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Las reinas olímpicas

Pilar Roldán fue la primera mujer mexicana en ganar una medalla en unos Juegos Olímpicos y Soraya Jiménez la primera en hacerse de una medalla de oro. ¿Qué ha sido de estas dos ex campeonas? Las buscamos, las encontramos y mira lo que nos contaron
Por Mónica Ocampo
| domingo, 29 de julio de 2012 | 00:10

Pilar Roldán: la primera de todas  

La página amarillenta que tengo entre mis manos está a punto de desmoronarse y lo único legible de la nota principal son las letras negritas del encabezado: "Medalla de plata a Pilar Roldán". Ilustra el texto una imagen gris donde una esgrimista se recarga en su florete, mirando hacia la cámara con ojos chispeantes y aires de triunfo. Es un diario del año 1968, cuando María del Pilar Roldán se alzó como la primera mexicana en ganar una medalla olímpica. Era un tiempo donde las mujeres apenas habían logrado el voto femenino 15 años atrás y un fuerte movimiento de liberación femenina empujaba en todo el mundo. Además, 1968 era  el país por la represión en la Plaza de las Tres Culturas y los estudiantes asesinados.

Esta joven en la foto tiene 28 años. Pilar menudita, de pelo ondulado y una sonrisa infinita. Aquel 20 de octubre de 1968, se subió al pódium a recibir la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de México: entrenó, compitió y ganó. Pocos saben que al bajarse se quitaría el traje de esgrimista, regresaría a toda prisa a su casa y armaría las maletas para  cumplir con su promesa: irse de vacaciones con su familia. Ese había sido el trato, que pusiera toda la garra posible, pero después tendría que irse de vacaciones a Estados Unidos en compañía con su esposo y sus hijos, Édgar de seis e Ingrid de cinco, en ese tiempo.

Pilar estaba casada desde 1960, lo hizo justo tres semanas después de regresar de los Juegos Olímpicos de Roma de ese año, donde quedó en séptimo lugar. Muchos pensaron que el matrimonio sería la tumba de su carrera deportiva, pero Pilar se daba tiempo para cuidar a sus hijos, entrenar, encargarse de sus labores domésticos y terminar su carrera como decoradora de interiores.

La presea de plata está enmarcada en la sala de su casa como un logro personal del que jamás espero recibir dinero o fama, me dice ahora una Pilar desde su casa en Quintana Roo, a los 73 años.

—Muchas amigas ni siquiera valoraban lo que era ganar esa medalla. Pensaban que ya había ganado muchos campeonatos y simplemente era una más —me cuenta, entre risas.

No fue cualquier medalla: fue la primera vez que una mujer se alzó con una presea en la historia del país en los Juegos Olímpicos.

—Creo que senté un precedente para que todas las mujeres de México sepan que sí se puede. Ahora veo que las jóvenes se esmeran tanto que a veces superan en logros a los varones. Eso me da mucho gusto y orgullo.

Aunque era la carta fuerte de México para ganar una medalla, su familia recuerda que no fue nada sencillo.

—Le dio un gripón terrible. En la mañana estaba sumamente nerviosa —me cuenta su hermana María Lourdes, quien dormía con Pilar y sus sobrinos en la Villa Olímpica.

Sus contrincantes eran dos rusas, además de una húngara y una francesa, sin embargo, controló como pudo los nervios y comenzó a tirar. Así fue como logró la mejor diferencia entre toques dados y recibidos 17-14. Cuando uno de los organizadores que acercó para decirle que era el segundo lugar, Pilar no lo podía creer.

—El 68 fue un año más de vida donde logré una de mis metas —recuerda del otro lado del teléfono Pilar, con la voz un poco quebrada por la emoción.

Pilar también fue la primera en portar la Bandera Nacional en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Roma 1960, fue la primera en formar parte del Comité Ejecutivo del Comité Olímpico Mexicano y de la Federación Internacional de Esgrima.

En aquella época esa era la única satisfacción que un atleta de alto rendimiento podía recibir en el país. No existía ningún interés económico. Ni siquiera había patrocinadores atraídos en reclutar a deportistas para representar sus marcas.

—Mi papá pagaba todo. Viajes, hospedajes, floretes. Nunca esperamos que nos dieran nada, dice con nostalgia María Lourdes Roldán, quien aprendió a jugar esgrima por su hermana mayor —me cuenta Pilar.

Su padre era Ángel Roldán, un tenista que en 1934 fue seleccionado mexicano en la Copa Davis.

Después de subirse a recibir la medalla, Pilar decidió retirarse de la esgrima. Sus hijos ya no eran unos bebés que podía llevar en carriola al Centro Deportivo Olímpico Mexicano (CDOM) a entrenar toda la mañana. Ya iban a la escuela y necesitaban de mayor atención.

Además quería ser madre por tercera vez, pero no por eso dejó de aprender otras cosas. Se volvió una experta en el gol y en la pintura de acuarela.

—Tenía el ejemplo de mi madre, María Tapia, quien fue triple medallista en los Juegos Centroamericanos. Casarme y tener hijos nunca fue razón para dejar de practicar algún deporte —me dice Pilar con un tono más fuerte.

***

Hace más de dos décadas que María del Pilar Roldán vive en Puerto Aventuras, una comunidad residencial que se localiza en el corazón de la Riviera Maya, en el estado caribeño de Quintana Roo. En ese lugar paradisiaco puede practicar natación en el mar, y también jugar golf y velear.

Estamos en una charla telefónica cuando a los pocos minutos me pide que se suspenda la conversación porque tiene un paciente. Hace algunos años decidió aprender biomagnetismo, una terapia que ocupa imanes de mediana intensidad para regular el PH del cuerpo. La descubrió por casualidad. El doctor que la atendía de las rodillas le dijo que había tomado un curso que "revolucionaría" el mundo de la medicina con sólo dos imanes. Así que esta mujer ahora también tiene pacientes que cura con imanes.

Pilar investigó por internet de qué trataba el biomagnetismo y decidió volver a la Ciudad de México para tomar un curso.

—Hay pocas mujeres que hacen tantas cosas y las hacen bien —me comenta entre risas Lourdes, hermana de Pilar y también terapeuta de biomagnetismo. Tiene un consultorio ubicado al sur de la Ciudad de México, donde charlo con ella para que me cuente un poco acerca de su familia y de cómo era de pequeña la ex campeona.

Pilar decidió hacer carrera deportiva en la esgrima luego de leer el libro de Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas. Después de terminar la historia le pidió a su padre que buscara un maestro que le enseñara a sostener el florete. Y su papá le cumplió el capricho.

—Ella quería ser toda una mosquetera. Era tanta su emoción que hasta mi padre y yo nos animamos a tomar clases con ella. Era tan buena que en ocasiones me sentía opacada —me cuenta María Lourdes con el rostro un poco serio, aunque enseguida vuelve a la sonrisa, como si dijera una broma.

Los resultados positivos le llegaron pronto a Pilar. A los 14 años ya era toda una campeona nacional y un año después obtuvo el cuarto lugar en los Juegos Panamericanos.

Quince años más tarde de su retiro, tras ganar la medalla de plata en los Olímpicos del 68, Pilar estaba a punto de ir a Los Ángeles 1984, sin embargo sólo mandaron a Lourdes Lozano. Aun así decidió continuar. En 1989 quedó en el sitio 19 del  ranking mundial.

Algo imposible en 1896, año en que Pierre de Coubertin revivió los Juegos Olímpicos bajo la creencia de que las mujeres sólo estaban para aplaudir a los hombres que competían.

—Todos se acordaban de mí. Me trataban con mucho respeto y admiración —me dice Pilar, con orgullo.

A más de un siglo de esa opinión, Pilar sabe que la igualdad de género en el ámbito deportivo se nota cuando una Soraya Jiménez o una María Espinoza ganan una medalla olímpica.

—¿Qué otro tipo de igualdad se necesita? —pregunta Pilar para sí misma y enseguida se responde—: las jóvenes logran todo lo que se proponen.

Madre de tres hijos, abuela de ocho nietos y bisabuela de un bebé: Pilar sigue sin quedarse con las ganas de ir por más. Si descubre algo nuevo buscará la manera de lograrlo. A sus 73 años, me dice, aún puede aprender más cosas.


Soraya Jiménez: la primera en oro

Soraya Jiménez camina despacio hacia la sala para cargar a Camila, su perrita pug de once años y que pesa unos cinco kilos. Lo hace sigilosa, para que no la vea su madre. La toma entre sus brazos y sale apresurada al jardín. Desde ahí posan  en medio de rosas, jazmines, geranios, lavandas y bignonias. Para el tercer flashazo Soraya pide un descanso: hace cinco días que salió del hospital después de que le extirparon un tumor en el hombro izquierdo y ahora está en observación médica.

El cuerpo de Soraya, ese cuerpo robusto que levantó hace doce años una pesa de 127.5 kilos en los Juegos Olímpicos de Sydney, ese cuerpo de brazos fuertes que ganó una medalla de oro después de pujar con la carga encima, ese cuerpo que subió al pódium de los premiados como la gran heroína nacional en 2000, ese cuerpo se niega a cargar una perrita que pesa menos de siete kilos durante dos minutos.

Con la mano jala el cuello satinado de la blusa violeta y deja ver el tirante rosado de un Wonderbra que atraviesa una herida vertical de casi tres centímetros. Es una pequeña línea decorada con puntitos arriba y abajo.

—Al día siguiente de mi operación fui al concierto de Juan Gabriel— me dice ligeramente, como si se tratara de una travesura recurrente.

Hace cara de estudiante de matemáticas en examen y usa los dedos de las manos para lograr enumerar todas las cirugías que ha tenido. Es imposible, no lo logra. Dice que necesita papel y lápiz. Tan sólo de la rodilla izquierda la han operado 15 veces. Otras dos en la rodilla derecha. Dos más en los hombros. Una en el pulmón... A sus 32 años, Soraya no puede estar en lugares frescos sin suéter o chaleco. A sus 32 años, sus rodillas son dos ligas a punto de romperse.

—¿Hace frío no? ¿Pasamos a la casa a tomar café? —me sugiere.

La primera en entrar es Camila, que se desparrama en el sillón. Esta mascota de orejas caídas y ojos saltones tiene listo su pasaporte para viajar en cualquier momento. Soraya se lo tramitó días después de que un amigo se la llevó en una caja de cartón, a solo tres meses de regresar de los Juegos Olímpicos de Sydney.

—Acababa de mudarme a mi departamento. Literalmente no tenía ni perro que me ladrara. Camila se volvió mi compañera —me cuenta antes de darle un sorbo al café caliente.

Hacía ocho meses que su abuelo Tomás Mendivil había fallecido, un trago muy amargo del que tuvo que reponerse pronto para estar entera en sus entrenamientos para las olimpiadas.

—A veces escucho que está junto a mí. Eso me pasó el día que gané la medalla de oro —dice mística, hace una pausa y le pone una cucharada de azúcar a su segunda taza de café.

Cuando volvió de Australia hizo todo para repetir la hazaña en Atenas 2004, sin embargo en menos de dos años el cuerpo le pasó la factura. Había noches en las que las rodillas no le respondían y tenía que inyectarse para soportar el dolor.

En esos veinticuatro meses de campeona mundial de "mucho peso", la gente la seguía reconociendo en los aeropuertos, los centros comerciales, el cine, los restaurantes. Le pedían autógrafos y fotografías. Dice que estaba sorprendida porque antes de eso era una ermitaña.

***

La madrugada mexicana de aquel lunes 18 de septiembre de 2000, Soraya Jiménez se plantó ante los 127.5 kilos de metal. Tomó la barra y la sujeto casi sin problemas. La colocó sobre sus pectorales y espero unos segundos. Intentaba conservar el equilibrio, giró unos cuantos centímetros y con las mejillas infladas y la mirada saltada logró mantener las pesas arriba. Segundos después las aventó al piso y brincó con el puño hacia arriba. Así fue como se convirtió en la primera mujer mexicana en ganar oro en Juegos Olímpicos.

—Ese día desmañané a todo México… ¡Hasta al ex Presidente Ernesto Zedillo!, que me marcó para felicitarme —dice entre risas.

De repente mira el reloj ansiosa. Tiene un poco de prisa porque en un par de horas debe trasladarse de Satélite —donde viven sus padres— a la Condesa para visitar a una de sus cuatro perritas. Una boston terrier que se encuentra en una guardería canina.

Tras el temblor de 7.8 grados que sacudió a la Ciudad de México el pasado 20 de marzo, Soraya tuvo que abandonar su departamento, ubicado en la calle de Tamaulipas en la Condesa, que quedó con vidrios rotos, paredes cuarteadas y puertas inservibles. Protección Civil lo declaró "inhabitable".

La sorpresa del sismo apenas si le dio tiempo de tomar algunas mudas de ropa y a sus cinco perritas: tres pug, una bulldog francés y una boston terrier. Era imposible llegar con todas "las nietas a casa de los abuelos", así que las repartió: las pug —entre ellas Camila— se quedaron con ella, la bulldog en casa de un amigo y la boston en una guardería. No sabe si podrá regresar a su departamento. Incluso, no descarta la posibilidad de enfrentar un juicio con la aseguradora en caso de que no le quieran responder por los daños.

***

Dos años después de ganar la presea dorada, la carrera de Soraya sufrió el primer descalabro: la Federación Mexicana de Halterofilia divulgó un supuesto positivo en una prueba de control antidopaje.

A una década del escándalo, la halterofilista no recuerda ni el nombre del medicamento que consumió. Dice que en realidad no la favorecía, sólo le ayudaba a disminuir la hiperactividad. Y aunque no estaba en la lista de sustancias prohibidas, Soraya tardó un año en comprobar su inocencia.

Durante ese tiempo no podía salir de la Ciudad de México porque tenía que entregar un registro de actividades para que la policía antidopaje tuviera un control de dónde localizarla.

Ese año fue muy duro para Soraya y su familia: se escondía de las cámaras de los medios y de la gente que las reconocía en la calle. Cuando iba al Comité Olímpico Mexicano (COM) se escondía en la cajuela del automóvil para que ningún reportero la cuestionara.

El desgaste psicológico impactó en su cuerpo. Cuando faltaba poco para las olimpiadas de Atenas, Soraya decidió retirarse: llegó al Comité Olímpico para decirles que se iba. Apagó su celular y, sin dar declaraciones, se fue unos días de vacaciones a Chiapas.

—Me quedé en un hotel muy lejano. Viajaba en taxi. No quería que nadie me reconociera. Aun así, no faltó quien me dijera: "¡Te vi en SKY!".

Ahora trabaja en el área deportiva de la Universidad Autónoma del Estado de México. Selecciona nuevos talentos por medio de visorias y competencias locales, un trabajo que le ofreció un amigo. La mayor preocupación que tiene es saber cuánto tiempo seguirá en casa de sus padres.

Camila ladra y la ex campeona corre a cargarla. Desde la cocina su madre le grita "¡el doctor te dijo que no puedes hacer esfuerzo!". Entonces Soraya deja los pocos kilos del cuerpo de Camila nuevamente en el piso.

 

MÓNICA OCAMPO no es la delantera de la Selección Femenil, aunque alguna vez lo hubiera pensado. Prefirió ser una reportera que no puede salir de su casa sin una pluma, sin libreta y sin fe para encontrar una historia, algunas de éstas las ha escrito en "Chilango" y en "Soho México"