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El gay power tapatío

La presión social de los homosexuales de Guadalajara ha logrado ensanchar las libertades en lo que ahora llaman la ciudad más gay del país, un paraíso”. Porque en los años 20 había redadas para detenerlos; en los 40 y 50 eran encarcelados sólo por tener aparicencia afeminada o por tener relaciones sexuales anormales. Este es un recorrido por la vida liberal de una ciudad con élites conservadoras
Por Ignacio Alvarado Álvarez. Fotos de Natalia Fregoso
GUADALAJARA, Jalisco | domingo, 3 de junio de 2012 | 00:10

En la pantalla de plasma un hombre se encamina hacia la puerta. Lleva peluca, aretes y un vestido de noche que le resalta el trasero. Antes de salir, su padre se pone de pie e intenta detenerlo. Él sonríe desafiante mientras un halo luminoso lo envuelve. La intensidad creciente de los sintetizadores prepara el estribillo: Y todos me miran, me miran, me miran, porque sé que soy fina, porque todos me admiran/ Y todos me miran, me miran, me miran, porque hago lo que pocos se atreverán. Es el potente himno contra la intolerancia grabado por Gloria Trevi en 2006. Mujeres, hombres y transexuales saltan, bailan, chocan entre sí al compás de la canción. Dentro del bar Ye Ye, en el enardecido corazón de la zona gay tapatía, no queda en pie ninguno de los muros del pudor.

"Ve esto: aquí nadie tiene miedo de ser como es".

Ella es Yera. 34 años, lápiz labial rojo, pestañas postizas, pupilentes verdes, tacones de doce centímetros, vestido negro y corto con destellos dorados, implantes 36 C tan desorbitados como su abundante cabellera. Abre las piernas, las flexiona, gesticula. "No creas que me visto así para salir a la calle o para ir al trabajo. Porque déjame te digo una cosa: soy la excepción a la regla. Ni me prostituyo ni estoy en una estética, que es lo único que hay para nosotras. Soy supervisora de calidad en una fábrica de plásticos donde llevo trabajando 16 años". Yera fue contratada como hombre y así aparece en los registros contables de la empresa, aunque se asuma mujer. Y la forma en que ha cambiado su cuerpo ha ocurrido al mismo tiempo en el que se consumó una transformación mayor: la de una sociedad que finalmente parece abrirse a la diversidad sexual.

Domingo de madrugada. El crucero de Prisciliano Sánchez y Ocampo es un carnaval. Los grupos salen de un antro para irse a otro. El tráfico se paraliza. Unos buscan lugar para estacionarse, otros negocian con las vestidas de la esquina. En cinco manzanas a la redonda no hay negocio sin ondear la bandera del arcoíris. Un par de docenas, para ser exactos. Guadalajara parece haber salido del clóset después de un siglo. "Ahora es la ciudad más gay del país, un paraíso". Carlos Oceguera fuma igual que habla, sin parar. Es dueño del Ye Ye y socio de La Prisciliana, el bar precopa donde se va a ligar y a calentar motores antes de la medianoche. Desde su terraza se domina la ciudad entera. Además de empresario, coordina el departamento de lenguas del Sistema de Educación Media Superior de la UdeG y preside el grupo de Diversidad Sexual dentro de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP), uno de los músculos del PRI. Desde ahí ha comenzado a penetrar al sistema político, como la humedad, dice. La idea es sacar del anonimato a los que no se animan ("que son fácilmente la cuarta parte de la población") y al mismo tiempo detonar la industria del turismo rosa, como se ha hecho a medias en Puerto Vallarta. Y la CNOP es su plataforma.

"Mira, los políticos y los gobernantes están ciegos: habiendo tanto jotito… ¡Tú los puedes ver! Hombre, Argentina nos está comiendo el mandado pudiendo nosotros atraer al turismo gay de Estados Unidos, que está aquí pegadito. ¿Y qué podemos ofrecer? Bueno, Guadalajara tiene todo: tiene los mejores antros gay, grandes hoteles, hay tolerancia —y eso puedes verlo en las calles, en el centro, donde de día y de noche es común ver a los chicos tomados de la mano sin que nadie les diga nada, cosa que no sucedía hace veinte años. Sal aquí, en los alrededores, y verás que los empresarios, que no son gay, están felices con todos nosotros, porque les dejamos lana. Aunque quizás estoy dándote la visión bonita de las cosas, la que me ha tocado ver". Puede que sea verdad: su voz es la de un gay rico, poderoso e instruido de 1.90 metros, rubio y ojos azules que ha paseado por las principales capitales de Occidente y que en dos años dentro de la CNOP constituyó grupos de diversidad sexual en 70 de los 125 municipios del estado, con presidente, secretario, tesorero y vocales cada uno. "Es cierto que la de Guadalajara y la de Jalisco es una sociedad conservadora, pero yo diría más bien que conservadora gay. De otra manera no te explicas todo esto".

Octubre 8 de 2010. Emilio González, gobernador de Jalisco, ofrece un discurso que proclama el amor de pareja como alternativa única para alcanzar la paz y armonía social. Pareja entre hombre y mujer. "Para mí, matrimonio sí es un hombre y una mujer. Qué quieren, uno es a la antigüita. Al otro todavía, como dicen, no le he perdido el asquito". Fue uno de los discursos inaugurales de la Segunda Cumbre Iberoamericana de la Familia. El otro corrió a cargo del cardenal Juan Sandoval Íñiguez: "El concepto de familia se quiere deformar y validar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y no sólo eso, sino que éstos tengan el derecho a adoptar. (Eso) va en detrimento del concepto básico de la familia". El discurso homofóbico llevaba meses en boca de los políticos y del clero. En mayo de 2009, W Radio Guadalajara organizó un debate entre candidatos a la alcaldía. Asistieron Miguel Galán, miembro de la comunidad gay y abanderado del Partido Social Demócrata; Gilberto Parra del Partido del Trabajo y Gamaliel Ramírez del Partido Verde Ecologista de México. Si hubo propuestas de gobierno nadie las recuerda, gracias a Ramírez, quien se refirió a los miembros de la diversidad como "cosas nocivas", "anormales" y "bola de maricones". El Instituto Electoral y de Participación Ciudadana sancionó a Ramírez y a su partido con una multa por 26 mil 630 pesos para cada uno. El candidato no se disculpó, como exigían organismos civiles. Lo hizo hasta que meses más tarde sus dirigentes lo obligaron, por escrito.

Al gobernador se le frenó señalándolo como homosexual reprimido en una rueda de prensa convocada por la Asociación Civil Cohesión de Diversidades para la Sustentabilidad (Codise). "Dijimos que Emilio estaba vendiendo una homofobia introyectada, que no quería salir del clóset y que por eso era ese rechazo a la comunidad gay", dice Ricardo Rincón, director de ese organismo. Jaime Cobián, el presidente de Codise, se encargó del cardenal. Se reunió con él y hablaron sobre la Ley Regulatoria del Hogar, que el Partido de la Revolución Democrática presentó como iniciativa ante el Congreso local y que el religioso había comprendido mal, creyendo que con ella las parejas del mismo sexo buscaban legalizar la adopción. Le explicaron que no era así, y terminó declarando que él no tenía nada en contra de los homosexuales, sino de aquellos que "tienen doble cara". Ramírez, el político del PVEM no volvió a abrir la boca después de ser reprendido por sus jefes. Pero en mayo de 2011, los organizadores de los Juegos Panamericanos propusieron limpiar la ciudad de "prostitutas, indigentes y homosexuales" para no dar mala cara a turistas y deportistas. "Ni siquiera supo emplear los términos adecuado", recuerda Rincón. "Y eso refleja perfectamente que el discurso pudo haber cambiado a través de los años, pero la homofobia no".

Persecuciones policiales

En 1920 la comunidad no heterosexual era prácticamente cazada por la autoridad. Los policías patrullaban la ciudad en busca de sus puntos de reunión y luego de ubicarlos obtenían una orden para realizar redadas. Hasta finales de la década de 1940, el reglamento de policía permitía detener a todo aquel individuo que, según el criterio de los agentes, pareciera afeminado. "Entonces decían que los homosexuales y lesbianas eran entes malignos, que no tenían moral. Y en los informes de los presidentes municipales solían darse este tipo de balances: 'fueron detenidos 40 carteristas, dos violadores, 50 asaltes y 110 afeminados'. Había un ánimo completamente adverso", dice Jaime Cobián. En 1950 hubo un cambio discreto pero significativo en el reglamento: en lo sucesivo se detendría a quienes sostuvieran "relaciones sexuales anormales".

A comienzos de 1980, Cobián era un adolescente que solía juntarse con otros tipos de su edad, también gays. Jugaban en el parque, como cualquiera, pero debían cuidarse cuando llegaban los "madrealocas". "Estos tipos solían bajarse de carros y nos daban en la madre a patadas o con palos", recuerda. Los madrealocas eran estudiantes de la Federación de Estudiantes de Guadalajara y del Sindicato de Camioneros. Para entonces, en la Ciudad de México la comunidad no heterosexual comenzaba a movilizarse en busca de la igualdad de trato. Se estrenaban también los términos "gay" y "lesbiana". Esa búsqueda por la no discriminación influía poco a poco en Guadalajara, pero no fue sino hasta 1982, cuando Rosario Ibarra lanzó su candidatura presidencial, que las cosas cambiaron decididamente.

Ibarra fue postulada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y en torno a ella se integró el Comité de Lesbianas y Homosexuales (CLHARI), que inmediatamente tuvo una réplica en la capital jalisciense. La plataforma política permitió por primera vez a la comunidad denunciar los atropellos policiales y la homofobia reinante. Dieron inicio las protestas pacíficas en restaurantes donde se discriminada por la orientación sexual de los comensales, y por las calles se aventuraban los primeros activistas con marchas que no sobrepasaban los cincuenta individuos, pero visibilizaban el movimiento. El PRT lanzó por primera ocasión a dos miembros de la diversidad por una diputación, Pedro Preciado y Guadalupe López, fundadora desde 1986 de la Asociación Civil Lesbianas en Patlatonalli.

Ambos perdieron abrumadoramente la contienda. No se trataba de ganar o perder, sino de tener voz política. Aunque eso haya tenido consecuencias negativas.

En 1983, los dueños de un restaurante negaron atención a un grupo de no heterosexuales. Pedro Preciado organizó entonces una manifestación que fue reprimida brutalmente por la policía estatal.

Guadalajara distaba de ser el paraíso aludido por Carlos Oceguera, el dueño del Ye Ye. Los espacios de convivencia y ligue se daban en espacios abiertos, como el Parque Revolución y la Plaza Universidad. Los lugares cerrados eran pocos, algunos cafés concebidos originalmente para público heterosexual, de hecho. Y en todos ellos se exponían a la agresión. Pero una nueva generación, políticamente poderosa, se aprestaba para expandir el horizonte de la diversidad. Entre ellos el antiguo candidato a diputado del PRT, Pedro Preciado, cuyo padre era magistrado. Preciado abrió el primer sitio enteramente gay de que se tenga memoria en la ciudad, una cantina llamada Panchos, en lo que fue una vieja casona de la zona centro. Aún así no escapaban de la ofensiva policial, que solía emprender redadas. La doble moral o el trato distinto de la autoridad, podría verse en otros dos antros similares, El Imperial y El Prado, a donde acudían militares en busca de relaciones homosexuales y al que jamás irrumpían agentes de policía para ejecutar arrestos masivos.

Nuevo siglo, rebelión gay

En 1990 la movilización de la comunidad no heterosexual alcanzó su máximo apogeo. Totalmente visible y con espacios consagrados para ellos, comenzaban sin embargo a inquietar a la parte más reaccionaria de la sociedad y sus autoridades. Ese año se eligió Guadalajara para celebrar el XIII Congreso de la Asociación Internacional de Lesbianas y Gays (ILGA). En respuesta aparecieron pintas en bardas con una leyenda criminal: "Haz patria, mata un puto". Los activistas señalaron al alcalde Gabriel Covarrubias Ibarra como artífice de la propaganda, aunque la acusación nunca llegó a los tribunales. Lo que fue un hecho es que los meses siguientes se cometieron asesinatos y se registró la desaparición de 76 miembros de la comunidad gay. Pero lo que asestó el golpe definitivo al movimiento lésbico gay fue la pandemia del VIH, del que impúdicamente se les culpó.

Tuvieron que pasar diez años para que  fuera retomado el activismo en las calles, con protestas. Todo por un hecho ajeno al tema de la diversidad.  

En 2000, el panista Alberto Cárdenas Jiménez entraba en la recta final como gobernador. Por varias entidades, miembros de la Unión Nacional de Productores Agropecuarios, Comerciantes, Industriales y Prestadores de Servicios (El Barzón) estaban desesperados. La sequía los mantenía en una miseria profunda. Culpaban al gobierno de no implementar políticas para resolver la crisis y por ello emprendieron marchas por medio país. Una de ellas, en Jalisco, fue encabezada por el diputado federal del PRD, Maximino Barbosa. A Guadalajara irrumpieron con caballos, camiones y tractores. El secretario general de gobierno de Cárdenas era Fernando Guzmán. Les advirtió a los campesinos que no entraran al centro con los tractores. Barbosa desoyó la orden y entonces Guzmán ordenó el uso de la fuerza pública. El diputado recibió una golpiza. La agresión desencadenó pronunciamientos de legisladores del PRI y el PRD, porque eran tiempos electorales. Con los reflectores puestos en la ciudad, los gays y lesbianas estaban listos para retomar las calles.

Lo primero que hicieron fue unirse a las protestas contra Cárdenas, a las puertas del Palacio de Gobierno. Después armaron una marcha que recorrió Federalismo e Hidalgo, dos de las principales avenidas que cruzan el centro de Guadalajara, hasta terminar en la Plaza Liberación. Desde ese momento los activistas no volvieron a callar. La autoridad pública no estaba en condiciones de reprimirlos por vía de la fuerza, pero el lenguaje homofóbico sustituyó a las macanas. Y lo mismo hizo el jerarca máximo de la iglesia católica, Juan Sandoval Íñiguez.

La comunidad gay identifica a Fernando Guzmán como el artífice de la rudeza oficial contra ellos. El abanderado del PAN a la gubernatura fue cuestionado recientemente sobre el tema de la diversidad en un encuentro con estudiantes del Instituto Tecnológico de Monterrey en Guadalajara. Se dijo respetuoso de las preferencias sexuales y la diversidad religiosa de los individuos, pero inflexible ante el matrimonio entre personas del mismo sexo: "No estoy de acuerdo con los matrimonios homosexuales porque no tienen el carácter de matrimonio", dijo.

La intolerancia y el discurso homofóbico fue un tiro que salió por la culata no sólo al gobierno sino a la Iglesia. Lo que provocaron con ello fue solidaridad con la causa, dentro y fuera de Jalisco. Jaime Cobián, el presidente de Codise, señala que gracias a esa actitud disminuyó la cultura de la homofobia en la sociedad, aunque las estadísticas siguen mostrando un mundo más negro que rosa. En 2010, el organismo realizó un sondeo entre 745 miembros de la comunidad gay de la zona metropolitana de Guadalajara, como parte del programa 1,2,3 en Acción, auspiciado por el Centro Nacional para la Prevención del VIH/Sida. 85% de ellos dijo haber sido víctima de discriminación y 65% de un trato homofóbico. De ese universo sólo 2% acudió a una instancia judicial o a una Comisión de Derechos Humanos para presentar denuncia.

De ese escaso 2% hay un par de ejemplos: el de Casandra, una mujer trans. Ella fue despedida de la empresa de servicios PrintPack planta Guadalajara después de 13 años. La causa fue haber entrado al baño de mujeres durante una posada navideña en 2011. En el interior fue vista por una directiva de la planta de Querétaro. Casandra interpuso queja en la Conapred y demandó laboralmente a la compañía. El segundo caso es el de Wendy, otra mujer transexual, a quien no sólo se le negó el servicio en un antro llamado Bar de Banda, en Tlaquepaque, sino que fue sustraída a golpes. Tras la golpiza los empleados llamaron a la policía. La arrestada y debió pagar multa para recuperar su libertad. Interpuso demanda penal contra los propietarios del bar, los empleados y los agentes de seguridad.  

La discriminación contra homosexuales prevalece en el sistema de procuración de justicia y las instituciones de seguridad, dice Luis Guzmán, el abogado y vicepresidente de Codise. Y ello ha dado pie para que se sigan dando asesinatos de odio, aunque esa figura no existe dentro del Código Penal de Jalisco. "No podemos decir que estamos igual que hace treinta años o incluso que hace diez. Finalmente las luchas emprendidas desde entonces han transformado muchas cosas y hay una nueva generación de chicos y chicas gay y lesbianas que tienen mayor desenfado y que sin duda cambiarán todavía más la actitud de rechazo y agresión que todavía existe. Pero vamos, un cambio en el discurso, es un avance".

A Yera le tocó esa suerte de cambio a medias aludida por Luis Guzmán. Primero en su trabajo: "Entré siendo hombre pero desde luego que desde chiquito yo sabía que era niña, que sentía como niña. Y fue terrible porque mi mamá nunca me apoyó y mi papá me pegaba y me rechazaba, lo mismo que mis hermanos y mis hermanas. Pero si eso era no tuve más alternativa que asumirlo. Así que cuando fui a buscar trabajo en esta fábrica me lo dieron y poco a poco fui siendo yo misma. Tuve la suerte de tener unos patrones que no sé si lo entiendan, pero al menos lo respetan. Y mis compañeros de trabajo también. Así que a los pocos meses de haber entrado comencé a vestirme como mujer: con pantalones de mezclilla ajustaditos y blusitas hasta el ombligo. Y después me pintaba los ojos y luego la boca. Hasta que hace dos años decidí ponerme implantes… Fue como un shock para todos, pero por fortuna sigo siendo yo, aunque me paguen como hombre".

 

IGNACIO ALVARADO ÁLVAREZ es periodista de este diario, especializado en temas de violencia. Esta vez se adentró al mundo gay de Guadalajara, donde hace 40 años uno de sus tíos operó el primer laboratorio de Kodak y quiso armar la primera fotonovela porno con un puñado de amigos homosexuales que la harían de actores