» Historias «

La Lolita de Dalí

Carmen Dell'Orefice, la mujer madura que aparece en los anuncios de El Palacio de Hierro, posó para Dalí a los 13 años, salió en la portada de 'Vogue' a los 15 y ahora, a los 81, sigue activa en el modelaje debido a que Bernard Madoff le robó todos sus ahorros. Nunca trabajé para ser estrella, sólo por dinero, confiesa
Emilse Pizarro / La Nación Revista (Argentina) / GDA
BUENOS AIRES, Argentina | domingo, 29 de abril de 2012 | 00:10

Su voz tiene esos tijeretazos que da el tiempo, esa música dulce que las cuerdas vocales adquieren después de haber contado mucho. La voz de una abuela, aunque realmente no lo sea. Hasta aquí, la lógica auditiva. Ahora, el contraste visual: la neoyorkina Carmen Dell’Orefice tiene 81 años y es modelo. Su edad, su belleza y su inglés —el imperio asusta en formas misteriosas— imponen distancia, cierto miedo natural, que se cae con el correr de las preguntas.

—¿Por qué trabajar a los 80?
—Por dos razones: lo amo y debo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque me robaron todos mis ahorros.
—Si digo Bernie Madoff, rápido, ¿qué piensa?
—Un hombre estúpido que no era tan inteligente como les hacía creer a todos.

Norman Levy (novio dicen las publicaciones, ella habla de "mi amigo") le presentó a Bernard Madoff. El bueno de Bernie es el estafador más grande de la historia de Wall Street que en 2009 fue condenado a 150 años de cárcel. El buenísimo de Bernie se quedó con los dólares de muchos, y los de Carmen no tuvieron tratamiento especial. "Norman murió a los 94 sin saber que Bernie fue atrapado. Me alegro que haya sido así".

Fue portada de Vogue a los 15 años porque a los 13 alguien la vio bonita. Trabajó con fotógrafos como Edwin Blumenfeld, Richard Avedon, Cecil Beaton y Norman Parkinson. Conserva o exacerba —nunca lo sabremos— el cuidado. "Te sorprendería lo mal que pueden fotografiarte. Hice una película, About face, que estuvo en el último Festival de Sundance. El fotógrafo me mandó un póster con esas imágenes. Creo que no captó lo que siento. ¡La guardé en un armario!".

Ella no quería ser modelo. "Fue accidental. Nadie, ni mi padre ni mi madre ni mis maridos podían hacer dinero tan fácil como yo. Simple como eso". Maridos, ya hablará de este plural.

—¿Usted posó para Dalí?
—Cuando tenía 13  y tenía el pecho chatísimo. Estuve enferma de chica (de fiebre reumática), era un palito desnudo. Seguimos siendo amigos hasta que murió.
—Después de que tuvo su tercer matrimonio volvió a trabajar.
—Nunca dejé de trabajar, pero trabajé menos porque estaba casada. Lo que sucede es que nunca lo hice para ser una estrella, sólo por el dinero. Cuidar a mi mamá, a mi padre, a mi marido. Mamá y papá no eran lo más convencional. Prácticamente no vivieron juntos. Mamá le decía que tenía feas orejas y que sus piernas no sé qué. Y Carmen, modelo.
—Entre los 20 y los 30, la mujer elige su estilo: hippie, formal, rockera. ¿A los 80 se puede elegir?

(Su mirada está en otro lado. Interrumpe para decir que quien pregunta tiene lindas manos. Cuesta devolverla a la charla que abandona porque decide un camino alternativo. Por desinterés en la pregunta, porque los grandes suelen hacerlo, por la altivez válida de entrevistado. A, b, c, todas las opciones son válidas. Decide volver). —Claro que no, pero tiene toda la vida para saber qué le queda bien. Cómoda, pero atractiva, ¿por qué? Porque querés que alguien te ame.
—¿Siempre?
—Sí.
—¿Alguien la ama? ¿Cómo se llama?

(Una quinceañera Carmen quita las manos de su falda. De una carpeta toma una foto impresa. Un hombre).

—¡Sin nombres! (Se hace un pequeño silencio y ajustada al libreto y al juego adolescente Carmen no evita el ascensor de verdades). Es escritor.
—¿Norteamericano?
—De otro país. Hay un alfabeto entero para el amor: familia, amigos, sexo, pareja. La gente se queda con un par de letras, no vive todo el alfabeto. Amar el sonido de la música, el aire...
—¿Usted aprendió a hacerlo?
—Fui aprendiendo. Todos arrancamos como un envase vacío, hay que llenarlo.
—Mi abuela solía hablar de cuán bonita era en su juventud. ¿Usted cree que lo fue o que lo es?
—¿Sabes por qué? Porque vivió para la opinión de otro y reaccionó a eso. Las religiones nos enseñan que amarse a uno mismo es narcisismo, es vanidad, es malo. Si no nos amamos primero a nosotros, en la forma adecuada, encontrando un balance, perdonándonos a nosotros mismos... No necesito que nadie me diga que nací con el pecado, no necesito el perdón.
—¿Era hermosa o lo es?
—No soy exactamente el tipo físico que quisiera, vivo en el cuerpo que tengo.
—¿Cómo es el ideal?
—Más baja y más redondita. Todas las mañanas me miro al espejo y debo amistarme con un extraño. Mi hija (Laura, de 58 años) nunca pudo hacerlo con su altura, quería ser alta como yo. Es gracioso, porque tiene el cuerpo que a mí me gustaría y una boca perfecta, como su padre.
—¿Usted cree que vivió más adelantada a su época?
—Me divorcié sin problemas y cuando tuve abortos era ilegal. Fueron dos.
—¿Antes de Laura?
—Sí, con su padre. Yo tenía 16 años y no sabía cómo funcionaba el mundo. A esa edad me veía como una mujer: mantenía a mis padres y ganaba dinero. Nunca pensé que alguien tenía o podía cuidar de mí, porque nadie cuidó de mi madre. Él estaba en una relación que cuando terminó, a mis 20, nos casamos. Tenía 22 cuando Laura nació. ¿Qué sabía yo? Nada. Sólo había trabajado. Me tomó la mitad de mi vida conocerme y la otra mitad ser sincera conmigo. Te dicen: Sé sincero contigo, ¿cómo hacerlo si no te conoces?
—¿Se conoce?
—Sí. Pero es muy interesante, no soy tan diferente como cuando tenía 20. Puedo pintar una imagen más clara ahora, básicamente  muy parecida. No vivo en el miedo de ser rechazada, esa es la diferencia.
—Tres matrimonios. A los 81 años, ¿qué piensa del amor eterno?

(Silencio)

—¿Existe?
—El amor nos atraviesa. Hay que entenderlo y sentirlo, si no no podés recibirlo.
—Pero el de pareja...
—Si es amar a una persona, nos quedaríamos en papá o mamá. Si hablamos de amor romántico, mi querida, la intuición está arriba del ombligo y el instinto, debajo. La idea es integrarlo.
—¿Y cuando no funciona?
—Entonces sigues cometiendo el mismo error hasta que descubres cómo hacerlo.  Estamos aprendiendo la misma lección todo el tiempo. Tenemos que liberarnos sin interrumpir el crecimiento de los demás. Pero una vez que supe que era buena persona y me liberé de la tiranía de las reglas de miles de años hechas para una sociedad pequeña, sentí que no necesitaba el perdón. (Toma su crucifijo, se inclina adelantando una confesión). Esto no es religión, es Chanel.
—¿Qué opina de las cirugías estéticas?
—Si tienes el dinero, prueba. Me parece fabuloso que haya trasplantes de corazón, implantes dentales, que puedas levantarte las mejillas, pero todo tiene que ser con mucho cuidado.
—¿Tiene cirugías?
—¿También les gustaría saber cuántas veces voy al baño? (Ríe). Yo hacía deportes acuáticos y con el sol me ponía negra; no morena, negra. A los 37 años un doctor muy reconocido me dijo que podía salvar mi cara, pero no el cuerpo del daño solar. Era como un pulido muy agresivo. Me operé de cataratas, de eso es de lo que me gustaría hablar: la belleza es mi pasaporte, me dio el lujo de acceder a los doctores correctos. Pagué, pero me querían a mí. No tengo lifting hecho. Me di inyecciones de siliconas, pero no hablo de eso porque no es una silicona que esté ahora. Me hice una histerectomía. Me pregunté por qué tardé tanto. ¿Hay sexo después? Te apuesto que sí, ¡y es el mejor que tendrás!
—¿Por qué la histerectomía?
—Había indicios de cáncer, en mis 60.
—Habló de sexo, ¿qué hay con eso?
—¿Qué hay? Me gustan los chicos. ¡Digo hombres!
—¿Lo vive diferente?
—Sí, no tengo que estar casada para tenerlo.

Carmen se toca el pelo, blanco, que remite indefectiblemente a Cruella de Vil, la villana de la película 101 dálmatas que hizo muy famosa Glenn Close.

—¿Dejó de teñirse?
—A los 43. Mi marido giró en la cama, pensé que iba a acariciarme y me arrancó una cana. Desde los 19 me teñía porque en el mercado tienes que cambiar. Fui de todos los colores. Colorada fue una de mis mejores épocas. Si te quedas con un look en toda tu vida es un error. No tienes que decir soy vieja. Tienes que vivir la vida y disfrutar el proceso de cambio.
—¿Qué entendió recién ahora?
—Que hay mucha gente buena, más de la que creía. Pero quizás es algo de esperanza que tengo. Soy menos juzgadora y más curiosa.
—¿Se arrepiente de algo?
—No, viví en un estado de aceptación de mi imperfección. Sé cuáles son y fueron mis errores.
—¿El mayor?
—Debería ir a mi libro de errores (hace gesto de hurgar en un archivo imaginario enorme). Podría decir... no haber ido a la escuela. Si tuviera una lista de deseos ese sería uno. Mis matrimonios no fueron errores, tuve lo que quería.

Sus manos. Tienen las manchas que dejan el tiempo y los años, gesticulan lento, con aires de sapiencia.

—¿Qué opina de la gente que quiere vivir eternamente?
—Denle una chance (vuelve a reír).
—¿Piensa en la muerte?
—Todo el tiempo, desde niña. Pienso en mi muerte: espero poder vivirla de la manera que la planeé, como viví mi vida.
—¿Qué extraña?
—A la gente que no está. Es lindo tener alguien que quiera saber cómo te sientes. Es terrible cuando tienes dolor, porque la gente no puede arreglarlo.
—¿Nadie puede arreglar su dolor?
—No, es mi trabajo; pero pueden entender que estoy lastimada, eso alcanza.
—Vio la Segunda Guerra Mundial, la del Golfo, Iraq, enormes terremotos... ¡Charles Manson!, ¿qué es lo que más la sorprende del ser humano?
—Nunca dejo de sorprenderme de la inhumanidad entre nosotros. Desearía que el hombre pudiera ser tan creativo con su bondad como con su maldad.
—¿Es religiosa?
—Tengo que decir que sí, pero no sé de qué religión... Es mi curiosidad por la vida. Nací católica, me convertí en judía al casarme porque pensé que tendríamos hijos. Crié a mi hija como protestante, porque su padre lo era. Pensé que no quería que se la encasillara, porque es lo que se hace: soy esto, soy aquello. Quise transmitirle lo que sé, y es que hay que ser bueno.
—¿Se podría decir que es espiritual?
—Soy decente.
—¿Se sintió fea?
—Sí, mi mamá me decía que tenía orejas horribles. Y es verdad, si miran fotos, van a ver. Todo el mundo te abona la inseguridad. De chica estaba tan enamorada del hijo del verdulero... Y no me miraba.
—¿Piensa en él?
—Nunca lo olvidé. Era italiano: Di Palma. Se fue a Irlanda de vacaciones, se trajo a una chica de la que se enamoró y  se casaron.

En su iPad —sí, usa iPad y también una laptop— la foto es la de su amor actual. Lo mira, lo muestra y sonríe. Por decimocuarta vez.

—¿Realmente está enamorada?
—¡Es fantasía!
—¿Hace cuánto se siente así?
—Casi dos años.
—¿Viven juntos?
—No, nunca conviviría de nuevo. No podría mantenerlo. Nunca encontré a un hombre que fuera económicamente responsable, que se hiciera cargo de mí.
—Veo que usa internet, se maneja con mails...
—Sí, estaría fuera del negocio si no. Mi mejor amiga no ve ya. Y no escucha muy bien. Su hija le dio una PC y no la usaba. Luego descubrimos que escondía el hecho de que no veía. Y me decía a mí, enojada: ¡¿Por qué estás con eso?! Ya trabajaste demasiado en tu vida.
—A su edad ha cosechado muchísimas amistades y perdió algunas.
—Sí, son terribles pérdidas. Y un constante despertador para mi vida. En mi vida sé que nada pasa sin mi participación.
—Dicen que la edad da sabiduría
—Eso espero, estoy buscándola. (Nuevamente hace el gesto de hurgar en el aire). El mundo cambia tan rápido que cuando piensas que sabes todo, no es así. Si pienso que soy la persona más inteligente de la sala, estoy en la sala equivocada.

 

EMILSE PIZARRO es una periodista de "La Nación Revista", excesivamente observadora y usuaria frecuente del transporte público. Con el hasthtag #teperjudicas publica en Twitter (@emipizarro) instantáneas callejeras de lo que todos hacemos: ser víctimas de la moda y la mala elección. Y como buena argentina, es fanática del futbol (le va a Racing)