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Involución en Galápagos

Entre la prehistoria y las taxi-lanchas
El archipiélago de las Galápagos debe su nombre a las gigantescas tortugas de la especie Galápagos que ahí habitan y que llegan a vivir hasta 200 años de edad. (FOTO: Luis Cortés / Agencias y Especiales )

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Camille Lavoix y Agustín Pablo Menchón
| domingo, 10 de enero de 2016 | 00:10

El paraíso de Darwin enfrenta su mayor reto: la especie humana; y es que, además de encontrar ahí tortugas de 100 años y raras aves de patas azules, también hay familias que quieren controlar el archipiélago, empresarios que desean hacer un edén sólo para millonarios y hasta un mexicano traficante de iguanas en peligro de extinción

 

El capitán del yate Tip Top III nos da la bienvenida con dos consignas: quitarnos los zapatos e invitarnos a dar un sorbo a los cocteles que acaban de servirnos. A bordo, la desconexión es inmediata para los diez pasajeros treintañeros que vienen de Inglaterra, Suiza, Australia y Estados Unidos. Ni red ni WiFi... Tampoco esnobismo. 

El lujo del barco, uno de los tres de la compañía Wittmer, sólo tiene una función, permitir a los pasajeros recargar las pilas entre dos expediciones. Un crucero atípico: joven y deportivo, pero siempre con una copa en la mano. Durante la cena, el único accesorio obligatorio son unos buenos binoculares para atrapar la mayor cantidad de estrellas fugaces o de ballenas al vuelo.

 Apenas tenemos el tiempo de descubrir nuestras cabinas acogedoras, el yate ya suelta las amarras hacia la primera isla del archipiélago que se encuentra apróximadamente a 960 kilómetros de la costa continental ecuatoriana.. Wet landing, nos avisa el guía. “Aterrizaje mojado” entonces, directamente sobre la arena blanca, arena más fina que el polvo. 

Hace unas semanas un turista mexicano fue detenido intentando traficar iguanas en peligro de extinción; en el mercado negro valen  25 mil dólares cada una.

Hoy, el lujo flota sobre las aguas del Pacífico, la antítesis de lo que encontraron Margaret y Heinz Wittmer cuando se fueron de Alemania en los años 30. Se instalaron en la isla Floreana, dónde vivían Federich Ritter (un dentista alemán misántropo y nudista) y su amante Dora Strauch. Las condiciones de vida —más bien de sobrevivencia— y las rivalidades se acentuaron con la llegada de una supuesta baronesa francesa que, junto a dos amantes (Lorenz y Phillipson), intentaron montar Hacienda Paraíso, un hotel para millonarios. No sólo no se abrió el hotel, sino que los celos, el resentimiento y las tensiones entre las familias terminaron en una verdadera telenovela. El dentista Ritter murió envenenado, la baronesa desapareció junto a uno de sus amantes, mientras que el otro murió de sed al naufragar en una embarcación. Este caso recorrió la prensa mundial y la familia Wittmer se quedó sola, sobreviviente en la isla, bajo sospecha. 

Le preguntamos a Enrique Wittmer, gerente de la empresa familiar de nuestro yate, sobre el documental que narró la telenovela de Floreana (Galápagos Affair: Satan Came to Eden, 2014), donde las voces de Diane Kruger y Cate Blanchett dejan imaginar que su familia fue responsable de los asesinatos. “Son historias. Nosotros creemos lo que nos contó nuestra abuela. No podemos concebir otra cosa”, dice Enrique. 

Lo cierto es que los Wittmer permanecieron en la isla, vivieron de la caza y la pesca y criaron a Rolf, el primer niño nacido en Floreana. Un tiempo después la familia lanzó el negocio que sustentaría a Galápagos: el turismo de yates. 

La familia empezó llevando a científicos, ansiosos por seguir los pasos del legendario Charles Darwin, quien también desembarcó en las islas en 1835. Los naturalistas dieron pasos a los turistas y el “laboratorio científico”, como llaman al archipiélago, acogió a cruceros, siendo los de los Wittmer primeros de la lista. Hoy, este santuario de islas sigue virgen y casi inaccesible al 97 por ciento. En el 3 por ciento restante viven los descendientes de los Wittmer y otros 25 mil habitantes.

 

En 1835, a los 22 años, Darwin llegó a las Galápagos.

Modernos Robinson Crusoe 

Galapagueños por diez días, nosotros también experimentamos nuestro primer desayuno entre tortugas asomando sus pequeñas cabecitas, lobos marinos haciendo saltos, aletas de ballenatos e incluso peces de colores nadando sobre la superficie del mar.

 Desembarcamos, todavía descalzos, y unos pasos sobre la arena virgen nos bastan para sentirnos todos unos Robinson Crusoe. Un pelícano nos sobrevuela y desciende sobre una laguna natural donde se encuentran los flamencos con quienes, según la hoja de ruta, teníamos cita. Bailan el moonwalk, removiendo la tierra en busca de moluscos. Pero, en Galápagos, la magia reside más que nada en lo inesperado: la naturaleza salvaje, indomada, entre convivencia y pequeños asesinatos entre amigos. 

A pocos metros, entre nosotros y los flamencos, una manada de cangrejos adultos, con motivos tribales color rojizo, pisotean alegremente a las iguanas marinas para librarles de sus parásitos. Pequeñas lagartijas escalan a los lobos marinos para tragar a las moscas que les fastidian. En una sola roca, comparten un momento de descanso, sin problema alguno, un pingüino de Galápagos (de los más pequeños del mundo, apenas 10 centímetros de ternura), un piquero de patas azules y un lobito marino. Pero esta siesta colectiva y pacífica es circunstancial, si llega a faltar el alimento, las reglas cambian y sobrevive el más fuerte. Dicho de otra forma, el que mejor se adapta, como escribió Darwin observando este pequeño mundillo. 

Sólo las iguanas adultas bucean.

Atravesadas por cuatro corrientes marítimas (polares y del Caribe), las islas presentan tanta diversidad de climas y vegetación que puede mantener alimentados a todos los animales del archipiélago. Al mismo tiempo, se vuelve un ecosistema débil, porque cualquier nueva especie que se introduzca tiene efectos inmediatos y de gran alcance. Es por esta razón que el Parque Nacional realiza minuciosos controles en el aeropuerto. Esta semana atraparon a un mexicano que intentó robar once crías de iguanas endémicas. Iba a venderlas en más de 25 mil dólares cada una. 

Las anécdotas y la deslumbrante vista desde el célebre Pináculo de Bartolomé (sitio donde se observan las más icónicas postales del archipiélago) retrasan la vuelta al barco. El sonido del mar acompaña una panorámica ideal. Dos grandes bahías están divididas por una vegetación verde que desentona con los restos de lava negra y el rojizo volcánico de la Isla Santiago. 

Parece que fue ayer, o casi. Cien años atrás la isla se quedó petrificada por la erupción de un volcán, convirtiéndola en una especie de mar negro-azulado, con figuras onduladas producto de la rápida solidificación. Formaciones que, se dice, inspiraron al joyero Tiffany para moldear algunas de sus creaciones. 

Los wet-suits ya están preparados para el snorkeling. Tras una larga caminata a pleno rayo de sol —en las inmediaciones apenas crecen unos pequeños cactus sobre la lava solidificada— nos lanzamos al agua en busca de mantarrayas e inofensivos (según dicen) tiburones de Galápagos. 

Caminar, escalar, nadar y ya suena la campanilla del chef. En un baile perfectamente orquestado, las cabinas se vuelven nuevas mientras comemos. Hasta un pequeño chocolate 100 por ciento made in Ecuador está colocado debajo de la almohada. 

Los leones marinos son una de las especies más características de las Islas Galápagos; aún en estado salvaje, suelen ser animales muy simpáticos y juguetones.

“Mañana dry landing”, avisa el guía. Esta vez no vamos a pisar la arena, la parte sur de la isla es muy elevada. Por suerte, desde la visita del Duque de Edimburgo a la isla Genovesa, hay unas escaleras incrustadas en la roca que nos permiten llegar a la meseta. La llaman “la isla de los pájaros”. Los momentos que muchos documentalistas de vida salvaje esperan durante años para atrapar, aquí se presencia en unos minutos. Los polluelos nacen como envueltos en algodón, mientras miles de piqueros de patas azules y rojas silban, bostezan, coquetean, se reproducen y pelean en la arboleda de Palo Santo. 

Ahí, el alimento se debe cuidar hasta tenerlo dentro de sus estómagos. En cualquier momento, el cazador se convierte en presa. Una gaviota de cola bifurcada caza en el mar y rápidamente huye de la emboscada de un grupo de fragatas de Galápagos que intenta arrebatarle su conquista. Un petrel de Galápagos es perforado por el pico de una lechuza mientras una iguana marina escapa de las garras de un gavilán que sobrevuela la isla. 

 

Adaptarse o morir

Desde el puente superior del yate, los últimos rayos de sol se reflejan sobre las cuevas de los piratas. Un habitante del archipiélago encontró uno de sus tesoros buscando a su cabra. Pero además de esconder el oro que robaban a los colonizadores, los piratas mataron a miles de tortugas para comer su carne. Muchas especies se extinguieron, como el solitario George, una tortuga gigante de 109 años. Murió esperando encontrar una hembra de su especie para poder reproducirse. 

Son 200 kilos en slow motion, con una mirada tan profunda como su larga vida, hasta 200 años. Las tortugas Galápagos dieron su nombre a las islas y a una leyenda: Detectarían a quienes llegan con mala intención y les lanzarían un hechizo. 

En las islas se pueden encontrar aves de gran tamaño que se alimentan de pequeñas iguanas.

A los 26 años, un joven naturalista llamado Charles Darwin llegó a las Galápagos y observó a estas tortugas. Las que vivían en las islas con árboles altos tenían un cuello mucho más largo para poder comer las hojas, mientras que las tortugas que habitaban las islas con arbustos tenían un cuello chiquito. ¿Adaptarse o morir, esa es la condición para vivir en ese paraíso?, se preguntó Darwin. 

Casi 15 años después, publicaba El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (nombre completo de la obra), un libro que revolucionaría la ciencia. 

Nos reencontramos con la “civilización”, pero son los lobos marinos acostados en los bancos públicos quienes nos reciben. Recuperamos la señal de nuestros celulares y avanzamos hacia el Centro de Crianza de Tortugas dónde se conservan y reproducen. Si bien son los quelonios más grandes del mundo, caben en la palma de la mano cuando nacen. Pero pareciera que, tal como ocurrió en Floreana años atrás, la supervivencia más difícil la tiene el hombre. 

Descendemos en Santa Cruz, última etapa, con un cierto mareo de tierra después de tantos días de embarcación y esa sensación nos queda dando vueltas cuando nos adentramos en la isla. Nos encontramos con una ciudad abocada al turismo, porque al igual que la familia Wittmer muchos isleños vieron que este negocio era más rentable que la pesca y establecieron hoteles o taxi-lanchas para transportar pasajeros de una isla a otra. 

Los pelícanos suelen dar la bienvenida al creciente turismo de yates de lujo en el archipiélago.

Los hermanos Angermeyer fueron de los primeros en llegar a Santa Cruz, su casa se convirtió en hotel y su historia quedó plasmada por Johanna Angermeyer, una de sus hijas. La versión original, en inglés, fue elogiada por la prensa y pronto estará disponible en español. Johanna piensa volver a instalarse en la isla, la extraña. Pero los que viven aquí le recuerdan también las limitaciones del “paraíso”. Con la escasez de agua potable, cada tres meses los galapagueños deben desparasitarse para evitar enfermedades. 

Hace años que la alcaldía promete realizar obras hidráulicas, pero aún no se concretan y recomiendan comprar agua embotellada hasta para lavarse los dientes. Los salarios son más altos que en el Ecuador continental, pero sólo dos barcos de carga llegan desde Guayaquil para abastecer a la isla, por lo que ciertos productos se volvieron muy caros. Un libro, por ejemplo, puede tardar semanas en llegar. 

Hubo marchas de protesta en Galápagos. En un e-mail, un analista del Ministerio de Turismo nos pidió hablar únicamente con voceros del Estado y nos escribió: “Como somos Estado no podemos auspiciar un proyecto que involucre a entidades privadas, como es el caso de la Fundación Charles Darwin o cualquier otra ONG […] Para los temas promocionales tienen la libertad de entrevistar a nuestros empresarios turísticos”. 

La iguana marina de las Galápagos es un lagarto único en su especie; se alimentan de algas y pueden bucear.

Ahora, es el fenómeno del Niño el que mantiene en vigilia a Galápagos. Un drástico cambio climático en las temperaturas del mar que trae intensas lluvias y vientos en la época de Navidad y Año Nuevo. Los agricultores temen por las cosechas de plátano y la Fundación Charles Darwin, por las especies que se encuentran al borde de la extinción. Creen que este fenómeno puede ser letal para ellas. La promulgación de una nueva ley es la otra preocupación del momento. Apunta a un turismo de élite, con una elevación de las tarifas de entrada al parque y de la gasolina, dicen los habitantes y ONGs (con quienes no debíamos hablar). 

¿Atrapados o aferrados? Es una cuestión de perspectiva. Cerca del hotel de los Angermeyer, unos padres lamentan que tan pocos spots de sueños estén accesibles sin barco. Uno de estos lugares dignos de una postal es Las grietas, a 10 minutos del hotel. Ahí, en esas cavernas naturales se pueden apreciar dos capas de agua, la dulce en la superficie y la salada al fondo. 

Los que nacieron aquí aseguran que morirán en Galápagos, señalando a los otros, a quienes vinieron por trabajo, quienes padecen una especie de claustrofobia y buscan cualquier excusa para volver al continente. 

“En la Isla hay seguridad y se trabaja tranquilamente”, es la frase favorita de los pescadores. En los hechos, hasta los que rechazan la etiqueta de que ahí es el “paraíso” no se atreven a dejar la isla. Tal vez por esa razón Darwin, conociendo este hechizo, pasó sólo dos semanas en tierra.