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La mujer que convenció a Slim de comprar un desierto

¿Qué tienen en común un lechero coahuilense, una anarquista experta en bacterias, unos científicos de la NASA y el señor Carlos Slim? Que todos están fascinados con Cuatro Ciénegas, el oasis que alberga unos bichos que están dando claves para conocer más sobre el origen de la vida
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Un desierto revelador
Todos están fascinados con Cuatro Ciénegas, el oasis que alberga unos bichos que están dando claves para conocer más sobre el origen de la vida
Por Thelma Gómez Durán. Fotos de Jorge Serratos
CUATRO CIÉNEGAS, Coahuila | domingo, 29 de julio de 2012 | 00:10

Hace un tiempo Valeria Souza sólo era conocida en el mundo de los científicos que se dedican a estudiar el universo microscópico de bacterias y virus. Ahora su nombre está en periódicos como The New York Times. Ella y su familia son invitados por la NASA para mirar el lanzamiento de un cohete que se dirige a Marte. Los industriales más ricos de México le piden que dicte conferencias para que hable de sus investigaciones. Dirige uno de los proyectos científicos más ambiciosos del país. Ocasiona dolores de cabeza a los empresarios lecheros locales. Y provoca que el señor Carlos Slim se interese por un desierto.

Si no está dando clases en la Facultad de Ciencias, en un viaje de investigación científica, dando una conferencia o acompañando a sus dos hijos, se le puede hallar en el Laboratorio de Ecología Evolutiva y Experimental de la UNAM, que dirige desde hace diez años junto con su esposo, el también investigador Luis Eguiarte. Ahí, frente a su computadora y con una taza de té en la mano, Valeria Souza sonríe traviesa cuando explica cómo llegó a ser una científica con tantos reflectores encima: "lo único que hago es investigar y divulgar lo que existe en Cuatro Ciénegas".

Tal vez tenga razón. Aunque no es poca cosa ser la investigadora que más conoce sobre Cuatro Ciénegas y, sobre todo, una científica que decidió compartir sus conocimientos. Porque si algo ha hecho Valeria Souza es contar por todos lados lo que hay en este valle de Coahuila, localizado en medio del ecosistema conocido por los biólogos como Desierto Chihuahuense.

¿Y qué es lo que hay en Cuatro Ciénegas que defiende con tanta pasión Valeria? ¿Qué hay en este desierto que interesa tanto a la NASA, a los lecheros de Coahuila, a los especialistas en genética y al señor Carlos Slim?


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En algún tiempo, Valeria Souza no tenía idea de la existencia de Cuatro Ciénegas. En 1999, ella no sabía que desde el aire este valle se mira como una mariposa con sus alas abiertas. No sabía que fue declarado por el gobierno federal como Área Natural Protegida el 7 de noviembre de 1994, entre otras cosas, por tener un sistema de manantiales conocidos por la gente de estas tierras como pozas. No sabía que es el único desierto en donde los oasis no son una ilusión. No sabía que es reconocido como uno de los humedales más importantes en el mundo.

En esos tiempos, Valeria Souza estaba entretenida en el laboratorio estudiando una bacteria que se aloja en el sistema digestivo del ser humano llamada Escherichia coli, cuando un grupo de investigadores de la NASA llegaron a visitarla. Querían que conociera Cuatro Ciénegas y colaborara en un proyecto. El equipo estadounidense necesitaba a un microbiólogo evolutivo mexicano y, en ese momento, Valeria Souza era de los pocos especialistas en esa área en el país.

Cuando llegó a Cuatro Ciénegas con su familia, ya la esperaba el estadounidense Wendell L. Minckley, hombre compacto, con barba blanca y mirada fija que para entonces ya había descubierto nuevas especies en Cuatro Ciénegas. Una de ellas fue bautizada como "Mojarra de Minckley".

El científico esperaba a Valeria Souza en una camioneta pick-up destartalada. La llevó a uno de los manantiales de Cuatro Ciénegas, conocido como Poza La Becerra. Le dio un esnórquel y le ordenó: "ve allá abajo".

—¿Qué viste? —preguntó Minckley.
—¡Caracoles saliendo de un manantial! —respondió Valeria en automático, incrédula, sin poder entender aún lo que había visto.
—¿Sabes que esos caracoles tienen un origen marino y creo que siguen comiendo lo mismo que comían hace millones de años? Por eso te necesitamos en el equipo, tú tienes las herramientas para demostrar lo que estoy diciendo.
—¿Marinos? —Valeria pensó: "¡este hombre está loco!".

Ese loco con barba blanca le contagió la curiosidad por Cuatro Ciénegas. Valeria aceptó el reto. Quería saber y comenzó a estudiar a los habitantes microscópicos de Cuatro Ciénegas.

Minckley no tuvo tiempo suficiente para enterarse que tenía razón sobre los caracoles y la vida que habita en las pozas de este desierto mexicano. Murió el 22 de junio del 2001. Su familia esparció sus cenizas, como él lo pidió, en Cuatro Ciénegas.

Hay un microorganismo descubierto por científicos mexicanos que lleva su nombre: la bacteria Minckley.

 
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Los estudios moleculares que realizó Valeria Souza, junto con otros investigadores, mostraron que en las pozas y sus alrededores existían bacterias que no se habían identificado antes. Descubrió que los parientes más cercanos de estos microorganismos son marinos y se separaron de sus parientes de Cuatro Ciénegas hace 800 millones de años. Es decir, algunas bacterias de estas tierras son algo así como de los primeros organismos que se originaron en la Tierra.

¿Cómo es que en las pozas y en las tierras de este desierto, localizado a 700 kilómetros de la costa, es posible encontrar bacterias, caracoles y peces de origen marino?

Eso es una de las cosas que más le gusta explicar a Valeria Souza. Y cuando uno la escucha piensa que la historia es digna de un documental de The National Geographic.

Para entender lo que es Cuatro Ciénegas hoy, hay que ir al pasado. Muy al pasado, 220 millones de años atrás, cuando aún no existían ni los grandes mamíferos ni los seres humanos, cuando el mar rodeaba la gran plataforma continental bautizada como Pangea. En algún tiempo, a principios del periodo Jurásico, hace más o menos 220 millones de años, Pangea empezó a abrirse en dos, por la falla de La Fragua, localizada justo debajo del territorio en el que hoy está Cuatro Ciénegas. Así que los cambios que permitieron al planeta Tierra tener su imagen actual comenzaron en este desierto de Coahuila.

Cuando emergieron grandes masas de tierra, hace 35 millones de años, una parte del agua marina, así como sus microscópicos habitantes quedaron aislados en Cuatro Ciénegas, protegidos por las cadenas montañosas que rodean el lugar.

Mientras el planeta vivía glaciaciones, especies nuevas evolucionaban, los dinosaurios se extinguían, el Homo Sapiens agregaba otro Sapiens a su apellido y dominaba la vida en la Tierra, un grupo de bacterias de origen marino hacían de Cuatro Ciénegas su oasis, su reino. También lo hacían otras criaturas. De las más de mil 200 especies de plantas y animales que habitan en esta Área Natural Protegida, al menos 70 no existen en ningún otro lugar del planeta. No pueden vivir en otro sitio.

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Mientras lee esta historia, un vehículo de la NASA del tamaño de un Mini Cooper viaja rumbo a Marte. Se llama Curiosity. Quienes lo crearon planean que aterrice el 6 de agosto de 2012 en el cráter Gale, un lugar donde los científicos sospechan que existió agua.

Curiosity lleva un sofisticado equipo científico que, justamente, curioseará en el cráter de cinco kilómetros de profundidad y buscará rastros de vida.

El 26 de noviembre del 2011, Valeria Souza y su familia estaban en el área de invitados especiales de la Estación de la Fuerza Área de Cabo Cañaveral para ser testigos del lanzamiento del cohete que transporta a Curiosity a Marte.

De ese viaje, Valeria se trajo como recuerdo, entre otras cosas, una gorra con el logotipo de la NASA. Es la misma que le protege del sol ahora que caminamos por las tierras de Cuatro Ciénegas. También lleva una camiseta azul con la palabra "Scientist" estampada en letras de colores. Valeria se detiene de pronto, como si hubiera encontrado un tesoro. Saca una navaja suiza y corta un triángulo simétrico de tierra mojada. "Si se encuentra vida en Marte, es probable que sea algo parecido a esto". Coloca sobre la palma de su mano el pedazo de lodo que recuerda a una pequeña y delgada rebanada de pastel, sobre todo por las capas de colores muy bien formadas: negro, café, púrpura y verde. Esa tierra mojada que Valeria Souza sostiene es un "tapete microbiano". Cada color corresponde a una comunidad de microorganismos diferentes.

Si esos tapetes microbianos se encuentran en un ambiente rico en carbonatos —explica Souz— se forma una especie de arrecife blanco, conocido con un nombre extraño y difícil de pronunciar: estromatolitos.

En algún tiempo, estas colonias de bacterias abundaron en la Tierra. En la actualidad sólo se les encuentra vivas en unos cuantos sitios. Y uno de ellos es Cuatro Ciénegas.

Los científicos dedicados a estudiar la evolución de la vida en la Tierra colocan a estas colonias de bacterias en un lugar privilegiado: Son las ganadoras del concurso de la evolución. Sobrevivieron a todos los cambios climáticos del planeta, algo que los grandes dinosaurios y otras tantas especies no consiguieron. Para lograrlo tuvieron que adaptarse, fueron los primeros seres en realizar fotosíntesis, cambiaron su alimentación, comenzaron a producir oxígeno y modificaron la composición química de la atmósfera. Gracias a ellos, existe la vida en la Tierra tal y como la conocemos hoy.

Sin estas colonias de bacterias la vida en el planeta Tierra sería una historia muy distinta.

—¿Por qué siguen vivas en Cuatro Ciénegas? —le pregunto a Valeria cuando me presume los estromatolitos del rancho Pozas Azules.
—Eso aún es un misterio. Una posibilidad es que las plantas nunca pudieron colonizar este lecho marino ancestral y, por lo tanto, no se formó suelo sobre los estromatolitos... Lo interesante, además, es que junto a las comunidades estromatolíticas coexisten peces, caracoles, crustáceos y otras especies. Por eso, estos manantiales y pozas pueden considerarse un ecosistema único en el mundo moderno.

Estas son unas de las tantas causas por las que Cuatro Ciénegas interesa tanto a Valeria Souza: este lugar es un laboratorio vivo que permite estudiar la evolución temprana de la vida en el planeta Tierra. "Es un lugar que nos puede ayudar a entender cómo los primeros organismos aprendieron a comer lo que encontraban y de esa manera se separaron en millones de especies a partir de un ancestro común. Es un lugar que nos puede ayudar a tener claves para entender cómo es que la vida persistió".

¿Por qué los científicos de la NASA piensan que en Marte es posible encontrar rastros de vida microbiana, como la que existe en Cuatro Ciénegas? La respuesta está en la etapa temprana del Universo.

Resulta que Marte y la Tierra se formaron en la misma zona de la nebulosa solar y con una estructura semejante hace 4 mil 550 millones de años. Incluso, cuando los dos planetas empezaban su vida tenían mares. Pero el destino de cada uno de estos "hermanos" fue diferente. Marte se convirtió en un desierto gélido y la Tierra se llenó de vida.

Los científicos que buscan rastros de vida fuera de la Tierra consideran que las características de suelo de Cuatro Ciénegas —niveles muy bajos de fósforo y una alta salinidad— son similares a las que existen en algunas zonas de Marte. Por ejemplo, en el cráter Gale, donde aterrizará Curiosity.

Por eso es que los investigadores de la NASA están tan interesados en estudiar Cuatro Ciénegas. Si logran entender algunos de los misterios que aún guardan las colonias de bacterias que habitan este lugar, tendrán más herramientas para buscar vida fuera de la Tierra y para saber por qué Marte, el planeta hermano, tuvo otro destino.

Pero, ¿qué hay en Cuatro Ciénegas que interesa a los lecheros de Coahuila y al hombre más rico del mundo?

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En algún tiempo, los habitantes del pueblo de Cuatro Ciénegas, localizado justo en los límites del valle declarado Área Natural Protegida, no sabían lo que era vivir sin agua.

Juan Carlos Ibarra nació en Cuatro Ciénegas hace 40 años. Cuando era un niño le gustaba ir al valle con sus amigos. Ahí, junto a uno de los cañones, brotaba agua y se formaban pozas. Juan Carlos y los otros niños nadaban y presumían sus mejores clavados. Hoy ese lugar está seco. Hace 15 años, el agua dejó de correr.

El agua que nacía en esas pozas era la misma que alimentaba el río que cruzaba el pueblo de Cuatro Ciénegas y era también la misma que daba vida a los frondosos nogales de la comunidad. Hace 20 años, dejó de correr el agua por el río.

Hoy Juan Carlos es el subdirector del Área Natural Protegida de Cuatro Ciénegas, y como muchos de los habitantes de estas tierras, ha visto cómo se secó el Río Nazas, el Río Cañón, el Río San Marcos, la Laguna de Mairán... También ha sido testigo de cómo se han ido secando pozas y lagunas de Cuatro Ciénegas.

Pregunto a los investigadores, a los pobladores y busco en artículos científicos, pero nadie sabe con exactitud cuántas pozas hay en Cuatro Ciénegas. Algunos dicen que son 200, pero otros mencionan que es posible que halla 600 pozas.

"El número depende de la época en que se han hecho los conteos, porque algunas sólo se forman en cierta época del año. Pero son alrededor de 500 cuerpos de agua", me dice Ivo García, director del Área Natural Protegida de Cuatro Ciénegas.

Ahora que usted está leyendo esta historia, quizá el número de pozas es menor. Ivo García recuerda que la Poza San Marcos quedó seca en 2005. La Poza Bonita tampoco existe.

Recuerdo las palabras de Ivo García justo ahora que estoy frente a la Poza la Becerra, donde Valeria Souza miró por primera vez los caracoles marinos saliendo del manantial. En esta poza, que antes era usada como alberca por los pobladores de la región, observo cómo sigue brotando el agua. Ivo asegura que el humedal de Cuatro Ciénegas produce alrededor de 100 millones de metros cúbicos de agua. Imagine que con esa agua se podrían llenar 107 albercas olímpicas, todos los días.

Miro a mi alrededor y sólo observo cactus, pastizales y uno que otro árbol huérfano. ¿Cómo es posible que en el corazón del desierto chihuahuense brote tal cantidad de agua?

Ese es otro de los misterios científicos que aún guarda Cuatro Ciénegas. Valeria Souza tiene su hipótesis. Los estudios moleculares que ha realizado al agua de las pozas le permiten tener elementos para sospechar que bajo este suelo hay un acuífero profundo guardado entre rocas, el cual se formó con restos del mar antiguo. Esa agua es la que permite la existencia de pozas y la presencia de los estromatolitos.

El problema es que esa agua se está acabando. Para entender esta historia hay que ir otra vez al pasado, a los años 60, cuando las autoridades y los pobladores de la región decidieron abrir canales para aprovechar el agua que se producía en Cuatro Ciénegas y utilizarla para regar terrenos agrícolas de los ejidos cercanos, pero también de municipios que están a los alrededores.

En estos tiempos, el agua de Cuatro Ciénegas viaja casi 80 kilómetros para regar campos agrícolas de alfalfa, sorgo y avena. Y muchos de estas parcelas son aún regadas utilizando un método nada ecológico: inundando el terreno. Dejando que el agua corra, como si no se estuviera en un desierto.

Los canales que sacan el agua del desierto de Cuatro Ciénegas, para los pequeños ejidos, no son la única causa de que se esté quedando sin oasis.

En el Instituto de Ecología de la UNAM, Valeria Souza abre la página de Google Earth en su computadora. Miro el valle de Cuatro Ciénegas en una imagen satelital. También se observan sus valles vecinos: El Hundido y Ocampo. La científica señala varios círculos verdes, tan perfectos que parecieran haber sido realizados por un compás gigante. Sobresalen entre la tonalidad ocre del desierto. Son campos de cultivo de alfalfa, sembrados por las grandes empresas lecheras.

En estos valles la siembra de alfalfa a gran escala comenzó en el año 2000. Cuando en la región de la Laguna de Coahuila, donde funcionan las grandes empresas lecheras, iniciaron los problemas por la falta de agua. Entonces, el gobierno estatal invitó a esas empresas a trasladar sus campos de alfalfa a los valles que rodean el Área Natural de Cuatro Ciénegas. A los empresarios lecheros se les permitió abrir varios pozos en la región y se les dijo que ahí había agua suficiente. Y vaya que este cultivo necesita líquido: sólo para producir un kilo de alfalfa se requieren mil litros de agua.

Por esos campos Valeria Souza se convirtió en activista y empezó una campaña contra el cultivo de alfalfa, el mal uso del agua en la región y la apertura de pozos en los valles que rodean el Área Natural Protegida de Cuatro Ciénegas. En pocos meses se convirtió en una piedra en el zapato de varios empresarios lecheros.

Uno de ellos, Eduardo Tricio, el presidente del Grupo Lala, buscó a Valeria Souza. Quería que le explicara por qué defendía tanto el agua de Cuatro Ciénegas. "Fui a su oficina en Torreón y le di una clase de lo que es Cuatro Ciénegas. Le expliqué porque es importante. Le dije que le mintieron, que no hay agua suficiente, que se va a acabar y lo que estás lastimando no tiene precio", me contó la investigadora.

En 2007, Eduardo Tricio anunció que cerraría sus pozos y cancelaría los contratos con los agricultores que usen agua de Cuatro Ciénegas.

La campaña de Valeria Souza no sólo incomoda a los grandes empresarios lecheros. También causa molestia entre los pequeños ejidatarios que viven de la venta de la alfalfa que cosechan y pasan tiempos difíciles ahora que el norte del país enfrenta una de sus peores sequías. "Nosotros no queremos que Valeria venga aquí. Ahora no podemos vender la alfalfa. Nos cuesta más trabajo que la compren", me dice Cándido Ibarra, ex comisariado ejidal de Tanque Nuevo, una pequeña comunidad localizada en el Valle del Hundido. Sus reclamos los hace frente a la parcela que tienen los ejidatarios de su comunidad y que se mira insignificante frente a los enormes círculos de alfalfa sembrados a unos cuantos pasos y que pertenecen a una de las grandes empresas lecheras.

Esas empresas, como todo aquel que tenga concesiones de pozos de agua en México, no pagan un peso por el agua que utilizan. Sólo pagan por la luz que se requiere para bombear el agua.

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En su batalla por salvar las pozas de Cuatro Ciénegas, Valeria Souza ha hablado con científicos, ambientalistas, políticos, secretarios de Estado y empresarios. El 24 de febrero del 2007 pensó que por fin la habían escuchado. Ese día, Felipe Calderón anunció una inversión de 346 millones de pesos para el rescate de Cuatro Ciénegas. Prometió varias obras hidráulicas para ayudar a la recarga del acuífero y rescatar el Río Garabatal, seco desde principios de los años setenta.

La Comisión Nacional del Agua comenzó a realizar las obras hasta finales de 2010. Se entubó el canal que lleva agua a las tierras de cultivo. Con eso, las autoridades buscan rescatar 200 litros de agua por segundo que antes se perdían por evaporación; esa agua permitiría revivir el Río Garabatal.

En marzo pasado, el agua volvió a correr por el Río Garabatal. Pero a finales de junio, Ivo García, el director del Area Natural Protegida, me contó que el río estaba otra vez seco.

Además, de las tres vedas que se anunciaron para evitar la perforación de más pozos en esos valles, sólo se realizó la del Hundido en 2007.

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Regreso al Instituto de Ecología de la UNAM para preguntarle a Valeria Souza por qué el hombre más rico del mundo se interesó en Cuatro Ciénegas.

Encuentro a la investigadora vestida con huipil negro con flores bordadas en rojo y pantalón de mezclilla. Como en otras ocasiones en que la he visto, no lleva maquillaje. Si ella tuviera que buscar una definición para su ideología, me dice, utilizaría la de anarquista. "Soy como los anarquistas del siglo XIX que piensan que la ética personal es lo que importa. Que lo importante es transformar el entorno a través de la ética y el respeto. Tanto Luis, mi esposo, como yo creemos que conservar el ambiente no es un asunto de elección. Es un asunto de congruencia y de ética".

En la sala de juntas del Instituto da un sorbo más a su té antes de confesar que no conoce a Carlos Slim. Nunca lo ha visto en persona. Entonces, ¿cómo logró que el empresario se interesara en comprar una parte del desierto de Cuatro Ciénegas?

La historia empieza cuando Andrés Carral, ex embajador de México en Singapur y amigo de Valeria, visita Cuatro Ciénegas a finales de 2007. Él convence a su papá —el empresario José Carral y presidente del Club de Industriales— de invitar a la científica a una conferencia dirigida a empresarios mexicanos para que les explique qué hay en las tierras del desierto de Coahuila.

Eran los primeros meses de 2008 cuando Valeria Souza habla de las pozas, sus habitantes microscópicos y del agua de Cuatro Ciénegas en la Sala Tamayo del Club de Industriales. La científica sólo presume de algo: "Soy muy buena expositora. Ese es mi talento".

Y ese talento tuvo efecto. Entre quienes la escucharon estaba un amigo de la familia Slim. Lo supo porque Juan Ludlow, que entonces trabajaba con Carlos Slim, le llamó:

—Los impresionaste con tu exposición. Carlos Slim quiere saber qué se necesita para salvar Cuatro Ciénegas —le dijo Ludlow a Valeria.
—Hay que salvar los sitios más lastimados del área. Un camino sería comprar esas tierras. No soy muy partidaria de la compra de áreas naturales para la conservación, porque creo que debería ser una tarea de la nación, pero el gobierno no está haciendo nada —dice la científica.

Valeria pensó que ahí terminaría la historia. Dos meses después recibió una llamada de Omar Vidal, director de WWF-México, organización ambientalista que tiene una alianza de colaboración con Fundación Slim para la conservación de la biodiversidad. También la buscó Ulises Monter, hombre cercano a Carlos Slim.  En esos días del 2008, también se enteró que Carlos Slim visitó Cuatro Ciénegas. Pasaron varios meses sin ninguna noticia.

En 2009, cuando Valeria realizaba una estancia sabática en California, recibió una llamada de Omar Vidal. No creía lo que escuchaba: Fundación Slim compraría una parte de Cuatro Ciénegas. No sólo eso. Durante cinco años, la científica recibiría tres millones de pesos anuales, para realizar sus investigaciones en la zona.

Cuando los ejidatarios de la zona se enteraron de que Carlos Slim estaba interesado en comprar sus tierras, subieron el precio. Las negociaciones llevaron varios años. Valeria acepta que ella tiene un efecto inflacionario en Cuatro Ciénegas: "Si hay algo que yo considero que vale, por su importancia científica, sube el precio. He hablado con los ejidatarios y le he dicho que la ciencia es lo que le ha dado valor a Cuatro Ciénegas".

La Fundación Slim terminaría comprando 3 mil 500 hectáreas del Área Natural Protegida.

—¿Cuánto dinero se pagó por los terrenos? —pregunto.
—No tengo idea. Desde el principio me propuse no tener nada que ver con el dinero —dice Valeria.
—¿Y cómo recibe los tres millones de pesos que la Fundación Slim otorga para sus investigaciones?
—Ese dinero no me lo dan a mi directamente. Desde 2010, la UNAM y WWF-México tienen convenios de colaboración para las investigaciones que se hacen en Cuatro Ciénegas.
—Hay un sector científico que critica a los investigadores que tienen financiamiento del sector privado.
—Sí. Sé que algunos dicen que la ciencia se prostituye. Pero en mi caso, no recibo un peso de salario de todo esto. Si se pide un sobresueldo por la investigación, entonces sí comprometes tu opinión y trabajo científico. Mi salario viene de la UNAM, no de la fundación... Yo creo que el señor Slim, honestamente, sí cree en la conservación y quiere salvar este tesoro de México.

La Fundación Slim, en alianza con WWF-México, anunció en 2009 una estrategia para "la conservación de la biodiversidad y el desarrollo sustentable" en 18 áreas. Una de ellas es Cuatro Ciénegas.

Para saber cuánto dinero desembolsó la Fundación Slim en la compra de terrenos y por qué se decidió apoyar el trabajo científico de Valeria Souza, busqué a Omar Vidal, de WWF-México y a voceros de la Fundación. Primero aceptaron hablar del tema. Después cancelaron las entrevistas y no volvieron a ser reprogramadas.

Antes de la Fundación Slim, la organización ambientalista Pronatura adquirió el Rancho Pozas Azules, que forma parte del Área Natural. Su objetivo, asegura, es garantizar la conservación del sitio. La organización Desarrollo Sustentable del Valle compró un área en donde hay una poza, así como los terrenos donde están las dunas, consideradas como el yacimiento más puro de yeso en el mundo.

Así que sólo el 0.05% del Área Natural de Cuatro Ciénegas es propiedad federal; 55.97% pertenece a once ejidos y 43.98% es propiedad privada.

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Volar un papalote en Cuatro Ciénegas es una misión casi imposible. Ni el más ducho en la técnica de mantener un cometa en el cielo puede con los vientos que cruzan este pedazo de desierto de Coahuila. En estas tierras, el viento es el que juega con la gente. Hay un ventarrón sinverguenzón, dicen los que aquí viven, porque le levanta la falda a las mujeres y a los hombres les tumba el sombrero. Le dicen Sanjuanero. Hay otro al que le llaman "preñador2, porque es el que poliniza los árboles frutales. Al aire que cala hasta los huesos, la gente del desierto lo conoce como "viento cañonero".

En estas tierras de vientos juguetones, Valeria Souza y un equipo de 40 científicos del país —de la UNAM, UAM y Cinvestav— quieren hacer una revolución. Ya la bautizaron. La llaman "Ciencia para la conservación" y los primeros pasos ya los dieron.

Mientras toma muestras del agua y el lodo de una de las pozas de Cuatro Ciénegas, Gabriela Olmedo, investigadora del Departamento de Ingeniería Genética del Cinvestav, me explica que en su laboratorio ya lograron aislar a cerca de 2 mil microorganismos. Incluso, descubrieron la bacteria Bacillus coahuilensis. Sus características son semejantes a los que existieron hace 550 millones de años, con una gran capacidad de adaptación para vivir por mucho tiempo en condiciones extremas de frío, radiación solar, sal y carencia de minerales.

También me recuerda que es gracias a las bacterias que tenemos la cerveza y los antibióticos, por eso los científicos están muy ocupados tratando de conocer y entender todos los "trucos" que esconden los microorganismos de Cuatro Ciénegas, porque eso permitiría, entre otras cosas, desarrollar tratamientos contra enfermedades que aún no es posible combatir en forma eficaz.

Hasta ahora ya encontraron 17 antibióticos nuevos.

La idea de los científicos es utilizar la biotecnología para crear nuevos productos a partir de lo que encuentren en los microorganismos de Cuatro Ciénegas. Aquí Valeria interviene: "El dinero que se obtenga por la venta de las patentes se irá a un fideicomiso que vamos a crear. Ahí se depositará un porcentaje importante del producto de la comercialización de estas criaturas. Esos recursos permitirían cambiar los sistemas de riego ineficientes por invernaderos de alta tecnología donde los ejidatarios puedan cultivar hortalizas y frutas de alto valor agregado, cosa que ahora no pueden pagar porque muchos de ellos no tienen ni para desayunar al día siguiente".

Los planes de la revolución "Ciencia para la conservación" no terminan ahí. Valeria Souza y el resto de los investigadores quieren formar científicos entre los habitantes de Cuatro Ciénegas. Su experimento ya comenzó.

A principios del 2012, investigadores del Cinvestav capacitaron a maestros de bachillerato de Cuatro Ciénegas en técnicas de biología molecular. Y en mayo se inauguró un laboratorio para estudiantes del Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario de la comunidad, el cual se equipará con recursos de la Fundación Slim y Fundación Lala. Además, se becaron a 60 alumnos para que cada mes visiten las pozas y las tierras de Cuatro Ciénegas. La idea —explica Valeria Souza— es que los estudiantes salgan al campo, se hagan preguntas científicas, aíslen el ADN de las criaturas que los intrigan, los secuencien y comparen sus datos con lo que ha obtenido los científicos. "Van a apropiarse del ecosistema al nombrar las especies nuevas y patentar sus descubrimientos para el beneficio de su comunidad".

Los primeros frutos de la cruzada de Valeria comienzan a mirarse. Un grupo de ejidatarios se organiza para crear una ruta turística en Cuatro Ciénegas, recién declarado Pueblo Mágico, y tener otras alternativas económicas en la región. Y otros, muy pocos aún, comenzaron a sembrar nopal en lugar de alfalfa.

Valeria confía en que Cuatro Ciénegas conserve su agua, los estromatolitos sigan vivos y la zona se convierta en un lugar que demuestre cómo la ciencia puede ser el motor de una revolución que beneficie a la gente.

En diez años, la científica se mira como una abuela feliz, pintando y haciendo galletas. Recordando que en algún tiempo no sabía nada de Cuatro Ciénegas y como un hombre compacto, con barba blanca y mirada fija, le contagió la curiosidad por saber lo que hay en el desierto donde los oásis no son una ilusión.

 

THELMA GÓMEZ DURÁN es una terca reportera que suele encontrar oasis en los desiertos (como Cuatro Ciénegas); investiga en especial temas de derechos humanos, ciencia y violencia, y es coautora de "Infancias vemos y migraciones no sabemos"