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Los amos de la muerte

El canás, o francotirador, es uno de los personajes inevitables de la guerra que se vive en Siria. Para la población, sobrevivir depende de saber dónde actúan. En su nuevo libro, Canás. Francotiradores de la Siria Rebelde, de la editorial Cuadernos Doble Raya, el autor entrega una crónica desde los frentes de batalla que ayuda a ponerle rostro a estos combatientes y al padecimiento diario de la violencia. Presentamos aquí Camaradas en armas, uno de los capítulos de la obra
EN LA MIRA. En Siria los habitantes colocan mantas y pendones en las calles para bloquear la vista de los 'canás'. (FOTO: Témoris Grecko )
Por Témoris Grecko. Fotos Témoris Grecko
| domingo, 4 de agosto de 2013 | 00:10

Ahmed y Abedi están en el "hogar" de su katiba: más que una especie de cuartel minúsculo, el apartamento que han ocupado parece un club de amigos donde los guerrilleros se relajan y bromean. Hay un comandante, eso es claro, pero por su conducta más bien parece el jefe de una palomilla. Otro de ellos, en especial, me incomoda porque tiene la talla y el talante de un hombre peligroso con un Ak-47 en la mano, y la actitud de un adolescente de sonrisa carismática y reacciones impredecibles. Está un poco loco, me grita cosas que parecen invitaciones a morir juntos, con gesto dramático me pone casi en la cara el cañón de su arma para que lo mire bien, y veo que de él cuelga la botita morada de un muñeco perdido, que según él será la suela con la que le dará a Assad la patada que lo mandará al otro mundo.

Me da la impresión de que las prioridades no están del todo claras. Son las 11 de la mañana, y esto apenas se empieza a mover, cuando llega la noticia de que una katiba amiga ha decidido atacar una posición enemiga. Así, como una ocurrencia, y como no hay nada mejor que hacer, los combatientes se levantan entre gritos de Alaju ákbar, salen de la habitación, cruzan el patio y encuentran a sus camaradas en una calle tan estrecha que no pasarían vehículos, pero más ancha que un pasillo peatonal. Así, de manera tan casual, asistiré a mi primer combate en la guerra de Siria.

No tan rápido. Llega un reportero ciudadano que quiere hacer un video de manifestaciones heroicas. No, no puede hacerse más tarde por alguna razón. Los planes cambian, pues. Caminamos en sentido inverso hasta detenernos antes de llegar a la avenida Akiul, donde hay espacios abiertos y los canasín podrán dispararnos.

Los combatientes, algunos de ellos jóvenes guapos que cuando posan parecen modelos caracterizados de rebeldes (para promocionar marcas caras que te convertirán en el temible y sexy Che Guevara de la disco de lujo), se forman mientras el chico prepara la cámara. Habla el comandante, lanzando poderosas proclamas, advirtiéndole al presidente Bashar que irán por él y manifestando su deseo ferviente de convertirse en shuhada, en mártires que murieron por Siria y por dios, lo que les dará pase automático al paraíso. "¡Alaju ákbar, Alaju ákbar!", corean los guerrilleros.

Parece un divertimento vacuo, una banalidad innecesaria en medio de la guerra. Pero es todo lo contrario. Ésta debe ser la guerra más registrada en video del mundo. Como las bandas musicales, las katibas y las grandes brigadas suben clips a YouTube para promocionarse porque así pueden obtener dinero. No existe un financiamiento general para las numerosas facciones de la rebelión. Todas tienen que resolver sus propias necesidades (no sólo para los que combaten: también los activistas que realizan tareas diversas y que, a duras penas, pueden sostenerse con fondos propios o de origen local. Por ejemplo, aunque básica, la infraestructura de la página Halab News es considerable para haber sido montada sólo por estudiantes de un país cuya economía se derrumbó). En sus mejores momentos, difunden sus logros: la toma de cuarteles del ejército y la captura de prisioneros y de material militar. La mayor parte de ellos, sin embargo, son como el que están haciendo ahora, ruidosas manifestaciones de bravura guerrera, de devoción a dios, o de ambos.

Todo esto será visto en los países del Golfo Pérsico, en Turquía, Europa, Estados Unidos, Canadá, Egipto, e incluso Irak y Pakistán, por príncipes petroleros, magnates de negocios, jerarcas religiosos, funcionarios occidentales y emires de Al Qaeda. Se los mostrarán intermediarios que, por compromiso con la causa o intereses personales, buscarán convencerlos de que los grupos armados con los que tienen contacto reúnen ciertos requisitos (ser relativamente laicos o, por lo contrario, islamistas radicales; exhibir disciplina, mostrar eficacia militar, coraje, etcétera) y persuadirlos de que vale la pena invertir en ellos, con dinero, recursos logísticos o influencia política.

A su vez, a los patrocinadores les será fácil difundir el vínculo de YouTube para mostrarles a sus amigos, familiares, guías espirituales, socios financieros o superiores burocráticos que se está destinando recursos a proyectos que dan o prometen resultados.

Mientras el locuaz de la botita morada fuma, tramando no quiero imaginar qué, un muchacho llega apresurado a decirle algo a Ahmed, cuyo semblante se tuerce ominosamente. A pesar de su atuendo (pantalones de camuflaje, jafiya blanco y negro al cuello, rifle de asalto en la mano y banda que dice "No hay otro dios más que Alá" en la frente), hasta este momento no me ha parecido más que un chico de 20 años jugando a las guerritas y pidiéndome que le haga fotos.

Es una de esas noticias horribles de cada día. Uno de los tantos disparos y explosiones que se escuchan continuamente en esta guerra ha acabado con la vida de Salma, una niña de ocho años, a quien él conocía. La pequeña desoyó los llamados de atención de sus padres y corrió por la avenida Akiul, vacía de automóviles a causa de los francotiradores. La única bala la prendió frente a los ojos de los suyos. No hubo más tiros. ¿Se habrá regocijado por su puntería el canás?

A Ahmed no le hace falta decir nada. Su amigo Abedi ya está listo, con una ametralladora ligera y un cinturón de gruesos proyectiles que desciende por todo su cuerpo, desde la nuca hasta las rodillas.

Sin quererlo, se han convertido en guerreros. De niño, Ahmed admiraba a los héroes del Islam y de la causa palestina, pero en la adolescencia tardía se enamoró de la ingeniería eléctrica y logró ser admitido en la Universidad de Alepo. Cuando termine la guerra, dice, montará una empresa.

Abedi, de 19 años, no tiene la instrucción de dos años que alcanzó Ahmed, pero sí la experiencia: él se hizo electricista aprendiendo de su padre, que murió despedazado en un bombardeo gubernamental. Ahmed se incorporó a la revolución como resultado de su militancia estudiantil opositora. Abedi lo hizo por furia, simple e inagotable. Así, quienes posiblemente, en tiempos de paz, podrían haberse conocido como empleador y empleado, se encontraron en la misma katiba guerrillera como compañeros de armas.

Yala!", truena una voz imperativa. ¡Vamos!

Los combatientes se apresuran por un estrecho corredor, entran en una casa, atraviesan un hueco abierto en la pared a manera de puerta, caen dentro de un edificio, de la misma forma pasan a otra casa y a un segundo edificio. Estos hoyos hechos a pico les permiten moverse sin salir a las calles expuestas a las miras de los fusiles gubernamentales.

Llegan al tercer piso, pasan a un edificio más y por unas escaleras parcialmente derruidas suben otros dos niveles, a un apartamento destrozado. Ahmed ya ha estado ahí. Se dirige a un hueco abierto por un disparo de tanque que asoma al exterior. Introduce el rifle por ahí. No se ve a nadie desde esta altura: lo que hay allá abajo es una tierra de abominable destrucción, no hay paredes completas, columnas intactas ni techos sin caída.

Con el ojo en la mira, busca lo que cree que es la posición en la que podría estar el asesino de la niña. Es mera especulación, no hay manera de tener seguridad. Pero si un soldado se esconde en uno de los escondites de francotiradores, no lo hace para meditar sobre el bien y el mal.

"Alaju ákbar", musita, como si implorara precisión. Aprieta el gatillo. Se escuchan estallidos. Se extiende el olor a pólvora. ¿Pasó algo? No puedo leer nada en su rostro. Su compañero tampoco hace gestos. Sigue buscando.

¡Bam, bam, bam! Los proyectiles golpean a dos metros de Ahmed: marcan la pared de lo que debía ser el baño, agujeran el tanque del calentador de agua y destrozan el inodoro. Abedi me da un empujón para hacerme caer al piso. Quedo con manos y rodillas apoyados en una mezcla de yeso, tela y plásticos, a la que ahora se añaden los fragmentos de mosaico blanco que arrojan sobre mí los impactos de los tiros. Suelto inmediatamente una bala que recogí: está ardiendo.

Ahmed se retira de la posición. Ni él ni su compañero están asustados. Los tres rodamos sobre los escombros para evitar exponernos. Atraviesan una habitación llena de obstáculos en la que un sofá negro, de imitación piel, tiene un aspecto cómodo entre el caos. Me piden, como pueden, mantenerme a unos tres metros. Es una orden. Abedi le entrega la ametralladora a Ahmed, que la coloca entre los barrotes y apunta a algún lugar alto en otro edificio. Alaju ákbar. Sus disparos retumban ahora con mayor potencia. Le devuelven el fuego. Parece que la ventaja no está de este lado. Los dos saltan atrás para ponerse a cubierto. Esperan a que haya una pausa e intercambian lugares.

Ahora es Abedi quien activa el arma grande. Los percutores hacen tronar los gordos casquillos. Ahmed también dispara con el AK-47. Pronto, aumenta el número de las balas que entran: ya hay más contrarios atacándonos. El sofá no me va a servir de nada, busco un rincón y pego la espalda y la nuca al piso mientras utilizo el visor móvil de la cámara para ver lo que ocurre. Del techo se desprenden pequeños pedazos de cemento.

Los tiros están pasando cada vez más cerca de Abedi y siento que le van a dar. Él también. Se tira al suelo, panza arriba, y pone la ametralladora sobre su pecho. Nunca imaginé que se pudiera combatir así porque, aunque Ahmed le da instrucciones, me parece que no hay manera de que pueda apuntar ni con remota precisión. No le importa: la levanta para dirigirla a ciegas hacia donde él cree que está el enemigo y aprieta el gatillo. El cañón del arma truena a pocos centímetros de su cara. Creo que se va a hacer daño él mismo. Hasta que Ahmed da un grito, "¡jalás!" (¡alto!) Pecho a tierra, los dos se escurren entre los ladrillos y el yeso. Alertan: "¡Tanque, tanque!".

"¡Alaju ákbar!", con los nervios en la exclamación, ambos chicos repiten "¡Alaju ákbar!" Hay que salir velozmente de ahí. Al edificio contiguo. Bajar dos pisos, ¡rápido!, "¡Alaju ákbar!", o se nos va a caer todo encima. Pero nos desviamos a una habitación con media pared abierta hacia la zona de nadie, no sería raro que nos pudieran ver. Es hora de escapar… ¿O no?

Los jóvenes guerrilleros —con el flaco rostro enmarcado en una jefiya dispuesta como turbante, Abedi apenas muestra un bigotillo adolescente— entran en un cuarto, desprenden el cañón de la ametralladora y le introducen una varilla metálica, larga. Golpean y golpean, probando de varias maneras, desesperándose. El arma se encasquilló y no consiguen arreglarla. Querían seguir peleando. No salimos de ahí porque un obús estuviera a punto de hacernos relleno de baklava, sino porque ya no pudieron disparar.

"¡Charmuta, charmuta!", gritan para que nos oigan los invisibles enemigos, antes de marcharnos. Va dedicado a la madre de algún canás, una mujer que seguramente no merece el insulto. Ni los actos de su hijo.

TÉMORIS GRECKO es un periodista independiente que ha reportado conflictos, placeres y delirios desde 85 países. Ha publicado, entre otros, los libros 'La Ola Verde. Crónica de la revolución espontánea en Irán' y 'Asante África. Crónica de un encuentro con los pueblos de Sudáfrica, Suazilandia, Tanzania y Kenia'. Su nuevo libro puede conseguirse en la página temoris.org/canas/, en amazon.com y smashwords.com.