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El científico que le habla al oído a Obama

El único premio Nobel en Química que tiene nuestro país es casi un rockstar en el mundo científico. Además de asesorar al gobierno mexicano y estadounidense sobre el cambio climático, el próximo mes recibirá de manos de Barack Obama la Medalla de la Libertad, el máximo honor que el gobierno de EU brinda a un civil. Pero hasta los genios tienen su lado gris: el de don Mario Molina, dicen sus críticos, es que no alza la voz frente a los poderosos
CONSEJERO. Molina es uno de los 21 científicos que forman parte del Consejo de Asesores de Ciencia y Tecnología del mandatario estadounidense. También es requerido por el gobierno mexicano (FOTO: Grace Navarro )
Por Andrea Vega Valerio. Fotos de Grace Navarro, Reuters y El UNIVERSAL
| domingo, 20 de octubre de 2013 | 00:10

Mario Molina está sentado frente a la mesa de la sala de juntas del centro de investigación que creó hace unos años. Su figura tapa un poco la vista de los ventanales que hay justo detrás de él y que muestran la zona de Santa Fe, en el DF. Molina sonríe y detrás de él, el cielo gris y denso de la ciudad, lleno de smog, parece sonreír también, retador. Es la escenificación perfecta del duelo que sostienen desde hace décadas el premio Nobel de Química de 1995 y la contaminación atmosférica.

Molina volvió a México hace ocho años, después de vivir casi cuarenta en Estados Unidos, y es desde aquí que el único científico mexicano en recibir un Nobel da batalla a los problemas de la atmósfera a nivel mundial. Después de obtener ese premio por investigar y probar que ciertos compuestos estaban abriendo un agujero en la capa de ozono —y contribuir con esto a la firma del Protocolo de Montreal, que avala la prohibición del uso de esos componentes nocivos—, Molina ahora tiene enfrente un reto mayor: intentar cambiar esa situación.

Su mente se mantiene ocupada en el problema del cambio climático y en todo lo que conlleva mitigarlo: el uso eficiente de la energía, el reordenamiento de la vivienda y el transporte, las energías limpias, la educación a la población. A sus 70 años no hay momento para la pausa y su agenda está saturada. Tiene que atender todos esos temas y también sus compromisos internacionales: el 16 de octubre recibió un doctorado honoris causa por la Universidad de Manchester, en el Reino Unido, y el 27 le otorgarán la medalla de oro del Presidente de la República Italiana. Además, debe asesorar a dos gobiernos federales: el mexicano y el estadounidense.

CONSEJERO. Molina es asesor del presidente Peña Nieto.

Molina es respetado no sólo entre la comunidad científica de más alto nivel, sino también entre la clase gobernante. Tanto así que, en noviembre de 2008, fue electo asesor del equipo de transición del presidente de EU, Barack Obama, para cuestiones del medio ambiente. Y desde abril de 2011 es uno de los 21 científicos que forman parte del Consejo de Asesores de Ciencia y Tecnología (PCAST) del mandatario estadounidense.

El 25 de junio de este año Obama dio un mensaje sobre cambio climático al que la Casa Blanca le dio especial cobertura. Dijo que en el último año las temperaturas de los océanos han sido más altas de lo normal, que el hielo de la Antártica es menor y que, en un planeta donde el clima está cambiando, los desastres naturales serán mayores.

Obama basó su discurso en un posicionamiento emitido por el PCAST en días previos. Mario Molina colaboró arduamente en ese documento, como lo ha hecho en otros que hablan sobre planes para hacer mayor la vinculación entre la ciencia y la educación.

Esas situaciones Obama no las ha pasado por alto. Por eso anunció que entregará al mexicano la Medalla de la Libertad, el máximo honor civil que brinda el gobierno de ese país. La presea se la entregará en una ceremonia de gala el 20 de noviembre.

Por esas razones Molina no puede ausentarse del todo de Estados Unidos, a donde viaja varios días al mes para cumplir sus compromisos con el PCAST y con la Universidad de California, donde también colabora. El problema para su agenda es que su país natal tiene una forma peculiar de reclamarle su ausencia de años: cada vez se le requiere más.  

Hace unos meses fue nombrado presidente del Consejo del Cambio Climático, que recientemente participó en el diseño y elaboración de la Estrategia Nacional en la materia. El documento fija la posición de México para encaminar esa política durante los próximos 40 años.

Parece que el gobierno mexicano está dispuesto a escuchar a Molina y el país necesita aprovechar su regreso. Fueron muchas décadas de ausencia de una nación de la que debió irse para poder ganar el premio Nobel de Química y entrar en el círculo de los científicos más destacados. Después de todo, sus décadas más fructíferas las vivió en otro país y fueron los estudiantes de universidades estadounidenses, y no de las mexicanas, quienes se beneficiaron con sus conocimientos.

RECONOCIMIENTO. Fue reconocido por el Gobierno del DF, quien puso su nombre en un vagón del Metro.

El camino

En México se escribieron muchas notas alegres cuando Molina ganó el premio Nobel de Química en 1995. Pero no faltó quien resaltara lo inapropiado de ese entusiasmo. Incluso se dijo que Molina no habría ganado ese reconocimiento de haberse quedado aquí. Se aprovechó la oportunidad para echar luz sobre la necesidad de llevar a la ciencia mexicana al nivel del primer mundo y evitarle así a un próximo premio Nobel la molestia de emigrar.  

A José Franco, presidente de la Academia Mexicana de Ciencias, no le queda más que aceptar que esos comentarios tenían razón. En su oficina dentro de Universum, en la Ciudad Universitaria de la UNAM, dice que el ambiente de investigación que se vive aquí en México es muy distinto al que se vive en las universidades de primer mundo. Aquí Molina no sería el Nobel Molina. Fue en Estados Unidos donde todo se conjugó para hacerlo quien es.

Para entender ese proceso hay que remontarse a 1972. En ese entonces Rowland Sherwood, profesor de la Universidad de California en Irvine, asistió a una conferencia donde se hablaba de los clorofluorocarburos (CFCs): una familia de gases empleados en múltiples aplicaciones, como en la industria de la refrigeración y los aerosoles. Durante la charla se demostró la presencia, en ambos polos de la Tierra, de una pequeña concentración de esos compuestos. A Sherwood le surgió la duda de qué pasaba con ellos en la atmosfera.

Un año más tarde, en 1973, Molina obtuvo una beca posdoctoral en esa misma universidad e ingresó al grupo de investigación de Sherwood (o Sherry, como le decían sus amigos). Rowland le dio a escoger entre varias líneas de estudios. Desde niño Molina quiso descubrir de qué estaban hechas las cosas y explicarse las reacciones de los compuestos, así que escogió justamente la de los CFCs.

Sentado en la sala de juntas del centro de investigación  —que fundó en México en 2004—, con el cielo denso y gris de la ciudad de fondo, el premio Nobel dice en entrevista que grupos como el de Sherry son fundamentales para el desarrollo de la ciencia: "Así se acopla investigación con educación. Se desarrollan nuevos conocimientos al trabajar en equipo y se puede hacer tanto ciencia básica como investigación más aplicada. Esa es la que contribuye al desarrollo económico y de esa debería haber más en México".

Tres meses después de la llegada del mexicano a Irvine, él y Sherry ya habían creado la "Teoría del agotamiento del ozono por los CFCs". Ambos científicos advirtieron que los átomos de cloro producidos por la descomposición de estos compuestos causan la degradación de la capa de ozono de la Tierra, que filtra los rayos ultravioleta del Sol y evita que en los humanos haya padecimientos como el cáncer de piel.

Los resultados de su investigación aparecieron publicados en el número del 28 de junio de 1974 de la revista Nature. Pero ir contra un producto consolidado en la industria no resultaba sencillo. Haría falta mucho más para ganar esa guerra. La ayuda llegó en 1985 cuando científicos británicos, liderados por el geofísico Joseph Farman, comprobaron que la de Molina y Sherwood no era una mera teoría. El grupo descubrió que sobre la Antártida la capa de ozono desaparecía drásticamente, sobre todo en la primavera austral.

Al enterarse de ese descubrimiento Mario Molina —quien para entonces se encontraba ya trabajando en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de Estados Unidos— y su equipo simularon los efectos químicos de las nubes sobre la Antártida y usaron peróxido de cloro para explicar la rápida pérdida de ozono. Los gobiernos y la industria se convencieron. Vino el Protocolo de Montreal para regular el uso de esos compuestos y también el premio Nobel de Química, en 1995, para Sherwood y Molina.

En México la historia habría sido otra: aquí los grupos de investigación se forman durante los posgrados, pero el apoyo a la ciencia es nada comparado con el que se destina a ese rubro en los países desarrollados.

El gasto en ciencia y tecnología en México representa apenas 0.79% del Producto Interno Bruto (PIB). En 2006, ese indicador se ubicó en 0.78%, lo cual quiere decir que lleva años sin tener una variación significativa. A Investigación y Desarrollo Experimental se destinó 0.48% del PIB en 2010, según datos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, mientras que en Estados Unidos esa cifra llega a 2.79%.

José Franco, presidente de la Academia Mexicana de Ciencias, señala que México tiene investigadores de primera en todas las áreas, pero que la inversión en ciencia y tecnología es muy pequeña y no se cuenta con la infraestructura necesaria. Tampoco existe un ambiente propicio que realmente estimule la investigación: "Te la pasas luchando contra el sistema, peleándote con todo y entonces tu producción no puede ser tan grande ni de tan largos vuelos como la que se hace en Estados Unidos o en otras partes del mundo".

Molina es mucho más diplomático que Franco cuando habla de la ciencia en México. Da sus opiniones sobre esto en el mismo tono conciliador y académico que no abandona nunca, hable de lo que hable. Lo usa incluso cuando dice que hace falta un plan, y no sólo más presupuesto, para incentivar a la ciencia en México: "Hay que crear los empleos adecuados para que los científicos no tengan que irse. Si tenemos ingenieros e investigadores, deberíamos aprender a desarrollar tecnologías propias. Aquí no tenemos una compañía como Samsung, y no es por falta de inteligencia, es nada más porque no tenemos esa costumbre y esos recursos, pero nuestros ingenieros científicos tienen la capacidad para hacerlo".

Dice también que en ninguna parte del planeta hay grupos de personas menos capacitadas por su origen o su raza: "Se ha demostrado que no hay diferencia, todo depende en gran medida de la educación, empezando por la que se da en la familia en los primeros años. El potencial para hacer cosas grandes lo tienen todos los niños, la cuestión simplemente es qué tanto lo estamos desperdiciando".

Infancia y ciencia

A Mario Molina le preocupa que los niños no se acerquen a la ciencia. Dice que no se aprovecha su curiosidad natural para engancharlos con ella. Es muy conocida la historia del baño que el pequeño Mario —entonces de 10 años— convirtió en laboratorio con ayuda de su tía Esther, química de profesión y con quien realizó experimentos de nivel universitario.  

Sin esta oportunidad para jugar a la química en aquel baño en desuso de la casa de los Molina, el hoy Nobel no le hubiera tenido el mismo amor a la ciencia. Por eso, él defiende una y otra vez la importancia de enseñar a los alumnos de otra manera: de una forma lúdica, práctica y vivencial.

Para no quedarse sólo en el dicho, Molina es miembro del consejo de la asociación civil Innovec (Innovación en la Enseñanza de la Ciencia), cuya principal actividad ha sido instituir un programa en escuelas primarias, junto con la Secretaría de Educación Pública, en el que el gobierno federal pone la mitad de los recursos y los de los estados la otra mitad.

Molina habla con entusiasmo de la necesidad de instituir este tipo de pedagogía en la que los niños tienen un aprendizaje activo: hacen experimentos, trabajan en equipo, investigan y discuten entre ellos y con el profesor, en lugar de sólo escuchar una clase y memorizarla. "Ésta es la manera de aprovechar la curiosidad innata de los pequeños, así aprenden mucho más y también se acostumbran a pensar y a tomar decisiones con base en evidencia", dice.

El problema es que las cosas marchan lento. En el ciclo escolar 2012-2013 este método sólo lo utilizaron 420 mil 580 alumnos de primarias oficiales de 11 estados del país, pese a que el programa cuesta entre 200 o 300 pesos por estudiante para empezar, y luego puede bajar hasta 100 pesos. La capacitación de los profesores no toma más de 20 horas. "Éste es un programa muy barato comparado con otros gastos de la SEP, y con un potencial enorme, por eso hay que expandirlo a todos los niveles", agrega Molina.

Guillermo Fernández de la Garza, también consejero de Innovec, comenta que con este gobierno federal esperan avanzar más rápido: para 2016 tienen proyectado alcanzar a 2 millones de alumnos. El número puede sonar ambicioso pero, incluso si se lograra la meta, sería un porcentaje pequeño comparado con los casi 25 millones de estudiantes de primaria que hay en el país.  

Aunque intenté conocer las opiniones de la SEP en torno a por qué no avanza más rápido el programa, no obtuve respuesta.

RESPETO. Molina es reconocido en todo el mundo. En la foto se ve cuando aceptó un doctorado 'honoris causa' por la universidad estadounidense de Harvard.

Sin jalones de orejas

Las mentes brillantes pueden nublarse con la arrogancia. Me he encontrado con algunos entrevistados que incomodan a sus interlocutores al intentar mostrar, con miradas y gestos, su superioridad. Mario Molina no es así. Su mirada está siempre atenta a mí, lo mismo que sus oídos. Parece estar dispuesto al diálogo y sus modales son suaves, de profesor.  

Le preguntó sobre la nueva joya energética que el gobierno mexicano busca explotar: el gas de esquisto o gas shale. Este se extrae de las rocas del mismo nombre y el proceso para obtenerlo inquieta a los ambientalistas pues libera gases como el metano, uno de los culpables del cambio climático. Para responder, Molina enfatiza su tono conciliador y catedrático.

Me explica que este gas debe considerarse un energético de transición mientras crece el uso de energías más limpias, como la eólica o la solar: "Es importante que México participe en energías renovables, que participe más en energía eólica. Pero tenemos que tener toda esta perspectiva con análisis económicos claros. No le convendría al país dejar de usar combustibles fósiles. Eso sería carísimo. La idea es paulatinamente disminuir el uso".

A Molina su tono conciliador y su forma de evitar a toda costa hacer una crítica fuerte y directa al poder, del rango y partido que éste sea, ya le han valido críticas. Adrián Fernández Bremauntz, su colega y amigo, declaró en una entrevista a Nature: "Mario ha elegido un enfoque muy amistoso, moderado y constructivo. Si quiere conseguir sus metas, mi consejo es que de vez en cuando dé un buen tirón de orejas al gobierno y ejerza más presión".

MUNDIAL. Molina no sólo asesora gobiernos, también ofrece conferencias por todo el mundo. Es una autoridad en el tema de cambio climático.

El exilio

Después de egresar de la carrera de Ingeniería Química en la UNAM y cursar sus primeros estudios de posgrado en Alemania, Molina ingresó como profesor asistente en Ciudad Universitaria y creó el primer posgrado en Ingeniería Química del país. Pero no duró mucho ahí. En 1968, mientras el mundo se agitaba con las revueltas estudiantiles, él se trasladó a la Universidad de California para realizar su doctorado. Pasarían muchos años para que volviera a su país natal.

En 1975, después de las investigaciones con las que sentara las bases para ganar el Nobel, le ofrecieron integrarse al cuerpo de profesores de la universidad. Siete años después decidió unirse al Laboratorio de Propulsión a Chorro, del Instituto Tecnológico de California (Caltech). Ahí condujo la investigación que evidenció en mayor medida la destrucción de la capa de ozono por los CFCs .

Después ingresó al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y aprovechó el momento para adquirir la ciudadanía estadounidense. Casos como el suyo se repiten año con año. En Estados Unidos la población mexicana mayor de 25 años con maestría o doctorado aumentó 110% entre 2000 y 2011, al pasar de 62 mil 013 a 130 mil 582 posgraduados, según el Consejo Nacional de Población.

En el MIT, Molina creó el Programa Integrado sobre Contaminación Urbana, Regional y Mundial del Aire, junto con su entonces esposa Luisa Tan, con quien contrajo nupcias en 1973 y tuvo un hijo, Felipe Molina Tan, reconocido músico y médico. El objetivo de este programa era el estudio de las grandes metrópolis y la primera que analizaron fue la Ciudad de México.

Las investigaciones respecto a la ciudad empezaron a estrechar todavía más los lazos de Molina con su país y en el verano de 2004 decidió dejar el MIT, donde tenía ya el grado de Institute professor —el título más prestigioso dentro de la institución—, para trasladarse a la Universidad de California en San Diego. Empezaba a acercarse a su tierra.

El regreso

Muchos de los que se van de sus lugares de origen tienen siempre latente el deseo de volver. Molina dice que siempre tuvo la inquietud de regresar a México, que jamás se olvidó de su país. El inicio del regreso empezó con el traslado a la universidad en San Diego y con la fundación en México del Centro Mario Molina, en 2004.

Luego todo se fue acomodando. Los proyectos en el centro se fueron consolidando y él se separó de su primera esposa. Ella se quedó en Estados Unidos y él se volvió a casar, ahora con la mexicana Guadalupe Álvarez. Así que finalmente el Nobel estableció aquí su residencia. "Ahora estoy fuera sólo cuando voy a Estados Unidos por unos cuantos días o cuando debo viajar a Europa para alguna conferencia".

El científico fundó su centro para ayudar a diseñar políticas que hicieran a México más sostenible. La iniciativa empezó como algo pequeño: sólo Molina y algunos de sus colegas de la Universidad de México y Berkeley. Parte de la financiación inicial provenía de la fundación estadounidense William y Flora Hewlett y del magnate Carlos Slim.

Desde hace cuatro años el centro también recibe financiamiento del gobierno federal y ahora laboran ahí 65 personas, entre ingenieros medioambientales, arquitectos, urbanistas, biólogos y químicos. Casi 90% de ellos son mexicanos, egresados de distintas instituciones como el ITAM, el IPN, la UAM y, por supuesto, la UNAM, de donde proviene la mayoría.

Al entrar al centro observo a los científicos concentrados en sus computadoras, absortos, como si tuvieran nueve años y estuvieran delante de un microscopio observando una gota de agua. En el lugar no hay aparatos que denoten mucha tecnología o, por lo menos, no están a la vista. Sólo hay computadoras y científicos.

La oficina de Molina está al final del pasillo, junto a la sala de juntas, donde tampoco se ve nada que refiera a la cuestión científica. Ni siquiera los cuadros que tiene colgados tienen que ver con el tema: en uno hay una playa, en otro una montaña. La fotógrafa que me acompaña le pide que pose junto a alguna figura representativa, para dar contexto, pero no hay nada a la mano. Lo único que hay son computadoras en cuya pantalla aparece un registro tras otro. En el lugar imperan los números y las mediciones.

De este centro han salido proyectos como el Análisis del Presupuesto de la Federación en Materia de Cambio Climático, la Evaluación de Beneficios Ambientales y de Movilidad por la Aplicación del Programa de Transporte Escolar en la Ciudad de México (Prote) y el Índice de Sustentabilidad de la Vivienda y su Entorno (ISV), que logró incidir en la nueva política nacional de la vivienda, que se ha reorientado hacia la promoción de conjuntos habitacionales energéticamente eficientes.

Gracias a los estudios que el centro hizo, ahora instituciones como Fovissste o Infonavit lograron acuerdos con las constructoras para lograr estos cambios en la forma de edificar. El camino es largo, pero Molina sigue recorriéndolo. Y con mucha prisa. Lo noto cuando a su oficina llega su asistente para decirnos que el tiempo de la entrevista acabó. La agenda de Molina está llena. Es el problema de ser una de las máximas autoridades del mundo en cambio climático.

ANDREA VEGA decidió dejar el glamour del periodismo de negocios para buscar historias de ciencia, educación, derechos humanos y corrupción. A veces se arrepiente, pero ya se le arraigó lo 'hippie' y sigue buscando.