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Hacia una teoría general de la infidelidad femenina

¿Por qué llegan tantos hombres desesperados a las oficinas de los detectives? ¿Qué le dicen ellas a sus psiquiatras? ¿Qué confían a los curas? Vamos en busca del porqué siete de cada 10 mujeres son infieles
Sandra Romandía
| domingo, 20 de noviembre de 2011 | 00:04

El detective privado más activo de México dice que casi a diario atiende a hombres desesperados que le piden investigar a sus novias, esposas o concubinas. Eso no ocurría antes. Hace veinte años, cuenta, atendía mayoritariamente a mujeres que sospechaban infidelidad de sus parejas, pero con el tiempo, paulatinamente, han sido ellos quienes más han contribuido a engrosar la cuenta bancaria de este negocio familiar que ahora cuenta con oficinas equipadas para realizar investigaciones por toda la ciudad. Y es que el 80% de su clientela la conforman esas apesadumbradas personas que sospechan que les están “poniendo el cuerno”.

“Lo de las investigaciones privadas en México surge realmente a través de mi papá, hace 50 años; él puso una oficina y de ahí se derivaron otras, después independientes, pero todos los investigadores en el país en un momento experimentaron en la empresa de mi padre, el doctor Eduardo Muriel”, dice el detective.

Eduardo Muriel hijo es un investigador de mirada severa, como la de esos padres de moral estricta. Pero cuando relata los casos que ha seguido parece un tipo que enumera que el lunes sacó a pasear a su perro, al parque, y el martes también, al parque, y el miércoles igual, al parque, y el jueves… Para este hombre de cuarenta y tantos años, abrir una investigación por infidelidad y descubrir que efectivamente la hay, es un trámite tan cotidiano como comer y dormir todos los días.

Uno de sus casos: “Cuando llamó, el hombre se oía desesperado, pero ya con elementos suficientes de sospecha, así que iniciamos la investigación. Se empieza con estudiar el caso, conocer la rutina de la persona, luego seguirla y contar con material para captarla en un momento de infidelidad”. El detective hace una mueca, mira la pared de su oficina, repasa decenas de diplomas que llevan su nombre y que alardean que ha tomado un buen de cursos y talleres que lo acreditan como experto en investigaciones privadas. “Seguimos a la señora. Era una mujer guapa de aquí de Polanco, que resulta que cuando decía que iba a correr por las mañanas en realidad se veía con su amante. La captamos subiéndose al coche y yendo al departamento del tipo, por la colonia Anzures”.

Días después de la visita del angustiado hombre, las fotos y video de Leticia y sus hermosos 40 años entrando a un edificio desconocido fueron mostradas a Ramón, de 45, en un proyector que Muriel tiene en esa oficina que tantas decepciones ha presenciado.

Las imágenes de un beso, un abrazo, una mano en la cintura o cualquier evidencia gráfica de que a las 9 horas de cualquier viernes la señora no estaba en el parque, como dijo, sino acompañada por un señor de rostro desconocido (o conocido) pueden ser la razón para que una pareja se pelee, se distancie, se separe, se divorcie… Los expertos que llevan la desilusión hasta la mesa cobran entre 5 y 12 mil pesos por servicio. “O hasta más, según sea el caso”, cuenta Muriel.

Jugar al detective

Ramón es un hombre de negocios que crió dos hijos que ahora tienen 10 y 15 años, y que pagó 10 mil pesos para que vigilaran día y noche a su esposa. Él encontró lo que intuyó desde la noche en que miró en el celular de Leticia un mensaje cachondo que provenía de un número telefónico que no era el de él.

El director de Detectives México y miembro de Investigadores Privados Asociados de México menea la cabeza, hace una pausa en su relato. “La mayoría de las mujeres son infieles porque se sienten desatendidas por su pareja, porque quieren experimentar nuevas cosas. Y cuando incurren en esta práctica suelen ser más discretas que el hombre. Para que un esposo venga a pedir nuestros servicios es porque la esposa ya casi le pasa enfrente con el amante”, dice Muriel.

Las consultas de hombres que buscan confirmar que su pareja les es infiel han aumentado drásticamente de veinte años para acá, insiste el fisgón de intimidades. “Antes, ocho de cada 10 servicios eran pedidos por mujeres que querían investigar a sus hombres; ahora, seis de cada 10 son maridos o novios que sospechan que su mujer les es infiel acuden a nosotros”.

Insatisfacción emocional. Falta de entendimiento sexual. Despecho. Venganza. Desatención. Búsqueda de experimentar algo nuevo. Escape al aburrimiento o la rutina. Igualdad de derechos. Llenar un vacío. Goce. ¿Qué diablos mueve los resortes de la infidelidad femenina?

El detective Muriel conoce del tema. Este hombre y otros especialistas en distintas ramas que se dedican a buscar respuestas para conocer las motivaciones humanas fundaron hace siete años el portal www.infidelidad.com.mx. Sexólogos, psicólogos, psiquiatras, abogados ofrecen ahí su opinión. El sitio web recibe alrededor de 12 mil consultas al mes, de hombres y mujeres. La mayoría quieren saber cuáles son los síntomas de la infidelidad, como si “poner los cuernos” fuera una enfermedad.

Al salir del despacho, en la recepción, miro a un hombre alto de traje gris oscuro y camisa blanca. No es feo. Mueve la pierna una y otra vez. Deja un vaso de agua en la mesa de centro. Parece ansioso. Es su turno. Me ve salir como preguntándose qué hacían cámaras de foto y video dentro de la oficina del licenciado. Pienso en el proyector de pantalla blanca que enseña las realidades que nadie quisiera ver. Mi pésame, señor.

Con el psicólogo

Quiero saber más. Me dicen que la feminista Francesca Gargallo ha estudiado el tema. “Las mujeres hemos empezado a separar el placer físico de los ordenamientos morales impuestos. A las mujeres les importa ahora mucho más la lealtad con un proyecto con una persona que una infidelidad que viven; creo que hemos dejado de creer en ese rollo de que nuestro cuerpo le pertenece a un solo hombre”, opina con su acento italiano la doctora en Estudios Latinoamericanos.

Me suena bien. Muchas de mis amigas coincidirían con Francesca. Uno de los tres especialistas en salud mental que accedieron a hablar sobre el tema me cuenta la historia de Susana, una de sus pacientes que no identificaba en un principio qué fue lo que la hizo arrojarse a los brazos de un hombre que no era su marido, y por consecuencia llevar ahora una complicada vida en la que tiene que ocultar su desliz.

La comunicóloga infiel de 36 años tenía 10 de casada y un niño de ocho cuando se presentó por primera vez en un consultorio psiquiátrico. Luego de su sesión inaugural de terapia, el doctor determinó que presentaba un trastorno de conducta de alimentación, con episodios en los que consumía grandes cantidades de comida, lo que la llevaba a ganar peso y presentar sintomatología depresiva.

Después de varias semanas de utilizar un medicamento antidepresivo y asistir a consulta, Susana logró bajar de peso y fue dada de alta. 10 meses después regresó. ¿La razón? Estaba confundida porque inició una relación extramarital con un empresario. En su aventura encontraba diversión, cariño, y un placer sexual que no conoció en el pasado, señala el expediente que lee frente a mis ojos el terapeuta que me exige que no diga su nombre porque teme que su clienta lea este reportaje.

“En el plano sexual la mujer ha adquirido una mayor libertad y capacidad de goce”, me dice Delia Hinojosa, integrante distinguida de la Asociación Psicoanalítica Mexicana y directora de su Comité de Divulgación.

Con esta idea coincide Alfredo Whaley Sánchez, del Instituto Nacional de Psiquiatría. Él dice que la infidelidad en la mujer puede ser: ocasional, romántica, estructural o por traición. En la primera, explica, se da por impulso sexual, y es cosa de una sola noche. La segunda, cuando la persona busca encontrar el amor que no siente con su pareja formal. La infidelidad estructural aparece cuando por costumbre alguien busca relacionarse sexualmente con más de una persona. Las mujeres también suelen “poner los cuernos” porque descubren o sospechan que su pareja tiene una amante, y deciden vengarse.

Para tratar de afianzar estos argumentos del lado de los especialistas en psicologías, visito al doctor Alejandro Díaz, jefe de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, y especialista en químicas del amor. En su consultorio privado, una oficina en un segundo piso de una cerrada de una colonia del sur de la Ciudad de México, puede verse una caja de pañuelos desechables.

Para la entrevista escoge una sala que no es de consultas. Ésta aguarda decenas de sillas apiladas como para cuando da conferencias. Sentado en un sillón rojizo que rompe con la decoración estilo  salón de clases, me dice que primero habría que enfatizar que la infidelidad de la mujer es mucho más común ahora y casi a la par que la de los hombres. Que lo nota en sus pacientes. Que atiende cientos de casos. Que los motivos por los que ellas “ponen los cuernos” están mutando rápidamente.

Una paciente de unos 40 años, con aspecto de madre de tres hijos, espera del otro lado de la puerta. Alejandro Díaz dice que nuestra conversación será breve, pero demora 40 minutos en tratar de explicarme qué mueve los hilos del amor, la atracción y la infidelidad. Enfatiza en dos premisas fundamentales: uno, la mujer está despegándose de ese patrón biológico clásico de buscar que su proveedor y padre de sus hijos se quede a su lado. Dos, las féminas ahora defienden la igualdad de géneros y, por tanto, su derecho de probar fuera del hogar lo que a veces no encuentran en casa.

“Dentro de un concepto evolutivo el hombre busca que sus genes trasciendan, así que los deja en cualquier lado; la mujer es selectiva y busca reproducirse con un macho ideal, que sea protector de su descendencia. ¡Pero esto está cambiando!”, cuenta Díaz con un gesto de extrañamiento que lo hace entrar en un silencio por varios segundos. El psiquiatra está convencido de que muchas de las tantas mujeres infieles que pasan por su consultorio tienen la necesidad de liberarse sexual y emocionalmente.

¿Pero por qué? Aún no entiendo. Algo está pasando.

En el confesionario

“Yo no puedo hablar de las confesiones, ya me regañaron. No debería decir qué es lo que las personas cuentan como secreto de confesión”, me dice del otro lado de la bocina el vocero de la Arquidiócesis Primada de México, Hugo Valdemar. Después de insistirle que es importante escuchar la voz de la Iglesia católica, el portavoz accede. De este lado puedo imaginar perfectamente la mueca de enfado.

“Sin duda es lo más recurrente —la aceptación de infidelidades femeninas dentro de los confesionarios de las parroquias—. Y no sólo es mi opinión sino que las estadísticas lo van demostrando”, reconoce y da un ejemplo que podría aplicarse a cualquier mujer, llámese Ana, María o Leticia.

Ellas, explica el sacerdote, generalmente argumentan falta de atención y cariño. Dicen que buscan alguien que las proteja, que las saque de esa frialdad que a veces viven en la pareja con la que están. “En los casos de infidelidad me ha tocado tratar parejas que pese a que conocen de la situación de infidelidad, quieren continuar. Me ha sorprendido que el hombre pida que se le comprenda porque dice ser débil. Y a las mujeres se les juzga de adúlteras, cuando debería ser igual. En la Iglesia católica no estamos escandalizados por el aumento de los casos, pero sí nos preocupa. Hay una mentalidad superficial hoy en día, no hay valores firmes”.

El cura que ya rebasa los 40 años de vida y que ha realizado cientos de confesiones asegura que todo ha cambiado. “Se entiende sociológicamente. Antes la mujer estaba avocada al hogar y no trabajaba, ahora sale al mundo laboral y es más fácil que se relacione con otras personas”.

Sólo por diversión

La noche del 10 de junio de 2010, dos días antes del sábado en que fue su cumpleaños, Laura bebió vodka apostada en un banquito de la mesa de un antro en Insurgentes Sur, en la Ciudad de México, acompañada de sus amigas.

Su pelo de resortes rojizos caía en sus hombros. Sus ojos verdes resaltaban con el delineado negro, bien marcado. Sus cejas pobladas enmarcaban su mirada certera. Llevaba tacones muy muy altos para contrarrestar su 1.58 de estatura. Llevaba un vestido negro con rojo, de esos cortísimos que ella misma se jaloneaba hacia abajo, a cada rato. Laura recuerda casi todos los detalles.

Entre el nubarrón de la borrachera, Laura rememora que su amiga Nathalia señaló con un dedo imperante al reto de la noche. “A ese”, indicó. La flecha apuntaba a un chavo alto, delgado, de brazos fuertes, cabello dorado, con apariencia de extranjero. Le pasó como un flashazo por la cabeza la imagen de su novio Roberto, con quien lleva cuatro años de relación. Pasó por su mente la idea de decir que no, pero justo cuando aterrizaba en su negativa se vio parada frente al muchacho del reto, mientras sus caderas se ladeaban en un baile que fue correspondido por el probable extranjero, que resultó mexicano.

Dos horas más tarde esta veinteañera compartió sábanas blancas con un hombre que no era su novio. Su primer episodio de infidelidad fue la puerta de entrada a un gozo del cual no se arrepiente. Luego de ello lo ha hecho otras veces y con distintas personas. Y, dice, sigue amando a su novio. Tan sencillo y vano como quien se come un chocolate que sabe que le hará subir de peso; tan franco y elemental como quien decide pasarse un semáforo en rojo tras dudar unos segundos.

 

“Es una cosa de igualdad”, me confiesa Laura, mientras sostiene entre sus manos un humeante té chai que bebe al platicar su experiencia. “Después de la primera vez todo es más fácil; es como cuando pierdes tu virginidad, ya después te vas acostando con los que vas saliendo”, dice al tiempo que ríe en un tono agudo como para salpicar la plática de picardía. Está en la sala de su casa de San Ángel, un espacio pequeño donde predominan las paredes y muebles blancos. En medio de la charla, se levanta con seguridad, va a su cuarto y saca de él un cuaderno, luego de éste una fotografía. Me muestra con orgullo la pieza: es un chico bronceado sin camiseta, con brazos cruzados  y pecho fortalecido por el ejercicio. El tipo ve fijamente a la cámara. No es su novio. Es Bernardo, un chavo que conoció en su trabajo como gestora cultural y con el que mantuvo una relación durante dos meses, paralela a la de su pareja.

Pero una tarde, cuenta, acostada en la cama tras unas horas de ejercicios de erotismo e intercambio de energía en el acéfalo juego del amor, con Bernardo, ella cayó en la cuenta de que sexualmente su amante no era mejor que su novio. “No lo digo porque no hubiera química, porque sí la había, pero me empecé a enfadar y me di cuenta que el desliz tampoco estaba mejorando en lo sexual, así que lo dejé después de dos meses”, dice, tranquila, seca.

Y aunque Laura no sería la intérprete perfecta para interpretar una canción de María Conchita Alonso (“fue una noche de copas una noche loca, besé otros besos olvidé tu boca; manché tu imagen me perdí yo sola, y esa es la historia”), porque no se siente arrepentida, acepta que finalmente terminó siendo leal a la relación.

“Mi novio es atento y lo demás son cosas menores —añade—, lo que he hecho y disfrutado, son cosas menores; aunque igual volvería a ser infiel, pero sólo ocasionalmente, ¿eh?”

No pocos han leído o escuchado una de esas frases que taladran los cerebros: “Hay que ser infiel, pero nunca desleal”. El escritor Gabriel García Márquez es uno de los que han jugado con esa frase.

Y tú qué…

Leticia, Susana, María, Laura.

Laura, María, Susana Leticia.

Ruperta también. ¿Y Dominga?

Historias que se repiten y que comparten factores en común: la necesidad de llenar un vacío emocional, las ganas de experimentar su cuerpo en el del otro, la sensación de libertad y no exclusividad, el arrojo de buscar la igualdad entre los sexos. Coinciden ellas y coinciden los especialistas.

Las estadísticas del Instituto Nacional de Psiquiatría, basados en los expedientes de miles de pacientes, señalan que al menos siete de cada 10 mujeres alguna vez han cometido una infidelidad. El doctor Alfredo Whaley me cuenta este dato que comparten muchísimos psicoterapeutas.

El detective Muriel me cuenta con ese gesto de papá regañón que el 99% de los hombres que llegan a su despacho sospechando infidelidad de sus parejas tienen razón. Los engañan. ¡Susto!

El estudio Hábitos Sexuales Latinoamericanos, realizado por la consultoría venezolana Tendencias Digitales, arrojó que en México 55% de las mujeres confesaron haber cometido alguna infidelidad. Este porcentaje podría ser mayor, porque como en el caso de las cifras negras de denuncias que no se interponen por otros delitos, no todos aceptan sus deslices.

“Pues nunca sabremos a ciencia cierta. A nadie le gusta aceptar que ha sido infiel, ¿a usted sí?”, me pregunta el psiquiatra Alfredo Whaley.

—Claro que no —le contesto—. Y usted, ¿ha sido infiel?

—Obvio que te voy a contestar que no.

No somos perros de la pradera

El doctor Alejandro Díaz me cuenta que hay dos hallazgos científicos que podrían explicar el porqué una persona es infiel. El primero de ellos es el de un grupo de investigadores suecos que encontraron que la síntesis de una hormona se vincula con la conducta de la fidelidad de los seres humanos. Se topó con que en ciertas especies animales monógamas, como el perro de la pradera, existe más presencia de esa hormona.

También un científico llamado Roberth Cloninger descubrió que la dopamina, un neurotransmisor importante en el cerebro, influye en que ciertas personalidades impliquen más deseo de riesgo o ganas de experimentar algo nuevo. Las mujeres y hombre más infieles, dice, son quienes practican deportes extremos o están en la cárcel, pues se ha encontrado en ellas y ellos mayor presencia de tal componente.

Después de extenderse en la explicación de estos fundamentos científicos, el psiquiatra Díaz vuelve a lo mismo, casi como para tirar sus hipótesis: “en realidad son varios factores, ni siquiera podemos decir que estos hallazgos ya sean la neta”.

Aparte de los factores que llevan a las mujeres a salirse del aro de su entorno sentimental-sexual acordado, hay también otras características del mundo actual que llevan a que los casos de infidelidad vayan en aumento: el uso de la tecnología y la protección que siente hoy la mujer con el discurso tan de moda de velar por su integridad física.

“Un cliente encontró en el baño a su esposa chateando por el celular. Llevaba horas y, cuando abrió la puerta, la vio desnuda pegada al aparatito. Es lo increíble de la tecnología: las mujeres que tienen amantes pueden estar en contacto permanente e íntimo con ellos, cosa que antes no”, dice el detective Muriel con esa voz fuerte y elocuente.

La terapeuta Delia Hinojosa recuerda que en alguna ocasión una paciente contactó por Facebook a un viejo amor de la juventud y, desde entonces, empezó una historia de infidelidad. Una más de las tantas que hay aquí y en otros países. Desde esta óptica es tan sencillo como poner un nombre y picar un botón para iniciar una nueva historia, como quien presiona la tecla REC del aparato que graba un nuevo video.

Las leyes que protegen a las mujeres de las agresiones físicas de su pareja parecen ser un reflejo de que estamos viviendo un nuevo mundo que quizá no todos comprendemos. “Aparentemente las mujeres obtenemos más derechos ahora, aunque no siempre se respetan”, dice la italiana Francesca Gargallo.

“En el sentido de todos los terrenos, con la liberación femenina se ha ganado terreno; vamos ganando. Hay leyes de protección, de derechos e igualdades que dan más seguridad a la mujer”, considera la doctora Hinojosa.

Voces, voces, voces. He escuchado demasiadas voces.

Lillian Briseño, doctora en Historia y directora adjunta de la Escuela de Humanidades del Tec de Monterrey, campus Santa Fe, lanza su hipótesis: “Hace décadas, hace un siglo, era impensable que una mujer engañara al esposo, si lo hacía era de lo peor; las mujeres dependían del hombre, si se separaban (no se divorciaban porque no se podía en esa época) las iban y depositaban con algún varón”.

Otro de los cambios en la sociedad mexicana, concuerdan el detective privado, los estudiosos de la psique y el cura, es que el hombre tiende a perdonar más a la mujer, como en el caso de Leticia, la señora que inventaba que se iba a correr al parque. Ramón tuvo su desilusión cuando vio ese  ingrato proyector de imágenes que no dejaba lugar a dudas. Pero no la dejó.

“Después de demostrar la infidelidad estamos viendo que los hombres perdonan más que antes, cosa que no sucedía”, dice Eduardo Muriel.

Su tesis vendría a contradecir totalmente la frase del escritor francés del siglo XIX,  Stendhal: “La diferencia de la infidelidad en los dos sexos es tan real que una mujer apasionada puede perdonar una infidelidad, cosa imposible para un hombre”.

 

Esta realidad de perdones fáciles tampoco parece yuxtapuesta a la de los personajes retratados en  las novelas de principios del siglo XX, como Santa, de Federico Gamboa;  o Antoñita en La Chiquilla, de Carlos González Peña, obras en que las mujeres que se dejan llevar por la gana de gozar de un amante merecen un destino de rechazo social.

“Ahora los hombres perdonan más que las mujeres, incluso. Están tomando una posición racional de cuidar a su familia, sobre todo si hay hijos.  En los últimos cuatro años hemos empezado a encontrar más esa situación”, me dice el investigador privado con esa voz firme y mirada de quien lo sabe todo.

El detective, los estudiosos de la psique, el cura e investigaciones sobre el tema coinciden en algo: las mujeres de ahora son más infieles que las de antes. Por la liberación, por lo que sea. Todos tienen su teoría. Menos yo :(

Por lo pronto me propongo no ser infiel. Al menos por hoy. O un día a la vez.

 

 

SANDRA ROMANDÍA, una apasionada del oficio de contar historias (hizo su tesis de licenciatura sobre periodismo narrativo), suele pasearse en tacones altos por la redacción de EL UNIVERSAL, donde es coeditora de Estados