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José María de Tavira: un galán (pandroso) en el diván

Hijo de Luis de Tavira y Rosa María Bianchi, dos monstruos del teatro en México, el joven actor recuerda que su primera experiencia arriba del escenario no fue nada satisfactoria, pues, sin preguntarle, lo obligaron a comer tamales; con el tiempo, y gracias al Zorro, entendió que lo suyo era ser artista
EN PANTALLA. Chema participa en la segunda temporada de la serie "Niño Santo", en Once TV. (FOTO: Carlos Aranda )
Por Georgina Navarrete. Fotos Carlos Aranda y Archivo / EL UNIVERSAL
| domingo, 16 de febrero de 2014 | 00:10

Tiene 30 años, pero José María de Tavira todavía puede lucir como un adolescente cuando se lo propone. Con el cabello corto y recién rasurado, enfundado en jeans y una playera gris sin logotipos, sus rasgos se afinan mientras sonríe, extiende la mano y saluda: "Hola, soy Chema, o chavito o el que sea… un tipo cualquiera, pues", dice como para romper el hielo.

Parece inquieto. No lo está, sólo es la inercia, el rush del arranque de las dos semanas de promoción intensa de la segunda temporada de Niño Santo, la serie que protagoniza con Karla Souza para Once TV y Canana Producciones, y que se estrenó hace unos días.

En realidad no es un cualquiera, al menos no en el mundo del entretenimiento y la cultura. Hijo menor del matrimonio del director de teatro Luis de Tavira y la actriz Rosa María Bianchi, Chema heredó el gusto por los escenarios, las luces, los aplausos y la emoción de vivir realidades alternas.

Con todo, José María opina que el talento no se hereda. Así, ante la eterna pregunta de si el actor nace o se hace, el galán joven de "Arráncame la vida" dice que "no existe una fórmula, pero (tener talento) es una combinación entre genética y trabajo. Es como un atleta, si tiene la genética pero no trabaja, no la va a hacer, y tampoco al revés. Pero tampoco creo que el talento sea genético, sino más bien algo que se construye sin darte cuenta, con todo lo que ves, escuchas, sientes y vives a lo largo de tu vida".

DESTINO. El joven actor dice que nunca sintió que sus padres lo obligaran a seguir sus pasos.

Justo por eso, aunque ser hijo de quien es no lo obligaba a seguir una carrera artística, la cercanía con el trabajo de sus padres y el hecho de vivir prácticamente en un teatro, fueron de fondo los factores que lo impulsaron a estudiar Teatrología. Y lo hizo en Londres para probarse a sí mismo que la decisión le venía desde adentro.

"Según yo, iba a ser director de teatro y, según yo, es lo que mejor hago… Según yo", repite enfático con expresión traviesa y sonríe de nuevo. Y es que, desde que terminó su carrera en 2005, ha saltado de un set cinematográfico a otro en calidad de actor, mismo rol que ha desempeñado en teatro.

¿Qué por qué no ejerce su carrera? Simple: "Trabajo para vivir, no vivo para trabajar, y eso es más fácil hacerlo como actor que como director".

Y vaya que le ha ido bien, desde su primer crédito al lado de Ana Serradilla en Cansada de besar sapos, de 2006, Chema ha filmado ocho películas en varios países, un par de cortometrajes y dos series de televisión: Niño Santo y La clínica.

LOS RETOS DE LA TV. Aunque no le gusta mucho hacer televisión, dice De Tavira que en la serie "Niño Santo" ha encontrado importantes retos en la producción que no siempre se resuelven con dinero.

LO OBLIGABAN A COMER TAMALES

Sentado en una pequeña silla de almohadones anaranjados, relajado y sonriente, José María platicó con Domingo sobre su vida antes del cine, los 25 años en que el teatro fue su casa y su patio de juegos. De sus primer encuentro con el escenario y la apabullante experiencia de Hollywood.

Ciertamente José María de Tavira no es el primer ni el único actor con padres actores o que están relacionados con el espectáculo y el arte. Pero Luis de Tavira y Rosa María Bianchi son, sin duda, una combinación de respeto.

—¿Cómo fue crecer en ese seno familiar? ¿Era preciso ser actor, o director, o músico?

—Tengo un hermano que es asistente de dirección y otro que es músico y actor. No sé, no creo que sea preciso ni necesario, son varias cosas pero primordialmente son dos las que nos han traído a donde estamos: Una es que mis hermanos y yo crecimos en el teatro. Mis padres no podían dejarnos en la casa porque no había quién nos cuidara. Todos los actores al salir de escena eran nuestras nanas, igual los técnicos, los vestuaristas, los iluminadores… ¡pufff, ahí vivíamos!

—¿Y la otra cosa?

—La otra es que nuestro padre es muy apasionado, se desvive en y por el teatro y supongo que emocionalmente en la infancia nos hacía falta acercarnos a él y de alguna manera entendimos que era más fácil hacerlo si te subías al escenario que si llegabas en la vida real y le decías algo. Era más fácil que él supiera que estabas ahí si llegabas y le decías: "Hola, aquí estoy", desde un escenario.

—¿Y por eso te subiste al escenario a los 7 años? ¿Te invitaron tus padres, te preguntaron, tú lo pediste..?

—Supongo que me preguntaron. No me acuerdo, ¿crees...? Necesitaban niños para la obra… Supongo que mi padre entre que me preguntó y entre que me dijo súbete, pero ahora que lo pienso sí debió haber una decisión personal de mi parte, porque una de mis memorias más antiguas es que, en un desahogo de un teatro de una función de mi papá, estaba yo viendo la escena que estaba como en proscenio, atrás, y entraron unos personajes a comer tamales; de repente uno de los actores pasó junto a mí, me tomó de la mano así nada más y me metió al escenario a comer tamales con los otros actores. Me acuerdo haber sentido como si me hubieran transgredido horriblemente, casi un abuso, sentí horrible, yo no estaba listo, no quería estar en ese escenario... Pero la experiencia en la primera obra, Clotilde en su casa —de Jorge Ibargüengoitia— no fue así, debo haber decidido hacerlo porque no tengo la memoria de sentirme incómodo o molesto o de que me hayan obligado. Tampoco estaba solo, era yo con otros chavos, jugábamos a los boy scouts atrás, y salíamos a hacer nuestras escenas en los ensayos.

—¿Entonces, cómo te sentiste en esa primera obra?

—Lo primero que hacíamos los niños era salir cantando: "A mí, me gusta el pim-piririn-pim-pín…", vestidos de boy scouts y yo tenía un solo, cantaba solito y en los ensayos lo hacía sin problema. En la función del estreno estaba el teatro Julio Castillo atascado, a reventar, con gente sentada en las escaleras y, de repente, me toca mi solo y me pongo a cantar: "A mí, me gusta el pim-piririn-pim-pín…" y el teatro se cae abajo de la risa. Y ese sonido, con las luces y el ambiente fue una experiencia maravillosa del teatro conmigo, independientemente de mis papás, de los otros actores y de la obra misma, fue un momento en que entendí lo que era la vida de la ficción y de eso, justo de eso, es de lo que me enamoré… Es algo mágico, maravilloso.

—¿Fue ahí que cobraste conciencia de que serías actor, de que dedicarías tu vida a los escenarios?

—Más o menos. En ese momento encontré algo mágico, pero no estoy tan seguro… Al terminar la obra yo seguía siendo sólo un niño. Porque como mi mamá trabajaba en Televisa, me invitaban seguido a hacer televisión, pero ni mi mamá ni yo queríamos porque conocemos a los niños actores y luego tienen problemas emocionales, es muy duro, estresante, pierdes la educación, entonces nunca quisimos. Realmente trabajaba muy poquito, hasta que me tocó estar en la película de La máscara del Zorro, a los 12 años… Eso fue mera suerte ¿eh?, pero influyó muchísimo en mí, fue una experiencia muy distinta, enorme.

—Eras muy niño, ¿qué te dejó esa experiencia?

—Las dimensiones de todo, los miles de extras, los caballos, me apabullo por supuesto y me entró la cosquilla del cine, pero igual seguía en el teatro. Después, en la preparatoria, tuve la suerte de que en el segundo año se abriera el curso de teatro como materia y me metí. Ahí encontré lo que me gustaba y me sonaba, además de las obras que hicimos en la prepa, que fueron bastantes y no nos quedaban tan mal… Ahí decidí estudiar teatro, pero tenía la duda si era por mí o por mis papás.

—¿Te causaba conflicto?

—¡Claro! Por eso decidí no estudiar en México sino irme a un lugar en el extranjero donde nadie conociera a mis padres. Por eso me fui a Inglaterra y ahí descubrí que también me gustaba y que podía hacerlo y bien.

—Bueno, pero tampoco se puede huir de lo que uno es, de la familia que tiene…

—¡Exacto! Tener los padres que tengo y haber crecido entre las piernas del teatro, si te soy sincero, tiene más pros que contras. Tiene sus contras pesados como la expectativa y la comparación, pero los pros son enormes: la gente del medio te conoce de nombre y te ve con cariño porque te conoce desde chiquito y eso es mucho. ¡Vamos¡ los chavos "normales" que empiezan a estudiar actuación, a los 18 años apenas aprenden cómo se hace una obra de teatro y yo desde siempre he estado ahí. Llevo una carrera de 30 años en el teatro, atrás y adelante. Es una gran ventaja, quiera o no. Y eso sin tratar de agregarle cosas al asunto. Las cosas como son.

TIPO COMÚN. Le gusta estar con su familia, tocar el piano, el futbol y cultivar un huerto en su terraza.

ENTRE EL AMOR Y EL ODIO

José María no considera haber sido un niño especialmente travieso. El pequeño de los ojos bonitos que corría entre telones con su hermano, adoraba el pollo rostizado, asomaba la cabeza al escenario a medio ensayo y jugaba con la escenografía, era un niño normal, que vivía en los teatros porque, de otra forma, habría convivido más con una nana que con sus padres.

—¿Cómo fue tu relación con tu padre cuando eras niño? Tiene fama de ser muy severo…

—Es muy apasionado del teatro y muy exigente, pero siempre es el que más trabaja. Hace trabajar mucho a su gente pero se basa en el ejemplo, nunca ha sido un dictador como antiguamente sucedía; sus maestros sí eran de los que se quedaban sentados ordenando qué debían hacer los otros. Mi papá inspira a trabajar porque es el primero en subirse las mangas y treparse a arreglar cosas en un escenario, es el primero que no duerme...

—¿Le tenías celos al teatro?

—Mmm, en mi caso sí. Hay un perfil psicológico específico: soy hijo de padres divorciados y padre ausente, más que nada. Y claro, como niño y luego adolescente necesitado de figura paterna, hay una competencia fuerte con el teatro. (El teatro y yo) tenemos una relación amor-odio, porque como niño lo que entendía a veces es que el teatro me quitaba a mi papá o que él prefería el teatro que a mí, y ahí hay una cosa difícil…, pero trabajo en ello.

—¿Todavía?

—Sí, son cicatrices emocionales de la infancia que a uno le cuesta trabajo… Una cosa es que lo tengas consciente y otra es que lo trabajes. Son cosas que surgen cuando reaccionas instintivamente a estímulos emocionales y no son cosas sencillas, están en el cerebro profundo… pero bueno, para mí es una historia maravillosa de vida, la mía, y no la cambiaría por nada, por más que haya tenido sus virtudes y sus dificultades. (A mi papá) de repente le ayudo en sus proyectos, le ayudo en las adaptaciones, soy como un asesor literario para él y me encanta que tengamos una familia en el teatro, con sus virtudes y sus cosas pesadas.

—¿Cómo reaccionaron en tu casa cuando decidiste ir a estudiar teatro a Londres?

—Mi mamá me apoyó muchísimo y sé que a mi papá no le hacía muy feliz la idea, sin embargo la manera en que se lo propuse no le dio oportunidad de dudar de mí como ser humano y de mis decisiones. Me apoyó, pero estoy seguro que a él le hubiera gustado mucho ser mi maestro.

—¿Y no has pensado hacer un curso con él, un taller?

—¡No!... no, yo tomé la decisión consciente de que él es mi papá, no mi maestro. Quiero que sea mi papá.

—Pero sí has trabajado con él.

 —Ah, pero ya siendo yo un profesional, no como su alumno sino como un actor. Es trabajo y lo hicimos bastante bien. Creo que en nuestro primer acercamiento fuimos muy precavidos y no nos metimos en donde nos podíamos hacer daño. Quizá en una nueva oportunidad que volvamos a trabajar, podamos ir un paso más adelante, porque se tocan fibras especiales, sobre todo con la actuación.

—Cuando te miras al espejo, ¿qué ves, cómo te describes?

—¿Yo? Veo a un ser humano feliz.

—Las revistas del corazón dicen que eres guapo…

—Pues supongo que tengo lo mío, no soy vanidoso ni coqueto ni tengo ropa costosa ni me peino, pero supongo que pasa —sonríe, sin atisbo de rubor.

—Cierto, tu desapego al cepillo ha provocado quejas. En el Roast de Héctor Suarez dijeron que no te bañas, que eras un mugroso…

—Jajaja… Cuando andas despeinado por la vida y con los jeans rotos, parece que no te bañas, pero sí me baño. Una cosa es que parezca vagabundo y otra muy distinta que lo sea.

—Cuéntame de ese Roast, ¿cómo actor qué tal te cayó el "stand up", la comedia, los chistes rápidos… improvisaste?

—Me encantan los roast…, me gusta el sentido del humor que aplican los gringos, y me daba mucha curiosidad participar. No soy el más hábil para inventarme los chistes en vivo, pero se me ocurren cosas y me sentí muy cómodo en mi turno. Creo que no lo hice tan mal para ser mi primer vez. Y después me tocó aguantar vara. No me crea conflicto, me gusta ese sentido del humor. No sé si haría stand up comedy, pero la comedia como género es algo que me encanta y que siento no he perseguido lo suficiente, me ha tocado mas la seriedad y lo romanticón, pero la comedia me gusta, siempre la hago en mi vida diaria y de todo tipo.

—Eres inquieto. Vives de la actuación, pero ya dirigiste un corto, colaboraste con tu hermano para musicalizar un poema de tu padre y estudiaste para director de teatro. ¿Te centrarás en la actuación o le entrarás al paquete completo de actuar, dirigir, producir?

—Un poco me dejo llevar por la vida. Estudié Teatrología porque, según yo, iba a ser director de teatro y creo, sinceramente, que es lo que hago mejor. Pero ahora mismo, si te soy sincero, no tengo ganas de hacerlo. No me nace. Con el paso de los años he hecho una gran distinción entre mi carrera profesional y mi vida personal y he decidido darle toda la prioridad a mi vida personal. Definitivamente trabajo para vivir y no vivo para trabajar y eso es más fácil siendo actor que director. Yo estoy consciente de que me puedo morir pasado mañana, así que quiero decidir por lo que vale más la pena, que es mi vida.

—¿Cómo es tu vida diaria, cómo das significado a tus ratos libres?

—Cuido mi huerto, toco el piano, veo a mi familia, juego mucho futbol y viajo todo lo que puedo.

—¿Que cultivas?

—Jitomates, calabazas, zanahorias… de todo un poco.

—¿Y en dónde cultivas todo eso?

—Pues en mi terraza.

CUESTIÓN DE FE

Creció entre telones y bastidores, y ya adulto el cine lo recibió con cariño, pero la televisión siempre fue otra cosa. Desde que era niño y concluyó con su madre que los niños actores de televisión no la pasaban tan bien, José María quedó marcado por un inmenso deseo de no hacer "esa" televisión.

No obstante, cuando surgió la posibilidad de hacer en TV la primera temporada de la miniserie Niño Santo, pensó que era hora de darse la oportunidad de conocer el medio. A fin de cuentas, producida por Once TV y CANANA —la empresa de Diego Luna y Gael García Bernal—, podía ser una buena experiencia, "porque siempre me he identificado más con este tipo de televisión que con el otro".

Para Niño Santo hizo casting. "Porque uno como actor hace casting para conseguir un trabajo", señala un tanto severo, como si remarcara que nadie le ha regalado nada. "Me interesó mucho porque la producción es de Canana y eso me daba la garantía de que las cosas estarían bien hechas".

Curiosamente, lo que más le gustó del proyecto no fue su personaje de Damián, un doctor que viaja a la selva con dos compañeros para tratar de controlar una epidemia ni tampoco la trama basada ligeramente en la historia del Niño Fidencio. "Cuando leí los guiones sólo vi : AVENTURA, PANTANO, COCODRILOS, CHAMÁN... Y me entusiasmé".

—Suena como el libreto para una película de Indiana Jones…

—Sí, más o menos… y esos son errores de actor principiante, porque lo ves, te emocionas y dices: "Quiero estar ahí". Los actores mayores piensan: "Voy a estar enlodado tres semanas, soportando los mosquitos… no, gracias". A mí, en ese momento, me dio mucha ilusión irnos al pantano. Eso fue parte del asunto porque al principio leímos sólo los dos primeros capítulos y no se veía bien a dónde apuntaba este negocio del Chamán… De esa primera temporada también me gustó que uno de los sucesos más importantes, lo que desarrolla la inclusión de los tres doctores, es que van a una comunidad a querer vacunar a la gente y el Chamán les dice que no se dejen y eso me llamó mucho la atención, porque pasa muy seguido en México… Eso toca con mis convicciones personales en cuanto al asunto de la fe.

—Ya van en la segunda temporada, ¿te entusiasma lo mismo?

—En la primera temporada, para ser sincero, no me llamó mucho la atención la serie más allá de las cosas más prácticas y físicas como la aventura y la idea de divertirme con lo que hago. El personaje se volvió un reto en esta segunda temporada, porque cambia radicalmente… En la primera es un ignorante de lo que sucede en Aguazul, no conoce al Niño. Ahora, Damián sabe más que casi cualquier otro personaje de lo que está sucediendo en la comunidad, y por eso siempre dice lo que tiene que decir, no lo que piensa. Hace lo que debe, no lo que siente, porque tiene una estrategia, tiene su propia agenda y no se revela en su totalidad hasta casi el final. Apunta bien el cambio hacia otras temporadas. Aquí el reto para la gente es que entienda que hace este cuate. Nunca había hecho un personaje así, misterioso, que hace algo para las apariencias.

—¿Cumplió tus expectativas tu primera experiencia en televisión?

—Completamente, porque es un esfuerzo que hacemos todos, desde Canal Once hasta Canana y los actores, de hacer más con menos o con lo poco que tenemos. Entendiendo eso bien y lo considero un gran logro.

 

GEORGINA NAVARRETE piensa que el periodista es sólo un traductor curioso que cuenta historias, por eso escribe igual de finanzas personales, negocios, políticas públicas o sociedad. En "Domingo" retoma el romance con los espectáculos, su primer amor periodístico. Madre de 2x20 horas al día, las otras cuatro escribe, dibuja, sueña, inventa recetas de cocina, twittea y es periodista "free lance". (@giaglams).