Que tiene la idea —eso dice: que tiene la idea— de acumular las esculturas de acrílico que no haya vendido hasta entonces y, después de haber comprado espacio televisivo para transmitir en directo desde un lugar que debería ser necesariamente secreto, sentarse en medio de todas ellas y echar la cerilla que encienda el fuego destructor.
—Entonces te inyectás cianuro en las venas y tac, te morís. Vivir y morir en arte. Todo se disuelve y todo se quema y todo se transforma en cenizas multicolores. Eso es lo que queda.
En el primer plano del documental Construcción de un mundo, realizado por el director Guillermo Costanzo en 2011, la artista plástica argentina Marta Minujín, vestida con un overol albino, las gafas Ray-Ban oscuras, el pelo blanco punk, blanco artificio, blanco mentira, blanco impedimento, blanco disfraz, blanco nunca sabrán lo que hay debajo, habla de su muerte con el mismo tono monocorde y blindado con el que dice cosas como "Odio, odio, odio estar en mi casa", o "Soy genial como Picasso" o "A mi hermano yo no lo quería". El documental inicia con la imagen de una adolescente que cabalga sin montura por un paisaje patagónico, el pelo rojo, la sonrisa caníbal, y termina con la misma adolescente en un departamento porteño, de perfil a la cámara, planeando su muerte cincuenta años después.
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La argentina Marta Minujín nació en Buenos Aires en 1943 y, desde entonces, ha realizado algunas de las performances más recordadas del arte local: la ambientación multisensorial La Menesunda, en 1965; el Obelisco de Pan Dulce en 1979; el Partenón de libros, en 1983. Mucho más acá en el tiempo, en mayo de este año, montó la Torre de Babel de libros en la Plaza San Martín de Buenos Aires, una estructura de siete pisos forrada por treinta mil libros escritos en cincuenta y cuatro idiomas diferentes. En términos de eventos, este parece ser un buen año para ella: entre el 25 de noviembre y el 14 de febrero pasado, el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) presentó una retrospectiva de su obra —Marta Minujín. Obras 1959-1989— que fue visitada por más de setenta y seis mil personas. Pero aunque es la artista más popular de la Argentina (la única a quien cualquier adulto, adolescente o niño podría reconocer por la calle), la relación de la crítica con su obra es confusa: no se han escrito sobre su trabajo demasiados textos teóricos, ni propiciado libros que analicen lo que hace, ni revisado cuál es su lugar en el arte contemporáneo. "Algunos creen que la falta de visibilidad del trabajo de Minujín ha creado en Argentina una imagen distorsionada y superficial de su obra —escribió la periodista Lucrecia Palacios en enero de 2011 en el suplemento 'Radar' del diario Página/12—, una idea de mujer espectáculo que convierte en arte todo lo que toca, que confunde arte y vida, locura e inspiración, elocuencia con discurso, merchandising y propuesta artística". Marta Minujín no puede salir sin que la gente la rodee para pedirle autógrafos, pero no es descabellado pensar que esa misma gente podría creer que el suyo es un caso de enajenación benigna exorcizada a través del arte. Que está, digamos, un poco loca.
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—Es un milagro, un milagro, un milagro. La Torre de Babel es un proyecto que tengo desde hace años, desde hace quince o dieciséis años. Antes, antes, antes. Desde 1988. Y no lo hice porque no conseguí la financiación. Ahora es un milagro, milagro. Este año es un milagro porque todo se me fue dando. Se me fue dando lo de la muestra del MALBA, lo de la Torre de Babel. Tengo también la pelota de futbol de dulce de leche, que algún día se hará. La torre de Pissa con botellas de aperitivo sin alcohol, la Estatua de la Libertad con hamburguesas, que se ponían las hamburguesas precocidas y venían los bomberos y las precalentaban con el fuego, y venían camiones con pan y camiones con ketchup y la gente se las comía y nunca la pude hacer.
Son las siete de la tarde de un día de enero de 2011. Marta Minujín habla de sus proyectos nunca concretados con el pretérito convencido con el que los niños hablan de sus juegos: refiriéndose a cosas que no existen pero que, sin embargo, están ahí. Por estas semanas la muestra del MALBA transcurre con éxito mientras ella se dedica a planificar el montaje de la Torre.
—Es un milagro, milagro, milagro. Hago que cada embajada consiga quinientos libros en su idioma original, y cuando la torre se desmonta se llevan todos a una biblioteca pública y se crea la primera biblioteca multilingüe de la ciudad.
Está sentada en un bar, a una cuadra del apartamento en el que vive con su marido, Juan Carlos Gómez Sabaini, y donde vivieron, hasta casarse y formar familia propia, sus dos hijos, Facundo y Gala. El bar y la casa están en la calle Juncal, elegante corazón del elegante Barrio Norte. Ella lleva las puntas del pelo pintadas de fucsia pero tiene el aspecto de una mujer formal: camisa negra, pantalón negro, bolsa roja. Detrás de los Ray-Ban oscuros se ven los ojos que miran de frente sólo cuando están seguros de que no los ven.
—Es impresionante. Todo el tiempo se me ocurren ideas nuevas. Pero lo más impresionante es que se llevan a cabo. Eso es el milagro. Un milagro, milagro, milagro total. Las embajadas metidas en un proyecto artístico. El mundo entero va a hablar de eso.
—Hola, Marta, ¿qué va a tomar? —pregunta el mesero.
—Una lágrima —dice ella, donde lágrima es un café cortado con una gota de leche.
—Marta, mire que cerramos a las ocho.
—Bueno, igual nos quedamos un rato más, eh. Ocho y diez. Porque soy cliente. Y diez. Tengo que ir a buscar a mi hija que está en un curso de parto sin dolor, porque va a tener una hija, y ocho y veinte la tengo que pasar a buscar. Agarro el auto y voy. Manejo maravilloso. Genial. Nunca choqué en mi vida y voy a toda velocidad. La gente se agarra, tienen pánico.
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No hay un relato de la infancia. No hay frases como "recuerdo que mi madre" o "cuando era chica mi padre me decía". Habla de su vida como si relatara la de otro, como si fuera testigo de una catástrofe que sólo ella ve.
—Vivíamos donde hoy tengo el taller, en la calle Humberto Primo, en el barrio de San Cristóbal. Es la casa de mis abuelos. Mi abuelo Minujín vino de Moscú y puso una casa de venta de ropa de trabajo ahí, Casas Minujín, y vivían en el mismo lugar.
—¿Tu padre cómo se llamaba?
—Luis Minujín. Era abogado. Digo, era médico.
—¿Y tu madre?
—Quica Fernandez. Amanda Fernandez. Ahora estoy tratando de irme de esa casa porque no me gusta. Me cansé. Es muy cara, se rompen todas las paredes, se humedecen. Está rota. Es de 1890.
Su infancia transcurrió entre Buenos Aires y Villarino, un sitio de la patagonia andina donde sus padres compraron una casa que aún conserva y que es su Rosebud, el pequeño paraíso privado al que regresa cuando no le queda lugar donde volver.
—Villarino para mí es todo. La libertad, la fuerza, todo. Me empezaron a llevar a los tres meses. Cuando mi madre me decía "No te vayas para la frontera", yo me iba sola, a caballo. Me iba a hacer campamento con los gauchos, a la montaña, tres noches seguidas. Dormía en la montura.
Filmaciones caseras hechas en Villarino muestran a su padre —apuesto, de bigotes— y a su madre —rellena, con ponchito— en un bote, en el bosque, en la casa. Las mismas filmaciones muestran a Luis Santino, su hermano mayor, escopeta al hombro entre los cuernos ensangrentados de los ciervos.
—A mi hermano yo no lo quería porque era cazador y mataba ciervos. Tenía diez años más que yo. O siete, no sé. Y mis padres tenían adoración con mi hermano, y no les importaba nada de mí. Cuando yo tenía cuatro años me pelaron toda, fue horrible. Porque querían un hijo varón. Después, de más grande, yo era el monstruo de la familia, siempre me vestía de negro, no volvía a dormir. Cuando se murió mi hermano mis padres se volvieron locos, locos, locos.
No hay muchos detalles, salvo éste: a los 21 años Luis Santino murió de leucemia. Sus padres, enloquecidos de dolor, se fueron a vivir a Villarino y la dejaron sola en Buenos Aires.
—Yo tenía 14 años. Se volvieron locos. Se olvidaron de mí, se fueron al sur. Me abandonaron. Fue lo mejor que me pudo pasar.
—¿Cómo fue que te abandonaron?
—Y, porque eran locos. Adoraban a mi hermano. A mi hermano lo bautizaron y lo mandaron pupilo al mejor colegio privado de Buenos Aires. A mí no me bautizaron y me mandaron a la escuela que estaba a la vuelta, una escuela pública de lo peor. Y siempre me pegaban. Yo odiaba a mi familia. A mis padres. Después los quise. Pero mis padres no confiaban en mí. Sólo cuando empecé a salir en los diarios confiaron. Mi madre murió hace seis años, a los 90, y yo la adoraba. A mi padre también lo adoré. Él falleció a los 80. Los sentí tan desamparados, y tan solos, y tan locos, que los quise reconfortar. Entonces ya después los empecé a adorar. ¿Qué hora es?
—Las ocho.
—Ah, tenemos tiempo. Ocho y diez nos vamos.
La vocación parece haber estado desde siempre: desde los 12 estudió Bellas Artes en la Escuela Superior Ernesto de la Cárcova. A los 14 empezó a tomar clases en tres escuelas de arte. A los 16, falsificando su documento de identidad, se casó con Juan Carlos Gómez Sabaini y, apenas después, se fue a vivir a París.
—Con mi marido nos habíamos visto mucho antes, pero nos volvimos a ver cuando yo tenía 14, 15 años, y nos enamoramos. Yo le dije "Estoy casada con el arte", y me fui tres años a París y nunca más lo vi y el amor permaneció intacto y siempre permaneció intacto. Nunca me planteé la idea de dejarlo, y me podría haber enamorado de otras miles de personas que conocí en el mundo, maravillosas, intelectuales, desde Noam Chomsky a Dalí, pero para mí estoy casada con el arte y con él. Tenemos los mismos gustos privados. Nunca vemos a nadie. Él aceptó no ver a los artistas y yo no ver a los economistas. Ahora quería festejar los cincuenta años de casados pero yo dije no, no voy a hacer una fiesta burguesa para festejar algo que no es burgués.
—¿Y él que dijo?
—Y bueno, mucho no le gustó porque él es burgués. Pero lo acepta porque para mí es una tortura hacer una fiesta.
Juan Carlos Gómez Sabaini es economista, fue secretario de Política Tributaria de varios presidentes —Levinsgton, Alfonsín, De la Rua—, y asesora en temas tributarios a organismos como el Fondo Monetario Internacional. Con él tiene dos hijos: Facundo, de 45 años, presidente de la Fundación Arte BA —una ONG que trabaja en la difusión del arte argentino— y abogado de JP Morgan; y Gala, de 30, licenciada en relaciones internacionales con una maestría en Bolonia y otra en la Universidad de Pittsburgh.
—¿Qué hora es?
—Ocho y diez.
—Tenemos que irnos. Acompañame hasta mi casa y seguimos otro día.
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Marcial Berro es argentino, diseñador de joyas (trabajó para Yves Saint-Laurent, Montana, Chanel) y el amigo más cercano de Marta Minujín.
—La conocí en Nueva York, en los 60. Entré en una librería y la vi. Ella ya era conocida. Me acerqué y le dije "¿Cómo estás, Marta Minujín?" Y ella me dijo "Feliz en el anonimato". Éramos muy pobres. Ella tenía la beca Guggenheim, pero gastaba todo en su obra. Ya estaba casada y había nacido Facundo, que vivía con sus padres, en Villarino. Sufría mucho porque no podía tener al bebé ahí. Ahora parece que todos están descubriendo que Marta ha tenido un marido desde hace cincuenta años, y dos hijos con carreras fantásticas. Como si estar casada durante tanto tiempo con la misma persona fuera algo ajeno a su imagen. Pero ella es muy cálida, muy afectuosa, tenía dos padres regios.
—Pero la dejaron sola a los 14 años.
—¿Qué te contó?
—Que los padres se fueron a la patagonia cuando ella tenía 14 años y la dejaron sola.
—Ah, sí, pero ella a los 14 años ya era un helicóptero. No la paraba nadie.
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El edificio donde vive está a una cuadra del bar, y es uno de esos edificios sólidos con balcones grandes, bronces en el hall de entrada, portero las veinticuatro horas, cochera propia, vista a la plaza.
—Acá estoy poco porque odio estar en mi casa —dice, deteniéndose en la puerta y pidiéndole al encargado, Víctor, que le traiga el auto—. No ceno en la mesa. Ceno en la cama mirando televisión. No soporto la burguesía y ahora mi hijo está re burgués, y me mata, me liquida. No lo voy a juzgar, porque cada cual hace su vida, y para ellos tampoco debe ser fácil que yo sea así.
—Tu marido...
—Él es burgués, burgués. Adora comer. Se sienta a comer, se cocina. Yo pido la comida afuera y como mirando películas. Odio ir a casamientos, odio ir a cumpleaños, odio ir a comidas, odio ir a todos lados.
—¿A tu marido no le incomoda?
—No, no. El sabía que yo estaba casada con el arte. Si yo no le hago mal a nadie. Simplemente, no hago lo que hacen los demás.
Las puertas del garage se abren y aparece Víctor al volante de un Renault. Marta dice "Gracias, Víctor", y Víctor dice "De nada, Marta", y Marta dice "Seguimos otro día", y se sube al auto y se va.
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"Los artistas viven angustiados. Son seres permanentemente angustiados por la búsqueda del placer estético, de la acción. Y entonces eso hace que a veces la comunicación con un artista no sea tan fácil, digamos. No está interesado en los temas mundanos [...] Siempre estamos discutiendo pero tenemos nuestra forma de pensar independiente. Cada uno sigue su camino, su rumbo, sus cosas, y nos juntamos en el amor, lo que nos junta es la familia", dice Juan Carlos Gómez Sabaini, su marido, en el documental Construcción de un mundo.
"Nunca te cases con un artista, por favor, porque son locos", le dice Marta Minujín, en el mismo documental, a una mujer que, en Cali, Colombia, la lleva de un sitio a otro en auto.
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No hay un relato ordenado de su carrera. El desfasaje original de la falsificación del documento —nació en 1943, mintió que había nacido en 1941 para poder casarse— hace que los cálculos sean confusos, pero todo parece indicar que, en 1961, se fue a París con una beca. Aterrizó en un piso donde no había agua ni calefacción, de modo que se bañaba en la mezquita de la esquina y, cada tanto, recibía la visita de su marido que estudiaba Ciencias Económicas en Buenos Aires. En ese cuarto parisino empezó a acercarse al arte pop, que proponía transformar en arte objetos de la cultura de masas. Así, vagabundeaba por la ciudad buscando colchones y los pintaba. Se relacionó con artistas como Christo (un búlgaro conocido por envolver edificios con telas), Niki de Saint Phalle (una francesa que hacía figuras femeninas voluptuosas) y participó, en 1962, de una muestra colectiva en la galería Creuze donde expuso pinturas en las que incluyó collages hechos con cajas de cartón. El crítico Simone Frigerio, citado por la curadora Victoria Northoorn en el catálogo de la retrospectiva del MALBA, dijo entonces: "Marta Minujín es difícilmente clasificable; a medio camino entre la escultura y la pintura, esta joven de veinte años es, sin duda, la revelación de este grupo de jóvenes". En 1963, poco antes de regresar a la Argentina, expuso sus colchones. Después, los llevó a un baldío y los prendió fuego en un evento que llamó La destrucción y que pasó a la historia como su primer happening, esa forma de arte que se entiende como la producción de un hecho irrepetible. Las fotos tomadas el día de la quema muestran su risa salvaje sobre un fondo de llamas. En una entrevista con Victoria Northoorn dijo: "¿Para qué iba a guardar mi obra? ¿Para que fuera a morir en los cementerios culturales? La eternidad no me interesaba. Quería vivir y hacer vivir".
Cuando regresó a Buenos Aires, la escena artística giraba en torno al Di Tella, un instituto privado que fue un motor de todo lo experimental por esos años. En 1965, junto al artista Rubén Santantonín, montó allí la ambientación La Menesunda en la que los espectadores se encontraban con una sala repleta de pantallas en las que se veían a sí mismos, pasaban por un dormitorio donde una pareja miraba televisión desde la cama, continuaban hacia el interior de una cabeza de mujer y terminaban dentro de un teléfono gigante donde un cartel indicaba: "Oprima el botón para salir". Si no oprimían la combinación correcta, la puerta no se abría. Durante dos semanas la gente hizo ocho horas de cola para entrar a ese espacio que se recorría en veinte minutos y que los periódicos calificaron de "lamentable" aunque terminó siendo el evento artístico más recordado de la Argentina y la primera incursión de Minujín en el arte de participación masiva. En julio de 1965 protagonizó un escándalo con el evento Suceso plástico, realizado en un estadio de Montevideo. La agencia de noticias ANSA dijo por entonces: "Al abrirse el estadio quince motos policiales rodearon a doscientas personas y los llevaron al centro del mismo haciendo sonar las sirenas. Un grupo de atletas elevaba a los concurrentes y los depositaba en tierra. Al mismo tiempo un grupo de damas embetunaban a los atletas, hermosas chicas besaban a los espectadores. Luego un helicóptero arrojó harina, lechugas, globos y talco sobre la nutrida concurrencia perpleja. Los críticos se confesaron desorientados". Después, marchó a Nueva York donde permaneció diez años.
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"Mis queridos —lee una voz en off en Construcción de un mundo mientras la cámara repasa una carta escrita por Marta Minujín desde Nueva York a sus padres— imagino que ya estarán disfrutando de la tranquilidad de Villarino [...] Les mandé fotos que saqué con la polaroid en casa. Y ahora esos slights que saqué para presentar a la Guggenheim. La renovación de la beca. Tengo pánico de no sacármela [...] La casa es pobre, pero no me importa. Lo único que me preocupa es el trabajo y todo lo que va a pasar. Si tendré la beca, si la gente me conocerá más por lo que hago que por lo que soy. Estos días anduve con Dalí [...] ¿Y Facundo? Tengo muchas ganas de verlo. Es un sufrimiento estar todos siempre separados".
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En 1966 Marta Minujín estaba en Nueva York, su hijo Facundo vivía con sus padres, y su marido iba y venía entre Buenos Aires y Washington, donde estudiaba una especialización. Ella habitaba un sótano amueblado con cosas recogidas de la calle, en una zona de la ciudad tapizada por adictos a la heroína. Ese año su ambientación El Batacazo —una estructura de acrílico con moscas atrapadas entre vidrios y una muñeca que representaba a Virna Lisi— fue mencionada con elogios por Times y Life. Andy Warhol fue a verla y, desde entonces, se hicieron amigos. Su universo empezó a girar en torno a él y a las reuniones que organizaba Salvador Dalí en el St. Regis. Durante esos años produjo obras como el Minuphone, una cabina telefónica donde el usuario era sometido a cambios de luces, viento, humo, agua coloreada. En 1969 viajó a San Francisco, donde se relacionó con Timothy Leary y el poeta beat Allen Ginsberg. Su estadía terminó, en 1974, con un happening llamado Kidnappening que montó en el MoMA y en el que varias personas consentían ser secuestradas y llevadas, a bordo de un auto en el que se había pintado el rostro de Pablo Picasso, a diversos sitios de Manhattan: un ejecutivo era abandonado en el puente de Brooklyn, un asalariado en el apartamento del director de una empresa.
—La parte más fea de mi vida y al mismo tiempo de más éxito fueron esos años de pobreza brutal en París y Nueva York. Pobreza de vivir buscando plata por la calle, de comer en las fiestas.
Es febrero. Son las dos de la tarde. La muestra en el MALBA continúa con éxito y el proyecto de la Torre de Babel avanza bien: sólo falta decidir cómo hacer para que los libros no se desprendan con el viento. Al taller de Marta Minujín, en la antigua casa familiar de la calle Humberto Primo, se entra por un pasillo lóbrego que desemboca en un patio donde hay enormes estructuras de metal y un Citroën oxidado cubierto por venecitas de colores. Al patio se abren una serie de cuartos donde se guardan esculturas, y un espacio amplio donde funciona el taller principal. Uno de los extremos de ese espacio termina en un cuarto pequeño desde el que se vería la calle si no estuviera cegado por cortinas de metal. Allí está Marta Minujín, vistiendo un overol blanco, sin gafas. Verla sin gafas es como ver la versión animada de un dibujo de historietas: el efecto es desconcertante.
—¿Tomamos un café, querés café? ¿Miguel, me traés un café? Mi único problema ahora es el café, tomo cuarenta por día.
—El taller está bastante ordenado.
—Ahora. No sabés lo que era esto hace unos años. Igual, con el trabajo soy superordenada, pero tengo algo destructivo. Destruyo mi propia obra. De los 70 y los 80 no queda casi nada.
—¿Les gustaba a tus padres lo que hacías?
—Sí, les encantaba. A mi madre más todavía. Yo la tuve que cuidar durante diez años. Gasté toda la plata en cuidarla, buscarle la mucama, ponerle los pañales, la silla eléctrica, eh, la silla de ruedas. Cuando ella murió hace seis años me sentí huérfana. Iba caminando por la calle y quedé huérfana. Tuve que desenterrar todo, la ropa de mi madre, las sábanas, las cacerolas, horrible. Lo metí en cajas y lo dejé acá arriba y no lo vi más. Es terrible la vejez. Lo que dijo Borges: caca y llanto. Todos se vuelven así. Pero es un espanto la vejez. Salvo que seas muy genial. Pero igual eso de los pañales. Y el Alzheimer. Oís menos, escuchás menos, la gente te desprecia. No. Yo quiero morirme antes.
Uno de sus asistentes, un varón joven, interrumpe y dice:
—Perdón, Marta, llama el periodista...
—Que no jorobe...
—Pregunta si puede sacar información de otro lado, si usted lo autoriza, porque dice que es muy poco lo que usted le mandó por mail.
—Y, que saque lo que quiera, ¿no? Está todo en Gógl, está todo en Gógl.
El asistente se va, susurra algo en el teléfono.
—¿En alguna nota te reconociste, dijiste "Sí, esta soy yo"?
—No. Ninguna. Nunca. El psicoanalista puede ser que sepa quien soy yo.
—¿Y tu marido?
—Nooo. Para nada. Porque yo tengo vidas separadas. Lo único que sabe es que soy loca, que normal no soy.
—¿Por qué sos loca?
—Bueno, porque no hago cosas que la normalidad hace. En lo único que me siento cómoda es en los inventos que hago. Ayer agarré un pedazo de queso, lo puse en el microondas y me clavé un cuchillo acá y me lo tuve que arrancar y se quemó todo y después me llevé un auto por delante. Todas esas cosas que no son muy normales. Tengo la rutina de levantarme y hacer gimnasia y salir, pero odio ir a comprar algo. Yo tengo ropa negra, nada más, y compro en el aeropuerto o pido delivery. ¿Viste la camisa negra del otro día? Tengo cuatro iguales. Los pantalones, cuatro iguales. A lo mejor un día la locura desborda. No se sabe. Controlada por el psiquiatra, no. Ha descubierto muy bien todo el tema mío, porque en el fondo soy como una nenita con miedo.
—¿Miedo a qué?
—Miedo a las cosas que sufrí de chica. Una infancia mala tuve. Una adolescencia mala, descuidada. Mis padres medio locos. Bueno, ¿querés que dejemos acá? Pero podés venir otro día y seguimos.
Ha transcurrido, desde el comienzo de la charla, media hora.
***
Cada mañana Marta Minujín hace cuarenta y cinco minutos de gimnasia, sola en su casa. Después, habla por teléfono y revisa mails. Es pelirroja natural y, aunque se tiñe desde hace treinta años con Koleston 100/0, el color más claro del mercado, no pierde más de diez minutos en la peluquería. Entre fines de febrero y principios de marzo de 2011 hizo un crucero de siete días por el Caribe a bordo de un velero que capitaneaba su marido. Su único temor era aburrirse pero, al regresar, dijo que sólo se había aburrido —un poco— el día número cinco.
***
—Yo pensaba que todo le era mucho más fácil —dice, por teléfono y desde el taller, Inés Bonadeo, asistente de Marta Minujín en asuntos de prensa—. Y la gestión de ella me impresiona. Pensé que era más desorganizada y me encontré con una mujer muy preparada, muy estricta.
No ha hablado más de cinco minutos cuando se escucha el grito de Marta: "Inéeesss".
—Me llama Marta, tengo que cortar.
—¡Pasale con Cecilia! —grita Marta—. ¡Cecilia, atendé a la periodista, que es una hincha!
—Te paso con Cecilia —dice Inés, y Cecilia Catalín, asistente en la parte artística, se pone al teléfono:
—Ella no para, y tenés que ir al mismo ritmo, pero si te quedaste un poco atrás no se enoja, te espera. Me gusta esa metodología.
No ha hablado más de dos minutos cuando vuelve a escucharse el grito de Marta: "¡Ceciliaaa!". Cecilia dice:
—Me llama Marta, tengo que cortar, disculpame. Te tengo que dejar. O te voy a pasar con otro asistente.
Entonces se escucha la voz de un varón: "No, decile que no estoy, que no me encontrás. Mandala al cuerno, qué tanta explicación".
—Bueno —dice Cecilia Catalín—, yo tengo que seguir trabajando, espero que te haya servido, chau.
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Su estadía en Nueva York terminó en 1974 y regresó a la Argentina. En 1978 expuso, en la Primera Bienal de Arte de Sao Paulo, el Obelisco acostado, una réplica del monumento porteño que podía recorrerse por dentro. En 1979 hizo el Obelisco de Pan Dulce en Buenos Aires, otra réplica, esta vez recubierta por diez mil paquetes de pan dulce. En 1981, en la bienal de Arte de Medellín, cubrió con vellones de algodón una gigantesca estructura de hierro que representaba a Carlos Gardel, y la prendió fuego. En 1983, cuando volvió la democracia a la Argentina, construyó, en la avenida 9 de julio, un Partenón con veinte mil libros que se repartieron entre la gente. En 1985 hizo, con Andy Warhol, una de sus obras conceptuales más recordadas: el pago de la deuda externa argentina con maíz, una serie de fotos en las que se los ve sentados sobre sillas posadas a su vez sobre cientos de mazorcas. Siguió a eso una década dispar. En enero de 2011, en el suplemento 'Radar', la periodista Lucrecia Palacios decía: "En sus mejores obras, la sensibilidad de Minujín [...] tiene más que ver con la superficie y la frivolidad, con la productividad alocada, colectiva y anónima de la fiesta que con la creación de una poética íntima y personal [...] Las obras con las que Minujín continúa su trayectoria no son siempre interesantes. Y no hay nada en ellas que parezca un desarrollo o la continuación de sus investigaciones anteriores".
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"El juez en lo penal económico Jorge Ángel Brugo decidió procesar por presunto contrabando de exportación de estupefacientes a la artista plástica Marta Minujín. [...] Minujín, de 63 años [...] fue detenida el 12 de febrero pasado en el hall de Ezeiza, cuando estaba por abordar el vuelvo AF 417 de Air France rumbo a París [...] Según las fuentes, a la altura de la ingle se le habría detectado un bulto sospechoso y por debajo de unas medibacha de color negro se habría encontrado un guante de látex. Cuando se le pidió que lo sacara y lo pusiera sobre la mesa se habrían hallado tres bolsas de plástico transparentes, que contenían cada una '4 gramos de una sustancia blanca' y que [...] se habría establecido que era cocaína", publicaba el diario Clarín el 13 de febrero de 2004. Marta Minujín fue liberada al día siguiente, luego de reconocer que era adicta y que la droga era para consumo personal. Llegó a los tribunales custodiada por la policía y no respondió a las preguntas de los periodistas. Se limitó a decir, con el tono amable de siempre: "Arte, arte, arte".
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—Ay, qué cotorrerío. A esta hora vienen las señoras a tomar algo después de la misa y hay un bochinche bárbaro.
Son las once y media de la mañana. Marta Minujín entra al bar que está frente a su casa —hoy, repleto de señoras— con la misma camisa negra y el mismo pantalón negro y la misma cartera roja de la primera vez. Se sienta y pide una lágrima. Está contenta porque todavía no terminó marzo y ya se recibieron veintiocho mil libros para la Torre de Babel.
—Es una obra universal que va a tener repercusión en el mundo entero. Es un milagro porque hubo años, los 90, en que no produje nada. En 1996 empecé a hacer la mujer gigante y fue terrible, terrible.
La mujer gigante era un proyecto llamado MIC2, Mujer Intelecto Consumismo, una estructura de hierro de cinco mil kilos de peso y veinticinco metros de alto que nunca pudo montar. La estructura fue a la deriva por galpones, calles y museos, hasta terminar abandonada debajo de una autopista.
—Costó miles de dólares y me hice tanta mala sangre que empecé a tomar alcohol y cocaína como loca. Alcohol había empezado a tomar en Nueva York, en el 60, todo el mundo se comunicaba y tomaba y a todo el mundo le iba bien y a mí me salió todo bien, todo con alcohol. Yo tomaba seis, siete botellas de champagne Chandon extra brut argentino por día. Y paré de tomar en 1998. Un día dejé una botella a medio tomar en la heladera, me fui a Alcohólicos Anónimos y dije "No tomo más". Pero fue peor porque empecé a tomar mucho más de lo otro. Cocaína. Después me agarraron en la aduana, que fue un escándalo y yo me llevé un susto terrible, y paré totalmente para siempre con todo. Estaba tan adicta que no podía parar de tomar ni en el avión, y al llegar a París no sabía a quien pedirle, y por eso llevaba. Pero lo increíble fue que dejé de tomar de golpe y no pasó nada.
—¿Y cómo llevaba todo eso tu familia?
—Pésimo. Pésimo. Yo casi me separo de toda mi familia porque no se podía estar con una persona que dormía tres veces por semanas. Pero igual no me podían largar porque yo tengo una parte muy buena y muy sana, la iba a buscar todos los días al colegio a mi hija, le enseñaba cosas buenas. Tengo una doble personalidad, o tripe o cuádruple, era una persona totalmente normal y me había tomado, no sé, diez gramos de cocaína y no se daban cuenta. Pero no podía trabajar. Iba al taller dos minutos y me iba. Lo que me salva es el arte. Porque la soledad mía es terrible. Es brutal. La soledad metafísica. Estoy con mi familia y me siento más sola. Si estoy muchas horas, peor. Siento que son gente normal, y yo no soy normal. Creo que soy loca. Un poco loca. Soy salvaje. Salvaje. Como de una manera salvaje, vivo como salvaje. Mi casa es una locura. Por eso no viene nadie nunca nunca nunca.¿Qué hora es?
—La una.
—Si querés vení en mi auto hasta el taller y vamos conversando. Con estas entrevistas tan largas que me hacés es difícil. Lo que hacés es como de psiquiátrico.
Cruza la plaza y se detiene ante la puerta de su edificio. Toca el timbre y, antes de que nadie tenga tiempo para responder, le habla al panel de bronce:
—Hola, Víctor, Víctor, ¿me abre?, hola, hola.
Víctor le abre y ella pide que le traiga el auto, por favor. Poco después las puertas del garage se abren y aparece Víctor con el Renault. Bajo el asiento del acompañante hay una radio vieja.
—Me rompieron tanto las ventanas para llevarme la radio del auto que me cansé. Es que ese barrio donde tengo el taller es fatal. Hay piquetes, esto y lo otro, y ya llego nerviosa. Pero siempre estoy nerviosa. Porque tengo que envolver los libros de la Torre de Babel con metros y metros de plástico porque si viene un viento y se vuela un libro y le pega a alguien, sonamos.
Avanza entre el tráfico con sucesivos frenazos y acelerones. En una calle angosta, al maniobrar, toca el espejo de otro auto pero no se da cuenta. Conduce como hace todo lo demás: profundamente distraída o tremendamente concentrada en otra cosa.
—Yo lo hago todo mágicamente, lo hago mágicamente.
—Pero no sos muy mística.
—No, para nada, para nada, pero creo en la magia del arte. Pensá que en el 88 empecé la Torre de Babel y ahora la hago. Aunque parezca terrible, terrible, terrible, creo que soy genial como Picasso. Y que he hecho proyectos que nadie en el mundo hizo. Ya vamos llegando al barrio ¿Ves? Se pone cada vez peor.
Afuera, transcurre el barrio de San Cristóbal con sus casas viejas, con sus tiendas viejas, con sus verdulerías. Unas cuadras antes de llegar al taller llama por teléfono a su asistente.
—Hola, Cecilia, ¿quién está ahí? Bueno, que salga, por favor, que ya estoy llegando, que me ayuden para estacionar. ¿Ves? Tengo que pedir ayuda, porque si no me comen viva los asaltantes.
En la calle, delante de las puertas del taller, un hombre ha reservado un sitio para estacionar sentándose sobre un tarro de pintura. Al ver el auto se pone de pie, quita el tarro, y ella estaciona en un acelerón y dos maniobras.
—Si no me guardan el lugar, soné. Años que hago esto. Años. ¿Qué hacés, entrás o te vas?
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La Torre de Babel se inauguró en la Plaza San Martín, del barrio de Retiro, el 7 de mayo de 2011 y, aunque iba a desmontarse el 28, tuvo tanto éxito que el gobierno de la ciudad decidió extenderla por un mes más. La experiencia del recorrido, que toma diez minutos, es extraña: desde su altura espiralada se ven los árboles, la plaza, los balcones, mientras la palabra libro, repetida en varios idiomas (boek, livre, book, llibre, kirja, livro, liburu, bog, kitab, buch, bok, aklat), flota como un mantra sobre el siseo de la calle. El 9 de mayo a las tres de la tarde, en medio de un frío lastimoso, cientos de personas hacían fila para subir. Un chico tocaba la gaita y los libros temblaban suavemente, metidos en sus bolsas de plástico, como las hojas de un árbol de plata.
LEILA GUERRIERO es una periodista argentina que ganó el Premio Nuevo Periodismo Iberoamericano (2010), de la fundación de Gabriel García Márquez, y es autora de 'Los suicidas del fin del mundo' y 'Los frutos extraños'