Como habíamos acordado, a las 9 de la mañana Chip nos esperaba afuera del museo Na Bolom. Era domingo y el plan era tomar un taxi hacia San Lorenzo Zinacantán y luego otro a San Juan Chamula, dos de las 18 comunidades indígenas que rodean la ciudad. La visita a ambos pueblos es destino obligado para quienes visitan San Cristóbal, pero la mayoría de los turistas viajan en "excursiones culturales" organizadas por las agencias de viaje de la calle Guadalupana. Chip prometía algo distinto.
Walter Francis Javier Morris Jr., a quien su madre le dio el nombre corto de Chip, lleva más de 35 años estudiando los textiles mayas. Llegó a Chiapas en los años 70, acompañando a un amigo que visitaba a otro amigo, un antropólogo de la Universidad de Harvard. Tenía 19 años y se enamoró del lugar. Chip estudiaba chino en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y quedó fascinado con los textiles, pensó que enseñaban un lenguaje oculto. Luego comenzó a entender más y a ver más, y ya luego se obsesionó. Desde entonces ha escrito cuatro libros sobre textiles mayas y para preservarlos creó la Colección Pellizzi —que reúne diseños únicos de cada una de las 18 comunidades de Chiapas— y la cooperativa de tejedoras Sna Jolobil (La casa del tejido), que se preocupa por resguardar la costumbre tejedora y que ayuda en la comercialización de estos con una tienda de tejidos de alta calidad en la ciudad.
Por sus cabellos largos desbordados, jeans, camisa suelta, Chip dista de calzar con la imagen que uno tiene de un fashionista. Sin embargo es él quien más sabe de la moda maya en los Altos de Chiapas.
Primera parada: Zinacantán
San Cristóbal de las Casas está ubicada en una región montañosa denominada Altos de Chiapas, a 2,100 metros sobre el nivel del mar, tiene una población de 190 mil habitantes. Cuarenta por ciento de ellos son indígenas, la mayoría de la etnia maya tzotzil. Además de ser la capital cultural de Chiapas, San Cristóbal de las Casas fue elegida en los últimos dos años como el más mágico de los Pueblos Mágicos, denominación que entrega la Secretaría de Cultura a localidades con un importante legado cultural o histórico.
Tomamos el taxi y Chip suelta el tzotzil que aprendió luego de vivir un año con una familia indígena. Trato de entender algo, pero no capto ni una sola idea. Luego de 20 minutos y 10 kilómetros de viaje, estamos en Zinacantán. Nos bajamos en el mercado, ubicado a un costado de la iglesia de San Lorenzo, patrono del pueblo. La mañana está fría, el aire es delgado, el cielo está azul y el sol pega suave.
Grupos de mujeres elegantemente vestidas con huipiles y rebozos se pasean mirando telas, hilos y tejidos presentados en el suelo de en una plaza de cemento del tamaño de una cancha de futbol. Se me vienen imágenes de mujeres mirando las vitrinas en un centro comercial. Sólo que aquí todo es distinto: las mujeres pasean con una elegancia que me asombra. Chip enciende un cigarrillo. No veo a otro turista a la redonda.
"Las que acaban de salir ahí, con el chal en la cabeza, esos son colores de 2011, con café, con amarillo", dice mostrando a unas mujeres. "Lo que ella lleva puesto aquí, esos son colores de 2009, ese rojo ahí también".
La moda en Zinacantán es de las más ricas de los Altos de Chiapas por la gran y rápida variación de los estilos y colores que usan en sus atuendos. En sólo una generación, cuenta Chip, los diseños pasaron de sencillos tejidos de un color con una franja de otro color al medio, a telas brocadas hipersofisticadas, con distintos colores y complejos bordados de flores. Flores, flores, flores.
La producción de tejidos es enorme. Una persona que se considere respetable debe lucir un traje nuevo dos veces al año, para la fiesta de San Sebastián del 18 al 20 de enero y para la de San Lorenzo del 8 al 10 de agosto. Una modista tiene que mostrar un traje nuevo para cada día de la fiesta. ¿Cuáles son las modistas?, le pregunto a Chip. "Todas estas que ves tejiendo".
Para los hombres la vestimenta consiste en una túnica. Para las mujeres es una falda, una blusa, un huipil, un chal y una tela para cargar a los bebés. No hay un diseño que sea igual al otro.
"Toda la familia está en la misma paleta de colores. No es exactamente el mismo color ni el mismo dibujo, pero, por ejemplo, se nota que la familia que acaba de llegar es diferente que la familia de la izquierda en sus tonos", señala Chip.
El hombre de barba blanca pasea por el mercado buscando novedades. Enciende otro cigarrillo. "Nunca he visto esto", dice y toma una foto. La imagen irá a parar a su página de Facebook, donde publica las nuevas técnicas y diseños, para un público ávido, mexicanos y extranjeros. Caminamos entre puestos de telas, hilos metálicos, borlas y tejidos. Las locales miran y compran. Chip habla con ellas en su lengua. Ellas medio le coquetean con sonrisas y chistes.
"El fondo brillante es nuevo", dice. "Tiene tres o cuatro años. Usan hilos metálicos, que son muy difíciles de utilizar porque son delicados". Antes del 2000, todo el proceso de tejido se hacía a mano en Zinacantán. Actualmente, los diseños y algunos bordados se hacen a mano, se teje con telar de pedal y de cintura, pero se usa máquina para rellenar.
Si bien lo primero que le interesó a Chip de los textiles fue pensar que era una lengua tejida, lo que le quita todo su tiempo ahora es entender qué dicen los textiles como modas y sobre los cambios de la comunidad. "Es como una conversación silenciosa, a veces lenta y a veces más rápida, sobre qué es tradición, qué es maya, qué es yo, qué es comunidad", dice.
Cada una de las 18 comunidades mayas que rodean San Cristóbal tiene un estilo de tejido propio y una cosmovisión única.
Los tejidos expresan sus creencias y sus realidades. En Zinacantán, por ejemplo, a partir de los años 70 se comienzan a ver bordados de flores que con el paso de los años se van complejizando. Esto coincide con el desarrollo de la industria del cultivo de flores que hizo prosperar al pueblo. El aumento de la riqueza permitió que la ropa fuera algo más que un atuendo conveniente, la moda comenzó a sofisticarse. "La palabra flor en tzotzil, nichim, significa sagrado. El cielo es el lugar de flores y vas a ver que la iglesia está llena de flores. Ser florida es ser santificada, y en cierta forma, con las flores, ellas están hablando de la belleza sagrada; no de este mundo, sino del otro", cuenta Chip.
Salimos del mercado y entramos a la iglesia. Chip explica como el catolicismo y sus creencias se han ido mezclando, creando un sincretismo único. Narra un cuento de una vez que confundieron a un turista alemán con un diablo y lo mataron. Sólo pasó una vez y hace mucho tiempo atrás, remarca. Salimos de la iglesia y entramos a la capilla de los Esquipulas, un espacio decorado como una cueva donde una decena de hombres vestidos con trajes inspirados en los españoles del siglo XVI oran en tzotzil. Suena el trinar de unos pájaros. Chip explica que quieren replicar el lugar sagrado, arriba en las montañas. No puedo tomar fotos, pero grabo un canto hermoso que en tzotzil saluda a cada uno de los santos.
Salimos de la capilla y vamos a la tienda de la modista favorita de Chip, cruzando la calle, en el costado izquierdo de la iglesia. Chip enciende otro cigarrillo. La tienda no tiene nombre. Adentro las hermanas nos muestran tejidos y nos hacen de comer: tortillas frescas de maíz, frijoles, queso, pasta de semillas de calabaza, chiles y café. Vienen algunos turistas, pero nosotros tenemos un trato distinto. Tras un rato, salimos.
Segunda parada: Chamula
Otros 20 minutos en taxi y estamos en Chamula, ubicada a 2,260 metros sobre el nivel del mar. Según Chip, más que la fe, el legado español que salvó a los indígenas de esta zona fue la oveja merina, cuya lana los protege del frío y la humedad. Noto que los textiles de Chamula son muy distintos a los de Zinacantán. El vestuario tradicional de los hombres en Chamula consiste en un poncho de lana con las fibras hacia afuera. Si es negro se llama chuj, si es blanco jerkoil. "Un traje así cuesta unos 500 dólares", comenta Chip, con seguro, en automático. Una vendedora de lana nos dice que tan sólo para una falda se utiliza la lana de cuatro ovejas. La mujer lleva una falda negra similar llamada tzequil y una blusa de satín, de color, con bordados de 60 líneas en el pecho y una faja. Los hombres completan su indumentaria con un sombrero con listones de colores, un pañuelo y un morral de cuero.
No entiendo por qué Chip le dedica mucho menos tiempo a este mercado que al de Zinacantán ni para qué compra unas diez bolsas de palomitas antes de anunciarnos que vamos a entrar a la iglesia. La iglesia de San Juan Bautista es blanca y tiene listones azules y verdes en el borde de la puerta. En la puerta, un guardia nos obliga a guardar las cámaras. Chip apaga su cigarrillo. Entramos.
Veo cientos de velas en el suelo y en altares de maderas. No hay luces encendidas. Tampoco hay bancas, sólo el espacio abierto. El suelo está cubierto de ramas de pino. Huele a pino, a vela y a copal y se escucha una letanía de oraciones en tzotzil.
Avanzamos. Hay grupos de personas sentadas o hincadas en el suelo mirando a alguno de los altares de santos que están uno al lado del otro en las paredes laterales de la iglesia. Asumo que son familias. Frente a cada una, en el suelo, un montón de velas de distintos tamaños y colores, ordenadas en hileras, y botellas de bebidas, como Coca-Cola. Chip le va entregando sus bolsitas a los niños de cada familia. Cuando lo hace, los adultos le agradecen, él contesta en tzotzil, le ofrecen posh —la bebida alcoholica tradicional, hecha de caña— y lo invitan a sentarse. "Un quiebra-hielo", me dice sonriendo. Con las velas y la bebida los chamulas hacen una ofrenda a sus santos. El chamán o sacerdote, vestido en traje ceremonial, ordena las velas utilizando una composición distinta según lo que se le quiera pedir al santo. Las velas y la bebida —antes era sólo posh, pero para disminuir el alcoholismo se comenzaron a utilizar gaseosas, me explica Chip— deben consumirse frente al santo simbolizando una cena. A veces, se sacrifican gallinas.
Hay varias familias rezando en la iglesia. Vamos conversando con ellas gracias a las palomitas de Chip. Todos se asombran cuando él les habla en tzotzil. Ahora sí veo turistas. Escucho a otros guías hablando de sacrificios de sangre y justificando las bebidas diciendo que son para eructar y así ahuyentar los malos espíritus. Yo no escucho a nadie eructar. Sigo a Chip. Pruebo el posh.
En el altar principal no está Cristo sino San Juan Bautista. Jesús está un poco más arriba, pero en segundo plano. Damos media vuelta y comenzamos a salir, saludando a las familias con la cabeza. Salir de ahí es como salir de un sueño extraño: cuesta volver a situarse en la realidad. Chip está cansado, pero nos invita a visitar una capilla adonde van las familias a comer luego de las ofrendas. Enciende un cigarrillo.
Ya en el taxi de regreso nos explica que curó la Colección Pellizzi y creó la colectiva de tejedoras Sna Jolobil porque pensó que si no lo hacía el arte textil iba a desaparecer. Pero probablemente gracias a su trabajo, y a otras campañas de educación, tanto la producción de textiles como el interés por éstos ha ido en aumento. "Es uno de los pocos casos en que el turismo ha apoyado la preservación de la cultura".
Chip dice que "los turistas están muy dispuestos a ser educados. Es un esfuerzo que tengo que renovar, por eso estoy haciendo nuevos libros, para tener un público interesado por los detalles. Si no tienes el ojo educado, todos los textiles parecen más o menos igual, y elijes por los colores y no entiendes por qué uno vale quinientos dólares y el otro vale cien dólares".
La diferencia está en lo compacto del tejido, en la cantidad de hilos. Y en los diseños. Si el diseño es más chico y tiene más detalles, es más complicado de hacer. "Lo que siempre recomiendo es que visites Sna Jolobil primero. Ahí vas a ver cosas de alta calidad y entonces vas a entender porque las otras son más baratas", dice Chip, a manera de conclusión.
Luego de cinco horas llegamos al mismo punto. Ya son las dos de la tarde y estamos agotados. Al despedirnos Chip nos recomienda ir a comer a un lugar que no tiene nombre pero que está en la calle Doctor Navarro —número 50— y que cada domingo sirve la mejor comida local. Servicio completo, pienso cuando me hecho el mole de pollo a la boca.
CATALINA JARAMILLO es una periodista chilena que estuvo en México para conocer el país y la cultura de los migrantes que conoció en Nueva York, donde escribía de política y crimen. Ahora es adicta a los tacos y a los huipiles