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El feliz encanto de la reina de la tristeza

La melancolía como arma para conquistar audiencias
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TEXTO Óscar Balderas FOTOGRAFÍA Carlos Aranda
| domingo, 1 de noviembre de 2015 | 00:10

La cantante nacida en Baja California, ganadora de un Grammy Latino en la categoría de Álbum de música alternativa y otro por mejor Canción de música alternativa, nominada a un Grammy Award y también acreedora de un Indie-O Music Award, sabe que nada de lo que haga hará que dejen de criticarla u ofenderla, pero eso es algo que ya no le interesa 

Carla Morrison toma una revista de música en la sala de su casa, se sienta y la hojea. Sus ojos resbalan por páginas de chismes, noticias y reseñas hasta que llega a una de las últimas páginas y encuentra una imagen de ella, pero interpretada por alguien que no la conoce y que ha pensado que es buena idea ridiculizarla para divertir a los lectores.

Los ojos de Morrison examinan la caricatura: el dibujante convirtió sus 152 centímetros de altura en un círculo con cabello, ojos, manos y pies que rebota por un laberinto, cuyo final no aguarda un disco, un micrófono o una nota musical, sino una hamburguesa y un refresco alto. En lo alto de la hoja, el título es despiadado: “El verdadero talento de Carla ‘Gordison’”.

La joven de entonces 24 años cierra la revista de golpe. Hubiera sido fácil quemarla, romperla, pisotearla. Pero no es rabia lo que siente, sino tristeza. Porque durante aquellos años esa joven promesa de la música está llena de eso: una congoja en el corazón tan poderosa que no puede guardarla en su cuerpo y se le sale por las puntas de los dedos al tocar su guitarra y escribir canciones, y le brota de la garganta para cantar, hacer discos y conectar su dolor particular con el de miles de adolescentes en México que la han elegido como la representante de su dolor colectivo, porque también están deprimidos y lloran con ella.

A Carla le deprime el amor no correspondido. Los besos que no llegaron a serlo. La soledad del migrante. La violencia en México. Pero esta tarde le deprime que no haya un día en que no le recuerden su figura con curvas; que haya personas que no puedan mirar más allá de su talla de pantalón para criticarla; que le sea tan difícil tener éxito en México sin incomodar a otros. Así que, por un momento, se le instala en el corazón un nubarrón que la tumba en el sillón.

—¿Qué hiciste con toda esa tristeza? –pregunto mientras ella, sentada, se inclina sobre sus piernas para contarme sobre la crítica que más le ha dolido en su carrera.
—Me sentí muy triste, muy triste —cuenta, mientras sorbe agua fría en una mañana de otoño en la Ciudad de México—. Hay días en los que eso sí te cala. Yo creo que esa vez fue la que más me pegó y ¡mira que yo vivo insultada por mi figura! Pero… de repente pensé ‘¿y por qué este pinche envidioso me va a arruinar mi día, si la chingona soy yo y no él?’ No, no, que se vayan a la chingada. Y me levanté del sillón y me puse a trabajar”.

Carla no lo recuerda, pero aquel día que un insulto casi la descoloca en su propia casa probablemente firmó un contrato para algún concierto, cerró alguna colaboración con un reconocido artista, arrasó la taquilla con una nueva presentación o se curó el dolor leyendo los mensajes de sus fanáticos, que suelen pasar hasta dos días acampando en la calle sólo para verla un momento y decirle “¡yo me siento igual de triste que tú!”.

—Porque eso es lo que he hecho desde que era una morrita en la frontera: a mí me vale madres, cargo mi tristeza y yo avanzo, avanzo, avanzo... —me dice, sonríe y me cuenta su historia.

***

Carla Morrison sí está emparentada con Jim Morrison, el líder de The Doors. O algo así. Contar su historia es escribir sobre su papá, Hilario, un licenciado en Derecho que abandonó su profesión para convertirse en trailero porque disfrutaba la vista de las carreteras mexicanas más que la vida en los juzgados. “Un enamorado de la vida” —como lo describe su propia hija—, quien desde los 10 años dio muestra de tener un espíritu aventurero, cuando le anunció a su familia en la capital de Durango, que iría a Estados Unidos a buscar suerte. En aquellos años, la frontera entre ambos países se podía atravesar caminando y los traficantes de droga aún no llenaban de sangre la ruta migrante, así que el niño viajó hasta San Diego, donde conoció a un tal William Morrison, un cuarentón sin hijos ni esposa que adoptó al menor como su propia familia. Fue tanto el cariño entre ambos que cuando Hilario quiso volver a México, William le pidió quedarse con él y ofreció hacerse cargo de él como su padre. Para hacerlo oficial, inició los trámites para que Hilario perdiera el Vieria y ganara el de Morrison.

—Leí que tienes algo que ver con Jim Morrison y también leí que es un mito, ¿qué es cierto? —pregunto a Carla, quien esta mañana usa un saco ajustado y pantalones pegados que revelan sus muslos fuertes y una cadera ancha.
—Pues sí, era un primo lejano de William, pero eso no se mencionaba en la familia. A la mamá de William le daba vergüenza estar emparentada con un músico hippie que usaba drogas—responde y se ríe—. Supongo que de un modo muy lejano somos familia postiza.

Eventualmente, Hilario Morrison volvió a México y se enamoró de una chica de Mexicali, Baja California, llamada Patricia Flores, quien con el tiempo se transformó en una reconocida artista plástica local. Ambos se establecieron en una casa construida mayoritariamente con madera en Tecate, un pueblo fronterizo cuyo mejor atributo era servir de asentamiento para la mayor cervecería del país.

Del matrimonio de ambos resultó, el 19 de julio de 1986, el nacimiento de Carla Patricia Morrison Flores, una mezcla de alma musical extrañamente relacionada con el Rey Lagarto y de temperamento extremoso típico del desierto, donde pegó su primer llanto.

—¡Uy, pobre de mi mamá! ¡La hacía pasar unos corajes! “¡Es muy independiente esa chamaca!”, “¿cómo haces lo que quieres?”, “¡pareces niño, mija!”, me gritaba. Le enfurecía que yo tuviera mucha decisión. Me peinaban para ir a la escuela con una colita de caballo y yo me enojaba porque me jalaba el cabello suavecito. “¡Fuerte, mamá, fuerte!”, le pedía y aunque me doliera la cabeza en la tarde, al día siguiente le volvía a decir que duro.

En esa época, a la par que construía su personalidad, Carla fue consciente de que ser una niña “llenita” parecía ofender a las personas, especialmente a sus compañeros de escuela, quienes no dejaban de recordarle que su cuerpo no cumplía con lo que los demás querían de ella.

“Como norteña, estoy acostumbrada a que la gente me diga las cosas como son. Yo desde chiquita fui muy señalada por mis kilos, por tener curvas. Ahora estoy bien con eso, pero para una niña es difícil. Te preguntas por qué le dan tanta importancia”.

Las burlas casi apagaron su autoestima y amenazaron con hacer humo sus aspiraciones como cantante, pero la llama de la vocación no se extinguió y a los 17 años Carla remontó sus inseguridades y anunció a sus papás que se mudaría a Phoenix, Arizona, para acabar el bachillerato y estudiar Musicología en el Colegio de Música de la Universidad de Arizona. Apenas completó el tronco común para esa licenciatura, se dio cuenta que ella no había nacido para las aulas, sino para aprender música de manera autodidacta y en el escenario. Quería tocar, fracasar, romperse la madre e intentarlo hasta que sus sueños ocurrieran. Así que abandonó la escuela y se unió a distintas bandas de covers y música original entre 2007 y 2009, mientras alternaba presentaciones en solitario y el lanzamiento de tres álbumes con disqueras independientes.

Su voz aniñada, su talento con la guitarra, su relación con cantantes y bandas consolidadas y sus líricas honestas sobre una vida atormentada le dieron una fama local que pronto se convirtió en una fama nacional en los círculos independientes. Lo mismo tocaba en festivales universitarios que en los latinoamericanos más grandes como el Vive Latino en 2011 o abría conciertos para Julieta Venegas o Zoé. La chica bulleada se convertía, poco a poco, en la chica exitosa.

—Yo soy lo que soy gracias a la frontera —reconoce Carla—. Es que el border en EU es muy internacional. No te juzgan. Te forja una personalidad más abierta. Por eso, pude cantar sin problemas allá.

Pero fue hasta el 2012 cuando su reputación tronó como pólvora cuando lanzó el disco Déjenme llorar, una antología de canciones deprimentes que le atrajo seguidores a nivel nacional y mundial. Sus letras reflejan el profundo desamor, tristeza paralizante y depresión profunda de una muchacha atribulada.

Para darlo a conocer, el video que acompañó al sencillo homónimo del disco muestra a Morrison llorando —“yo estaba llorando realmente, ahí se ve, se me salen las lágrimas y no puedo contenerlas”, aclara—, mientras entona Déjenme llorar / quiero sacarlo de mi pecho / con mi llanto apagar este fuego que arde adentro.

—Todo fue muy acelerado. A Déjenme llorar yo pensé que no le iba a ir bien, porque es un disco muy triste, yo cargaba una tristeza fuerte porque tenía el corazón roto y no sabía mi propio valor. Pero fue todo lo contrario. Le fue tan bien, que me dio mucha felicidad porque era la señal de vivir de mi música, pero no me hizo muy feliz saber que había mucha gente que se identificaba con mis letras… porque se sentía igual de mal que yo.

—¿Cómo fue ser tan amada tan rápido por tantos desconocidos?
—Todo me sacó de onda. Darme cuenta que mucha gente que no me conoce me ama me pareció increíble. Pero también supe que había mucha gente que me odia y que ni siquiera me habla. No sabía que por mi música se me iba a gratificar y a odiar tanto.

Y es que mientras Morrison era una estrella independiente mexicana, todo eran buenas críticas y palmadas en la espalda, pero apenas se elevó al nivel de figuras nacionales e internacionales mexicanas, las críticas aparecieron con fuerza. Le llamaron de todo por su tono agudo, su origen fronterizo, sus emociones sombrías y hasta por su ortografía, porque en su cuenta de Twitter la cantante no acostumbra cerrar signos de interrogación ni poner acentos cuando escribe en español. Pero de su generación, Carla Morrison fue la única que se enfrentó a esta crítica: su peso. Los insultos más recurrentes eran personales y regresaban siempre a lo mismo: su figura más gruesa de lo normal en cantantes que aparecen en televisión. Como si en esos kilos, los habitantes del país con más obesos en el mundo descubrieran una afrenta que debían vengar cada vez que pudieran en redes sociales o en la prensa de chismes.

Una de esas críticas, de las más duras, apareció meses después del lanzamiento de su exitoso álbum: era 2012 y Carla Morrison tenía 24 años cuando se vio a sí misma caricaturizada por su peso. La tarde que aventó esa revista y se le instaló en el corazón un nubarrón que la tumbó en el sillón.

“¡Ahora más que nunca lo siento! (Me insultan) porque canto feo, porque me muevo así, porque sonrío así, por el pantalón que me puse, por la blusa, por los aretes ¡todo! ¡todo me critican! ¡los tatuajes, que parezco carcelera! Todo me dicen: obesa, gorda, vaca y digo ‘¡no se puede tener a todos contentos!’”, dirá Morrison un año después en una conferencia de prensa, frustrada porque ni siquiera dos Grammys Latinos y una nominación al Grammy Award le quitaban atención a su aspecto físico para ponerla en su voz de mezzosoprano.

Aunque el éxito fue rotundo, la tristeza que le llovió en el corazón —dicen algunos de sus fanáticos— hizo que Carla Morrison tardara tres años en salir de nuevo al escenario con un nuevo disco y arriesgarse a más insultos con tal de volver a cantar nuevas canciones.

***

 

La mañana en la que conversamos sobre su regreso a los escenarios con nuevo disco, Carla Morrison tiene el cabello planchado, largo, pegado a la cara. Hace años que no lo luce así de lacio y le encanta. Se le nota. El fotógrafo le pide que pose y ella se jala las puntas del cabello y juega con ellas a ponerlas sobre su cara y luego a quitarlas.

—¿No te molesta posar? A mucha gente la sesión de fotografías le parece lo más incómodo del mundo…
—Para nada, me gusta mucho —responde y gira su cabeza en distintos ángulos para que la lente registre cada centímetro de piel.

Indudablemente es una chica con curvas. Ocultarlo sería tonto y obvio, así que ella no hace ni siquiera ese esfuerzo. Se para de frente a la cámara y deja ver lo alto y ancho que es su cuerpo. Es algo suyo. Como su gusto por el tequila blanco. O su fascinación por las películas del espacio. O los nueve tatuajes que le adornan la piel.

Han pasado casi cuatro años desde Déjenme llorar y Carla Morrison ahora tiene 29 años y tiene otro disco llamado Amor supremo que suena distinto: melancólico, pero con menos guitarras y más sonidos electrónicos que le dan un toque sensual. El sencillo Un beso es un reflejo, asegura, de su nueva personalidad que vuela sobre las críticas.

—¿Te gusta lo que ve el fotógrafo?
—Siempre he sido una chica con curvas. Recientemente, descubrí que tengo un problema en mi metabolismo. Yo me alimento muy bien, me gustan las frutas, verduras, calabazas, nopales… desde que me vine a vivir al DF me atrajeron más los vegetales, porque en el norte es más de chicharrón, carne, pan dulce, harinas… y aquí descubrí mucha comida verde, pero por alguna razón no bajaba de peso. Yo veía a mis amigas de aquí y pensaba “¡wow, comen muy mal! yo como muy bien, por qué?”. Me hice unos estudios y tengo un metabolismo que genéticamente está mal. Si quiero bajar de peso necesito tomar medicamentos que ayuden a mi organismo a funcionar como el de los demás.

—¿Y aun así te duelen los comentarios negativos?
—Hay días en lo que me despierto y digo “soy la más gorda del mundo”. Pero por lo general, me gusto. Me veo muy guapa. Veo mis curvas y creo que me hacen ser yo. Una mujer mexicana se mira como yo. Cuando estoy con mis amigos me dicen que las morras como yo somos las más buenas porque hay de dónde agarrar y porque somos de verdad.

—¿Ya te acostumbraste a que hay chicos que te aman, te idolatran, lloran de la emoción al verte… y otros que creen que eres lo peor del mundo?
—A través de mi música, la gente me ama y me odia. A veces creo que soy el reflejo de lo que mucha gente quisiera ser y es un reflejo de ellos que me tiren mierda por cualquier cosa. Al final del día, ellos están en casa perdiendo el tiempo escribiendo sobre mí y yo estoy trabajando.

-—Parece que los mexicanos somos los más duros contigo…
—No nos gusta cuando le va bien al otro. El mexicano —¡y mira que yo soy mexicana!— es cabizbajo, es apocado, le caga cuando a alguien más le está yendo bien. En Estados Unidos, si tú crees en tu trabajo, la gente cree en tu trabajo. Aquí, tendemos a no estar contentos con el éxito del otro.

—¿Y cómo te tratan en otros lugares del mundo?
—Es muy diferente. En Estados Unidos me abordan como la chica que se fue del país a pelear por reconocimiento en su país. Y en América Latina me tratan como poeta, algo raro, me ven con mucho respeto. No tanto aquí. México es… extraño…

—Como poeta, una duda: si este país fuera un poema, ¿cómo sería?
—México sería un poema muy triste. Amo mi país, pero está muy jodido. Mucho. La verdad es que todos los días de mi vida que me inspiro y lo pongo en una canción pienso que ojalá ayude a la gente de mi país porque el amor es lo único que nos salva. Este país es cálido, tenemos ganas de salir adelante, pero a veces nosotros mismos nos boicoteamos (…) Todos nos sentimos tristes, abandonados y todos tenemos ganas de sentirnos identificados y que una rola nos abrace y que nos diga “yo me siento igual que tú”.

—¿Y qué piensas de que tanta gente conecte con tu dolor? ¿Estamos tan tristes en México?
—Es una reflexión de país y eso me motiva a hacer más canciones y pegarme a temas en los que la gente se identifique y sienta. Dejar de sentirnos adormecidos y permitirnos sentir. A este país le hace falta un golpe de realidad, andamos como borrachos por el mundo sin darnos cuenta cuánto duele México.

—¿Te consideras una defensora de la tristeza?
—Hay una obligación impuesta de no estar tristes. Nos obligan a no sentir o estar siempre felices. Está bien sentirse solo, estar tristes. Mi música de alguna manera se identifica con la gente porque a mí no me late que me ordenen no estar triste, yo me siento triste y qué. Mucha gente quisiera esa libertad de decir “me siento mal”. Es muy bueno ser positivo, pero también es bueno que la gente sienta.

—Entonces ahora, hoy, ¿qué sientes?
—Siento que soy una mujer no apocada. Una vez al mes sí me van a molestar los comentarios, pero ya me valen. Aprendí con el tiempo y a golpes que no necesito la aprobación de todos. Yo nunca quise caerle bien a todos, ni siquiera ser famosa. Yo quería cantar y ya. Hoy siento que soy de verdad, soy de neta, tengo curvas, soy una morra real.

—¿Y en qué has cambiado a la Carla de 24 años, la que le dolió esa caricatura en la revista?
—Ahora me fijo más en mí que en lo que hacen los otros. La meditación es algo que me fascina, la practico y ha cambiado mi vida. Tengo varios meses meditando. Simplemente despierto en las mañanas, pongo mis velas aromáticas, incienso, respiro 10 minutos, una o dos veces al día, con música o en silencio. Me ayuda mucho con la claridad, mi ser, la conciencia, con mis sentimientos de gratitud. Y laboralmente seguir creciendo con mi música, estoy experimentando, tomo clases, no me creo todo lo que me dicen, ¡no soy Beyonce, pero estoy trabajando duro para mejorar!

—¿Cuál es la guía “carlamorrisiana” para sobrevivir a los haters?
No les hagas caso. No alimentes su odio con tu tiempo. No te distraigas en ellos. Trabaja duro. Rodéate de la gente que te ama. Y gústate mucho. Comprende que la gente perfecta no existe y tú sí existes.

—Y por eso este alaciado, que casi nunca se te observa…
—No sé por qué me tachan tan duro. No sé porque la gente es tan dura. Pero estoy explorando en mi nuevo estilo de música y en mi misma. A la chingada los que odian. Hace años que no me ponía el cabello lacio y me vale, estoy feliz y voy a intentarlo.

Y no le importa. En tres espacios distintos dentro de un restaurante en la colonia Roma, al centro de la Ciudad en México, Carla posa para este texto con soltura ante el fotógrafo. Como si fuera una coqueta experta a quien toda su vida le han dicho que la cámara la ama. A ratos, parece más modelo que cantante: se inclina sobre la pierna derecha, tira su cabello al frente, se oculta detrás de un flequillo y luego sonríe con picardía para intentar una nueva pose. Se ríe, se pone seria, gira y le vuela el cabello. Casi es inimaginable que es la misma cantante abusada en redes sociales por su imagen. Pero es ella con su nuevo disco a cuestas y una sensualidad que despertó de los dardos anestésicos de la tristeza de hace varios años.

—Carla, ¿qué dirían tus haters si te vieran ahora, así?
—No sé, no pienso en ellos. Estoy concentrada en ser feliz…—responde y sonríe.

La cantante que hace llorar a miles con sus canciones luce esta mañana como la mujer más feliz del mundo.