En el momento de la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, Islam Karimov dirigía el partido comunista de Uzbekistán; supo aprovechar la situación y asumió el poder de la república independiente. Hasta hoy. Periódicamente gana las elecciones con unos resultados dignos de la época Brézhnev. Y está listo para defenderse de sus enemigos. "Estoy dispuesto a hacer rodar las cabezas de doscientas personas, a sacrificar sus vidas, a fin de preservar la paz y la calma en la república", dijo en 1999. Y en efecto, a raíz de los atentados de Tashkent y Bukara (2004), de los violentos disturbios de Andijan en el valle de Fergana (2005) y de los ataques de 2009 en esta última ciudad, adoptó medidas represivas. A partir de 2011 aguzó su vigilancia, prohibió el ingreso al país de periodistas extranjeros y bloqueó sitios internet de la prensa internacional. No en vano Reporteros sin Fronteras lo incluyó en la lista de los depredadores de la libertad de expresión.
Karimov cuenta sin embargo con el apoyo de occidente: a los ojos de sus aliados, un gobierno central fuerte garantiza la estabilidad de un estado rodeado de enemigos temibles. El tercer proveedor de gas de la región debe protegerse a toda costa. El Puente de la Amistad en la frontera sur es un punto vital en el paso hacia Afganistán y el aprovisionamiento de las tropas occidentales. Una base alemana de la OTAN se encuentra cerca, en Termez, y los Estados Unidos, después del enfriamiento de las relaciones con Tashkent por la represión en Andijan, están de regreso a esta zona militar. Por su parte, la Unión Europea suspendió las sanciones contra el gobierno por la represión en Fergana.
No obstante, en el convulso país del Asia Central comienza a hablarse de la sucesión del hombre fuerte de Uzbekistán, y la familia Karimov podría estar preparándola. Política, estratégica y financieramente.
La posible sucesora
La hija mayor del presidente Islam Karimov, Gulnara, una bella rubia oxigenada de rasgos asiáticos, nacida en 1972, disfruta ampliamente de su posición de consentida del padre. Estudió en la capital uzbeca y en Harvard y ha hecho incursiones en el mundo de la moda, del espectáculo y la joyería. Celebró en Samarcanda una semana de la moda e invitó a figuras de la talla de Kenzo. La elegante Gulnara también se presenta como mecenas: su organización Fund Forum anunció hace poco, en abril, una colaboración con el Museo de Louvre. Asimismo se presenta como cantante bajo el nombre que le daba su padre cuando era niña: GooGoosha. Ha grabado varias producciones, incluyendo una versión de "Bésame mucho" en español, en dúo con Julio Iglesias. Descuella socialmente en la jet-set internacional: en mayo, mostró sus creaciones de joyas en Mónaco y participó en la gala de la fundación de Bill Clinton, en presencia del príncipe Alberto y del ex presidente norteamericano.
Ella es una mujer inmensamente rica: varias fuentes cifran su fortuna personal en un billón de dólares. Algunas notas de Wiki Leaks, publicadas en el diario Le Temps de Ginebra, indican que es la inversionista privada más importante de Uzbekistán, con ganancias de 40 millones de dólares, sólo entre 2000 y 2007, por la reparación de la infraestructura de su país. No obstante, las carreteras están en pésimo estado: para recorrer menos de 300 kilómetros entre Samarcanda y Tashkent se requieren seis horas. Igualmente se señala que en 2007 controlaba el sector del gas, como intermediaria para los contratos. Según Wiki Leaks, es muy impopular y el elemento predominante en su imagen es la avidez en los negocios: se dice que la prosperidad en cualquier sector la atrae irresistiblemente. A esta larga lista, la dama de Tashkent añade una cadena hotelera de lujo en las ciudades de la ruta de la seda, donde el turismo es floreciente.
En algún sentido, Gulnara es como "La Paris Hilton de uzbeca". Pero no es sólo eso, además es diplomática: Karimov la nombró viceministra de Relaciones Exteriores.
El mito
Gulnara se mueve a sus anchas en el glamour de Samarcanda, Bukhara, Khiva, ciudades de la antigua ruta de la seda, que evocan caravanas interminables, cargadas de telas suntuosas y especias raras. Sus nombres legendarios traen a la memoria viajeros que avanzaban treinta kilómetros diarios, en lomos de camello, por caminos polvorientos, desafiando desiertos, montañas y bandidos; sus figuras se perfilan en los karavan saroy, los caravanserrallos, y en los bazares, negociando mercaderías al calor de teteras humeantes.
No es difícil que surjan tales fantasías ante el mapa de Uzbekistán, donde se encuentran algunos de los lugares más emblemáticos de las viejas rutas comerciales asiáticas. Los recuerdos de lecturas de cuentos orientales y novelas de aventuras afloran en los viajeros potenciales, arrastrándolos en una ilusión exótica, alimentada por un imaginario cinematográfico.
La realidad
Pero, rápidamente, el sueño de las Mil y una Noches se esfuma. Hoy Uzbekistán está enclavado en una región de conflicto con repercusiones internacionales, que ampara a militantes islámicos de diferentes tendencias. Por el sur, limita con Afganistán, zona de intervención de la coalición occidental contra el terrorismo; al este linda con Tayikistán, reducto de jijadistas, devorado por una violencia subterránea tras una guerra civil de varios años; al norte, el vecino Kirguistán está hundido en un conflicto interno desde 2010, que augura otros estallidos y amenaza con extenderse al territorio uzbeco; por si fuera poco, el país no está lejos de Pakistán y de Irán. La actualidad de una zona convulsionada por tensiones y combates constantes, víctima de los delirios de Al-Qaeda y sus consecuencias, impone un aterrizaje brusco. Sin perder de vista que los cinco estados surgidos en Asia Central tras la caída de la Unión Soviética —Kazakstán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán— presentan múltiples flancos débiles, atacables. En particular por el descontento de la población, nacido de contrastes sociales agudos. En otras palabras, los países terminados en "stan" configuran un polvorín.
El país de Tamerlán, hoy
Margilan, en el valle de Fergana, escala fundamental de las caravanas que atravesaban el Pamir, continúa siendo un centro productor de seda. Ciudad conservadora, devota, ha restaurado recientemente sus templos y algunas medersas, universidades coránicas, testimonios de un fervor que ha sobrevivido a la ocupación rusa. Un ejemplo notable es la mezquita de los derviches, que sólo admite hombres. El gobierno prohibió el ingreso a los menores de 18 años, sin duda para evitar el adoctrinamiento de los jóvenes y atacar el mal del fanatismo en sus raíces.
En frente, un cartel grande, de diseño simplista, nos llama la atención. Aunque es evidente que las fotos ponen en guardia contra una suerte de estafa, solicitamos a un viandante que nos traduzca los textos. Amablemente, el hombre responde con objetividad, sin comprometerse.
Aquí está escrito que los ciudadanos no deben dar su pasaporte a desconocidos que les propongan, a cambio, cantidades importantes de dólares.
El rostro impasible de nuestro interlocutor no permite saber qué piensa de la situación. Si bien todo pudiera quedar claro, insisto:
—Y bien, ¿por qué esas personas ofrecen dinero a la gente?
Luego de unos segundos de vacilación, el hombre replica con pocas palabras, precisas, contundentes. Sin perder su calma:
—Hacen creer que pueden encontrar trabajo en el extranjero.
—Y, por supuesto, no es cierto.
—No, no es cierto.
—¿Y qué pasa con la gente que engañan?
El individuo se encoge de hombros, sonríe de medio lado y luego cambia de tema.
En pocas frases ha quedado claro uno de las dramas uzbecos: la pobreza incita a la población a arrojarse irreflexivamente en la quimera de una vida mejor en el extranjero, sin saber que del otro lado del espejo sólo existe un tráfico de seres humanos, orquestado por mafias locales e internacionales.
La visita a la mezquita evidencia otro problema, el resurgimiento del islam, que el gobierno intenta controlar, en particular en el valle de Fergana, bastión del integrismo.
La pobreza
La población libra una batalla diaria para vivir en condiciones decentes. Uzbekistán, junto a Tayikistán y Moldavia, es uno de los países con más bajo nivel de vida en las ex repúblicas soviéticas. Se estima que un tercio de la población es pobre. No resulta fácil establecer el monto del salario medio, en razón de la devaluación constante de la moneda nacional, el sum. En principio, oscila entre 40 y 100 dólares. Pero hay grandes diferencias entre los ingresos de los habitantes de las ciudades y del campo. Los campesinos perciben mucho menos dinero y se considera que aproximadamente la mitad de ellos viven con un dólar diario. El lema del gobierno para 2012, de reminiscencia soviética, "año de la familia", será sin duda difícil de cumplir en vista de la precariedad de la mayoría.
Como afirmó un asalariado, el sueldo alcanza sólo para diez días: "Para vivir el resto del mes hay que tener más de un trabajo. De lo contrario..." Ello significa que hay que lanzarse en los circuitos de la economía informal. O intentar emigrar. Lo que para muchos es misión imposible.
El país está dolarizado. Hasta hace apenas unas semanas un dólar se cambiaba en 2,200 sums; sólo hay billetes de 1,000, lo que se traduce en una paca enorme en el bolsillo cuando se cambia una suma significativa. De allí que para las adquisiciones importantes se use el billete verde, que con sentido del humor la población ha bautizado con diferentes nombres: repollo, verde o azul, para no mencionarlo abiertamente por su nombre.
En las ciudades turísticas, como Samarcanda, las autoridades ocultan los barrios populares a los visitantes tras muros y grandes portales metálicos; se necesita una cierta determinación para encontrar algunos de ellos.
En calles, avenidas y carreteras circulan dificultosamente viejos coches Lada, a menudo sobrecargados, que acusan el paso de los años: ilustran la distancia social que separa a sus dueños de las élites, al volante de flamantes autos modernos último modelo.
El contraste de la opulencia de los dirigentes con las limitaciones a las que se confronta una gran cantidad de personas ha creado un fermento negativo en la sociedad uzbeca.
El drama del algodón
Con el cultivo del algodón, implantado por Moscú, Uzbekistán heredó dos males que el gobierno no ha solucionado. "El oro blanco" produce una renta anual de varios billones de dólares, pero al mismo tiempo es de una voracidad mayúscula en consumo de agua. En una región desértica, se impuso aumentar intensamente la irrigación a partir de canales, construidos por los prisioneros del Gulag. Resultado: el riego disminuyó el caudal de importantes ríos. Además, en esta zona el desempleo se estima en 70%.
El sistema soviético de establecer cuotas de producción no ha cambiado. Los métodos de recolección tampoco. Para cumplir con los planes anuales, las autoridades siguen apelando al "trabajo voluntario" que proporciona una mano de obra barata, e incluso gratuita. Reclutan a jóvenes estudiantes e incluso a alumnos de las escuelas primarias. Cualquier viajero puede observar, desde las carreteras, cómo las mujeres y los niños se afanan en los campos, bajo un sol abrasador.
Las críticas internacionales se han multiplicado para hacer cesar estos métodos arbitrarios. Algunos fabricantes de ropa, como C&A, Gap, Wallmart y Macy’s, decidieron bloquear el algodón uzbeco, en protesta por el trabajo infantil. Por la misma razón se suspendió recientemente en New York un desfile de modas de la firma Guli, propiedad de Gulnora Karimova, que debía celebrarse este año.
Resurrección del pasado
Los rusos dejaron tras ellos estatuas de Lenin de diferentes tamaños, en diversos lugares. No sólo se imponía eliminarlas sino encontrarles un substituto que fortaleciera el sentido de lo nacional en los ex ciudadanos soviéticos. Del fondo de la historia emergió Tamerlán, despojado de la faceta de exterminador de pueblos y de la noche a la mañana se convirtió en el héroe-fundador del país. En los pedestales que ocupaba Lenin se yerguen hoy esculturas monumentales de Tamerlán, dotadas de una belleza física que probablemente el temible kan de Samarcanda no poseyó jamás. Hay que llamarle Timur y no Tamerlán porque este último nombre alude a su cojera; según los uzbecos, los rusos lo utilizaban para desacreditar al soberano. Tal actitud se inscribe en la tendencia del Kremlin a borrar los defectos físicos de sus dirigentes, hasta en las fotos.
Por otro lado, la religión musulmana ha resurgido con vigor. Y a veces con una cierta ingenuidad. Cualquier ocasión sirve para rezar en público, ya sea en mezquitas, santuarios de peregrinación o en cualquier otro lugar sin relación con el culto. Todo es cuestión de disfrutar del derecho recién adquirido de expresar la fe abiertamente. Eso sí, el gobierno se reserva la prerrogativa de controlar las manifestaciones públicas de fervor. Objetivo: salirle al paso al integrismo, que ronda peligrosamente.
El lugar donde está enterrado Naqshband, fundador de una corriente del sufismo célebre en Asia Central, se ha convertido en un centro de peregrinaje al que acude regularmente una multitud de creyentes. Un mensaje grabado los llama a rezar desde un minarete a la hora de la plegaria. Varios países participaron en la restauración del sitio, entre ellos Arabia Saudita. Turquía donó las alfombras de la mezquita y el presidente Karimov una enorme lámpara. Un mulá recita oraciones, conduciendo rezos colectivos a cambio de algunos billetes. En Samarcanda, en las tumbas de la familia de Tamerlán, Chah-i-Zinde, que albergan además el sepulcro de Qusam ibn Abbas, primo del profeta Mahoma, también un mulá ejerce su oficio; cuando termina, cabecea en la entrada, a la espera de nuevos clientes.
La piedad es grande, cerca de Samarcanda, en el suntuoso mausoleo de Al-Bukhari, el ilustre recopilador de los dichos del profeta Mahoma y sus compañeros, los hadiths. Turistas de todo el mundo musulmán se apresuran a tomar fotos de su sarcófago de mármol y de las lujosas edificaciones que lo rodean, ornadas con espléndidos azulejos que destellan al sol. La restauración del conjunto duró sólo 8 meses y en ella participaron arquitectos de todo el país.
—Antes, en la época de los rusos, aquí no había nada. Esto era un lugar abandonado al que sólo acudían los viejos. La gente tenía miedo de venir. Alrededor había campos de algodón y los estudiantes participaban en la cosecha —explica un turista uzbeco muy religioso, de unos cincuenta años.
—El "trabajo voluntario". ¿Y usted venía?
Pese a su aparente disposición a referirse al tema, se frena y responde afirmativamente con una discreta inclinación de cabeza. ¿Temor de opinar? ¿O dificultad para expresarse correctamente en un idioma que no domina? —Se rumora que este lugar va a substituir a La Meca porque los árabes van a hacer reparaciones —prosigue el hombre, con una chispa de orgullo en la voz y la expresión.
Intentamos explicarle los inconvenientes prácticos de semejante decisión, en caso de que los rumores sean ciertos. Inútil. Lo importante para él es la dimensión que cobrará el que fuera un sitio fantasma en su infancia.
Arabia Saudita contribuyó al financiamiento de la restauración y, una vez más, el presidente Karimov aportó la lujosa lámpara de cristal de la mezquita, confeccionada por artesanos uzbecos. Nos preguntamos si el jefe del Estado piensa que restaurando y dotando lugares para practicar la religión "oficial" neutralizará a los extremistas. De momento es imposible formular una respuesta.
Nueva ruta de la seda
La vulnerabilidad del país tras el retiro soviético, las tensiones internas entre las élites dirigentes, la vecindad de estados inestables, la presencia en la región de grupos terroristas internacionalizados, la miseria de amplios estratos de la población y el descontento por el largo reino de Karimov, fragilizan a Uzbekistán. Este cuadro ha favorecido el surgimiento de organizaciones extremistas, como el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIO) y el Jihad Islámico, fichadas en la ONU. Las Naciones Unidas acusan al MIO de haber participado en acciones orquestadas por Al-Qaida y de haber vendido o transferido armas, señalando además que Bin Laden aportó la mayor parte de los fondos para su creación.
Los esfuerzos del presidente Karimov para controlar a los dirigentes uzbecos más agitados y reprimir a los fundamentalistas tal vez no sean suficientes. Numerosos expertos opinan que el retiro de la OTAN de Afganistán causará una debacle en Asia Central. Consciente de la amenaza, Rusia ha reforzado —y continúa haciéndolo— sus guarniciones en la región.
El valle de Fergana, que se extiende desde Uzbekistán hasta Tayikistán y Kirguistán, abriga a los terroristas. Todo viajero que pase por la carretera de Tashkent a Fergana debe inscribirse en una alcabala militar, así sea un turista. Las fronteras internacionales del valle forman parte de una zona roja, altamente peligrosa.
El MIO ha firmado una serie de atentados en la zona con el fin de alimentar una violencia que disuada de penetrar en ciertos lugares. Sus intenciones son claras y tenebrosas: proteger los itinerarios de la droga proveniente de Afganistán. Los cargamentos clandestinos pasan por los mil kilómetros de la frontera afgano-tayika, garantizando así el financiamiento de los grupos terroristas, las mafias y la corrupción. De allí ingresan por la vía del norte en Uzbekistán, los demás estados de Asia Central, Rusia y Europa. Resulta difícil creer que franqueen los linderos uzbeco-turkmenos a bordo de algunos de los camiones, estacionados en largas caravanas en la aduana fronteriza, a la espera de requisas exhaustivas. Sin complicidades sería prácticamente imposible continuar. Las vías de Asia Central son múltiples…
Así es hoy este paraje de la nueva ruta de la seda, menos romántico y menos glamoroso que en la antiguedad. Pero aquí aún se mueven finas telas, al menos las de Gulnara, la "Superbarbie uzbeca" que cuenta entre sus amigos a Elton John, Rod Stewart, Sting, Bill Clinton, Vladimir Putin, Óscar de la Renta, Valentino, Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y Julio Iglesias. Sí, ella es quien podría suceder a su padre, el hombre que ha gobernado este país durante 21 años.
INGRID DE ARMAS es una periodista venezolana que vive desde hace años en París, desde donde escribe historias para diversos medios de Estados Unidos y México. Es autora de la novela juvenil "Marejalwar"