difícil, el Distrito XVIII, al lado de Saint Denis, (donde también se encontraron a muchos terroristas), aquí me siento como en casa y me gusta vivir cerca del agua. Tratamos de mantener los precios bajos, para que puedan venir todos. Yo no le pregunto a mis clientes qué religión profesan, pero hay muchas chicas con el velo que se encuentran aquí”.

 En muchos bares de Molenbeek los clientes son únicamente varones y esto llama la atención. Rajae entra en ellos sin ningún problema y disfruta de su té de menta. Para ella Le Phare es un lugar hípster. Cuando nosotros estuvimos allí, vimos pasar a un grupo de niños recién salidos de la escuela que llevaban kufi, el gorro de la oración musulmana. La imagen es estridente, metáfora perfecta de la Europa de hoy, de un continente en el que se encuentran y chocan culturas, tradiciones, visiones y religiones milenarias. Puede ser caótico, pero también una oportunidad para crear realmente una nueva sociedad.

 “En el debate público, la palabra integración se utiliza especialmente para decir que no ha funcionado —subraya Corinne Torrekens, directora de DiverCity, vertiente de la Universidad Libre de Bruselas, encargada de estudiar el Islam y las dinámicas de identidad—. Esta perspectiva considera que sólo una parte de la población tiene la culpa de esto. Pero yo creo que nuestras sociedades tienen que producir una nueva narrativa de ellas mismas en la que cada ciudadano sea capaz de integrarse a pesar de sus diferencias”.