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El veracruzano tiene miedo (pero sigue tuiteando)

El primer hombre preso en México por tuitear intenta sacudirse el estigma de “terrorista”, y mientras eso sucede, se come un rico coctel de Vuelve a la vida, la especialidad en la fonda de su mamá. Nos consta: el maestro de matemáticas Gilberto Martínez no puede despegarse de Twitter, pero ya no envía mensajes sobre balaceras, dice que él mejor calla, como callan muchos
Por Óscar Jiménez Manríquez, fotos de Horacio Zamora
PUERTO DE VERACRUZ | domingo, 29 de abril de 2012 | 00:10

El luminoso azul del mar contrasta con las negras armas de alto calibre que viajan empotradas en la parte trasera de las Pickup. Es lunes de primavera, voy en un taxi hacia la calle Arista, en el centro de Veracruz. El calor sofoca. Arriba de las camionetas los marinos llevan uniformes de telas gruesas, mangas largas y chalecos antibalas. Son como estatuas, alertas y expectantes, no pierden el equilibrio ni cuando el semáforo cambia de rojo a verde. Los policías navales, que pareciera contienen la respiración, apoyan la yema de los dedos contra el gatillo de los fusiles Barrett. Por la escalada de violencia que incluye el abandono de 35 cuerpos mutilados frente a un centro comercial, el hallazgo de fosas clandestinas y balaceras a autobuses de pasajeros, las autoridades decidieron que los marinos sustituirían a los policías municipales en las tareas de seguridad pública hasta diciembre de 2013, como pasa con el Ejército en algunas otras ciudades del norte de México. Así van, con los músculos tensos, calle tras calle de este puerto que apenas rebasa el medio millón de habitantes. El taxi por fin llega a Arista, son las dos de la tarde y el sol pega duro. Gilberto Martínez Vera me espera en La Piragua, la modesta fonda de su madre. Un letrero cuelga de la pared para dar la bienvenida a los comensales: "Si no te gustan mis tamalitos, te devuelvo tu dinerito". El maestro de matemáticas está sentado en una de las mesas del local, entretenido con un iPad como cuando un niño juega con un PlayStation.

"¡Es mi juguete preferido!", me dice este hombre robusto de 49 años, adicto a la redes sociales, que en persona habla todo el tiempo en voz baja, como si temiera ser escuchado. A pesar de que hace ocho meses estuvo preso, acusado de ser un tuitero "terrorista y saboteador", este veracruzano no para de enviar mensajes al ciberespacio. Me muestra el último que escribió mientras yo llegaba: "No le digas a Dios que tienes un gran problema, dile a tus problemas que tienes un gran Dios". Estos 92 caracteres de pinta teológica nada tienen que ver con los 124 que escribió aquel 25 de agosto de 2011, el tuit del delito para el Ministerio Público de Veracruz: "#Verfollow confirmo en la Esc. Jorge Arroyo de la Col. Carranza se llevaron 5 niños, grupo armado, psicosis total en la zona".

El tuitero gladiador

Ese jueves 25 de agosto Gilberto no fue el único en enviar  mensajes que alertaban de supuestas balaceras cerca de escuelas, tiroteos que de acuerdo con las autoridades nunca existieron. Cierto o no, esa mañana el panorama fue de pánico: miles de madres corriendo como locas por las calles, los papás saltando los muros para sacar a sus hijos de los colegios, las líneas telefónicas colapsadas y los taxistas sin darse abasto de tanta gente haciéndoles la parada. Ni siquiera con los huracanes, que pueden llegar a ser tan amenazantes como los temblores en el Distrito Federal, la población veracruzana se había mostrado tan alarmada. La histeria colectiva desató el caos y la Procuraduría de Justicia del Estado tomó una decisión inédita en México y el mundo: detener a dos usuarios de redes sociales y acusarlos de terrorismo equiparado y sabotaje, un delito tipificado  hasta con 30 años de prisión. En algunos lugares de México, debido al acoso del narcotráfico y las amenazas a los periodistas, los medios de comunicación han dejado de publicar ciertas noticias sobre violencia y grupos criminales. En su lugar, algunos internautas han encontrado en Twitter una forma alternativa de informar. Pero ni en Tamaulipas ni en Chihuahua, considerados los estados más violentos del país, se habían tomado medidas de este tipo.

A Gilberto lo detuvieron integrantes de la Agencia Veracruzana de Investigaciones (AVI), como sacados de la serie CSI. Fueron por él a la Academia de Ciencias, donde regulariza jóvenes y niños en cálculo diferencial y geometría. Desconectaron su computadora, le pidieron además que entregara su celular Samsung y un disco duro. "Hasta hoy nada de esto me han regresado", me cuenta ahora.

"La pasé bastante mal. Cuando la policía fue por mí a la academia, como ni siquiera llevaban orden de aprehensión, y debido a lo que se ve últimamente en Veracruz, pensé que se trataba de un levantón".

Los policías dieron con él porque, a diferencia de más de una docena de usuarios sospechosos de difundir rumores falsos, Gilberto en su cuenta de Twitter, @gilius_22, puso nombre, dirección y teléfono. Revisaron también su perfil de Facebook y encontraron una pequeña fotografía de Russell Crowe protagonizando al Gladiador, que Gilberto puso en honor de su película favorita. Para los agentes del Ministerio Público la imagen del Gladiador representaba una señal de que el profesor de matemáticas era un tipo agresivo.

"¿Te crees el muy cabrón? ¿A quién quieres retar con ese guerrero? ¿Por qué lo pusiste en tu página? ¿Acaso quieres desafiar al gobernador? ¿Dime por qué para todo dices tranquis?" insistió en recriminarle el ministerio público. Después contestó un examen psicológico de más de 100 preguntas entre las que se incluían: "¿Qué harías si te encuentras con un cuchillo en tu casa? ¿Viste algo violento en tu hogar cuando eras niño? ¿De pequeño te maltrataron tus papás?". Le pidieron, a cambio de su libertad, declarar en contra de Maruchi. No lo aceptó.

María de Jesús Bravo Pagola, mejor conocida como Maruchi, es la tuitera que detuvieron junto con Gilberto. Ella tiene más de cinco mil seguidores y Gilberto no rebasa los 200. Maruchi alertó a la población sobre una balacera por la zona de Mandinga, en el municipio de Alvarado, cerca del puerto.

"Yo estuve confinada en una celda de castigo. Mis dos brazos abiertos no cabían en ese miserable cuartucho. Permanecí en un apando. Nunca he usado un cuerno de chivo ni corté cabezas. Recientemente pasé por una operación de siete horas por los golpes que me dieron con la culata de un AK-47 en el plexo solar. Tenía una hernia y me la sacaron", me cuenta Maruchi, quien asegura que conoció a Gilberto en el trayecto de 90 kilómetros que separan al puerto de Veracruz de Xalapa. María de Jesús recuerda que el profesor de matemáticas le dijo:

—A mí  también me hackearon.
—A mí no me hackearon nada —respondió ella.

"Era un joven con el pánico en el rostro. Íbamos esposados de pies y manos, y él, al descubrir a la gente de prensa a las puertas de la cárcel, intentó cubrirse la cara. Le supliqué: '¡Por favor! No lo hagas. No hiciste nada malo. ¡Levanta los brazos! Que el mundo vea que nos llevan esposados por cuidar a la población'", recuerda Maruchi, una tuitera que en los últimos tiempos es invitada de honor en algunas escuelas para hablar de su experiencia en las redes sociales.

En su defensa salieron organismos internacionales, asociaciones de África, Asia y otras partes del mundo, Amnistía Internacional, Reporteros Sin Fronteras, confederaciones de iglesias evangélicas, colectivos de activistas digitales y el Arzobispado de Xalapa. Y por fin, el 21 de septiembre, Reynaldo Escobar Pérez, en su carácter de Procurador de Justicia de la entidad, se desistió de la acción penal ejercida contra los acusados.

Después de los 27 días en la cárcel, Gilberto y Maruchi atendieron a cadenas internacionales como CNN, la BBC o Al Jazeera, esta última juró que ellos se encargarían de que su caso trascendiera en el Mundo Árabe, donde una serie de revueltas comenzaron desde enero de 2011, muchas de éstas organizadas o motivadas desde las redes sociales.

"Mi hijo no es un terrorista"

Sentada en La Piragua, con un estambre y unas agujas en las manos, doña Anita me dice que cómo pueden pensar todavía algunas personas que su hijo es un terrorista si nunca fue de amigos ni de andar en las esquinas. "¡Bueno! Ni noviero fue el muy menso". La mujer salió en defensa de su hijo como pudo. En la Caravana por la Paz, que encabezó el poeta Javier Sicilia en Xalapa, se subió a lo alto de un templete de madera aunque las manos le sudaban y no sabía qué decir. "Siempre me ha dado pena hablar en público", me confiesa. Esa tarde, una sensación de escalofrío le recorrió el cuerpo mientras cientos de personas con hijos o familiares muertos o desaparecidos la miraban expectantes. Y entre otras frases, atinó a decir: "Dios sabe que mi hijo no es un terrorista". Entre las primeras cosas que le llevó a Gilberto a la prisión de Pacho Viejo estaba una Biblia y la oración del Justo Juez, cuya imagen carga en el bolsillo de su babero, y cada noche le reza.

Fidel Ordóñez, el abogado que asumió la defensa de Gilberto y de Maruchi dice que "los acusaron por cruzar la raya amarilla, sin que existiera una ley que dijera que aquel que la cruza comete un delito. Por escribir 140 caracteres en una computadora se les juzgó como si ellos fueran los pilotos de los aviones que derribaron las Torres Gemelas en la capital de Nueva York. Una pena ridícula y absurda. ¡Una aberración jurídica!".

Volviendo a la vida

Le he pedido a Gilberto que nos permita acompañarlo a la academia donde imparte sus clases de matemáticas. El fotógrafo Horacio Zamora podría tomar algunas imágenes mientras él trabaja con sus alumnos. Gilberto titubea, se resiste. Dice que no es lo más conveniente, que el director de la academia podría molestarse si descubre nuestra presencia. La verdad es que teme perder su empleo. Para él ha sido "una bendición" haber retornado a las aulas. ¿Quién diablos va a querer darle trabajo a un terrorista?, fue una pregunta que muchas veces le pasó por la cabeza.

Las primeras semanas que siguieron a su liberación, el profesor sólo quería permanecer en casa. La posibilidad de salir a la calle le aterraba. No podía dejar de pensar en que la policía iría por él de nueva cuenta. Escuchaba una sirena de ambulancia y el miedo se convertía en un nudo en la boca del estómago. Sentía veloces palpitaciones, nervios, ansiedad.

Hay algunas raíces blancas en su cabello. Me dice que la tensión que vivió le cobró factura: no sólo el pelo se le volvió blanco, el cual ahora se pinta de negro, también se le presentó una parálisis facial a los tres meses de salir de la cárcel. El síndrome de estrés postraumático, propio de personas que han sufrido un episodio dramático en su vida, como un secuestro, una guerra o una violación, apareció de pronto en Gilberto al querer comunicarse. Comenzó a arrastrar las palabras, el nervio facial no le respondía. Entonces tuvo que ir al médico, tomar remedios y recurrir a la fisioterapia.

A todo lo anterior se agregó la tragedia de que su pareja, con quien llevaba varios años de relación, decidió separarse de él, por temor a ser involucrada en los probables delitos de terrorismo equiparado y sabotaje. Buena parte de los ocho meses desde que abandonó la prisión de Pacho Viejo los ha sobrevivido gracias a la ayuda económica que le procura su madre.

Sin embargo, a pesar de esa experiencia, su pasión y el gusto por el Twitter sigue intacto. Incluso una amiga le agradeció hace poco el haber escrito los polémicos tuits: "Si no es por ti, jamás ponen a la Marina a cuidar el puerto".

Gilberto desvía la mirada del iPad  para decirme que tras su estancia en prisión trata de ser muy puntual al volver de su trabajo. Si se retrasa algunos minutos, de inmediato llama al celular de su mamá para que no se altere ni se preocupe.  "¿Sabes? Todavía hay gente que me ve con desconfianza y recelo. Todos los que se decían mis amigos, me cancelaron de su página de Facebook".

El iPad se lo compró su mamá en abonos el día de su cumpleaños. Y Guadalupe, su única hermana, que va y viene por la fonda con los tamales de barbacoa, puso el dinero para otra computadora de escritorio que consiguió por dos mil pesos en una casa de empeño. El profesor asegura que no gana más de cinco mil pesos por mes dando clases.

"Nunca volveré a ser el mismo, quedaré marcado con la etiqueta de terrorista", me susurra Gilberto. Asegura que en Veracruz, una de las ocho entidades más violentas del país, "siguen pasando cosas" que nadie da a conocer por miedo a represalias, incluido él, que sigue escribiendo en internet de todo, excepto de asuntos de balaceras, seguridad y violencia.

En el local de doña Anita, una  mujer de 72 años,  hay una decena de fotografías de reconocidos músicos como el salsero Óscar de León, la Sonora Santanera y Celia Cruz con sus grandes labios por allá. Pero destaca un altar, casi de piso a techo, dedicado a la Virgen de Guadalupe. Frente a esa imagen cada 11 de diciembre en la madrugada hay una misa y un mariachi cantando las mañanitas. Con mayor razón fue así el año pasado. En este ambiente salsero-religioso, la mamá del maestro me dice, como para resumir lo sucedido: "Ya fuimos a Puebla para darle las gracias al Justo Juez. Él también fue acusado injustamente cuando lo presentaron ante Poncio Pilatos". Gilberto escucha a su mamá, atento, con la misma tranquilidad que me mostró el último tuit de la tarde,  ese que hablaba de Dios, y enseguida sigue comiendo de la especialidad de la casa, un generoso coctel de Vuelve a la vida.

 

ÓSCAR JIMÉNEZ es un periodista independiente que no tiene cuenta de Twitter ni desea tenerla después de lo que ocurrió con el protagonista de esta historia. Dice que el día que decida alertar a sus vecinos sobre algún peligro, usará únicamente el correo postal (si es que funciona)