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Las cicatrices de Lafourcade

La cantante necesitó cinco discos para sentirse bien consigo misma. Hoy, después del éxito de su álbum homenaje a Agustín Lara, dice que ya aprendió a escribir canciones. Con las maletas listas para irse de gira por Europa, y considerada ya como uno de los mejores músicos del país, Natalia dice que es la misma, pero distinta a la vez: una mujer a la que la música le salvó (literalmente) toda su vida
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Sensibilidad especial

Para Natalia, las palabras son música. Tiene un oído tan desarrollado que desde niña escucha y distingue figuras musicales en las conversaciones

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Independiente

"Me costó mucho trabajo entender que era un producto. Ya no lo soy, soy mi propio producto, no soy el producto de nadie"

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Alza la voz

"No tengo ninguna inclinación política. Siento que cuando uno protesta, no se trata de gritar en contra de un partido, es un mensaje en general"

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Irse para poder volver

Tras vivir un periodo en Canadá, para despejarse, Natalia regresó para hacer crecer su carrera de forma exorbitante

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Con los pies en la tierra

"Me mantengo siempre en mi lugar. No pretendo nada. Me invento y me reinvento"

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La flaca de oro

Lafourcade dice que hizo su disco tributo a Agustín Lara porque el cantante le enseñó a ser más sensible

Por Elsa Cabria. Fotos Atonatiuh Bracho. Locación: Mitchell Gold + Bob Williams, Edgar Allan Poe 102. Col. Polanco
| domingo, 14 de abril de 2013 | 00:10

Un arquitecto está feliz. Ha diseñado una casa con una habitación secreta. Para acceder al misterioso cuarto, la propietaria entrará por el armario del dormitorio y subirá por una escalera de caracol. La vivienda está en construcción; es pequeña, de madera y está elevada sobre postes en una zona apartada de Coatepec, en el centro de Veracruz. El arquitecto puso cara de emoción al recibir el encargo. ¿Por qué querría alguien un cuarto oculto? "En algún momento, espero, tendré marido e hijos, y habrá ratos en los que no quiera verlos", justifica la cantante Natalia Lafourcade. La habitación secreta será el lugar donde se retire a componer.

Dos chonguitos burlones definieron su imagen cuando se hizo popular a los 18 años. "Era la moda", dice. "Ahora sólo me hago un chongo. Y cuando estoy en casa". La adolescente que creó el hit En el 2000 es una mujer lejos de un escote. Lo más que exhibe es su boca debajo de un gorro de lana negro que le cubre media cara. A las 10 de la mañana, Lafourcade (Ciudad de México, 1984) aún sigue muerta de sueño. La noche anterior iba a ir al concierto del cantante chileno Gepe, pero se quedó hasta las 4 de la madrugada ayudando a su compañera de departamento, la diseñadora de moda Alejandra Quesada, a elegir las piezas para presentar en un desfile. Viven juntas desde hace ocho meses, cuando Quesada se mudó con ella a la colonia Roma, en el Distrito Federal. Ambas habían roto con sus parejas. "Nos salvamos mutuamente", cuenta la cantante.

Entre los 10 y los 11 años, no recuerda con exactitud cuándo, dijo a su familia que quería ser cantante. Por eso, antes de los chongos, a los 14, Lafourcade formó parte de un trío preadolescente llamado Twist, en el que hacían playback y brincaban como si estuviesen en clase de aeróbics. Su canción más famosa fue Late mi corazón, pero el proyecto ni jaló ni le gustaba, así que se salió después de tres años. Cuando alcanzó la mayoría de edad, la pequeña Lafourcade se hizo grande a los ojos del público. Pero necesitó sacar cinco álbumes hasta llegar a sentirse bien consigo misma. "Me costó mucho trabajo entender que era un producto. Ya no lo soy, soy mi propio producto, no soy el producto de nadie", dice la que abandonó el grupo prefabricado. "Ya nadie me dice qué música hacer, cómo pararme, qué pensar", añade la que durante mucho tiempo renegó de su primer disco, de título homónimo, que sacó en 2002.

Le gusta trabajar en equipo: apoyarse en su manager, en su banda y en la visión de la disquera, que siempre ha sido Sony; pero ahora, asegura, "sí puedo decir que me he encontrado con personas que me comprenden mucho más que antes y tratamos de lograr mis sueños".

Historia de un caballo

La mayoría de sus sueños los relaciona con la música. Probablemente porque a ella le debe literalmente la vida. La habitación secreta, o "el cuarto de la composición", como Lafourcade lo llama, estará en el pueblo donde la artista pasó su infancia. Allí, en Coatepec, a los seis años, hizo algo por primera y última vez:

—¿Qué se te antoja para tu cumpleaños? —le preguntó su madre.

—Montar a caballo.

Los padres la llevaron a un rancho de unos amigos que tenían una caballería; cuando empezó a trotar, el animal la tiró al suelo y casi se muere del golpe en la cabeza. Fue tan fuerte que necesitó una terapia de seis meses de rehabilitación. "Estuvo cabrón, quedé muy lenta", dice. "Tuve que volver a aprender todo: caminar, escribir, enfocar, hablar, distinguir las cosas…". Los doctores le dijeron a su madre que iba a tener dificultades en la escuela. Y María del Carmen Silva, pianista especializada en pedagogía musical, decidió crear un método mezclando la armonía, el ritmo y la melodía con las dificultades de habla y movimiento de su hija. Basándose en las iniciales de su nombre, el método Macarsi fue el renacer de Natalia.

Silva ya había tenido años atrás una escuela de música con su entonces marido, el clavicinista chileno Gastón Lafourcade, en la colonia Santa María La Ribera, en el Distrito Federal. Pero este método pedagógico lo basó en las experiencias cotidianas con su hija. Empezó a vincular los "aburrídísimos" ejercicios de psicomotricidad con la música. Comprobó cómo el entrenamiento auditivo se conecta con los niños a través del espacio o la relación social. La madre componía rolas para que la niña cantase y bailase. "Muevo la cabeza, muevo el pie", canturreaba Natalia mientras agitaba su cabeza y sus pies. Para ella, las palabras son música. Tiene un oído tan desarrollado que escucha y distingue figuras musicales en las conversaciones. "Casa, pez, patio y nuez… todo eso son corcheas para mí", comenta con la misma naturalidad con que cualquiera dice que el cielo es azul. De recuerdo le queda una cicatriz, oculta por el fleco, que le recorre verticalmente todo el centro de la frente.

Mientras hablamos, la cantante pide otra silla. Su asiento es blanco tamizado en blanco. No lo quiere manchar. La entrevista se realiza en una tienda de muebles estadounidense que inauguraron el día anterior en la colonia Polanco. Todo tan nuevo y tan a la venta que no quiere ser ella quien lo estrene. Ni con sus pies ni el maquillaje natural que pide para la sesión de fotos. Tan natural que apenas se aprecia a 30 centímetros de distancia que requiere de una hora y cuarto de trabajo para hacer desaparecer los efectos de una cara que ha dormido poco.

Natalia Lafourcade dice que vive "en una esquina del mundo". Sus ojos son rogones y su risa es filantrópica. Los párpados le caen como si acabasen de recibir una mala noticia, pero su carcajada tiene reverberación. Todo en un cuerpo diminuto, más propio de una alumna de secundaria que de una mujer de 28 años; un cuerpo con el que nunca juega. No muestra, no enseña, no se contonea. Ella es una persona famosa que lo primero que hace es invitar a sentarse a su lado. Se acurruca en su asiento, apoyando la cabeza en el reposo de la silla para prestar atención y pensar sin prisa, como si estuviese de plática con una nueva amiga de la que acepta recomendaciones de libros, que luego apunta en su celular. Cotorrea cómoda, está acostumbrada a hablar de sí misma, pero también pregunta, con la extraña habilidad de llevar a una desconocida hasta la esquina del mundo musical que habita.

Era una niña cuando sus padres se separaron; se fue a Coatepec con su madre y empezó a recibir clases de baile, flauta, pintura, teatro, piano, guitarra, saxofón y canto. Un proyecto de niña artista, una Shirley Temple de tiempos pasados o una Taylor Swift de la actualidad. Pese a esa preparación, dice, "entonces no me imaginaba que iba a hacer esto que hago. Era lo normal en mi casa".

A los nueve años se mudó al DF y en los siguientes dos años descubrió que ya no quería ser bailarina, actriz o arquitecta, como pensaba de niña. Su madre montó otra escuela infantil de música mientras ella se dedicaba a grabar canciones en un teclado Yamaha que pasaba a un estéreo de doble cassete. El Macarsi empezaba a fraguar a la cantante que llevaba dentro.

La talacha de ser Lafourcade

Los discos de Twist, la banda que dejó a los 17 años, se venden en la página web Mercado Libre. Lafourcade no lo sabe y se sorprende. En 1998, entró en la escuela de música popular contemporánea Fermatta. Hacía hora y media de camión para ir a estudiar, desde su casa, en la colonia San Rafael, hasta San Jerónimo. Cuando salía de la escuela cantaba canciones de boda en el bar Grillos, en la Avenida de la Paz: un lugar de viejos en el que ganaba un dinero extra que utilizaba para comprar ropa y discos. Su madre le pagaba la escuela. "Yo vengo de ahí, no soy nada fresa; valoro mucho todo lo que he conseguido. Cada quién tiene su lucha, pero me tocó mucha talacha para lograr lo que tengo".

En Fermatta, un tímido estudiante llamado Juan Manuel Torreblanca —hoy uno de los líderes de la movida indie en la música mexicana— la observaba con cierta desconfianza. Lafourcade, cuatro años menor que él, le llamaba la atención porque se ponía a cantar, reír o brincar en público. "¿Qué le pasa?", se preguntaba el dueño de la casa en la que meses después la chica saltimbanqui compuso Busca un problema, el single de su primer disco. "Estábamos improvisando, se puso a escribir en un cuaderno y en cinco minutos sacó la rola", recuerda hoy Torreblanca mientras conduce su auto. La entrevista me la da antes de un retiro de 10 días con su banda para preparar su segundo disco.

Pese al recelo que sentía, el músico entendió que la de Lafourcade es una personalidad "realmente muy luminosa", así que le propuso ser la cantante de un grupo que tenía con dos profesores de la escuela. Estuvieron en Índigo durante un año y medio, tiempo en el que descubrió que la artista "había escuchado muy poca música". Para solucionarlo, le empezó a grabar cassettes de Ella Fiztgerald, Janis Joplin o Moloko. El aprendizaje, de nuevo, queda claro que funcionó.

Dedicatoria a Peña Nieto

17 de marzo de 2013. Más de 200 mil personas asisten al concierto de Los Fabulosos Cadillacs, en el cierre del festival Vive Latino. En otro escenario, con mucho menos público, actúa Natalia Lafourcade.

"Quiero dedicar esta canción, de buena fe, al presidente de México, Enrique Peña Nieto, que tiene en sus manos a nuestro país, esto es Un derecho de nacimiento", dice frente a la gente. Es su tercer Vive Latino. El primero en el que manifiesta una opinión política a través de una canción creada al calor del movimiento estudiantil Yosoy132, en el que está implicada. Se escuchan rechiflas al presidente.

"Creo que no entendieron mi mensaje cuando dediqué esa canción a Peña Nieto. No tengo ninguna inclinación política", asegura. "Siento que cuando uno protesta, no se trata de gritar en contra de un partido, es un mensaje en general. Escucha la letra de la canción":

Es un derecho de nacimiento/ Es el motor de nuestro movimiento/ Porque reclamo libertad de pensamiento/ Si no lo pido es porque estoy muriendo.

"Es un mensaje pacifista, positivo, en el que apoyo la postura de quejarnos de las cosas. No vine a este mundo a no crear un motor para generar un cambio", advierte.

La política nacional prende su plática. "Estoy en una posición al centro", dice antes de agregar que el PRI "era algo que no queríamos que sucediera". Considera que, al margen de eso, "ya veníamos jalando una historia. Aunque estuviera el PAN o el PRD, no había la seguridad de que las cosas podían cambiar, ya tenemos muchas cosas manchadas". El mensaje que nadie entendió para Peña Nieto venía a decir: "Ojalá me escuches y hagas las cosas bien, preocúpate por la gente que necesita aprender a salir adelante, por los jóvenes".

Soy una forever

Para aprender a salir adelante, en 2006, Natalia tuvo que marcharse nueve meses a Ottawa, Canadá. Llevaba cinco años de carrera y dos discos. El segundo, Casa, fue su proyecto con el grupo La Forquetina. Siempre quiso tener una banda, y en su primer disco lo intentó con Torreblanca y varios amigos de Fermatta, pero la disquera no quiso. "Querían que Natalia liderase una banda estilo Blink 182, pero con voz de chica, le propusieron nombres terribles como La Tía Justa e incluso llegamos a hacer una sesión de fotos", rememora Torreblanca. Su primer intento de banda no salió y el proyecto de Natalia y La Forquetina sólo duró un álbum. Natalia siente que poca gente comprendió esa necesidad de complicidad y creatividad en equipo. La banda de Casa se desintegró, pero dice que gracias a ellos aprendió a tocar y componer con la guitarra. Así que tomó miles de kilómetros de distancia para pensar: "Me fui porque estaba súper cansada y necesitaba encontrarme conmigo misma, uno siempre tiene esas fases en la vida… Igual suena forever".

Forever es una palabra que viene de la expresión forever young (siempre joven). Es esa persona que no quiere crecer, de espíritu hippie, que le gusta estar en contacto con gente joven. "Me considero forever, pero no tanto, si no estaría en mi rancho tocando la guitarra para los pajaritos…. y  feliz, por cierto. Pero esos encuentros que he tenido conmigo me dieron fuerza para estar aquí. Me mantengo siempre en mi lugar. No pretendo nada. Me invento y me reinvento", explica desde su esquina del mundo.

Llegó un momento en que se dijo: "Quiero cantar, volver a México, regresar a mi música y rifármela". Podía ser una artista que sale a tocar u otra que se queda a componer en casa. "La que sale a tocar, esa soy yo, esa quiero ser".

Y si se escucha su evolución musical, Natalia Lafourcade ha pasado de ser una estrellita fugaz mercantil a promesa de la canción de autor (con y sin banda), hasta convertirse en una risa con melodía de ukelele. "Mi música es fácil y pop y no me molesta decirlo, pero no lo considero convencional", afirma.

La reconexión

Cuando grabó Las cuatro estaciones del amor, su tercer disco que compuso en parte en Canadá, tuvo una reconexión. "Me di cuenta de que mi estructura musical venía de pequeña, entendí de dónde venía todo". Antes no pudo verlo porque primero trabajaba con productores y después estaba con su banda, dice la admiradora de Julieta Venegas. "Es que no lo pensé; simplemente me aventé a hacer la parte instrumental y entendí que sí había aprendido muchas cosas en la infancia; y no había tenido chance de exteriorizarlo porque siempre la gente me decía qué y cómo hacer las cosas", analiza.

Con ese particular deja vú, grabó su cuarto álbum, Hu hu hu, un disco en el que se percibe la influencia del día que fue al cine a ver Dancer in the dark, protagonizada por la cantante islandesa Björk. La escena de la fábrica, en la que la Björk, una mujer consumida por su cotidianeidad, se pone a cantar por primera vez, dio sentido al último álbum antes de adaptar las canciones del cantante Agustín Lara para su proyecto más reciente, Mujer Divina.

"En sus primeros discos, aceptó la maquinaria de la disquera, pero Uh hu hu fue el primero en que pude escuchar a la verdadera Natalia", opina Torreblanca, gran amigo de una cantante que dice que ha vivido sus procesos con mucha intensidad.

"No hay manera de avanzar, así que todas mis decisiones: Canadá, Las 4 estaciones, Lara... todo parecía imposible, pero el proceso me sirvió para aprender a visualizar la música mucho más claro que antes", analiza esta admiradora de cantautores latinoamericanos como Kevin Johansen, y de artistas indie de fama internacional, como Andrew Bird.

La cicatriz de Lara

Agustín Lara tenía una cicatriz en la mejilla. Se la hizo una mujer en un burdel, cuenta la chica con la cicatriz en la frente. El hecho de que eligiese interpretar a Lara, la voz del desengaño, el enamoramiento y la pasión casta, no es casual en una cantante que siempre habla de un único tema en sus canciones. "Todas mis composiciones van del amor. Siempre hablo del amor, es mi máxima inspiración", dice.

Lafourcade —quien quiere casarse y tener niños— siente que las letras de El flaco de oro, como se conoce popularmente a Lara, no se pueden aplicar al mundo actual. "Ya nadie se enamora así. Entonces era más difícil desgarrarse por cursilerías, se mostraba el amor desvivido, pero ahora es más rápido: te enamoras y te desenamoras. Lara me hizo volverme más sensible", explica la artista que sueña con hacer una gira por México con este disco. Frente a los dos años que se pasó haciendo gira con Twist, en su carrera en solitario apenas lo hace. Hasta junio, sólo tiene programados cuatro conciertos en el país porque ha estado varios meses con una lesión en los tendones. Su último concierto en el país será el 14 de abril, en la Ciudad de México, para después irse de gira por Europa. Las canciones de Lara, dice, le han enseñado a escribir. "Él encapsula lo cotidiano en frases y hace poesía".

El padre de la artista, Gastón Lafourcade, tiene una fijación con Pablo Neruda, tanto que solía recitarle sus poemas cuando era niña. Ella le agarró manía hasta su encuentro con Agustín Lara y, en un viaje reciente a Chile, se leyó su biografía, Confieso que he vivido. A Natalia nunca le gustó la poesía, pero ahora, sin embargo, dice estar impactada con la obra del cubano Reynaldo Arenas, que estuvo encarcelado en su país por su activismo político contra el régimen. Lloró al ver la película sobre su vida. "Está cañón ver hasta dónde es capaz de llegar un artista por defender su obra", opina la mujer que se declara fan de Ramón Gómez de la Serna, inventor de las greguerías (breves figuras metafóricas caracterizadas por el surrealismo y la ironía).

Uno de sus proyectos es montar una escuela de música para niños, como su madre, pero ella lo quiere hacer para personas pobres. Lo hará, dice, cuando sienta que su carrera esté más fortalecida. Mientras tanto, compone canciones para un próximo álbum que, anticipa, "será muy simple". Al tiempo, la mujer que no quiere ser un producto, lee libros de botánica porque quiere encontrar un nombre de flor para la casa con una habitación secreta que se está construyendo. Todo es culpa de "La margarita", la vivienda de su madre, en Coatepec. Resulta que la inventora del método Macarsi también era una forever, hasta el punto de que, hace años, en la inauguración, todos los amigos llevaron una margarita y la dejaron en el tejado. Natalia Lafourcade busca otro nombre de flor, igual que un presidente que limpie las manchas de México.

 

ELSA CABRIA es una periodista española que un día le dijo a una amiga: "Tengo demasiados trabajos y ninguno me gusta, quiero contar historias". Esa idea le sacude cada día. Mientras, trata de no cerrar los oídos al mundo