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La anciana más valiente de México

María García decidió festejar su cumpleaños 80 subiendo a la cima del Mont Blanc, una montaña francesa de casi 5 mil metros. Consiguió patrocinadores, entrenó durante ocho meses y escuchó miles de veces que estaba loca. Ésta es la crónica de un ascenso muy extraño
MUJER CON CONVICCIÓN. María está convencida de que los años cumplidos no son una excusa para dejar de subir cimas (FOTO: Pablo Zulaica )
Por Pablo Zulaica. Fotos Pablo Zulaica y cortesía María García
CHAMONIX, Francia | domingo, 10 de noviembre de 2013 | 00:10

Cosmiques es un cubo negro en mitad de la nieve y, aunque está apuntalado sobre una arista de granito, pareciera que acaba de posarse ahí. En la terraza de este refugio una treintena de hombres, casi todos altos y pálidos, charlan en pequeños grupos. Se oye hablar en francés, alemán e italiano, y se mezclan algunas palabras en castellano. Allí, en el techo de Europa, María García y Samael Sáenz parecen venidos de una galaxia lejana.

"¿Quién es la mexicana?", pregunta alguien y se revuelve para ver si la encuentra. Se ha corrido la voz que al día siguiente, 2 de agosto, ella osará pisar la cumbre del Mont Blanc, el techo de Europa Occidental con 4 mil 810 metros de altitud, únicamente alcanzables tras caminar sobre nieve y hielo. A eso vienen casi todos los montañeros que ocupan las 145 camas de Cosmiques. Mientras los alpinistas la buscan con la mirada, María le dice a su guía Umberto Bado que, cuando hizo cumbre allí por primera vez, tenía 27 años. Y Umberto, espigado, atlético, turinés, responde que 27 son los que tiene él ahora. Entre sus 27 y los de María hay medio siglo de técnicas de escalada, ingeniería de materiales y herramientas de predicción. El año pasado —después de 37 de haber abandonado el alpinismo— María cumplió 79 y le dijo a su familia que festejaría los 80 en la cima del Mont Blanc.

Una vez alguien le dijo a María: "Ustedes, los alpinistas hacen cualquier cosa por matarse, ¿verdad?". De joven ella escapó a la tragedia al menos dos veces. Perdió compañeros en las Rocallosas y en los Andes. Tuvo descensos tan malos que pensó en no subir jamás. "Pero en cuanto uno baja y llega al coche... y ya está planeando regresar", dice. Hoy, con una hija y dos nietas, no se resigna a envejecer. Dice que, con la excepción de ser madre, nada supera a la alegría de "hacer cima".

La japonesa Tanae Watanabe fijó el récord femenino al subir el Everest a los 73 años. Miura, como María, dijo que no le importaba tener la marca, sino haber subido. Y María cree que con el Mont Blanc sí puede.

Mucha de la culpa de eso la tiene Samael. En el refugio creen que es su nieto pero en realidad es una especie de entrenador y amigo. Tiene 23 años y conoció a María por un amigo montañero en común. Ambos la entrenaron durante ocho meses:  subió y bajó cerros pelados muy lejos de la nieve francesa. Ella hizo a un lado sus botas de cuero desgastado y se compró unas nuevas. Después buscó patrocinadores para pagar el vuelo y rentar un guía. A Samael, de familia montañera, se le hizo irresistible la locura de la anciana. Se hizo incondicional de María, encargó unas botas de cuero a un artesano y decidió seguirla a donde fuera. María acaba de cumplir 80 años y por eso los dos están aquí.

RECUERDOS. María escaló durante toda su juventud tanto en montañas de América como de Europa. El Mont Blanc lo subió cuando tenía 27 años. Hoy tiene 80.

PRIMER DÍA

El nombre se presta a la comparación: Cosmiques. En los años 30 se levantó allí un observatorio científico para estudiar la radiación espacial. Está a 3 mil 613 metros y para llegar ahí hay que recorrer más de 2 mil 500, desde el pueblo de Chamonix, a bordo de un funicular vertiginoso que hace las veces de cohete. Suele subir lleno de visitantes e incluye algunos balanceos, como si quisiera salirse de órbita; también un vuelco al estómago con un gritito a coro y, al final, risas nerviosas. El vehículo alcanza en minutos la Aiguille du Midi, que es literalmente una gigantesca aguja pétrea. Al llegar ahí el paisaje me hace pensar que estoy a la mitad de un viaje espacial.

Para los alpinistas, desde la Aiguille hasta Cosmiques hay todavía media hora a paso lento, como de astronauta. Un túnel en la roca los vomita a un planeta en el que sólo hay nieve. Se encuerdan unos a otros, se calzan los crampones (suelas con púas para no resbalar en hielo) y se ponen casco, piolet y arnés. La temperatura se derrumba y abajo, casi en picado, el tamaño de Chamonix es ridículo. Pienso que cuando un astronauta ve la Tierra desde arriba debe de sentir algo así.

La historia de María es sorprendente, pero muy parecida a la de otros alpinistas que decidieron que los años cumplidos no eran una excusa para dejar de subir cimas. Está, por ejemplo, la mexicana a la que todos llamaban Abuela Cata, un nombre casi apócrifo. Catalina Vera, a sus cien años, subió la cima del volcán Malinche (4,220 metros). No hay registros claros, pero parece que murió en 2006 a los 105 años. También está el caso de Yuichiro Miura quien este año, aunque casi se mata bajando, dejó el récord de longevidad en la cima del Everest en 80 años. Pujaba desde hace un lustro con Min Bahadur Sherchan, un nepalí que lo había subido a los 76. Días después de la hazaña de Miura, Sherchan intentó subir, a sus 81 años, y no pudo.

La diferencia con María es que ella vendía aparatos ópticos de laboratorio, pero siempre le llamó la montaña. Ninguna de sus hijas heredó su hobby. Es la última montañista de su familia.

SEGUNDO DÍA

María siempre pensó que lo lograría. Incluso ahora, a la 1:20 de la mañana del segundo día en el refugio, sorprende verla desayunando con tanta determinación. En el comedor ella apura su ración junto a Umberto, su guía,  y Samael, su entrenador y amigo. A su lado hay otro centenar de montañeros. Uno debe apuntarse al desayuno de la 1, las 3, las 5 o las 7, pero quien quiera ver Europa desde arriba debe salir antes de las 2 del refugio y empezar a escalar.

Quienes iniciarán el ascenso comienzan los preparativos. Bajo una luz tenue se cambian zapatos por botas. Entre el frufrú de ropas y cuerdas se ajustan arneses, se cierran mochilas y se prenden linternas frontales. Los que están listos pasan al vestíbulo, casi una cámara de descompresión detrás de un vidrio aislante. En la sala de los piolets y los bastones Umberto ayuda a María a apretar sus botas. En las escaleras se calzan los crampones. Rechinan mosquetones y piolets. Con las púas en los pies hendiendo ya la nieve se forman finalmente las cordadas: duplas o tríos de montañeros que mediante un arnés se atan a la misma suerte.

Yo tengo que quedarme en el refugio. Me hubiera encantado subir con ellos, encontrar la cima, pero las reglas son claras: las cordadas son de máximo tres personas y con María, Samael y Umberto se llena la cuota. Yo tendré que esperar e imaginar cómo llegan a la cima. Estoy despierto a esta hora de la madrugada, sobre todo, para desearles un buen ascenso.

Antes de acostarme otra vez le digo a Samael que si la telefonía alcanza, y es posible hacerlo, no dude en marcarme desde la cima. Como si llamara a Houston. Luego, sin más preámbulos, la cordada de Umberto, María y Samael —amarrados en ese orden— se une a la procesión de luces blancas. Un hilillo de linternas frontales se aleja ladera abajo, llanea unos cientos de metros en la nieve negra y comienza a disiparse, muy lentamente, en dirección a las estrllas.

PRIMERAS NOTICIAS

Son casi las 7 am. Si todo va bien ellos ya deberían de haber pasado el Mont Tacul y rondar la cumbre del Maudit. Umberto no dudó al elegir la ruta de los Cuatromiles (Tacul, Maudit, Mont Blanc), que es más larga y algo más difícil que la de Goûter, la más común. Dormir en Cosmiques y levantarse llenos de fuerza era una ventaja. Además, por Goûter, la congestión en el refugio y en los pasos estrechos es un inconveniente conocido.

El resplandor del celular me indica que hay un mensaje nuevo. No lo oí llegar, me quedé dormido, pero la hora del mensaje no es buen augurio: 5:30:16 am. "No logramos cumbre. Habrá otro intento. Nos vemos en un rato".

¿Y ahora?

EN LA CIMA DEL MUNDO. María, su amigo y entrenador Samael, y el guía Umberto subieron desde Chamonix para dormir en el albergue e intentar subir.

Me doy cuenta de que la convicción del éxito era tal que nadie habló —o al menos no lo oí— acerca de un segundo intento. La montaña no es tan dada a la tecnología. Un sms es apenas un telegrama y mi imaginación gravita sin remedio. Durante el desayuno intento no hacer conjeturas, ya me contarán después.

En la terraza, ahora vacía, ya no es posible observar el paisaje a ojo descubierto. Sobre el blanco cegador sólo se intuyen puntos siguiendo un surco en la nieve: algunas cordadas rezagadas que quizás sólo salieron a entrenar un poco. Hay otros puntos en mitad de la ladera que a veces parecen dos y a veces parecen tres. Para asegurar si suben o bajan hay que volver a mirar al cabo de un momento.

Éstos son tres y están bajando. Atraviesan lentamente el llano, justo por debajo del albergue. El primero de ellos tiene los colores que llevaba Umberto. El segundo los que llevaba María y el tercero los de Samael, que parece venir con dos mochilas. Hacen una pausa y el viento, hasta ahora imperceptible, trae frases entrecortadas hasta la terraza. No van a desviarse al refugio y es preciso que nos encontremos de camino al teleférico.

En el centro de la cordada, en silencio, María remonta la arista de la Aiguille con la cabeza gacha. No sé si se la bajó el cansancio, la tristeza, o si así es el cuerpo a los 80. Los últimos metros son costosos porque a diferencia del espacio, aquí la gravedad pesa. Desde la boca del túnel, algunos turistas que tomaban fotos al paisaje ahora se las toman a ella. La miran, susurran, se hacen a un lado para que ella llegue. Umberto da la media vuelta, sonríe y la felicita en italiano. Nunca había guiado a alguien tan mayor. María apenas levanta la cabeza y su cara desaparece en un abrazo sobre el hombro derecho del guía. Ya no ve la nieve, ni a los turistas que aplauden.

"¡Pinches escalonzotes!", dice al fin María, ya en el teleférico, sin crampones ni bastones y empapada de sudor.

"Ellos son güeros de 1.80 y 1.90… ¡Cómo no los van a hacer así!", responde Samael.

Para salvar los desniveles grandes y las grietas suelen crearse escalones en el hielo que faciliten la pisada. El paso de guías y clientes los va asentando y dando forma según lo pidan sus piernas. Ellos habían entrenado distancia, resistencia, altitud, pero existía un problema geográfico: en México casi no nieva. El hielo queda más alto que el Mont Blanc y no hubiera sido de la misma condición.

"Es nieve, pero es muy dura, mucho hielo. Hay que trabajarla mucho para seguir adelante. Te cansa porque no estás pisando bonito, disfrutando...  Volver a intentarlo por esta ruta está como en chino", agrega María.

"Y nos dio en la madre la cordada", dice Samael. Todos suben en cordada, pero María siempre dijo que ella va bien a su propio ritmo. Que de ahí no la saquen. Pero cuando existen hielo y grietas es preciso ir en cordada. Así, el ritmo no es de uno, sino de dos, de tres. Umberto le lleva a María una cabeza de estatura y sus jalones, aunque él avanzara lento, le pedían otro paso. La biela de una locomotora vieja no podría unir tres ruedas de diámetros distintos: ella nunca se adaptó.

Para María, todos los caminos a México pasan por la cima. Le preocupan los patrocinadores y las expectativas generadas. Ella y Samael han acordado darse cinco días de descanso y regresar por la ruta normal, la que siguió ella en 1960. Umberto dice que en cuatro horas a pie se llega a Goûter y ahí se acampa en la noche. Y al otro día, temprano, se intenta la cumbre. Irán por allá. María frunce el ceño y cree recordar, además, que ella no tardó tanto como esas cuatro horas.

LA ESPERA

Cualquier alpinista se sentiría en casa en el pueblo de Chamonix, en las faldas del Mont Blanc. En las paredes del albergue Chamoniard Volant cuelgan banderines con nombres de alpinistas de cualquier país. Otros están en el cementerio local. Mientras María se recupera del cansancio y de la falta de sueño, Samael descubre allí almas inquietas de la talla de Edward Whymper, pionero inglés en la cima del Matterhorn, o Roger Frison-Roche, autor de El primero de la cuerda, la novela preferida de María.

En los días sucesivos se entretienen por el centro. Samael nunca había salido de México y apenas puede creer que está en Chamonix. Su rutina pasa por las tiendas de escalada, la Compañía de Guías y la oficina de turismo para revisar el correo. También en actualizar "Mont Blanc a los 80", la página que abrieron en Facebook para informar al mundo de su misión.

Las cosas comienzan a complicarse para el segundo intento. Primero porque no hay lugares en el albergue, después porque el clima impide poner un pie en la montaña. María piensa en la gente que ha dejado en México, en quienes la han ayudado, en que se ha abierto un nuevo tiempo con fechas más apretadas, pero que aún no hay otra opción que no sea la cima.

La situación empeora cada día que pasa: Umberto, desde Turín, les avisa que debido a sus tiempos ya no podrá volver a ser su guía. Buscan a algún otro, pero se complica cada vez más. Mientras tanto, Chamonix se esfuerza por seguir pareciendo un pueblo idílico. En verano las terrazas están llenas, los parapentes revolotean y por el río bajan jóvenes remando a gritos.

PELIGROS. Al ver estas fotos viejas María recuerda que en los años 60 abortó dos ascensos al Aconcagua: en la primera un compañero falleció y, en la otra, uno más sufrió amputaciones.

María y Samael comienzan a ser reconocidos en el pueblo. Se topan a un grupo de tapatíos que vienen a escalar y todos les dan ánimos. María dice estar bien, sólo un poco aburrida. Samael, en cambio, sale a trotar por las mañanas, se pierde por los ríos y los bosques intentando mantener la cabeza a raya. Luego se junta con María y van a consultar el clima. A veces toman una cervecita y les ataca la risa. Pero están a sólo tres días de su vuelo de regreso.

Sería demasiado duro claudicar allí, al pie del teleférico. La ruta de Goûter les sigue pareciendo más fácil pero el problema es que, aunque hay días de sol, en el refugio no hay espacio. Han oído que incluso se puede subir sin guía y empiezan a considerar la opción. "Si me aloco, compramos una casa de campaña y me lanzo con María", dice Samael.

Las opciones disparatadas comienzan a surgir por todos lados. Pero de pronto todo cambia. Los patrocinadores les ofrecen más días de estancia para subir en calma y encuentran un guía. "María está muy contenta, no quiere o puede hablar porque le viene el llanto. Haremos otra vez la ruta de los Cuatromiles. Llegaremos lejos", me dice Samael. Yo tengo que irme del pueblo. No veré ese segundo intento.

EL SEGUNDO INTENTO

Han pasado algunas semanas desde que tuve que dejar a los montañistas. Todos estamos de regreso en DF y estamos hablando en un restaurante. El ímpetu del corazón por fin descansa y ya sólo queda el relato.

—¿Recuerdas que de la aguja al refugio estaba todo tapado? —dice Samael—. Pues esta vez ya había una grieta. Había perdido un montón de nieve a pesar de que nevó 40 cm.

El guía del segundo intento se llama Rafa. Es francés de padres españoles y el hecho de chapurrear el mismo idioma les dió confianza.

—A Rafa le preocupaba que yo sudaba muchísimo —dice María—. En la montaña eso es muy peligroso porque te deshidrata completamente.

—Se sintió mucho más el frío. María salió muy tapada y nunca se quitó la ropa —dice Samael.

—Traía mi cámara con estuche colgando dentro. Saqué la cámara empapada de sudor. Y mi muñequita venía también toda sudada —agrega María.

María iba subiendo mucho mejor que la otra vez. Pero Samael dice que, de pronto, fue como si la hubieran noqueado.

—Me sentí completamente agotada. Llegué con ellos y les dije "¿Saben qué? Hasta aquí".

Samael recuerda que aún no amanecía. A la luz de su frontal María tartamudeó —despacio por el frío y el cansancio— la palabra regresar. Samael le dijo que era decisión suya y el guía estuvo de acuerdo. Samael la abrazó y ambos la felicitaron. Estaban en la base del Mount Maudit, a unos 50 metros del primer intento.

—No sentí la decepción de la primera vez. Sentí como que mis fuerzas llegaban hasta ahí y ya no tenía que buscarle más. Pensé en el regreso y en que, además, estaba exponiendo a los que venían conmigo  —agrega María.

En los años 60 María tuvo que abortar dos ascensos al Aconcagua: en la primera un compañero falleció y, en la otra, uno más sufrió amputaciones. Antes había sido una de las tres supervivientes de una avalancha que sepultó a media expedición femenil en Canadá. Pero nunca tuvo que tomar una decisión así por ella misma.

—Siempre he pensado que la montaña es para disfrutarla, y no soy de las que dice "yo hasta me moriría en la montaña". Que me vayan a botar allí después, sí. Pero morirme en un accidente nunca ha sido mi máximo.

Se escucha raro que lo diga, si momentos antes platicaba cómo sobrevoló una grieta: "¡Me tenían colgada como una piñata! Estaba bajando para adelante cuando tenía que estar bajando para atrás. Me dijeron que me soltara y quedé de espaldas a la pared de la grieta. Sama me volteó y pasé la grieta. Es que tengo las piernas cortas...".

—Según yo estabas muy nerviosa —dice Samael.

María insiste en que no, que cuando va con gente en quien confía, no teme. Y recuerda su muñequita, la que siempre lleva a la montaña, que se la regalaron allá por el 60 en una Navidad. "Venía con un pañal y un sombrerito, y mi sobrina le hizo un traje, como un mameluco que la cubre toda". Aún la quiere mucho. Aunque dice que ahora, la pobre, está toda rota.

La grieta no fue el principal problema. Después de irme leí en los periódicos que una avalancha había matado a dos montañistas en Mont Blanc. "Son cosas que te mueven el tapete. Cuando supimos que se habían muerto las dos italianas, sí sientes... cómo te diré", dice María. Ambos recuerdan que, cuando bajaron, María parecía una atracción turística. Unas chicas japonesas quisieron fotografiarse con ella y también una española, quien le dijo "es para llevársela a mi abuela, tiene 70 años y no quiere hacer nada".

María se queda con eso: "Me di cuenta que a los patrocinadores no les importaba si subía o no subía. Al final les importaba que yo, a mi edad, planeara eso. Quedé satisfecha. Porque por más que quiera una comparar lo que hace y lo que hizo... la pasamos bien, después de todo".

PABLO ZULAICA es periodista y viajero. Tiene además un cuento, 'Los acentos perdidos', y da talleres de ortografía. Le gusta moverse en todo lo que vaya más lento que un avión y es autor de un relato en 'Inquietos Vascones', una antología de viajeros vascos.