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La futbolista que fue él

Cuando aún no se transformaba en chica, Miranda jugó en las fuerzas básicas de los Pumas, al lado de Luis García y Jorge Campos. Lo tildaban de afeminado y años después se hizo un puñado de operaciones —nariz, senos, lipoescultura y mentón— que le costaron 100 mil pesos, pero no se hará el cambio de sexo. Ahora se siente a gusto en su cuerpo de mujer y tiene novia. La diversidad es más diversa de lo que muchos piensan
Mónica Ocampo
| domingo, 11 de marzo de 2012 | 11:50

El adolescente de cabellos castaños entró al cuarto de su madre nuevamente a escondidas: hurgó entre los cajones hasta dar con aquel camisón de satín rosa con encajes en el escote, su favorito. Abrió el clóset, tomó un vestido entallado, unas zapatillas y luchó para que el atuendo le entrara en el cuerpo grueso de un chico con trece años recién cumplidos y vello incipiente. Cada día que esto pasaba, su mamá, muy afligida y sin atreverse a decir pío, le dejaba la misma nota sobre la cama: "No hagas esto por favor". Una tarde, el señor Selman abrió la puerta y lo descubrió maquillado, metido en un vestido de su hermana menor.

No dijo nada, sólo pensó que su hijo, el primero de la familia, era homosexual. Pero no era tan sencillo, porque años más tarde sus padres también lo vieron sudar entre puros hombres cuando jugaba futbol al lado de Luis García y de Jorge Campos, en las fuerzas básicas de los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México; conocieron a sus novias; lo acompañaron a su boda; festejaron cuando tuvo un varón, su nieto. Todo eso antes de que cumpliera los 28 años y decidiera enclavar bien hondo su nombre y autollamarse "Miranda". Miranda Selman, la seductora. Miranda la entrenadora de futbol. La de las cinco operaciones. Miranda la que no es gay ni bisexual. Porque a Miranda no le gustan los hombres, le encantan las mujeres. La diversidad es más diversa de lo que muchos piensan.

"No comprendía por qué si me incomodaba ser hombre tenía atracción por las mujeres", dice Miranda, sentada sobre una silla alta, pierna cruzada y la espalda rectísima. Acomoda un muslo sutilmente para cambiar de posición el bolso y deja ver con detalle las botas de piel con tacón de aguja, las que eligió para ser entrevistada en su casa de Ciudad Satélite, en el Estado de México.

"Hasta los 16 años tuve mi primera novia. Trataba de no ser tan femenina. Después de llevarla al cine o a bailar, llegaba a mi casa y me arreglaba de mujer para sentir alivio", recuerda.

Cuenta Miranda que devoró toda la información en internet para saber qué le pasaba, quién era un hombre o quién era una mujer o quién era un gay, hasta que encontró que la  identidad de género no influye en la  preferencia sexual de la persona. Él —o mejor dicho, ella— era un transexual. La Real Academia de la Lengua Española lo define de esta manera: "Dicho de una persona que se siente del otro sexo, y adopta sus atuendos y comportamientos".

En el aire hay un aroma dulce.
"Huele a violetas —aclara Miranda—, es de mi novia Valeria. Siempre hay que oler rico".

Hace una pausa.

"Es un infierno vivir en el cuerpo equivocado. El día que mi papá me vio me dio mucha pena, para mí era una confusión. Muchas veces pensé que tenía una enfermedad. A esa edad qué vas a saber".

Cuando la mamá de Miranda se murió, la despidió con una larga cabellera rubia, la nariz afilada y con los senos implantados. Esta vez sin la carga de una nota que pidiera "no hagas esto por favor". Se quedó a vivir con su padre, un empresario que le ha heredado el gusto por los negocios.

El hijo mayor de los Selman dice que de pequeñito insistía en jugar con muñecas y que no lo dejaban. Además, en la época de kínder le era totalmente extraño formarse en la fila de los hombres y no en las mujeres. En la primaria juntaba sus domingos para comprar maquillajes y conservarlos como un amuleto de la buena suerte. Y en la secundaria insistía en llevar el cabello largo y depilarse la cara.

Desde niño, y hasta ahora, a sus 42 años, ha conservado un gusto con más tendencia varonil: dar patadas jugando al futbol.

Con el rostro y las piernas de hombre fue preseleccionado de la Sub 17 para ir al Mundial de China en 1985; medio campista en Coyotes Neza en los tiempos de Miguel Superman Marín, y después jugador de las fuerzas básicas de los Pumas de la UNAM. Con cara de mujer fue la directora técnica de la selección mexicana en el Mundial de Futbol Gay de Alemania 2010. Ahora es consultora de belleza y entrena al Club Aztecas Didesex (Diversidad, Deporte y Sexualidad) para promover la diversidad de género.

Entre futbol y cirugías

La camioneta Ford Expedition de Miranda elude a las vacas y gallinas que se cruzan por el camino de terracería que conduce a la cancha llanera, ubicada en una zona limítrofe de Cuautitlán Izcalli. Aztecas jugará este sábado. Es tiempo de que este desértico terreno sea transformado en un improvisado salón de belleza.  

"Pásame el esmalte", suplica alguien con un tono agudo de voz, impostado, alguien que también tuvo cuerpo de hombre en algunos años de su vida pero que ahora, como casi todos los demás futbolistas, luce cabellos teñidos, uñas pintadas, rostros cubiertos de polvo facial y esponjas para resaltar las caderas.

Miranda saca de su maletín —marca Puma— un perfume de bolsillo. Rocía con un movimiento fino y delicado desde su melena rubia hasta su ombligo, decorado con un dije de estrella que refleja los rayos del sol.
—¿Hasta para jugar futbol te perfumas? —digo, sorprendida.
—Sí, con más razón, el olor a sudor es incómodo.

Deja el frasquito francés porque viene la primera foto antes del juego. Toma un balón del Barcelona y se lo pone entre las piernas con sus manos llenas de anillos y con pulseras de oro.  

Aún no son las doce del día y los 28 grados centígrados queman la piel, en México los rayos ultravioleta queman incluso en el invierno. Así que Miranda se embadurna el cuerpo con bloqueador, lleva puesto el riguroso uniforme del equipo: un top naranja y un micro short negro de lycra. Resaltan sus redondos, bronceados —y envidiables— senos y unas piernas largas, tonificadas.

Mientras la miro, me dice: "Me gusta romper con el cliché", y suelta una infinita carcajada.

Su cuerpo no tiene ni una arruga ni rastro de celulitis, resultado de su rigurosa dieta: diez horas de gimnasio entre semana y noventa minutos de entrenamiento futbolero cada sábado. ¿Comida chatarra? Ni pensarlo. "Tiene como tres años que no pruebo ni tacos, pizza o hamburguesas", me comenta mientras saca una botella de agua para beber.

—¡Güerita estás bien rica! —le gritan los jugadores heterosexuales de los equipos matutinos que agarran valor con un trago de cerveza. Y Miranda, al puro estilo de Sharon Stone en la película Bajos Instintos, camina frente a ellos contoneando su cuerpo de un metro setenta de estatura y con medidas 100, 71, 103. Las que ha conseguido con ejercicio, pagando 2,500 pesos mensuales en tratamientos hormonales y una que otra operación.  "He tenido un poco de ayudadita", confiesa Miranda, casi en susurro.

En los últimos ocho años ha entrado al quirófano cinco veces y ha desembolsado cerca de 100 mil pesos por dos operaciones de nariz (20 mil cada una), unos implantes de silicón en los senos (35 mil), una lipoescultura (8 mil) y una de glúteos (15 mil).

De las cicatrices sólo le mortifica la pequeña abertura que sirvió para introducir los implantes; le preocupa más que el pene y los testículos entre las piernas.

—¿Has pensado en operarte para terminar de feminizar lo único que conservas del cuerpo masculino con el que naciste?
—Es una operación cara y dolorosa, además corres el riesgo de quedar sin sensibilidad, a la excitación le dices adiós. Generalmente las personas que deciden someterse a una cirugía así padecen disforia de género, un síndrome que los hace estar inconformes con sus genitales. Yo no tengo eso. Me veo desnuda y no me causa ningún conflicto.

Han pasado 40 minutos y su equipo no está completo. Cada tres minutos su iPhone 4S suena con un ritmo electropop. Las llamadas son de algunas jugadoras que no dan con la dirección y quieren saber cómo llegar: "Del Tropicazo te sigues derecho". Miranda las guía. El Tropicanazo es un antro de mala muerte que sirve como única referencia en la zona, todo lo demás son solamente puños de tierra.

Esta cancha  es su espacio, acá está cómoda. Atrás quedaron los años de cuando los compañeros de vestuario en el futbol profesional llamaban a Miranda la Pin Pon. "Por ser un muñeco muy guapo y de cartón”" recuerda ella, entonando la frase con un suave movimiento de manos y con cierta dosis de sarcasmo. "Me acosaban. Me hacían bromas horribles. Una tarde un compañero me dio un beso en la espalda cuando estaba en la ducha. Me sentí muy mal", rememora, enteramente resentida.

"No hay mujer fea, sino pobre"

—Miranda ¿sabes si hay internet?—grita desde el balcón su padre de casi 80 años, con quien todavía vive la entrenadora, que deja apresurada su maletín deportivo en el sofá y se quita los lentes.
—Dame un momento, ahora subo —responde la hija.

Es curioso, pero en su casa hay más balones que espejos. Y detrás de la cocina hay un pequeño jardín donde aparece una portería dibujada con pintura negra.

Pasan veinte minutos y Miranda aparece muy arreglada, con un vestido corte imperio sujetado con una delicada cinta alrededor de su cuello. Tuvo una sesión de maquillaje sólo para la entrevista y le plancharon el pelo.

—¿Te operaste la manzana de Adán?
—No, nunca la tuve —presume.

Tiene adicción a las faldas —colecciona más de 60— y a los tatuajes, dice que son otra manera de presumir su escultural cuerpo y superar el trauma de haber pesado 87 kilos cuando era  hombre.

"Me molesta que me hablen en masculino", reclama, con las cejas fruncidas. Su antiguo nombre no lo dice por nada del mundo, y el único cumpleaños que festeja es el de Miranda, quien nació hace ocho años. Se puso Miranda cuando conoció a una alumna de su ex esposa Adriana, maestra de natación.

"Una de sus alumnas se llamaba así. La niña era encantadora"

Con Adriana tuvo una boda en una iglesia, ella con vestido y él —ahora ella— con smoking. Fue lo último que hizo como hombre. Aunque antes vivió con otra chica durante diez años, con la que tuvo un hijo que vive en Veracruz y recién salió de la preparatoria. Miranda fue a la fiesta de graduación. Dice que se llevan muy bien.

"Todos piensan que el día más feliz de mi vida fue cuando me pusieron las bubis, pero no es así. El mejor día de mi vida fue cuando nació mi hijo".

Miranda es empresaria, futbolista, activista; hija, hermana, amiga, ex esposo, novia y padre.

"Mis dos ex mujeres dicen que son viudas". Hace el comentario y suelta una carcajada.

Adriana es la cómplice, quien la animó a empezar la metamorfosis en 2004, la persona que la alborotó para que se operara los senos.

"Miranda conserva la misma mirada que cuando la conocí. Eso, en su momento, me enamoró de él, pero cuando me explicó lo de su cambio, aprendí a amar al ser humano", me dice su ex esposa Adriana, entre suspiros. "Cuando estábamos en el quirófano, el doctor a cargo de la operación me preguntó: '¿De qué tamaño los implantes?' Pues que no se vea plana, que valga la pena. Usted sígale y yo le digo hasta dónde".

Sin embargo Miranda aún conserva una credencial de elector con el nombre del "fulano de tal", como se expresa de sí misma cuando era hombre. Ya hizo los arreglos para tener pronto un acta de nacimiento y una credencial de elector con cara de mujer.

"Esto es algo que se traduce en reconocimiento legal para nosotras, pues cuando hay concordancia entre nuestra apariencia física y nuestros documentos, tenemos también acceso a todas las facilidades de que gozan el resto de las personas, por ejemplo, al trabajo —dice  Miranda—. Ya casi pongo mis huellas como otro bebé. Miranda Selman en menos de un mes estará vigente y hasta podrá votar en las siguientes elecciones presidenciales", agrega, orgullosa.

El trámite jurídico ha costado casi 30 mil pesos entre los peritajes terapéuticos y los abogados, algo que muy pocos transexuales pueden darse el lujo de pagar. Miranda lo resume bien: "No hay mujer fea, sino pobre".

Ni prostituta ni estilista

Tecleo "chica transexual" en el buscador Google y aparecen 541,000 resultados, en su mayoría relacionados con prostitución o estilismo.

Rafael Salín Pascual, un psiquiatra encargado de la Clínica de la Diversidad Sexual del Departamento de Psicología Medica, Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, me explica en su consultorio que "muchas chicas están conscientes de lo caro que es este proceso y la única manera de sacar dinero rápido es prostituyéndose. El 90 por ciento de mis pacientes sobreviven de este oficio".

Salín Pascual ha sido el terapeuta de Miranda por más de una década, quien  ha podido costear sus operaciones y tratamiento gracias a las ganancias de las empresas familiares y de su trabajo como consultora de imagen de Mary Kay.
"Ella es toda una empresaria", me dice el especialista, seguro de que en esa habilidad se parece mucho a su papá.

Pero el precio de la transexualidad va más allá de lo económico.

"Sé de amigas que no tenían para operarse las bubis o las nalgas y fueron a un lugar clandestino donde les inyectaron aceite de carro, al año murieron", cuenta Miranda, un poco acongojada.

"Tanto la homosexualidad y transexualidad son biológicas. No hay culpables, el único problema es con la sociedad. Afortunadamente, en el ser humano la diversidad es la norma y se traduce en lo sexual, en lo biológico y en lo político", afirma el psiquiatra Salín Pascual, que ha publicado tres libros sobre el tema de la transexualidad, entre ellos Cuando el sexo de mi cerebro no corresponde a mi cuerpo (suena a película).

A nivel mundial hay una caso de transexualidad por cada 30 mil habitantes, de acuerdo con la World Professional Association for Transgender Health (WPATH). En México no hay cifras confiables debido a la poca apertura en los aspectos social, civil y penal.

Sin embargo, los especialistas en la materia aseguran que el suicidio es la salida para el 50 por ciento de los adolescentes transexuales que no reciben apoyo psicológico. Salín Pascual dice que lo hacen porque es difícil lidiar con la carga emocional.

"Somos unas locas"

El partido inicia con veinte minutos de retraso. Miranda decide jugar con ocho elementos. No puede negarse, hizo un trato con los Lobos, el equipo rival conformado por jugadores de orientación gay que festejan su octavo aniversario. Cada vez se desmorona más la creencia de que el futbol es exclusivo de los machos.

Más allá del resultado deportivo, ambos equipos buscan construir organizaciones sólidas como un escudo contra la discriminación. Aztecas Didesex —el equipo que dirige Miranda— inició como un equipo de futbol y ahora es una Asociación Civil que promueve los derechos humanos, sexuales y reproductivos, así como la educación sexual, la prevención del VIH/Sida y, sobre todo, los mensajes en contra de la intolerancia.

"¿Sabe qué papá? Aquí hay pura señorita", advierte al árbitro una chica llamada Trixi Ivette.

La güera Miranda colocó a Trixi Ivette en la portería de manera improvisada porque no llegaba la portera titular, eso explica su falta de técnica para parar la pelota. A los diez minutos un gol la hace gritar como una niña y brincotear de manera histérica.

El silbante ríe.

"¿Hay que respetar no? —dice el árbitro, lúdico, mirando al gay que anotó con ventaja para los Lobos—. ¡Al equipo de La güera como que le falta un poquito de técnica ¿no?! —sigue la broma mientras corre hacia  la media cancha—".

Este equipo conformado por transexuales, homosexuales, travestis y lesbianas está muy lejos de convertirse en el famoso Dream Team del técnico del Barcelona de Josep Guardiola. Mala puntería a la hora de rematar y muy malas a la hora de defender.

Una parte de la afición —conformada por unos treinta curiosos, morbosos, amigos e integrantes de los otros equipos de ese llano— es compasiva y aplaude el esfuerzo; la otra parte se burla.

"Nosotros nos apropiamos de los insultos que nos dice la gente para convertirlos en chistes", se defiende Rafa, uno de los  mediocampistas de Aztecas Didisex.

Ante el segundo gol, Miranda intenta mover sus piezas. Con las manos, les hace señales a sus jugadoras y les grita: "¡Más rápido, pásala, con fuerza, es tuya!". Es inútil. Terminan el primer tiempo con una derrota de 2-0.

Preocupa que este mismo equipo podría ser la base de la selección que representará a México en el Mundial Gay, que será en el Distrito Federal en julio próximo.

Una voz suelta un comentario y otra responde con sarcasmo:

"¡Si golean a la Selección Nacional, qué podemos esperar nosotras que somos unas completas locas!", vocifera Lola, un defensa,  antes de atajar un balón.

Qué más da, opinan sus integrantes, la verdadera valía de este equipo es lo que representa fuera de las canchas: un refugio para la comunidad de ambiente que busca integrarse a la sociedad y ser respetados tal y cual son. Por más diversos que puedan ser.

Aztecas Didesex poco consigue durante la segunda parte. La derrota es contundente: 3-0. Pero al mal tiempo, buena cara. Aunque ganan, los Lobos le entregan un trofeo a Miranda en agradecimiento a su labor activista. Y Miranda agradece como un reina, sacudiendo la mano derecha como hacen las Miss Universo y soltando besos: corto, corto, laaaargo; corto, corto, laaaargo.

 

MÓNICA OCAMPO es una reportera adicta al ruido de las máquinas de escribir Olivetti. Piensa que sus apuntes informativos están más seguros en su libreta que en un aparatejo electrónico que le regaló su mamá cuando cumplió 27. Su mayor motivo de histeria es cuando ve fruta envuelta en papel periódico