Isabel pisa fuerte. Observa, apunta, dispara. Va por la vida como habla ante los micrófonos. Diligente, dirigente. Esta maestra y directora de escuela privada dejó las aulas para buscar a su hijo, secuestrado en 2005. Cuando puso la denuncia —menos de 48 horas después de la desaparición de su hijo— ya señalaba quién podría ser el autor intelectual, Jacobo Tagle. Y no paró hasta encontrarlo. Su acomodada posición económica le permitió llenar la ciudad de espectaculares con la cara de los presuntos secuestradores de su hijo. Ofreció recompensas, los siguió a sus casas, a sus lugares de trabajo. Hizo ruido y los medios voltearon a verla. Era la historia perfecta: el empeño de una madre por encontrar a su hijo.
Y la policía se vio forzada a actuar ante la presión mediática.
Miranda suele cuestionar el trabajo de las autoridades, pero no las confronta. Sabe medir sus gestos, estudia sus palabras. Sus críticas a la ineficacia y a la corrupción enojan, pero no amenazan el sistema. Apuesta por reforzar la seguridad, por empoderar más al Ejército. Creó una organización para atender a otras víctimas de secuestro. Ha dialogado en el presidente, con secretarios de Estado, con diputados, con senadores. Su estilo de lucha incluye visitas a los palacetes gubernamentales, como una reina. Muchos saben que fue pieza clave para que el Gobierno federal aprobara una ley para atender a las víctimas de secuestros.
El año pasado recibió el Premio Nacional a los Derechos Humanos. Días después logró que la policía capturara al último de los criminales que secuestraron a Hugo Wallace. Tagle, el tipo al que desde un inicio ella había señalado como probable responsable de la desaparición de su hijo, confesó su culpabilidad. “¡Perdóneme, nunca quise dañar a su hijo! Yo lo quería con vida”, le dijo. Pero Miranda no concede. Ella cree firmemente en que el asesino de su Hugo merece la pena de muerte. “Nunca terminará de tener conciencia de lo que hace”, dice.
Durante mucho tiempo ella fue la voz más sonora de la lucha contra la impunidad. Hasta el año pasado. La irrupción de Javier Sicilia en la escena pública hizo peligrar su reinado. Cuando el poeta se sentó a dialogar con Felipe Calderón, ella criticó que “se le diese un trato especial”, pero finalmente se sumó a la reunión. Las reinas siempre saben darse su lugar.