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El gran maestro Peluche

Este no es un cuento. Rafael Reynoso es un niño grande, de carne y hueso, que destinó tres años de su vida para aprender una peculiar técnica: dominar la garra de una máquina y cazar a todos los muñecos que se dejen
TÉCNICA. En menos de tres años pescó más de 300 peluches de las maquinitas de los supermercados (FOTO: Alejandro Toledo )

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Alejandro Toledo
| domingo, 5 de febrero de 2012 | 01:12

El talento de Rafael Reynoso  —poder sacar con cierta facilidad peluches de las maquinitas que hay en los centros comerciales (calcula que en tres años pescó más de 300)— fue también su enfermedad cuando llegó a convertirse en una compulsión

En los últimos meses le ocurrió que no le satisfacía la experiencia con una sola máquina y peregrinaba por la ciudad en busca del muñeco dorado: una tarde, por ejemplo, empezó en un supermercado de Universidad y Miguel Ángel de Quevedo y después  caminó por esta última avenida de la Ciudad de México; hizo una parada en otro supermercado y luego cerró  la jornada en la Terminal de Autobuses del Sur. 

Rafael Reynoso no se podía detener, era un zombie de los peluches, y entre más ganaba, más quería. Por eso anuncia, para tranquilidad suya y de quienes administran esas maquinitas, que durante este año 2012 no habrá más capturas. Abandona. Se retira. Considéresele un jubilado del peluche. Porque no tomará de nuevo la palanca. Ya no.

¿Mala suerte?

En el comienzo fue la curiosidad: toparse con la maquinita, arrojar la moneda y no obtener nada. Lo que le pasa a todo mundo. Pensó, no obstante, que podría tratarse más de técnica que de suerte, y estudió el asunto: el movimiento de la garra, la posición del peluche… Y llegó el día en que obtuvo su primera presa: fue una fea amazona que sujetaba una varita verde. Era 2008, Rafael Reynoso tenía 36.

Se acostumbró, cuando tenía que ir al supermercado, a echar una o dos monedas de cinco pesos en las maquinitas. A veces caía el peluche, a veces no.

No olvida que cuando sacó el primer peluche iba con su hermano Luis, quien le dijo: “Toma una moneda y saca un peluche”.

Como si lo estuviera programando para la que sería su vida en los siguientes tres años.

“Vamos a ver peluches”

Ocurrió después que consiguió un trabajo con horarios fijos. Después de comer, para estirar las piernas caminaban en grupo por la zona y a veces se detenían en el supermercado. Un día uno de sus compañeros de oficina vio la maquinita y dijo que de ahí no se sacaba nada, que era puro robo. Otro estuvo de acuerdo. Y al instante Rafael les mostró que se podía: como en un acto de magia echó la moneda y sacó el peluche. Les explicó cuál era el truco, que se trataba no de pescar el peluche más bonito sino el que estaba en mejor posición, más a la mano, que uno acostado era más fácil de agarrar… Y ahí el ritual se volvió cotidiano y Rafael se convirtió en El Maestro Peluche.

Llegaba alguien nuevo a la oficina. Si les caía bien lo invitaban a comer; y ya en el postre le decían: “Te vamos a llevar a ver peluches”. Lo que despertaba, no sabemos por qué, imágenes lúbricas, pues a veces entre hombres la palabra “peluche” esconde la ilusión de damas encueratrices… Y el peluchero principiante se dejaba conducir con desconcierto hasta el supermercado y la maquinita.

—¿Cuál fue su primera hazaña, Maestro Peluche?

—Cinco peluches por día. También he tenido suerte de que con una sola moneda salgan dos. En una semana he llegado a sacar hasta 11… Aunque también ha habido días en que invertí alrededor de 50 pesos,  y no saqué nada.

—Y se ha ido usted haciendo de discípulos...

—Uno es mi hermano Luis: su producción no es alta pero es bueno en la técnica. Si en estos tres años yo llevo más de 300, en el mismo periodo él habrá sacado unos 50. Los otros son mis compañeros del trabajo, con cifras similares a las de mi hermano.

En grupos de cuatro o cinco personas llegamos a sacar en una tarde, entre todos, cinco o seis peluches.

—¿También ha tenido experiencia internacional?

—En Bogotá me tocó sacar dos peluches de forma simultánea en máquinas vecinas. La chica que iba conmigo quedó asombrada.

—Se obsesionó usted, ¿es así?

—Pasa a veces que el peluche es muy bonito y uno quiere obtenerlo, o ya se invirtió cierta cantidad y resulta absurdo abandonar la caza cuando lo tienes prácticamente en el bolsillo: se te acaban las monedas, vas a cambiar y en esa pausa alguien que pasa por ahí ve el peluche a modo y se lo lleva. Eso es frustrante. O metes una moneda y sacas un peluche, metes otra moneda y sacas otro peluche…

Pero viene luego una mala racha, de la que uno se da cuenta cuando ya se te acabó el dinero. Se dice que los peluches son como las

mujeres: cuando no quieren, no quieren… Es un vicio, sí, puede convertirse en un vicio. En mi caso lo ha sido. Por eso decidí dejarlo. Ahora miro de lejos las maquinitas o instruyo a quien quiera iniciarse en este arte.

 

ALEJANDRO TOLEDO es escritor y periodista. Tiene en prensa el libro de ensayos "El hombre que no lee libros". Durante el 2010 logró pescar poco más de cincuenta peluches en un supermercado del sur de la Ciudad de México