» Los nadie «

Ellos son 'los nadie'

La guerra en contra del narcotráfico le ha quitado reflectores a las historias de violencia cotidiana que suceden en México a diario, aquellas que explican mucho de nuestra situación, pero que a pocos interesan. En su libro 'Los nadie', de editorial Grijalbo, los periodistas Ale del Castillo y Moisés Castillo hablan de niños que golpean a otros niños, de padres que maltratan a sus hijos, de novios que prostituyen a sus novias
Menores delincuentes. El número de adolescentes que son capturados por actos ilícitos ha aumentado en el país. Muchos de ellos cometen robos y extorsiones. (FOTO: Especial )
Por Ale del Castillo. Fotos especial y Archivo EL UNIVERSAL
| domingo, 28 de julio de 2013 | 00:10

En un país donde la libertad parece no valer nada, los menores de edad son el objetivo común para ponerle precio a la propia.

Un adulto comete un crimen y establece un trato con un menor de edad: unos pesos por intercambiar culpas y libertades. El menor acepta.

La justicia los arrincona. El menor se declara culpable, el adulto se libera de toda culpa. El menor enfrenta un debido proceso jurídico del que se librará en unos meses, el adulto sigue delinquiendo libre por ahí. El menor cumple el trato y permanece internado en el mejor lugar para aprender sobre el poder y la injusticia.

José Luis, conocido como Supernova, estaba frente a la luz roja de un semáforo. El pie puesto en el acelerador esperando el verde mientras miraba que un vehículo de la Policía acechaba su camino. Fue incapaz de acelerar hasta que sintió por detrás el golpe de la patrulla y decidió arrancar.

Esos metros a toda velocidad le valieron para ver en cámara lenta su día pasar. Se levantó de la cama antes del mediodía en la colonia Doctores, sin saber si era lunes, jueves o domingo. Desayunó y la comida no le supo a nada en especial. Escuchó el chiflido desde la calle y la banda lo llamaba.

Era un día de suerte. Tres de sus amigos habían robado un auto con todo y conductor incluido. Era un Beetle rojo, ganancia segura.

No lo pensó y aceptó la misión. Sus compas, de los que aprendió a hurtar, traían buena mercancía.

—Si nos cae la bronca… ¿qué tranza?, ¿tú te la echas? —le preguntó uno de ellos.

A José Luis le brillaron los ojos, le ofrecían 10 mil pesos por hacerse responsable del robo si los atrapaba la Policía. A Pedro, Aldo y Toño no les convenía la responsabilidad, los tres como mayores de edad podrían pasar en la cárcel hasta 16 años; en cambio José Luis, con sus 17 años, saldría pronto por ser menor de edad, tal vez sólo pasaría unos meses encerrado.

Le prometieron 10 mil pesos, con los que pensó comprar una motocicleta chocada que iría arreglando. El trato también incluía que le llevaran dinero a su mamá para que lo fuera a visitar. A él le pareció un buen negocio y aceptó.

Tomó su arma, una calibre .25 recortada que consiguió por ocho mil pesos en Tepito. Nunca la usó, pero si los transeúntes se ponían locos a la hora del asalto, los calmaba con unos cachetadones, y si eso no funcionaba, pues para eso estaba la pistola. José Luis no era nuevo en esto, debe haber asaltado a 50 personas y robado unos 16 autos. El reto parecía sencillo.

Supernova es tan alto como un adulto y de puntitas casi alcanza la mayoría de edad; su rostro es el de un niño y mientras cuenta su historia sonríe como un chiquillo emocionado que acaba de hacer una travesura. Cuesta trabajo comprender que la misma persona que es capaz de apuntarte con un arma, también te puede hacer reír.

Subió al auto y se puso al volante; el plan era el siguiente: primero tendrían que deshacerse del dueño del Beetle rojo. Luego llevarían el auto a Venta de Carpio, al final de la Avenida Central (al norte del DF), para quitarle las placas, chocarlo, y posteriormente, desvalijarlo.

De un automóvil como esos sacan el valor del motor y de las piezas para vender; no más de 20 mil pesos.

José Luis no sabía si el dueño del Beetle estaba asustado o no, él sólo le iba poniendo en su madre. Procuró no verlo a la cara, ¿pa’ qué?

Manejó hasta el Gran Canal, detuvo el coche, se bajó, le abrió la puerta y muy educado le dijo:

—Véngase para acá, señor —lo bajó y lo dejó sentadito sobre la acera.

El asaltado intentó decir algo, José Luis interpretó una mentada de madre y, entonces sí, decidió darle un patadón. Las patrullas ya estaban tras de él, subió al Beetle y una luz roja lo detuvo. El alto más grande de su vida.

*****

El impacto de la patrulla contra él le dio la señal de arranque y le metió pata al acelerador. Dos cuadras le duró la huida antes de estamparse con un poste.

Los policías le cayeron, le quitaron la pistola y lo subieron a la patrulla entre guamazo y guamazo.

Adentro del vehículo oficial no tardó mucho en darse cuenta que podía abrir las puertas. No lo pensó dos veces y salió huyendo para intentar liberar a sus valedores en la otra patrulla.

Luego corrió, pensó que alguno atrás dispararía, pero eso no sucedió.

Pensó que si corría rápido la libraría porque bien se sabe que los polis no corren. Pensó: la cárcel o acá afuera. Lo volvió a pensar y se detuvo… ni modo que dejara a sus compas atrás cuando había prometido echarse la culpa.

Desde la comodidad de sus asientos, Pedro, Aldo y Toño miraron cómo dos camionetas de refuerzo llegaban para atrapar a José Luis; observaron también que lo trataron como un pinche raterote de primera. Cuatro policías, entre golpes y patadas, se encargaron de él y va de nuevo pa’rriba de la patrulla.

—Yo fui, 'ora sí es mi bronca —les dijo a las autoridades.

Dejaron en la calle a sus amigos y sólo se llevaron a José Luis a la delegación correspondiente. El camino estuvo lleno de golpes.

En la delegación le esperaban intensos interrogatorios para sacarle la sopa. Lo metieron a un cuarto, con un foco y tres sillas.

Por cada interrogatorio entraban dos oficiales vestidos de negro y con la cara cubierta para evitar ser reconocidos; su espectacular imagen es como la de los anuncios de la extinta Policía Federal Preventiva. Les llaman tiburones, protegen su identidad y así también aseguran que nadie pueda identificarlos como torturadores. "¿Para quién robas?", le preguntaban a gritos.

—Pues para nadie —respondía, aunque sabía que a continuación le caería un guamazo.
—¿Te sientes muy loco? ¿Te crees muy verga para andar robando?

Y ya sin responder, venía un patadón o un mazapanazo. Fueron cinco interrogatorios de dos horas cada uno. Todos le preguntaban lo mismo una y otra vez, ahí no había creatividad.

—Era para mí, era para mí —José Luis volvía a responder.

No se salvó de que lo condujeran al baño y le metieran la cabeza a un tambo lleno de agua. Lo dejaban ahí hasta que empezaba a ahogarse y otra vez preguntaban.

—¿Para qué robas si sabes que eres bien pendejo? Te fueron a agarrar estampándote —decían mientras se burlaban de él.

En el último interrogatorio había una tiburona, la recuerda como la más manchada de todos. Lo agarraba a cachetadas sin piedad. Era bonita, alta y flaquita. Todo ese traje de tiburón no lograba esconder sus ojos azules y los rasgos finos de su cara.

—Ya mejor llévenme a donde me tienen que llevar —trataba resignado de acortar sus horas de interrogatorio, hasta que por fin dijo la verdad—. Al chile, sí robo, pero esta vez no era para mí.

La verdad tampoco importó.

—Entonces, ¿por qué te agarraron arriba del carro?
—Neeel, a mí ni me agarraron, yo apenas iba pasando —José Luis cambiaba su versión para ver si así las cosas pintaban diferente.

*****

Los interrogatorios terminaron al acercarse la media noche. En esos momentos, José Luis se enteraba de que la parte acusadora había dicho en la delegación que no quería saber nada al respecto; aun así, el adolescente seguiría su proceso. Se le acusaba de robo de auto, secuestro exprés y robo a transeúnte.

Aquel desayuno al cual no le dio importancia en la mañana, había sido como su última cena antes de empezar el encierro. Moría de hambre y sólo le quedaba esperar. Pasaron dos días más en los que no comió nada porque a su madre nunca le permitieron ingresar el alimento que le llevaba.

Pasada la medianoche del tercer día, le informaron que sería trasladado al Consejo Tutelar para Menores Infractores de la colonia Narvarte. Su mamá lo esperaba afuera con un festín gastronómico.

—Toma tu torta y tu Boing —le dijo la autora de sus días.

José Luis salivaba y le estorbaban las esposas para recibirlo, nadie lo ayudó. Tuvo que esperar hasta llegar al tutelar para ser liberado y correr a atragantarse aquella torta de milanesa que le supo a la salvación misma.

Le esperaban tres días más de encierro en el Consejo Tutelar. No pasó hambre porque su mamá le llevó de comer puras tortas; ninguna le supo como la primera. Él confiaba en que saldría de ahí pronto, hasta que le avisaron que lo trasladarían.

Supernova fue llevado a una comunidad de diagnóstico en lo que se resolvía su proceso. Quince días duró su estadía y, mientras él pensaba que saldría pronto, le informaron que sería trasladado a la correccional de San Fernando, en la delegación Tlalpan.

Al arribar a este último lugar se encontró a un chico de su calle, quien lo apadrinó; eso evitó que Supernova fuera tratado como a cualquier chico de nuevo ingreso. Nadie lo tocó, no recibió golpes y nadie puso a su cargo los deberes con los que se autorregulan las comunidades de menores infractores. La pequeña cuota que pagó fue barrer un día, nada más.

Sus primeras noches las pasó en el dormitorio 1, donde se encuentra el muro de "los incorregibles", correspondiente a los chicos que llevan más de un ingreso y que son considerados como leyendas. Ahí estaban los nombres: El Bolillo, El Ligas, El Pelón y, el más famoso, Gárgola.

*****

Después de una semana en el dormitorio 1, fue trasladado al 7, que es "el medio pesado" —describe Supernova—, donde duermen los que "son manchados" y ya tienen reingresos.

En el mismo dormitorio, Supernova compartiría espacio con los violadores, a quienes se dedicaba a pegarles. Ellos le decían que era un "manchado", pero los guías se encargaban de alentarlo a que se "curtiera" con ellos y que siguiera golpeándolos.

"Yo tuve siempre en la mente: 'Si a mí me pegaron, ¿por qué yo no voy a pegar? Si a mí me maltrataron, ¿por qué yo no los voy a maltratar?'. Todo lo que me hacían, pues yo lo hacía, ya me quedé con eso en la mente", recuerda Supernova.

Los guías promueven la violencia y su permisividad también se traduce en protección y cuidado para los internos. Supernova y su "manchadez" lo convirtieron en un privilegiado: no tenía que levantarse a pasar lista a las cinco de la mañana como todos, cuando comía era de los primeros en recibir los alimentos y una de sus actividades era golpear a los chicos de nuevo ingreso.

Si en el tutelar Supernova descubrió que le gustaba pelear, "la corre" se convertiría en un ring de pelea todo terreno. Ahí ubicó a un chico que pertenecía a la pandilla de maras Barrio 18. Era originario de Chiapas y tenía los brazos cubiertos de charrasqueadas —las famosas cicatrices largas y abultadas que se infligen ellos mismos como una manifestación que exige respeto—.

Aquel pandillero estaba ahí por robo a transeúnte y homicidio, pero era sabido entre ellos que se dedicaba a descuartizar personas. Lo miró con las charrascas en la cara y pensó "es un tirote ese chamaco", y se aventó a pelear con él. De dos o tres putazos el chiapaneco lo dejó en el suelo. Supernova no paraba de reír, se levantaba y decía "va otra vez", de ahí que se ganara el apodo de El Guasón. Él lo disfrutaba y no duda en señalar: "Me latía trenzarme con ese güey".

Así aprendió a pelear y dar los mejores golpes. Los golpes y las carcajadas no los convertían en enemigos; por el contrario, los hacían más compañeros. Cuando el pandillero tenía comida, lo jalaba; si poseía droga, también. Cuando peleaban bajo el cuidado de los custodios, Supernova esperaba a caer al piso y no se echaba para atrás, comenzaba a reír y se rifaba de nuevo para que todos disfrutaran el enfrentamiento. "Me latía cómo me pegaba", dice Supernova con una sonrisa, aunque de un golpe le hayan roto una muela.

*****

Las noches en "la corre" no eran sencillas. Algunos tomaban medicamentos para dormir o para disminuir su ansiedad. Supernova no estaba medicado pero tuvo que comprar fármacos para poder dormir.

"En cada dormitorio hay 24 'tumbas' para dormir, a veces daban las cinco de la mañana y los cabrones seguían despiertos", recuerda. Eso impedía que los demás pudieran conciliar el sueño. También el miedo los mantenía despiertos: cuando alguien lograba encontrar el sueño profundo, los "pasteaban" y así sus ojos terminaban cubiertos de pasta dental. O, en medio del sueño, viven los "tsunamis" cuando les jalaban el colchón y los tiraban de las "tumbas" al piso..

En otras ocasiones aprovechaban para llenar cubetas con agua, meados o lo que fuera, y eran despertados con un chapuzón. Adentro de "la corre" parece que nadie ve.

En "la corre" Supernova regresó a la escuela, se dio cuenta de que muchos de sus compañeros estudiaban y le daban importancia a la actividad; eso lo animó.

Antes había abandonado los estudios cuando cursaba segundo de secundaria, después de que lo encontraran fumando mariguana en uno de los baños con 14 de sus compañeros.

Supernova aprovechó para tomar un taller en electrodomésticos; después de concluir le dieron una constancia para poner un negocio afuera. Aquel diploma fue el primero que recibió en toda su vida.

Su proceso determinó que estaría interno en San Fernando durante cinco meses y le perdonaron un año. Alcanzó beneficios por ser menor de edad y así salvó a alguien de pasar hasta 16 años en el reclusorio.

Mientras Supernova soñaba con salir y comprar una moto para restaurarla con el dinero del trato, los 10 mil pesos que le ofrecieron por cubrir el delito se convirtieron en pasajes para su mamá, hilos, pan, camisas y chanclas. La fianza también corrió a cargo de su madre.

La vida dentro de "la corre" era sencilla. No le hacía falta nada y el grado de respeto que consiguió lo hacía sentir satisfecho. Se la estaba pasando bien.

Tenía una "tumba" para él solo, comía las veces que quería, tenía a gente a su servicio. Vio la oportunidad de salir de la correccional y lo pensó mucho. Afuera tendría que trabajar, adentro nadie le pedía nada y hacía lo que él quería; a los guías los trataba como "sus perros" y ya ni les hacía caso.

Decidió hablar con su mamá.

—Ya no me venga a ver, mejor así déjelo — le dijo Supernova, aceptando que estaría año y medio preso—. ¡Al chile, sí me late estar acá adentro!
—¡Estás bien pendejo! ¿Cómo prefieres estar adentro? —lo cuestionó su madre— Ya mejor decide si te quieres quedar o mejor te vas, porque todavía estás a tiempo para poderte quedar.

Una semana su mamá faltó a la visita y él se sintió "más encarcelado". A la semana siguiente llegó su madre y le dijo: "Te vas para la calle".

Pronto lo mandaron a la celda de castigo para que no le hicieran nada en su sección. Entonces Supernova empezó a azotar puertas y exigió: "¡Me quiero ir a despedir!". Le autorizaron regresar a su dormitorio asumiendo la responsabilidad de que probablemente lo golpearían, pero eso no sucedió.

—¡Cámara, ya me voy para la calle! —dijo Supernova a los de su sección.
—¿No que te querías quedar aquí toda tu vida? —le reclamó alguno de sus compañeros.
—Me quiero quedar, pero la calle es la calle, carnal…

Fue así como repartió todas sus cosas. Sintió "culero" dejar todo atrás, pensó en "todas sus rajadas de madre" y en todo el trabajo que le había costado llegar a ese nivel y luego recapacitó: "Ya ni modo, mejor la calle".

Es sabido que en su barrio hay muchos más como él que cubren condenas de mayores de edad, entre ellos un chico de 14 años que se llevó 50 mil pesos por hacerse responsable de un robo a un negocio y estuvo sólo dos meses en custodia.

ALE DEL CASTILLO forma parte del tándem de Los Castillo, escritores del libro 'Amar a madrazos' que ahora regresan con su nueva entrega: 'Los Nadie'. Su tema es la violencia, pero le encantaría escribir literatura infantil.