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Los Poppers se vuelven populares

Se vende en tiendas virtuales, videochats, sex shops, bares y discotecas de manera clandestina, como su fabricación. Frío, caliente o con ricos aromas, el consumo de popper cada vez está más socializado entre estudiantes adolescentes, advierten especialistas. En México, el nombre no aparece en las encuestas de adicciones, a pesar de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos la tiene entre sus drogas más potentes por el peligro de intoxicación
David Espino
CHILPANCINGO, Guerrero | domingo, 26 de febrero de 2012 | 00:10

Samantha entró al baño de mujeres. Atrás, Itzel la seguía muy de cerca. La estridencia de la música y las pláticas desordenadas del bar View se oían apenas como un eco.

—Dámelo, dámelo —le pidió Itzel a Samantha.
—Espérate güey, deja le entro yo primero.

Samantha tomó el frasco oscuro con envoltura plástica amarilla que le habían pasado en la barra y lo abrió sin prisas. El vapor se escapó y de inmediato sus fosas nasales aspiraron el nitrito de amilo con olor a perfume y gusto picante.

—¡No mames, qué chingón está! —dijo la estudiante, y suspiró.
—¿Sí? Ya pasámelo, pues. Dámelo —respondió ansiosa Itzel.
—Pinche viciosa —repuso Samantha a carcajadas y se abalanzó como quien lanza una pelota de beisbol.

Itzel abrió el frasco, diminuto, como el de una ampolleta. Lo tomó a distancia y aspiró el tóxico camuflado, feliz: “El popper no tiene madre”. Volvieron en trance al grupo. Los vapores del líquido las había colocado en un estado de júbilo intempestivo. Risa descontrolada, deseo sexual, dilatación de los órganos genitales. Una sensación que ya habían experimentado antes y les gustaba, que buscaban a menudo y sabían donde encontrarla.

Hacía casi tres años, Samantha e Itzel estaban recién llegadas a la preparatoria 1 de la Universidad Autónoma de Guerrero. Coincidieron en los servicios escolares, charlaron, hubo  química y empezaron a tener una amistad, primero distante y en un par de meses ya era estrecha. Acababan de cumplir quince años. Allí, en el grupo 101 conocieron a otra chica: Dinora.

Así, Dinora, Samantha e Itzel hicieron un grupo compacto, de  inseparables. En la escuela las distinguían por su belleza fresca. Dinora e Itzel son de piel blanca y tienen los ojos de color, la primera verdes y la segunda color miel. Samantha es  piel canela y el pelo negrísimo,  igual que sus pupilas. Compartieron de todo:  viajes, amigos, antros y ese gusto por el popper. Sus historias han estado unidas  incluso por la fatalidad.

Dos años antes del episodio del bar, durante un viaje de estudios a Taxco, las tres chicas probaron el popper por primera vez. Pepe, un compañero de la escuela, les ofreció cierto día la coqueta botellita con el químico dulzón.

—Primero nos preguntó si queríamos probar algo chingón y dijimos que no —recuerda Dinora—. Que ni madres. Un poco Samy lo vio con buenos ojos cuando miró el frasquito pero al final se dejó llevar por lo que habíamos decidido Itzel y yo.

Luego Pepe dejó la botellita abierta. La habitación del hotel era muy reducida y hacia mucho frío. La ventana estaba cerrada. El vapor inundó el lugar como si fuera incienso y todos empezamos a reírnos como estúpidos. Entonces vino una sensación de euforia y luego de relajación. Entraron otros dos amigos más, Leo y Tony. Creo que querían cogernos, pero con todo y todo no se les hizo a los idiotas.

Al siguiente día tuvo un leve dolor de cabeza, aunque no supo si fue por el popper inhalado o por el Vodka con jugo de piña que había tomado en la disco del hotel, antes de subir a la habitación. Tan pronto como bajaron a desayunar y a completar el viaje que incluyó Santa Prisca, las grutas de Cacahuamilpa y el teleférico un par de veces, olvidó el malestar. Sin embargo, el gusto por el popper se le quedó, igual que le pasó a sus dos amigas.

De allí en adelante fue más fácil probarlo. Primero a invitación de sus amigos, una, dos veces. Luego por propia iniciativa.
No fue difícil conseguirlo.

Estimulante con sabor a sandía

—Necesito un lubricante —solicité en uno de los dos sex shop que hay en Chilpancingo, la que capital de Guerrero que no rebasa los 188 mil habitantes y que está a poco más de una hora de camino desde Acapulco, donde la ola de violencia crece y crece por enfrentamientos entre narcos y fuerzas federales.

La dependienta pronto mostró una extensa variedad de los productos. Unos con olor, otros con sabor. Unos fríos, otros calientes. Un niño de unos tres años asomaba atrás del mostrador como un ente fuera de lugar entre dildos, películas porno, tangas de diferentes formas y colores (algunas comestibles), látigos y demás juguetes sexuales.

—Este es sabor sandía —dijo la dependienta, joven y con una ropa ajustadísima—; este otro es erógeno —completó y explicó ante mi cara de duda—. Sí, mire —entonces me lo aplicó en la muñeca y dio un leve soplido. Ya en la piel, el líquido empezó a tornarse caliente.

—Estoy buscando otra cosa, un dilatador —repuse, y retiré la mano.
—Ah, entonces necesita rush.
—¿Rush? —pregunté.
—Sí, popper. Rush es la marca.
—¡Eso! —dije, siguiendo el juego.

Lo extrajo ya no del mostrador si no de una gaveta oculta.

—Mire —me mostró—. Cuesta 200 pesos.

El episodio fue similar en el segundo sex shop de la ciudad, aunque estaba mucho más surtido de popper. El hombre detrás del mostrador no fue tan ilustrativo, en su cara había más bien un asomo de recelo.

—¿Y este cuánto? —pregunté al ver un frasco igual al que me habían mostrado en el primer negocio.
—500 pesos.
—Pero si lo he conseguido más baratos. Hasta en 200, sólo que ahora no hay —mentí.
—Se trata de una fórmula mejorada, con un efecto más potente y de mayor duración —dijo el hombre sin dar pie a más plática.

Drogas, sexo y... Locomía

El popper —droga del amor, rush, clímax, putazo también le llaman—es un vasodilatador compuesto de nitrato de alquilo, isopropilo, 2-propil nitrito, isobutilo y amilo que está más asociado con la palabra sexo que con la palabra droga, y más relacionado  con la palabra gay que con la palabra adolescente. Sin embargo, es una droga y no sólo los homosexuales la consumen. Es una droga tolerada hecha sobre todo en Estados Unidos y ahora muy solicitada entre los estudiantes, según dicen en los sex shops donde pude hacerme de un par de frascos.

La venta del popper es  paralegal en estos tipos de establecimientos —donde por supuesto no se consigue al menos que sea  un cliente de confianza o con recomendación de por medio— porque oficialmente no existe. Ni la Procuraduría General de Justicia del Estado ni la Dirección de Gobernación tienen registro de la venta de algo parecido a esto llamado popper o rush.

—Es una droga de las llamadas recreativas —me dice el químico Isaac Ibáñez Cortés, coordinador del Programa de Prevención y Control de Adicciones de la Secretaría de Salud de Guerrero cuando le hablo del popper, de sus efectos y de los casos de estudiantes que sigo para esta historia—. Quizá por eso —añade— los datos de su consumo no se reflejan en el sistema de vigilancia epidemiológica de las adicciones.

La Procuraduría General de la República o la Secretaría de Salud no cuentan con información del inhalante.  Pero el Departamento de Justicia de los Estados Unidos  la considera entre las más peligrosas. En su página de internet alerta que el abuso del popper puede ocasionar daños serios al corazón, el hígado y los riñones, los pulmones y el cerebro. El daño cerebral pueden conducir a cambios de personalidad, disminución de las funciones cognitivas, pérdida de memoria y dificultad para hablar. Un alto precio, si se considera que se trata de un inhalante con efectos de euforia muy cortos, entre tres y cinco minutos, cuando mucho.

En México, el popper ha logrado mantenerse oculto o subclasificado y no es, en efecto, un inhalante que esté causando preocupación en el sector salud del estado y el país. "De pronto en las encuestas que le aplicamos a quienes ingresan a las 57 áreas de rehabilitación del estado (anexos y centros de integración juvenil) no están considerando esta droga como de alto impacto o de riesgo para ellos", me explica el farmacéutico Isaac Ibáñez.

Puede haber otra explicación de los pocos registros que se tienen y se lo hago saber: los últimos datos duros con los que cuentan en la Secretaría de Salud son del año 2007.

—Sí —repone—, puede ser que en los últimos cuatro años haya habido un incremento importante y nosotros no lo estemos registrando.

En el ámbito federal, el vacío de información y cifras es igual. Sorprende más porque México  está pasando por una situación de crímenes  que repuntaron desde que el presidente Felipe Calderón emprendió una cruzada contra los narcotraficantes en diciembre de 2006. En este contexto, las redes de narcomenudeo han ido creciendo, las drogas han bajado de precio y el consumo ha aumentado: conseguirlas  es tan fácil como comprar una cerveza o un licor.

Los últimos datos que tiene el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) sobre adicciones son de 2002 y en la encuesta que se aplicó se usó una clasificación muy genérica para el tipo de droga como el popper, reducido a la categoría de “inhalables”. Es lo único que se puede conocer en su sitio web. Los datos con los resultados tienen un formato “dbf”, acaso sólo descifrable con algún software del organismo.

Lo mismo pasa en el catálogo de la Encuesta Nacional de Adicciones, el popper también está  como "inhalable",  con el código 948: se le mide con la misma vara con que se mide a otras sustancias de uso común como acetona, laca, thiner, espray, esmalte de uñas y kolaloka.

En la Secretaría de Salud Federal tienen estadísticas apenas de 2008, que se desprenden precisamente de la Encuesta Nacional de Adicciones (ENA). La dependencia tiene tipificaciones igual de genéricas y bastante escuetas. En consumo de marihuana en Guerrero, por ejemplo, registra el 6.1 por ciento en hombres y 1 por ciento en mujeres, por debajo de la media del país, que es de 9.2 en hombres y 1.5 en mujeres. La barra sube en consumo de cocaína en Guerrero del 6.3 por ciento en hombres y mujeres el 1.4, por encima del resto del país, que es de  4.1 en hombres y el 0.9 en mujeres. Las metanfetaminas, en cambio, en Guerrero apenas alcanzan el uno por ciento del consumo en hombres y menos de 0.5 en mujeres. En el país se pinta un escenario similar: el uno por ciento de hombres las usa contra el 0.7 por ciento de las mujeres.

Estamos en las instalaciones de la Secretaría de Salud de Guerrero, en un pasillo lleno de computadoras, sin gente. Son las tres de la tarde y una muchedumbre de burócratas se agolpa en el reloj checador para registrar su salida. Por invitación del químico Ibáñez se suma a la plática otro médico, Conrado Basurto Casarrubias, encargado de la jurisdicción sanitaria 03. Basurto ha estado al frente de los centros de rehabilitación y añade otro factor al problema de los pocos registros que se tienen. "Los adictos suelen decir que no tienen problemas con las drogas que consumen porque la controlan, dicen que ellos deciden el momento de dejarla y cuando se le pide que las clasifiquen de acuerdo con el problema que les está causando, no anotan ninguna. Cuando caen en la cuenta de que sí necesitan ayuda, las cosas están fuera de control".

Hay otra dificultad, le planteo al médico, es que las encuestas y los registros se actualizan sin una periodicidad constante. El último estudio que se efectuó en Guerrero a población escolar de secundaria y bachillerato, según la ENA, fue en 1991. ¡Hace 21 años!

Y mientras los datos oficiales están atrasados, en la era del clic, cuando tecleo "popper", el dios Google arroja 35,000,000 resultados en 22 centésimas de segundo. Los robots del buscador se confunden entre información sobre el filósofo Karl Popper, las páginas de salud sobre la droga y los sitios web donde la venden. Por cierto, en el Centro Nacional contra las Adicciones de México el teléfono de contacto no funciona y al buscar información sobre el inhalante la única referencia que arroja es, efectivamente, sobre el filósofo Karl Popper.

Busco en la prensa y lo última noticia con aroma a popper proviene del mundo de la farándula. El pasado 14 de febrero, justo en el Día del Amor y la Amistad, arrancó un juicio en Barcelona contra Xavier Font, el ex mánager y fundador del grupo español Locomía, aquel grupo de chicos carilindos, hombreras tipo NFL y coquetos abanicos. Lo acusan de trafico de drogas con efectos sexuales. Precisamente la Guardia Civil española bautizó el hallazgo de 110 botellitas con popper y decenas de pastillas de éxtasis como Operación Abanico.

—Comercialmente se llama limpiacabezales y se vende en los sex shops de España y de todo el mundo. Hay un vacío legal muy grande, la gente no sabe lo que es el popper, pero se usa desde los años 80 —alcanzó a decir Font en su descargo, cuando estuvo frente a la policía.

Una tragedia 'popperiana'

—Primero supe que Pepe se metía popper  —dice Dinora, en una banca de la Alameda Central de la ciudad que ella eligió para charlar —luego, obvio, yo y las chavas. Yo lo dejé pero ahora Itzel y Samantha traen a otras y otros en sus círculo que, por lo que he sabido, ya le agarraron afición. Me sorprende sobre todo Samy, de pronto veo que no puede disimular ni estar sin esa madre —refiriéndose al popper—. A veces incluso en el salón de clases destapa el frasco y lo inhala. Como es pequeño, siempre lo trae entre los senos.

Dinora estaba en el grupo que esperaba a Samantha y a Itzel en la mesa del View cuando se dio el episodio del baño. Las había seguido y lo presenció con disimulada indiferencia. Su relación se había enfriado desde que, por presión de sus padres, dejó de meterse popper y, ocasionalmente, humo de cigarrillo. Conservaba en cambio el gusto por la cerveza y el Vodka, a pesar de las llamadas de atención.

La separación de sus amigas no fue fácil. Primero fue un distanciamiento provocado por los profesores en colusión con su madre que ya estaba al tanto de todo. Después fue un rompimiento violento, provocado por sus antiguas confidentes en los dos últimos años. La amistad había sido muy fuerte y estrecha.

La madre de Dinora puso al tanto al padre, un oficial militar de segundo rango. Le contó de la mala conducta y de las materias reprobadas. Entonces hablaron con los profesores y acordaron algunas estrategias: los maestros sentarían separadas a las tres chicas; Dinora asistiría por las tardes a clases de regulación sin sus amigas, y una vez recuperadas las materias, la promocionarían para estar en la escolta. Sus padres estaban seguros que eso elevaría su autoestima, se aplicaría en tener mejores notas y dejaría solas a Itzel y a Samantha.

El plan funcionó. Dinora empezó a relacionarse con Yamilet, Mayra, Bibiana, Rosy y Gabo en los ensayos de la escolta y la separación con Itzel y Samantha fue natural. Ellas no lo tomaron así.

—Ahora ya no tenía el problema de la droga —dice la madre de Dinora en el mismo parque en el que antes había charlado con su hija—, sino el acoso de esas niñas, enojadas por su cambio de actitud.

Este último año de preparatoria ha sido común que Dinora llegue llorando a su casa exigiendo a su madre que la cambie de escuela porque no aguanta las cosas que le hacen.

—Cuando quiero participar en clase —me cuenta Dinora un poco estresada— ellas luego cuchichean: “Ash, otra vez la vieja pendeja”.

Recuerda la vez en que la mojaron en el grupo junto con sus libros y su computadora portatil. Ella exigió que se los secaran pero terminó llorando de impotencia porque sólo consiguió que la empujaran. Recuerda cuando salió corriendo al carro de Gabo tras la advertencia que si se la hallaban le iban a partir su madre. Esa vez Gabo las distrajo en lo que ella se trepaba de prisa. El polvo quedó en sus narices. Pero sobre todo recuerda el día en que cumplieron su amenaza.

Salió del aula y oyó el rumor de que afuera de la escuela Itzel y Samantha la estaban esperando. Buscó a Gabo para irse con él. Lo buscó con inútil ansiedad porque ya se había ido. Se decidió a lo que fuera pero tan pronto pisó el quicio de la puerta se dio cuenta que ese no sería un día bueno. Itzel y Samantha la esperaban recargadas en la barda del otro lado del paradero de combis, amenazantes. Un grupo de estudiantes rodeaba el lugar, excitado por el anuncio que se corrió durante la hora del recreo.

Terminó de salir con forzada naturalidad. Vio de perfil, como ven los pájaros, cuando las dos chicas se aproximaban a ella. Apresuró sus pasos, casi salió corriendo. Sentía que no avanzaba para poder alcanzar al pesero que se había orillado. Dio una zancada, tan grande para sus cortas piernas que descosió la parte trasera de su pequeña falda azul. Pisó el acceso de la combi, se impulsó para subir, pero una fuerza la jaló en sentido contrario. El cuero cabelludo le tronó.

—¡A dónde vas, hija de la verga! —le gritaron por atrás.

Itzel le sostenía con fuerza su pelo castaño. Dinora la miró con rabia, de reojo. Sus ojos verdes perdieron por un momento su hermosura.

—¡Suéltame, pendeja! —le dijo fuerte pero con la voz quebrada y sólo consiguió que Itzel la sostuviera con mayor rudeza. Samantha aprovechó su desconcierto y le dio una cachetada. La mejilla izquierda, blanquísima, se le tornó roja. La soltaron. Dinora cayó hincada al suelo pedregoso, ante los pies de sus rivales, entonces supo, lo supo con la certeza del dolor que le provocaba la grava en las rodillas, que este día no sería el mejor de sus casi 18 años.

Quiso pararse pero no pudo. El miedo y el dolor se lo impidieron. Itzel la volvió a jalar del pelo y le levantó la cara. Samantha le dio todo lo que pudo mientras que ella no atinó más que a dar de gritos, llorando. Los curiosos se agolpaban al rededor levantando más bulla. No supo cómo, ni quién de las dos lo hizo, pero de pronto su falda quedó echa tiras y sus piernas blanquísimas quedaron a la intemperie.

A su alrededor Dinora sólo vio imágenes borrosas, fugaces. Un carrusel borroso que giraba a toda prisa. Quiso reconocer a alguien pero sólo alcanzó a ver espaldas. Se incorporó, sacó un pans de su mochila polvosa y se lo puso como pudo. Tomó un taxi y se retiró a su casa. Llegó llorando, su cara y sus piernas arañadas, exigiendo a su madre que la cambiara de escuela. De esto, ni le dijeron nada a su padre que de todos modos se ausenta durante meses.

Samantha es alcohólica y se ha metido de todo. Coca, mota, tachas y hasta heroína. Aunque le tiene especial afición al popper desde que lo probó con Pepe. Por su adicción ha estado internada en centros de rehabilitación en dos ocasiones por periodos de seis meses. Ha tenido prolongadas recaídas que no pueden ser atendidas por su madre que es paralítica, en cuyo estado quedó desde que junto con su marido fueron atacados a balazos en un atentado nunca aclarado por la Procuraduría de Justicia en 2009. Él murió en el lugar y ella fue trasladada a terapia intensiva, con heridas de bala en la espalda.

Itzel sólo sigue a Samantha. No tiene mucho poder de decisión ni de convocatoria por sí misma, así que los amigos de Samantha son sus amigos. Sus enemigos, con mayor razón. Es fumadora compulsiva. Nunca se ha metido cocaína ni ha fumado mota, aunque le gusta la sensación de euforia fugaz, acompañada de la relajación que le produce el popper cuando se lo comparten en los baños de mujeres de cualquier lugar en el que estén. El cine o la escuela, el antro o la plaza comercial. Vive con su abuela materna, desde la muerte de sus padres en un accidente automovilístico hace dos años. Como es hija única, heredó todos los bienes de sus padres que la anciana administra hasta que cumpla, en septiembre, sus 18.

Dinora, en cambio, tiene a ambos padres. Por su carrera militar su papá ha estado en diferentes lugares del estado y el país por las encomiendas que le han hecho sus superiores desde hace casi seis años cuando empezó la guerra contra el narcotráfico. Dinora y su madre vivieron en Zihuatanejo hasta cuando pasó a segundo de secundaria. Tras el recrudecimiento de la narcoviolencia en aquella zona colindante con Michoacán su padre se las trajo a vivir a Chilpancingo. Aquí terminó los estudios de secundaria.

Su primera borrachera se la puso durante aquel viaje a Taxco.

—Las tres tienen algo en común —dice el psicólogo escolar con quien platiqué en el colegio—. El delgado hilo de la tragedia mutua, de huérfanas y desplazadas, y de soledad compartida es lo que las mantenía unidas.
—¿Y el gusto por el popper y el alcohol?
—Incluso eso.

 

DAVID ESPINO tiene 20 años de reportero. Ha escrito "Acapulco dealer; crónicas de la narcoviolencia en Guerrero"(UAG-2012). Es aficionado al mezcal de gusano y alérgico a las bebidas oscuras (menos a la Vicky ni al café), no ve televisión y es melómano y gatgetfílico de tiempo completo. En sus ratos libres escribe en un blog