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Le Barón, el sembrador

Luego de la muerte de su hermano, Julián Le Barón dejó de cultivar maíz en Chihuahua para agitar conciencias
ACCIONES. Julián Lebarón, que forma parte de una familia de tradición mormona, propone que las familias tengan armas para protegerse (FOTO: Archivo El Universal )

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Majo Siscar
| domingo, 20 de noviembre de 2011 | 00:05

Si se puede domesticar el desierto, se puede parar a la delincuencia. Así lo entendieron los Le Barón cuando la violencia irrumpió en su armónica comunidad mormona, al norte de Chihuahua. Los delincuentes raptaron al menor de sus hermanos, Érick, de 17 años. La comunidad se negó a pagar el rescate para evitar una ola de secuestros.

Apostaron a la movilización, a riesgo de perder a uno de sus jóvenes. Después de una semana de intensas manifestaciones lograron que lo liberaran. En represalia, asesinaron al mayor, Benjamín Le Barón, pastor de la comunidad e instigador de la rebeldía frente al chantaje de los criminales. Su cuñado salió a defenderle y también pagó con su vida.

Ahora Julián condena la violencia pero está a favor de que las familias tengan armas para defenderse de los delincuentes. “Queremos una educación gratuita para todos, sanidad gratuita para todos, seguridad para todos; ¿entonces si es gratuita quién la va a pagar? Si tú no aceptas tu responsabilidad en lo que quieres de otros, estamos pidiendo un imposible”, reflexiona con ese acento golpeado del campo chihuahuense.

El asesinato de Benjamín le removió las entrañas pero no quiso dejarse vencer por el miedo, porque para él la dignidad sólo se pierde cuando uno lo consiente. Por eso, dejó de construir casas, tal y como hacía desde que se hartó de la secundaria, y se fue a recorrer el país y el extranjero junto al Movimiento por la Paz que impulsó Javier Sicilia. Dejó a sus once hijos y su rancho, en el que sembraba maíz en el desierto, para sembrar conciencias. Andrés Manuel López Obrador le ofreció una candidatura, pero Julián Lebarón la rechazó porque, dice, la política sólo divide.

“Si alguien llena un frasco con insectos, lo tapa, lo deja por tres días y al tercer día le quita la tapadera, los insectos nunca se salen de ahí... eso ha hecho el temor con toda nuestra nación”, cuenta en uno de los muchos templetes que ha pisado en su nuevo rol como activista. A él, el dolor, ya le quitó la tapadera.