» 14-F. CELA «

La esposa que se convirtió en detective

A Dolores se le metió la idea de que su marido la engañaba con la secretaria. Comenzó a montar guardia afuera de su oficina, instruyó a sus hijos para que la ayudaran a vigilarlo y hasta persiguió coches sospechosos que salían del negocio familiar de reparación de autos. El caso de los Rodríguez puede ser una historia de celos como muchas, pero no por ello deja de tener sorprendentes peculiaridades
Rodrigo Solis
| domingo, 12 de febrero de 2012 | 00:54

A principios del año 1996, el esposo de doña Dolores nunca hubiera sospechado que un breve y nimio comentario, con motivo de llenar los silencios que abundaban en la sobremesa de los Rodríguez, detonaría en una interminable cadena de sucesos desafortunados que le cambiarían la vida a él y a toda su familia (que continuan hasta la fecha).
—Ladrona igualada —dijo doña Dolores confiada en el buen juicio de su esposo—, supongo que la habrás despedido.
—Tampoco es para tanto —fue la respuesta lapidaria del señor Rodríguez.
Dentro de la cabeza de doña Dolores un resorte saltó fuera de los engranajes.
—¿Cómo dices?
No hubo respuesta que la dejara tranquila, satisfecha. La explicación lógica para que su marido no haya puesto de patitas en la calle a su secretaria luego de robarle diez mil pesos mediante la falsificación de su firma en un cheque, tenía que ser una, sólo una.
—Por Dios, Dolores, cómo vas a creer que Martha es mi querida.
Era inútil, el desdoblamiento de la celotipia en la esposa ya había dado comienzo, con buen rumbo y a toda vela.

* * *

Casi todas las tardes, la puerta de la oficina del esposo de Dolores abría de un portazo.
—Hola, qué bueno que vinieron a visitarme —solía decir el señor Rodríguez.
Todo estaba fríamente calculado y supervisado. Incluido el golpe al entrar. Los hijos de doña Dolores (de doce y diez años respectivamente) habían recibido un adiestramiento muy minucioso y profesional.
—Escúchenme bien, me voy a estacionar aquí para que los mecánicos de tu papá no me vean llegar y vayan de chismosos a alertarlo, ustedes corran lo más rápido que puedan.
Los reportes de Fiera y Enrique eran, invariablemente: “Sin novedad alguna”. Su papá siempre estaba revisando facturas y papeles.
Sin embargo, doña Dolores no se confiaba de la cándida visión que podían tener sus dos pequeños sobre el mundo real, es decir, el turbio mundo de los adultos (un lugar fértil para las mañoserías y los toqueteos).
Todas las mañanas, acompañada siempre de una de sus fieles amigas, acampaba en la oficina de su esposo.
—Qué asco apellidarte Pech —le decía a su amiga en turno pero sin quitarle la mirada a la secretaria de su marido, quien para soportar el calvario tarareaba una y otra vez las canciones Estoy aquí, Antología, ¿Dónde estás corazón? y el resto del repertorio de la cantante Shakira, del disco Pies descalzos.
—“Pech” significa garrapata en maya —remataba Dolores, con cara de asco.

* * *

“El libro de placas” era un sistema de espionaje utilísimo, inventado por doña Dolores para descubrir de una vez por todas la infidelidad del señor Rodríguez. “El libro de placas” no era más que una libreta (de un  volumen considerable) en la que anotaba el número de placa, el color y la marca de cada coche que salía de aquel negocio familiar.
¿Con qué sentido hacía esto? Su esposo era dueño de un taller mecánico que le daba servicio a una sección de vehículos oficiales de la Comisión Federal de Electricidad.
—Anoten las placas, rápido —ordenaba doña Dolores a sus hijos mientras se estacionaba a un costado del taller mecánico de su esposo.
No es exageración decir que Fiera y Enrique crecieron literalmente dentro de un coche. Almorzaban y cenaban en la parte trasera mientras su mamá les decía “abróchense los cinturones” y se dedicaba a perseguir como corredora de Fórmula Uno por ciudad y media a todos los vehículos oficiales de la CFE que aparecían en el peculiar  “El libro de placas”.
—¿Ven a Martha Pech dentro del coche?
Ni Fiera ni Enrique vieron jamás a la secretaria de su papá a bordo de un vehículo de la Comisión Federal de Electricidad   ni en ningún otro vehículo particular, pues ella usaba el camión como medio de transporte. Naturalmente esto no fue un impedimento para que doña Dolores siguiera creyendo que en algún punto de la ciudad de Mérida uno de los mecánicos del taller estuviera llevando a Martha Pech a un motel (donde con seguridad su esposo la esperaba para poseerla rabiosamente).
Dato técnico enternecedor: en los años noventa el esposo de doña Dolores se sentía orgulloso (obviando el desconocimiento del trasfondo de esta historia) de que sus hijos identificaran a la perfección todos los coches que circulaban en las calles.
—Mira, un Shadow… un Spirit… un Taurus… una Blazer… un Passat...
—Y ahí va un Topaz… un Cougar… un Thunder Bird… un Camaro...

* * *

Ni en tierra firme, es decir, en casa, los hijos de doña Dolores tenían un segundo de paz.
—¿Creen que esto sea pintura de labios? —les preguntaba, obligándolos a inspeccionar la ropa interior de su papá.  
Una escena clásica (o memorable) de la familia Rodríguez tuvo lugar una tarde cuando doña Dolores olvidó pasar a buscar a sus hijos al colegio por quedarse a vigilar la oficina de su marido.
—¡Me violaron! —gritó fuerte y dio un portazo al entrar a la casa.
Fiera y Enrique corrieron a abrazar a su mamá. Doña Dolores, ahogada en llanto, se desplomó en el piso.
—¿Quién fue? —bramó el esposo yendo por la pistola que guardaba en el cajón del cuarto—. ¿Quién fue?
—Así te quería ver —dijo doña Dolores incorporándose del piso y limpiándose el rímel que le manchaba de negro toda la cara—, espero hayas aprendido tu lección, no me violó nadie, pero pudieron hacerlo, estuve estacionada enfrente de tu oficina todo el día y no te vi salir.

* * *

Doña Dolores decidió expandirse: abrió una sucursal de celos. Esto ocurrió cuando su hermana menor se mudó a vivir sola; el único motivo coherente que encontró ante este extrañísimo comportamiento de independencia en una mujer treintañera y soltera era para poder meter hombres a su casa, o mejor dicho, a un hombre. Su esposo.
Poco importaba el pequeño detalle de que la hermana menor de doña Dolores, a la última persona que hubiera invitado a su casa era a su cuñado, por el simple hecho de que lo aborrecía. Aún así, doña Dolores interpretaba este áspero comportamiento entre su hermana y su esposo como una muestra irrefutable de la tensión sexual entre ambos.
—Los polos opuestos se atraen, la prueba son los imanes.
No es de extrañar entonces que cuando la hermana soltera de doña Dolores se iba al trabajo, llegaba el tiempo de poner las manos a la obra. Y  poco importaba que Fiera se cansara de repetirle a su mamá que estaba harta de pasar la mitad de su vida dentro de un coche.
—Si me acompañas, luego te llevo a la plaza y te compro lo que quieras de Hello Kitty —le prometía la mujer a su hija.
Fiera aprendió desde temprana edad a ser recompensada por su trabajo. Gustosa,  prestaba atención a las metódicas instrucciones que le daba su doña Dolores: brincar la reja de casa de su tía y asomarse por la ventana del cuarto para verificar si la cama estaba revuelta o tendida.
—Y checa bien si en el piso no ves una trusa o ropa de hombre.
Dato anecdótico: los celos de doña Dolores se esfumaron el día en que su hermana menor contrajo matrimonio y se fue a vivir a cientos de kilómetros lejos de ella (y del señor Rodríguez).

* * *

Por desgracia, los celos de doña Dolores no operaron de la misma forma con la eterna amante de su marido.
—Doña Dolores, por millonésima vez, le juro que yo no tengo nada que ver con su marido, me voy a casar —se defendía la secretaria, suplicando que la dejara en paz.
Palabras huecas. No en balde doña Dolores contrató a un detective privado para que asistiera a la boda de Martha Pech.
—Aquí están las fotos —el detective entregó el sobre donde también incluía la nueva dirección de la supuesta amante de su cliente.
Ante el acoso sistemático, Martha Pech renunció a su trabajo de secretaria, acto que hizo redoblar los celos de doña Dolores.
—Su papá no contesta el teléfono —informaba a sus hijos—, todos al auto.
El domicilio de recién casada de Martha Pech estaba ubicado a las afueras de la ciudad, propiamente en un pueblo. Distancia que doña Dolores no tenía el menor problema en recorrer, lloviera, tronara o relampagueara, todo en aras de la felicidad de su matrimonio.
—¿Ven algún carro de la Comisión?
Doña Dolores peinaba, con destreza, de arriba a abajo el pueblo para asegurarse que el coche de su esposo o alguno de la Comisión Federal de Electricidad no estuviera estacionado cerca o lejos de la casa de la ex secretaria, la famosa amante.
Para entonces, doña Dolores había evolucionado: no necesitaba “El libro de placas”, su prodigiosa memoria aprendió a registrar en columnas el número de placa, color y marca de los vehículos que reparaba su esposo.

* * *

Al lector avezado, celópata o víctima frecuente de los celos, no le sorprenderá enterarse de que la vacante que dejó Martha Pech en la oficina fue ocupada por doña Dolores. La buena noticia (¿o el final feliz?) fue que nunca más se volvió a conocer fuga alguna de dinero en el taller mecánico. Doña Dolores no tuvo empacho en tomar el control absoluto del negocio. Hasta podría decirse en términos empresariales que ascendió de secretaria a administradora y luego a accionista y finalmente quedó como la dueña absoluta.
—Y si no me crees todo lo que te conté, cuando vengas a la casa te reto a que pongas la canción Pies descalzos —me dice Fiera, mi novia—. La trayectoria artística de Shakira mide el tiempo exacto de celópata que tiene tu querida suegra.

 

RODRIGO SOLÍS es un mexicano que ha publicado en decenas de pasquines de las provincias más recónditas de Latinoamérica y España, pero también en “Orsai”, una revista que se ha convertido en objeto de culto por su alta calidad narrativa. Por presiones de Fiera, su novia, estaba a 4 días de renunciar al oficio de escritor, pero lo salvamos cuando le ofrecimos narrar el caso de su querida suegra