Cuando leí Otelo, en la adolescencia, pensaba que los escritores tenían una imaginación incontenible y que los celos eran parte de la literatura. Aún no sabía que la realidad les regalaba todo y que cuando las obras llegaban a nuestros ojos, las acciones estaban sublimadas. No sabía lo rasposa que era la realidad.
Nunca imaginé que me encontraría con varios hombres que creían ser Otelos, y que cada uno quería montar escenas en la cotidianidad. Poco a poco aprendí que los celos no eran una metáfora y que había personas, hombres y mujeres, que deseaban ver sus pequeñas obras de celotipia.
De esta manera, conocí a diferentes sujetos, que creían hacer muy bien su papel de varones celosos. Unos más, otros menos. Pude atestiguar, con cierta sorpresa, cómo la enfermedad de los celos atacó a uno, con quien fuimos pareja de forma prolongada. Supongo que sus carencias incrementaban los celos que sentía de otros que llamaban mi atención por diversas causas, como sus logros profesionales, sociales o amorosos.
Él no sabía que Rubén Bonifaz Nuño había escrito “Pobre de mí que a veces he pensado,/ que muchas veces he querido,/ fabricarte una jaula/ con mi ternura, mi dolor, mis celos,/ y tenerte y guardarte allí, segura,/ lejos de todo, mía/ como una cosa, tierna y desdichada”.
El asunto es que yo sabía volar sobre el mar y sobre el asfalto y sabía sonreírle a todo el mundo, abrazar, morder manzanas y beber vino; por tanto, me costaba trabajo entender que aquella pareja viera en cualquiera hombre a un rival inminente.
Y ocurrió que como yo admiraba la trayectoria profesional de muchos amigos, sobretodo de uno en especial, el individuo empezó a imaginar una serie de historias que lo llevaron a desear tenerme en una jaula. Su mente logró crear una bola de nieve con dinamita adentro. Juraba que yo tenía amoríos con el otro. Su actitud generó un conflicto severo entre los dos. El nudo tardó varios días en aflojarse. Y nunca se deshizo del todo.
No había traición, él la inventó. Cuando se cree que hay engaño, dice Carmen Posadas en su libro Un veneno llamado amor: “La rabia crece y crece. El veneno acumulado en su interior les sube al cerebro. Son minutos de irracionalidad en los que desaparece el dolor, en los que se desdobla la personalidad del amante rechazado. Su acto no es un acto de amor sino de desesperación”. Vino un error tras otro: convertirse en auténtico guarura; hacer de su lengua una flecha, sin veneno; intentar entrar a mi correo; violar mi agenda; mirar mi celular…
Un día me pregunté qué tanto veía él en mi amigo como para morirse de celos. Me di cuenta de que aparte de sus éxitos profesionales no estaba nada mal. Lo que resultó alucinante es que cuando mi camarada me presentó a su novia, ella, desde el primer momento y las pocas veces que nos llegamos a ver, me miraba con unos ojos de “muérete”. Cuando le conté a una amiga escritora gritó: “¡No, ése es un cuento fallido”. Y sí era fallido, pero real.
Finalmente, dejé a mi novio, al igual que a otros celosos que se han cruzado en mi camino. Con éste me tardé un poco más, pero lo logré. Han pasado años. Mi amigo ha seguido cosechando triunfos y los comparto como si fueran míos. Los dos aplaudimos el verso de Neruda: “No me hieras a mí porque te hieres”. Hemos reforzado nuestros lazos. Y además, hemos descubierto algunos lugares de la ciudad que incitan a la cercanía.
LUCÍA RIVADENEYRA es poeta por necesidad, profesora por pasión, madre por decisión, moreliana por suerte. Y celosa discreta