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El torero que le temía a los cuernos

Le llamaron de todo después de convertirse en el primer torero en salir huyendo del ruedo de la Plaza México. Cristian Hernández juró que no volvería a ver de frente a un toro, pero está de regreso para enfrentar su destino
Mario Gutiérrez Vega
| domingo, 8 de enero de 2012 | 00:15

Vaya ironía, terminar donde se inicia. El pasado 10 de diciembre Cristian Hernández cerró un círculo perfecto: demostró que ya no huye de los toros en la misma plaza donde hace 13 años corrió por primera vez para refugiarse de una embestida animal.

Así es la historia de este novillero que llegó a la Plaza Santa María de Querétaro para borrar su pasado y acabar con sus fantasmas. Cristian volvió al ruedo 577 días después de su segunda y más famosa huída: aquel bochornoso 13 de junio de 2010 en la Plaza México, cuando hizo una pausa en el toreo.

Regresó porque está convencido de que el pasado puede desaparecer con una estocada. Hace 13 años, cuando era un niño de 10, había que tener muchos huevos para encontrarse con una bestia del mismo tamaño. Como pudo  —y en cuanto pudo— el pequeño Cristian le dio tres pases y salió corriendo detrás de la barrera. Le insistieron varias veces para que volviera, pero se quedó donde estaba. No, no y no.

Al día siguiente de la  huída volvió a entrenar como si nada, pues no tenía escapatoria. Monserrath Galván decidió que su segundo hijo debía cambiar el balón por los toros. “Era malito en el futbol”, asegura la mamá de Cristian. En las paredes de su casa en Querétaro no hay fotos de la familia. Desde hace años las imágenes de Cristian son las únicas visibles en los muros de la sala: en traje de luces, altivo frente a un toro, triunfando. Su abuelo José siempre tuvo la ilusión de torear, pero no pudo costearlo, y heredó a Román Hernández, papá de Cristian, el gusto por la fiesta brava y los trajes de luces.

Cristian tiene cara de buena persona, y a decir de sus amigos y familiares, es una buena persona. Es amable. Esboza una tímida sonrisa cuando habla y se lleva la mano a la barbilla constantemente. No tiene cadenas ni pulseras, sólo un reloj Omega. No usa amuletos. Su signo es tauro con ascendente acuario. Nació el 20 de mayo de 1988. Tiene 23 años. Los astros dicen que es independiente, individualista y obstinado, con un carisma inmenso que le proporciona muchos amigos. El zodiaco apunta que su familia es un apoyo básico que le da seguridad y respaldo. Es cierto, Cristian convive con su familia, no escapa de ella. Los fines de semana él y sus hermanos llegan temprano al Mercado de la Cruz para ayudar a su papá en la venta de carnitas.

Estudia ingeniería y es atractivo. En España exaltaron su físico y le dijeron que se parecía a Chayanne, pero Cristian no sabe bailar como el cantante. Por eso no va a los antros.  Torear le impuso una dura rutina: correr, pilates, toreo de salón, gimnasio.


El primer tercio: el paseíllo

Es el preferido de papá y mamá. Sus dos hermanos —Víctor Hugo de 25 años y Jesús de 20— no tienen la misma atención. Basta consignar que justo antes de su primera presentación en la Plaza México el 21 de junio de 2009, la familia se enteró de que Jesús requería una operación de tiroides. No era grave, así que sus padres decidieron posponer la intervención para que Cristian estrenara capotes y un traje de luces. Pero la corrida pasó sin pena ni gloria. “Intrascendencia total”, escribió la agencia Notimex sobre su faena. En el primer toro, silencio. En el segundo, silbidos y abucheos. “Me sentía miserable, mi hermano sacrificó su operación y al final no pasó nada”, rememora Cristian.

Después de esa corrida sólo pensó en volver y luchar por una revancha, en tener una segunda oportunidad en la plaza más grande del mundo. “El novillero que no triunfa en la Plaza México no puede aspirar a mucho”, asegura Renato Martínez, amigo y mozo de espadas de Cristian. La Plaza México está a la par de los cosos de Sevilla y Madrid. Ha consagrado toreros, forjado figuras y construido mitos como Manolete. Es un templo para los toreros. La México lo da todo y lo quita todo.

Para mediados de 2009 Cristian no era un novato. Tenía buenos antecedentes: cinco años como novillero y una década en el mundo del toreo. Destacaba de los otros novilleros queretanos. Los cronistas taurinos locales le reconocían su interés por tentar astados de diversas ganaderías. Alababan su valentía en el ruedo al hincarse frente a los toros y sus deseos de dar espectáculo. Ese arrojo le pasó factura. Dos marcas imborrables lleva de por vida en la pierna izquierda.

La primera el 30 de agosto de 2009 en Juriquilla, cuando el toro lo prendió por la pantorrilla y le hizo una herida de dos trayectorias. El bautismo de sangre requirió varios puntos de sutura. La segunda fue el 23 de abril de 2010 en Querétaro al torear a Pocas Pulgas, que le rasgó 18 centímetros la espinilla y lo mandó a la enfermería. “Esa cornada me puso a pensar”, reconoce Cristian. Se recuperó y siguió entrenando. Nunca habló de la profunda pérdida de confianza que le dejó la herida. Regresó a su rutina: ejercicio físico y entrenamiento para pulir la técnica. No volvió a vestirse de luces hasta la tarde del 13 de junio de 2010.

Regresar a la Plaza México era una obsesión. Cristian le marcó nueve veces a Juan Castañeda El Contador, gerente operativo de la Plaza México, para que lo incluyera en una corrida. Viajó a la Ciudad de México para presionar y llevó videos de sus mejores actuaciones.

El lunes 7 de junio volvió a llamar. La suerte estaba echada. El Contador le dijo que el siguiente domingo 13 de junio torearía. ¿Qué ganadería?, preguntó. De Haro, le contestaron. Cristian se derrumbó. “No mames, a dónde me fui a meter”, pensó. Esa semana se refugió en su preparación física. De Haro tiene décadas de criar toros bravos y que son reconocidos por muchos toreros como incómodos y difíciles de engañar.

Cristian define su bravura en pocas palabras: “Son cabrones”. Buscó en fotos de los novillos que enfrentaría y le pidió a su mozo de espadas que fuera a la plaza a revisar el ganado y le diera su opinión.

En los días previos ofreció entrevistas. “Ya se me hacía tarde para venir”, le dijo al periódico Esto sobre su regreso a la Plaza México. La nota del diario se desvivía en elogios. “Tiene valor, clase y temple”. Ninguna palabra deslizó Cristian sobre su respeto a los toros De Haro. Con nadie compartió lo que sentía. Ni con sus papás. Sólo a Yamilet le comentó que estaba presionado y nervioso, pero nada más. Y así llegó a México, incierto entre las dudas y el miedo.

El segundo tercio: la huída

Ese domingo 13 se pronosticó un día gris en la capital. Aunque preveía calor, el parte meteorológico anunció lluvias por la tarde y vientos variables de 15 a 30 kilómetros por hora. El mundial de Sudáfrica arrancaba y en la televisión el plato fuerte era el partido Alemania contra Australia. Acompañado de Pedro Escamilla, que fungía como su apoderado, Cristian llegó el día anterior al hotel Holiday Inn cercano a la Plaza México. Durmió solo en la habitación 401. Despertó el domingo como a las 5 de la mañana, pero tardó una hora en saltar de la cama. Desayunó  carne asada, fruta y dos vasos de jugo de naranja pero apenas y tocó la comida. Recuerda que sus manos comenzaron a sudar. Subió a la habitación.

A unas cuadras de distancia, en la plaza se realizaba el obligado sorteo de los toros. Su apoderado sacó dos papeles con los números 151 y 137 escritos con tinta azul. Eran los animales que Cristian torearía esa tarde: Alucinado y Augurio. El nextel del novillero hizo bip-bip. Era Francisco Alcocer, quien le ayudaba con las relaciones públicas. Le informó el resultado del sorteo. “Está bonito tu lote”, le dijo.

Cristian habló muy poco durante toda la mañana, lo indispensable. Renato Martínez, su mozo de espadas, dice que en la habitación apenas cruzaron palabras mientras arreglaba el traje y los implementos para torear. Cristian veía la televisión con el volumen bajo. Raro en él, que siempre ponía música para animar el momento. Renato terminó de limpiar las espadas y comenzó a hablarle sobre la importancia de ese día y lo que significaba para su futuro. Más que ayudante, era su confidente en la barrera, un psicólogo in situ, un animador que habla al oído.

Cristian fue a ducharse y salió del baño con los leotardos de torero ya puestos. Extraño. Nunca hacía eso, siempre los colocaba en la cama y de ahí los tomaba. El mozo de espadas se fijó en el detalle, pero no le dio importancia. Cristian comenzó a enfundarse en el traje de luces. Rosa y oro para la ocasión. Siguiendo el ritual, introdujo primero la pierna derecha en el pantalón. Jamás la izquierda. Absorto, se inclinó hasta la rodilla para terminar de ajustar el pantalón. Volvió a sentir las manos sudorosas. Como para espantar el susto, deslizó su mano derecha por el muslo hasta el contorno de la entrepierna. El torero se acomodó su miembro viril.

Renato le ayudó a entallar el fajín en la cintura. No hablaron. Con el torso desnudo, Cristian estiró el brazo derecho y la camisa blanca se deslizó por sus músculos. Jamás hay que poner primero la manga izquierda. Superstición de torero. Para entonces ya estaba en un mueble de la habitación el pequeño altar itinerante que acompañaba al novillero en sus corridas: San Charbel, la Virgen de la Macarena, la de Guadalupe…

“Es el momento más importante de un torero, cuando se viste uno y se sabe que ya es hora, que estás con tus miedos, que vas a jugarte la vida”, cuenta Renato con solemnidad.

Cristian fue el primero de los toreros en llegar a la Plaza México. Se dirigió a la capilla de la plaza y rezó de memoria: “Oh Señor del gran poder y majestad, dador de las fuerzas y cualidades. Te pido perdón por mis debilidades humanas. Te ofrezco sinceramente mi actuación de este día”. Es la oración que aprendió a los 10 años. En el túnel de la plaza se quedó solo. Sus manos sudaban. Mamá, hermanos y amigos ya estaban sentados en las gradas.

En sus 54 novilladas Cristian nunca toreó más de dos veces con plaza llena. Aquel 13 de junio de 2010 no sería la excepción, llegaron menos de dos mil personas con boleto pagado a una plaza  para 41 mil 262 asistentes.

Al filo de las 16:00 horas hicieron el paseíllo inicial Cristian, David Aguilar y Alfonso Mateos, que inició la corrida escuchando aplausos con el primer toro. Cuando Alfonso supo que torearía uno De Haro, ni se inmutó. Lo consideró una buena noticia. Siguió el turno de Cristian y Alucinado. Román Hernández, su papá, caminó por un túnel y dejó atrás el ruedo. Se plantó en el circuito externo de la plaza que está a un costado de la reja para no ver la corrida. Siempre lo acompañaba a las plazas, pero nunca lo veía torear.

Cuando el 1 de junio de 2007 el toro Cortijero le fracturó la tibia y el peroné a Cristian, Román estaba en el Cinépolis aledaño a la Plaza Santa María de Querétaro comprando palomitas. Ha sido el primero en apoyarlo como novillero, pero eso de verlo enfrentar cara a cara a una bestia no le sienta bien. Desde el circuito externo de la Plaza México escuchó gritos y una sonora rechifla. Movido por la curiosidad volvió a las gradas. Cristian apenas había logrado dar unos pases con la muleta e intentaba matar al toro. Con media espada en el lomo, Alucinado seguía de pie.

En lo alto de las gradas el juez de plaza Roberto Andrade, la máxima autoridad en el recinto, marcó los tres avisos reglamentarios para despachar al toro, pero el novillero no le hizo caso. Alucinado regresó vivo a los corrales. Cristian volvió a la barrera, se lavó las manos y le soltó a Renato: “Si estoy mal en el otro (toro) me retiro”.

Cristian no sabe con exactitud qué pasó por su cabeza. Ya había llovido un poco y comenzó a sentir las piernas pesadas por el agua impregnada en el traje de luces. Recuerda que una de sus frecuentes pesadillas pasó por su mente:  era perseguido por un toro que lo embestía.

La llovizna se convirtió en aguacero cuando Augurio, el segundo toro de Cristian, entró a la plaza. En minutos la tierra del ruedo  era un lodazal. La mayoría de los espectadores subieron a la zona de palcos para resguardarse y seguir la corrida.

 En ese momento no había posibilidad de suspenderla. Si un toro llega al ruedo no tiene escapatoria: se le indulta o se le mata como sea. “Bajo estas condiciones el matador no necesariamente tiene que hacer una faena, con que lo mate”, explica el juez Andrade.

Bajo el chaparrón salieron los picadores. El juez de plaza autorizó que sólo se pusieran dos pares de banderillas para no arriesgar a los banderilleros. Cristian tomó la muleta, caminó unos pasos y Augurio embistió contra él. Apenas le dio un muletazo Cristian corrió despavorido por el ruedo hacia la barrera. Correr era algo que parecía imposible con sus diminutas zapatillas de torero en esa pastosa tierra. Saltó la barrera y ya en el callejón hizo un ademán levantando el brazo derecho: ¡a la chingada! Los gritos y silbidos del público se soltaron. Caminó por el callejón. Su apoderado y el mozo de espadas se acercaron a preguntar qué pasaba.

—¡Mátalo! —le dijeron.

—No lo mato —respondió.

El caos comenzó. En las gradas estaba su amiga Yamilet, como siempre que Cristian toreaba. Era incondicional. Lo había visto en las buenas y en las malas, pero esto era insólito. Se quedó en shock. Un grupo de amigos de la familia había rentado un autobús para viajar desde Querétaro y apoyar a Cristian. Karla Amarillas, otra de sus más cercanas amigas, dejó de grabar con su cámara de video cuando saltó la barrera.

Empapada por la lluvia, no comprendía nada. Desde el palco del juez de plaza se observaba que el callejón era un desastre, un lío. “No entendía lo que estaba pasando ni por qué razón había salido corriendo”, rememora Roberto Andrade, que en sus cuatro años como juez de plaza asegura que  jamás había presenciado que un torero dejara ir vivo a un animal ni que saliera en estampida. Y lo que le faltaba por ver.

En el callejón, su fiel mozo Renato le advirtió a Cristian que por no matar al toro iría a la cárcel. El juez de callejón se acercó. También uno de los dos policías que estaban detrás de la barrera. El novillero se quedó inmóvil. Andrade se comunicó por radio con su juez de callejón.

—¿Qué está sucediendo?

—No quiere salir a matar el toro. Que tiene miedo.

—¿Cómo que tiene miedo? Dile que seamos serios, que está anunciado en un espectáculo y hubo gente que pagó por verlo, que tiene un contrato y la obligación de salir a matar al novillo.

—Que no quiere, que porque le faltan huevos.

 

¿Muerte o cárcel?

El juez de callejón le advirtió que podría tener sanciones legales por incumplir el contrato, pero Cristian permanecía inmóvil. No le importaban las amenazas. Tampoco los gritos que crecían desde la grada. Los aficionados estaban furiosos. De pronto, Cristian salió del callejón, caminó en el ruedo y se llevó las manos a la nuca para quitarse el añadido de tela que simula una coleta. En el toreo es la firma de renuncia. El retiro. Cinco años de novillero desaparecieron de golpe. Adiós a las futuras novilladas en Ecuador y Colombia, las primeras fuera de México que ya tenía comprometidas. Adiós a la fama, mujeres y dinero que alguna vez soñó obtener.

El destino jugó su parte y la fama sí llegó. Al regresar al callejón ya lo esperaban cámaras y micrófonos. “Hay que ser consciente con uno mismo, si me faltó capacidad, me faltaron un par de huevos, esto no es lo mío y la he pasado mal”, dijo en un acto de sinceridad. Sus palabras sirvieron para titular las crónicas del día siguiente. Fue llamado “el torero sin huevos”. La noticia encontró espacio en portales de Italia, Hungría, Turquía, España, Alemania, Francia, Estados Unidos… En decenas de países se interesaron por su huida. El diario inglés The Guardian y el español El País le dedicaron artículos. La carrera de ese día por el ruedo tiene 150 mil vistas en YouTube, mientras que los videos de sus faenas no llegan a las 10 mil.

Al escándalo de voces e improperios que retumbaron en la plaza casi vacía se sumó una lluvia de cojines. Andrade volvió a comunicarse con su juez de callejón para que le dijera a Cristian que aún tenía la obligación de matar al toro, con o sin añadido. La respuesta fue la misma: No, no y no. Recibió los tres avisos reglamentarios. Augurio regresó vivo a los corrales. Su amiga Karla comenzó a llorar. “Es que Cristian quería llorar y ahí fue cuando me ganó el llanto”, recuerda.

La corrida se suspendió. El juez de plaza consideró que era imposible seguir por los grandes charcos que había en el ruedo. El sexto toro se quedó en los corrales. En los 64 años de historia de la Plaza México no había sucedido algo similar. Nunca un torero había huido así por el ruedo, dejaba vivos dos toros y se cortaba la coleta. Todo de  golpe.

Un policía tomó a Cristian del brazo para llevárselo, pero su mozo de espadas lo impidió. “No lo jale, no es ningún ratero, diga por dónde nos vamos”, espetó Renato al oficial. Los inspectores de la Delegación Benito Juárez del Distrito Federal y los organizadores llegaron a un acuerdo para que Cristian fuera al hotel a cambiarse y después acudiera con un juez cívico. Los gritos desde la tribuna no cesaban. Aquello era un caos.

El mozo de espadas sacó al novillero por el patio de caballos y se fueron a su automóvil estacionado en el circuito exterior de la plaza. En el vehículo ya los esperaban tanto los periodistas como los aficionados. Entre gritos entraron al carro, rodeado por un tumulto. La gente seguía furiosa. Pegaban puntapiés en la lámina y puñetazos en los vidrios del Volvo. Insultos por doquier. En el coche también iban el juez de callejón y un policía. Salieron muy lentos de la plaza.

Llegaron al Holiday Inn, donde varios amigos ya esperaban a Cristian. Camino a la habitación se dio tiempo para soltar una broma.

—¿Cómo ves cabrón?, me van a meter al tambo —le dijo Cristian a uno de sus amigos.

—Si te meten nos vamos todos para adentro —le contestó Alejandro Alegría, contundente.

Ya en el cuarto, se quitó el traje de luces y se duchó. Alejandro recuerda que Cristian estaba tranquilo. “Incluso creo que cantó cuando se estaba bañando”, cuenta. Su familia llegó a la habitación.

“¿Estás bien?”, le preguntó su mamá. “Sí”, contestó el torero. “Lo que venga Cris, y no agaches la cabeza”.

Poco después de las 19:00 horas se presentó ante un juez cívico de la Delegación Benito Juárez. El tumulto no había desaparecido. Periodistas, amigos y familiares lo acompañaron. “Tuve miedo”, declaró Cristian ante el  juez. La autoridad revisó el reglamento  y no encontró nada que imputarle. Tampoco había una denuncia de los organizadores. Después de tres horas salió libre.

El tercer tercio: la burla

Al día siguiente, las llamadas a su celular no cesaron. Amigos y toreros estaban interesados por su estado de ánimo. Los programas de televisión y radio solicitaron entrevistas. En Facebook y en su correo electrónico había mensajes de apoyo. Héroe para unos, villano para otros. PETA, la principal organización defensora de animales en Estados Unidos, le comunicó que era acreedor al certificado Real Men are Kind to animals por no matar a los toros y ofreció pagar la multa que le impusieran las autoridades por su negativa. Pero Cristian no quería leer ni  escuchar lo que se decía de él.

Tres días después de ese fatídico domingo recibió una llamada desde España. La televisora Antena 3 le ofrecía ir a Madrid con todos los gastos pagados para presentarse en dos programas de chismorreo. Cristian no conocía España y era una de sus grandes ilusiones. Aceptó y firmó un contrato. Asegura que nunca lo leyó. “Ni investigué de qué eran los programas, pensé en irme para que no se hablara de mí”. Estuvo en España 10 días. Toreó un becerro para uno de los programas y salió al aire con un traje de luces. El contrato lo estipulaba. Fue la comidilla en México y España.

“Ahí empezó la pesadilla”, dice el papá de Cristian. Observó que su hijo se desplomaba ante el alud de comentarios en contra. En las calles de Querétaro algunos lo reconocían, otros escuchaban su nombre y de inmediato sabían que era “el torero sin huevos”.

En los portales taurinos lo acusaron de hacer una farsa, de buscar publicidad para impulsar su carrera de torero. Decían que anunciaría su vuelta a los ruedos y así llenaría plazas al usar el mote de “el torero sin huevos” como gancho. Cuando el 1 de julio de 2010 una nota en mundotoro.com informó que Cristian regresaría a torear en la plaza de Huamantla, los aficionados taurinos volvieron a enfurecer.

El sitio inter-toros.com organizó un debate sobre su regreso. Los participantes le dijeron mamarracho, marica, payaso. La noticia era falsa. Sí había una propuesta para torear en Huamantla, pero rechazó los 75 mil pesos. Dijo “no” a una tentadora cantidad, que jamás visto  en toda su carrera.

Volvió a las plazas, pero como mero espectador. Los aficionados lo reconocían y se tomaban fotos con él. Cristian se dio cuenta que los reflectores seguían sobre su figura. La fama estaba ahí, sólo a la vuelta de un capotazo.

Motivado por su novia Andrea Rivera y por el matador José María Luévano, en los últimos días de octubre de 2010 comenzó a tentar vaquillas. Retomó contacto con promotores y ganaderos. Se ilusionó de nuevo. En 45 días toreó más de 30 vaquillas en ganaderías de Querétaro, Guanajuato y Tlaxcala. Volvió a levantarse temprano para correr. Así, con la confianza en alto, decidió que volvería a los ruedos. ¿Qué podía perder?, peor que en la Plaza México no le podría ir.

Desde hace un año trabajó en su preparación física y pulió su técnica con el toreo de salón. Con todo, en lo que más se ha esforzado es en lo mental, para Cristian el poder de la mente es todo y la confianza está a dos palabras de distancia. Basta decirle matador o torero para ponerlo a volar.

En diciembre de 2010 le pregunté que si era consciente de lo que generaría su regreso a los ruedos, en donde seguro habría morbo, burlas e insultos en su contra. Coincidimos en que si el retiro había sido controvertido, la vuelta sería igual de polémica.

“Maricón es lo menos que voy a escuchar. Tengo que estar muy fuerte de la mente y preparado. Me hice una fama de un torero sin huevos, sé que puedo torear una tarde bien y salir adelante. Con tantitos huevos que le eche puedo voltear la tortilla, con huevos puedo cambiar todo”, me dijo hace un año. Así ha vivido desde entonces, pensando en el día en que un par de huevos hagan la diferencia.

En su regreso del pasado 10 de diciembre no escuchó insultos, nada de maricón ni torero sin huevos. Recibió aplausos en la faena de sus dos toros y silbidos al momento de matar. Mucho valor, pero poca técnica y recursos, decía la crónica de Notimex.

El novillero que trastocó los esquemas de la fiesta brava y echó por tierra la imagen de virilidad eterna e inacabable de los toreros volvió a darse de alta en la Asociación de Matadores. También ha llenado su agenda: el 1 de enero está anunciado para la tradicional corrida en la Plaza Santa María de Querétaro y después toreará en Acapulco, Puerto Vallarta y el norte del país.

Cristian Hernández está de vuelta. Quiere enterrar sus miedos en el ruedo aunque siempre los encuentre frente a él en la enfurecida mirada del toro. Así, cada que quiera olvidarlos, los recordará. Vaya ironía.

 

MARIO GUTIÉRREZ apenas sabe de toros, pero desde que conoció la transgresión de Cristian a los mitos de la fiesta brava viajó a Querétaro para acercarse a esa historia. Es periodista independiente y extraña redactar en su máquina de escribir eléctrica y utilizar liquid paper