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La seducción de Claudia

Entre las historias por contar sobre el recién fallecido narrador y periodista Vicente Leñero, está la de su paso por un ambicioso proyecto editorial de época: la revista femenina y de lujo Claudia, de la cual fue jefe de redacción y director. Domingo recupera algunos trazos de su historia
DIVERSIDAD Bajo la dirección de Vicente Leñero, la revista se alejó de la clasificación peyorativa “revista para mujeres” (FOTO: Archivo El Universal )
Por María Luisa López Fotos Archivo EL UNIVERSAL y Especiales
| domingo, 14 de diciembre de 2014 | 00:10

Corrían los días heredados por el peace and love del movimiento hippie sesentero de Estados Unidos. Y faltaba poco para que, en mayo de 1971, apareciera en México el feminismo como movimiento con la creación del grupo Mujeres en Acción Solidaria y su célebre lema: “lo personal es político”, con el empuje de varios antecedentes. La música de The Beatles sonaba fuerte.

Fue entonces cuando, ya con un nombre ganado como escritor con obras como Los albañiles (1963), Estudio Q (1965), el también periodista Vicente Leñero (se integró al equipo editorial de la revista femenina Claudia, edición mensual de lujo que apareció en quioscos de periódicos de la Ciudad de México a partir del 10 de septiembre de 1965. En principio como reportero y muy pronto como jefe de redacción, bajo la dirección de Jorge DeAngeli.

Para entonces, los muy jóvenes escritores José Agustín y Gustavo Sainz, ya formaban parte de esa redacción con impulso de la editorial Abril en sociedad con el periódico Novedades, que se hermanaba con las respectivas Claudia de Brasil y Claudia de Argentina, también referencia de lectura para las mujeres de ese tiempo.

Atractiva y con un toque de irreverencia. También madre, esposa, gustosa por la cocina o el mundo de los espectáculos. También amante de la lectura, el teatro, el cine, y sí, también apasionada de los hombres guapos y la moda: ropa, cremas, cosméticos… Así era Claudia.

A la publicación mensual —que puede consultarse en la Hemeroteca Nacional de 1970 a 1979—, la seguían muchas mujeres, pero también hombres interesados en mujeres, particularmente a partir de que el periodista mexicano se convirtió en su director y apareció como tal en su directorio, en junio de 1970. En un recorrido por las páginas de la Claudia de Vicente Leñero es notorio el interés por la elaboración de una revista que iba “contra una moda ñoña y timorata”, como él mismo describía acerca del concepto periodístico que manejaba y donde la palabra improvisación no formaba parte del lenguaje, como tampoco las palabras fatiga, desánimo, costumbre.

Es así que entre sus contenidos podían ocupar temas como “La tormentosa pasión de Goya”, el “Proceso a las Kennedy” (en referencia a la dinastía femenina del mítico apellido), una mirada a las “Monjas emancipadas” o “Las mujeres judías”. Sin decirlo propiamente, la Claudia de Leñero le dio espacio a temas poco vistos en otras revistas femeninas de la época y que sintetiza una palabra: derechos. A no ser mujeres discriminadas, encajonadas, etiquetadas. Sin hacer a un lado temas de recurrente conversación entre mujeres como la moda, la sexualidad, los consejos de belleza o las preocupaciones maternas (en pareja o en soltería) como “La vigilancia de los dientes”, “La elección de juguetes” o “El manejo de los miedos en la infancia”, Leñero y su equipo le dieron voz a una mujer diversa y pensante. De hecho, la revista mensual alternaba temas a destacar que iban desde una entrevista con una celebridad como los galanes setenteros Paul Newman o Ryan O’Nneal, hasta temas nada nuevos con perspectivas sí diferentes: “El matrimonio ya no es una cárcel”, “La guerra de los sexos empieza en la cuna” o “La nueva mujer mexicana” —en cuya portada aparecía una niña desnuda de espaldas—, por ejemplo. Con frecuencia con un tono irreverente o sarcástico desde sus encabezados: “¿La mujer mexicana es un ser humano?”.

El máximo representante de la literatura de la onda, José Agustín, hurga en su memoria y recuerda aquellos días en que llegó a Claudia, poco antes que Leñero, por iniciativa propia y gracias a un anuncio de periódico en el que vio la solicitud de redactores para la publicación.

“Vicente, mi querido Leñas —como le decía de cariño a Leñero—, ya era un periodista y escritor muy conocido y para mí no pudo haber mejor suerte. Era muy joven y el director Jorge DeAngeli dudaba de mi capacidad ¡tenía yo como 17 años! Pero leyó mi novela publicada y me dijo véngase a trabajar como cuete. Es una de mis grandes anécdotas.

"Convencida de que las mujeres solteras y casadas no nacieron para el claustro, ni sus intereses se limitan a los temas  ‘estrictamente femeninos’, Claudia no ha sido ‘una revista para mujeres’" VICENTE LEÑERO, narrador y periodista

“Recuerdo el encuentro con Leñero feliz de la vida, yo ya había leído Estudio Q y Los albañiles, me parecía un escritor muy muy bueno, y cuando supe que me ponían a trabajar con él dije: ‘Pues a todo dar ¡ya la hice! Qué buena suerte que vine a caer aquí. ¡A toda madre!”. Aunque algunas veces Leñero contó que en principio el joven desparpajado José Agustín le cayó muy mal, con el paso del tiempo se hicieron grandes amigos. Entre risas, el autor de La tumba y De perfil dice orgulloso: “Nos juntamos ahí Sainz, el Leñas y yo, fue una redacción donde mucha gente nos veía y decía eso es un fortín de talentos”.

José Agustín confirma que la idea de Leñero era mantener una revista femenina más abierta e inteligente que el resto de las publicaciones similares de aquellos años. Era una época particular en que podían hacer eso. “Todos éramos buenos periodistas, entonces cumplíamos con la tarea que nos encomendaban. Hacíamos caso omiso de que era una revista femenina, sólo hacíamos lo que teníamos que hacer, bien hecho”.

Trabajar al lado de Leñero marcó su vida personal, literaria y periodística. Al mejor estilo de José Emilio Pacheco, quien decía que la mejor lección de humildad es el trabajo cotidiano, no tiene empacho en recordar que hizo un poco de todo en Claudia, desde “arreglar traducciones hechas con las nalgas” hasta elaborar los “divertidísimos horroróscopos” (aprovechando para hacer maldades a todos sus amigos con mensajes específicos). Eran “tan buenos” afirma José Agustín, que después, como a las 12:00 del día, cuando ya no tenían nada qué hacer para Claudia, aquello se volvió un taller literario, cada quien estaba escribiendo algo.

Todo tiempo compartido se convertía en un momento para debatir  ideas en el terreno literario o periodístico. La redacción  cuenta José Agustín, estaba ubicada en la calle de Ayuntamiento casi esquina con Bucareli y al terminar sus jornadas, algunas veces ambos compartían largas caminatas, él hacia la colonia Roma, donde entonces vivía y Leñero hasta San Pedro de los Pinos.

“A veces hablábamos de temas a trabajar o de libros, él estaba muy interesado entonces en la experimentación. Otras ocasiones hasta repasábamos el chismógrafo de Claudia. Nos íbamos caminando juntos hasta que el cuerpo aguantara, que en mi caso no era demasiado, pero el de él era tremendo. Lo particularísimo y sensacional fue hacer esa mesa de redacción con Sainz y Leñero, aunque hubo otros compañeros valiosísimos. Trabajábamos padrísimo, fue muy significativo encontrarnos ahí. Es como pensar que en Vanidades se crucen tres o cuatro escritores ¿no es muy normal no? Yo ahí volví a nacer, y mira que era jovencito (risas)”.

El escritor Ignacio Solares, quien también formó parte de esa mesa de redacción, coincide en el recuerdo de cómo la experiencia de trabajar con Leñero se convirtió en una especie de taller de gran formación periodística y literaria. En su memoria guarda como grandes anécdotas haber acompañado a Leñero —a quien conoció por Gustavo Sainz— a hacer entrevistas a dos grandes divas: Dolores del Río y María Félix.

Primero le llevó un cuento y le pidió reescribirlo. Ignacio tenía como 22 años, cierta experiencia y su pasión por la escritura ya era definitiva, así que cuando Leñero lo invitó a entrar a Claudia le resultó  genial.

“Vicente le imprimió a la revista nivel de calidad y de humor. Me acuerdo de entrevistas que hice a Richard Burton y Elizabeth Taylor (que se publicó bajo el encabezado “Liz me alcoholizó”) y otra a fondo que hice a Mario Moreno Cantinflas.

“También un reportaje que algún día voy a rescatar que se llamó ‘Los divorcios y los abortos al vapor’, en Ciudad Juárez. Eso de los divorcios al vapor era una maravilla. Incluso había tours a la Sierra Tarahumara en que las parejas hacían un último intento por reconciliarse, y si no resultaba pues ya volvían a Juárez y se divorciaban. La experiencia de Claudia fue maravillosa”, cuenta Solares.

Diez de la mañana era una hora promedio para llegar a la redacción, recuerda Solares. El equipo de Leñero trabajaba normalmente todo el día, pero se daban sus tiempos para la literatura. Ahí se escribieron por ejemplo, dos novelas de referencia generacional: De perfil, de José Agustín, y Gazapo de Gustavo Sainz.

“Vicente era un gran periodista y los reportajes, las entrevistas, todo lo que era periodismo en Claudia podía ir dirigido no sólo a las damas, sino a cualquier buen lector por la calidad que le daba a todo lo que hacíamos, tanto sus redactores como él”, enfatiza el autor de Delirium tremens.

El reto era encontrar buenas y diferentes formas de contar historias.

Leñero siempre les decía: la gran obligación de un escritor o periodista es escribir bien, no importa qué, una carta, un reportaje, una novela, un cuento. “La buena sintaxis, sin faltas de ortografía, con planteamientos muy claros, a dónde va esta idea, a dónde va este párrafo, párrafos cortos, eso le gustaba mucho”, destaca Ignacio Solares.

“Nos daba línea, sí, pero nos orientaba siempre y luego nos corregía, era un gran corrector y pescaba hasta la última errata. Y también siempre nos estaba recomendando autores por leer, a mí me acercó a algunos que resultaron fundamentales en mi formación como François Mauriac”.

En un texto titulado “México es el país donde las mujeres leen Claudia”, a propósito de su quinto aniversario, Vicente Leñero destacaba el hecho de que no sólo su gran tamaño la diferenciaba de las demás publicaciones especializadas. Desde su nacimiento en México —escribió— sus principios editoriales llegaron para revolucionar los criterios que regían a México en materia de revistas femeninas.

“(Desde su fundación) Claudia se entendía a sí misma como una mujer y nacía  para expresar, periodísticamente, las inquietudes de toda mujer empeñada en incorporarse al movimiento de emancipación femenina que nuestro país y el mundo —un mundo supuestamente regido por hombres— contemplan con asombro.

“Contra la intolerable discriminación de la mujer mexicana, Claudia alentaba la independencia, la creatividad, la madurez y el talento femeninos”, escribió entonces Leñero.

Esa fue la Claudia de Leñero, coqueta y seductora.