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Don Nacho Beristáin: el escultor de campeones

Es una leyenda viviente del box mexicano. Por su manos, gritos y consejos han pasado centenares de peleadores. Entre ellos, 25 campeones mundiales, lo que lo coloca, según el CMB, como el mejor entrenador del planeta. Desconfía lo mismo de políticos que de dirigentes del box y eso lo ha convertido, a veces, en un desterrado. El box, dice, es un trabajo duro y cruel, pero a sus 74 años, que cumple esta semana, aún quiere cinco cinturones más
Inmortal. En el gimnasio Romanza, de Beristáin, entrenan campeones mundiales y jóvenes que buscan la fama. (FOTO: Felipe Luna )
Por José Luis Tapia. Fotos: Felipe Luna
| domingo, 28 de julio de 2013 | 00:10

La primera vez que hablé con don Nacho Beristáin fue sobre uno de sus campeones, Daniel Zaragoza, entonces monarca Supergallo del Consejo Mundial de Boxeo. Era 1992.

Han pasado desde entonces 21 años y —hasta el momento— veinticinco campeones mundiales. Unos con más gloria que otros. A excepción de uno, Gilberto Román —muerto en un accidente automovilístico en 1990—, todos viven, aunque no de todos es amigo.

Aquel encuentro fue en el mismo lugar donde ahora vuelvo a verlo: el gimnasio Romanza, llamado así en honor a Román y a Zaragoza, los dos primeros campeones hechos al cien por ciento por él. Daniel fue el primero en 1985, con el título Gallo del CMB. Diez meses después, Gilberto ganó el Mosca.

No hace falta tocar ninguna puerta para acceder a su oficina. Ahí entra quien quiera: el novato, la mamá que pide información, el campeón del mundo, el periodista, el entrenador, o el que le acomoda el coche.

De 1992 a 2013, además de los campeones mundiales, don Nacho acumuló la riqueza económica que implica llevarlos al título: 10 por ciento de las ganancias. Si Juan Manuel Márquez ganó 10 millones de dólares por noquear al filipino Manny Pacquiao en diciembre pasado, al menos un millón habrían sido para su mentor. No todos han ganado lo mismo, pero 25 campeones y 90 peleas de título mundial  —sólo las avaladas por el Consejo Mundial de Boxeo—, sirven para imaginar la plata que se ha embolsado. Hablar de dinero en su oficina es hablar en dólares.

Pese a eso, el Romanza sigue siendo el mismo de aquel 1992. Ser la sede de prácticas de Márquez o la segunda casa del único manager mexicano que forma parte del Salón de la Fama del Boxeo de Canastota, Nueva York, no le han redituado: su función es hacer campeones, no verse bien. "Estrictamente prohibido hacerse pendejo en este lugar", dice un cartel.  Entre esas cuatro paredes se ha escrito gran parte de la historia del boxeo mexicano contemporáneo.

Don Nacho escucha, habla, regaña, pone apodos, contesta entrevistas desde Nueva York o Japón, o da consejos médicos a algún pupilo. Siempre está detrás de su viejo y polvoriento escritorio, un caos en donde se le extravían hasta la gotas para su ojo derecho, dañado por unos puños enemigos y rematado, reconoce, por su irresponsabilidad: en lugar de ir a curarse tras esa pelea, se fue con una novia y el daño se agravó. Tenía 22 años.

Este 31 de julio cumplirá 74 y más allá de la lágrima involuntaria que se le escapa de vez en vez del ojo dañado, de la barriga y que debe cuidarse mejor tras una neumonía que estuvo a punto de mandarlo a la lona dos meses antes del gran triunfo de Márquez sobre Pacquiao, se ve en forma. Sigue llegando a las 8:00 a trabajar de lunes a sábado, aunque ahora es un hombre rico "por las amistades que tengo, porque todo mi dinero lo tengo invertido en mis tres hijas y mi hijo".

El Fiscal

Ningún otro manager de México, un país prodigo en campeones mundiales, puede presumir blasones como los de Beristáin. En la pared de fondo, donde está su foto al lado de Sylvester Stallone, Mike Tyson y Julio César Chávez del día en que fueron inmortalizados en el Salón de la Fama —el 12 de junio de 2011— está enmarcada una carta firmada por José Sulaimán, presidente del CMB. En un párrafo resume su legado, pero también lo que ha sido la relación entre ambos personajes:

Señor Ignacio Beristáin ('El Fiscal').

Quiero dejar perfectamente claro que mi simpatía por usted la ha tenido desde que lo conocí . Más aún cuando tiene un récord en el Consejo Mundial de Boxeo de más campeones mundiales, con un total de 12, y de más peleas de título mundial, con 90. No hay otro en el CMB que se le pueda siquiera acercar.

El Fiscal es un sobrenombre que don Nacho se ha ganado por su constante crítica a los organismos que rigen el boxeo, nacionales o internacionales. Años atrás tuvo una demanda por calificar a los dirigentes de la Comisión de Box y Lucha del DF como miembros del "cartel del Velódromo". Al final la denuncia no procedió.

Dos años antes de la carta de Sulaimán, había anunciado que demandaría a su destinatario por difamación y calumnias, pues había calificado de inútiles a los organismos y los acusó de "trabajar a base del tráfico de influencias y de forma poco honorable".

"He escuchado durante mucho tiempo palabras negativas, en el sentido de que usted habla siempre mal de mí, pero le aseguro que jamás le he puesto ninguna atención. Usted es mi amigo desde siempre y lo seguirá siendo hasta mi final", agrega la carta.

Nadie más le dice a don Nacho El Fiscal. Sus pupilos, los de más peso, le dicen Nachichis, derivado de que él le dice Juanchichis a Márquez. El boxeo es impensable sin apodos.

En eso Beristáin es un maestro. A un niño que recién llegó le puso Iztapalacrita, por venir de Iztapalapa; a un japonés lo bautizó como Yacuzita, en alusión a la mafia nipona. Del que se siente más orgulloso es del de Bulterrier, de Zaragoza. Dios lo usa para referirse, sin mencionarlo por su nombre, a Sulaimán.

La lágrima traicionera

Para enseñar cómo pegar, nadie en México como Beristáin. Detrás del poder del peleador, está la sabiduría del entrenador: posición del cuerpo, ángulo del brazo y el momento de tirar los golpes. Don Nacho también recibió los suyos. Apenas había superado su docena de peleas profesionales cuando un golpe con el pulgar del puño enemigo impactó su ojo derecho. El médico le recomendó el retiro pero la necesidad económica le ordenó lo contrario. Su primogénito estaba por nacer. Hizo tres peleas más en esa condición.

La noche del golpe, recuerda, "dejé de ver, estaba bien asustado. Subí las escaleras del hotel, alcancé a ver el número de cuarto, no sé ni cómo metí la llave, me metí a la cama, boca abajo… tenía mucho miedo. Al otro día me dolía la cabeza, pero podía ver bien".

Pero su ojo no volvió a ser el mismo. El 12 de julio del año pasado vivió otra crisis, y otra vez sintió miedo: "No me dolía pero empecé a parpadear rápido y luego, de repente, ya no vi nada".

Éste no fue su primer gran madrazo. La vida le asestaría uno cuando apenas comenzaba a descubrirla: tenía siete años cuando murió su madre. Él y sus seis hermanos dejaron su natal Actopan para mudarse a Xalapa, Veracruz, con la abuela, quien se hizo cargo de ellos. Su padre, dice, "no ganaba lo suficiente para mantener a toda la familia y ya andaba con otra señora".

En la secundaria comenzó a usar los puños para evitar ser abusado por sus compañeros, que lo veían muy flaco (fue sietemesino). Pero un cuerpo frágil no significaba que sus puños también lo fueran. Eso se tradujo en varias expulsiones. Luego, golpeó a un primo. Eso le costó que su abuela lo mandara siete meses a un hospicio. Tampoco fue suficiente. Encontró la manera de salir y hacer cosas como robar dinero de las limosnas de la parroquia de Santiago Apóstol. "Andar de cabrón era mi pasatiempo favorito".

Todavía no cumplía 15 años cuando emigró al DF con sus hermanos. Conoció el gimnasio Jordán y desde entonces no ha dejado el boxeo. La lesión lo mandó a manejar un taxi, a una oficina polvosa y, de ahí, a entrenar al equipo de box de la Secretaría de Obras del DF, al que hizo campeón estatal.

Su reputación creció muy rápido y los responsables del Centro Deportivo Olímpico Mexicano lo contrataron para ser parte del grupo de entrenadores de la selección amateur. Ayudó a entrenar al equipo que ganó cuatro medallas en los Juegos Olímpicos de 1968, una en Munich 74 y otra en Montreal 76.

También fue a Moscú 80. Ahí no ganó nada, pero conoció a Daniel Zaragoza, con quien hizo equipo hasta su eliminación tras un polémico fallo.

"Lloramos juntos cuando nos robaron en los Olímpicos”, recuerda Zaragoza. "O al menos yo lloré, estaba muy desilusionado. A él también lo vi así, y tanta fue nuestra tristeza que en el ring me dijo 'a la chingada el box amateur, nos vamos al profesional'".

Su obra maestra

Cuando Beristáin dirigía al equipo de la Secretaría de Obras Públicas, hubo un muchacho que le impidió irse invicto de uno de los torneos.

Tomó como pupilo a Daniel Zaragoza  y, en 1980, fueron juntos a los olímpicos de Moscú. "Rápidamente surgió la amistad porque Nacho tiene el don de ver quién puede llegar a ser algo en el boxeo, y entonces lo cobija, lo protege", dice Zaragoza.

La mancuerna Beristáin-Zaragoza llegó a la URSS como una de las favoritas. La tercera pelea, la que definía el pase a las medallas, la perdieron. Una cortada en la frente de Daniel, producto de un cabezazo —asegura él—, obligó al réferi a detener la pelea: una decisión que ellos juzgan prematura.

La frustración los hizo "mandar a la chingada" el amateurismo. Los Juegos concluyeron el 3 de agosto y el 17 de octubre Zaragoza debutaba como profesional con un triunfo. Cinco años más tarde ya era campeón mundial.

"Nos aventamos 22 peleas de título del mundo. Ahorita ya creo que tiene más de 200 pero las primeras las hizo conmigo. Yo fui su primer campeón mundial y lo digo con mucho orgullo, porque antes de mí tuvo unos grandes peleadores", dice.

¿Llorar? ¡Ni madres!

Zaragoza cree haber visto llorar a don Nacho tras la eliminación de los Olímpicos. Beristáin dice que las lágrimas están prohibidas en su deporte porque un triunfo puede provenir de un codazo, un foul, un "putazo subterráneo".  "Si nos lo hacen a nosotros, nos chingaron; pero también hemos ganado peleas así, con un 'golpe subterráneo'. Después toca seguir al rival, no dejarlo vivo y ganar el título. Si nos toca a nosotros, ni modo que vayamos de putos a llorar. No se vale: el box es el box".

Fuera del cuadrilátero la historia es distinta. En su discurso de agradecimiento el día en que entró al Salón de la Fama del Boxeo, su voz se quebró cuando dedicó el reconocimiento a uno de sus hijos —"el más pequeño, que falleció en 1979 junto con mi esposa, el cual me acompaña todo el tiempo"—. Los anteojos no permitieron ver si hubo lágrimas. Sólo en una circunstancia así, extra boxística, podría permitírselo.

Dentro del boxeo, esta frase lo gobierna: "El box es un trabajo duro, cruel y sabemos en dónde estamos. Es algo que los peleadores novatos aprenden cuando llegan, para así saber a lo que le tiran".

Un día elegido al azar es posible ver a 35 boxeadores entrenando en el Romanza. Hay principiantes, debutantes, campeones mundiales y extranjeros que llegaron atraídos por el prestigio mundial de Beristáin. Estar ahí implica que aceptaron la máxima: llorar no está permitido.
 
Alex Dilmaghani, de 22 años, vino de Londres para adoptar el estilo de Beristáin, al igual que Ryan Brazán, quien dejó su natal California. Yoshikazu Kodana es entrenador en Japón y, en dos años, ha venido cuatro veces con peleadores suyos para que aprendan a boxear a su estilo: "Los japoneses somos bravos, pero sin técnica. Mi objetivo es aprenderla aquí y enseñarla allá".

Como ellos llegó hace cinco años Johnny González, quien en 2011 fue campeón mundial de peso Pluma. Perdió el título y ahora se prepara para recuperarlo: enfrentará al campeón Ábner Mares —también ex alumno de don Nacho— el 24 de agosto.

Psicólogo y consejero

Vive con su esposa e hija en una casa sencilla de dos pisos en una zona de clase media, cerca de Viaducto. La avenida lo conecta con sus destinos frecuentes: el gimnasio y el aeropuerto.

Maneja un Mini Cooper rojo convertible, edición John Cooper Works, nuevo. En casa tiene un Mustang Shelby 1965 gris con franjas negras.

Lo primero que presume es su cuarto de trofeos. Hay carteles, prendas, guantes autografiados, y dos premios que destaca: la escultura Spirit of Boxing que le entregó la Asociación de Cronistas de Boxeo de Estados Unidos, y la placa que lo reconoce como Hijo Pródigo de Actopan, Veracruz.

—¿Se considera un buen manager?
—La palabra no me gusta: soy un trabajador común y corriente, me gusta trabajar y no creo que sea muy pendejo, porque entreno 34 muchachos y dudo que haya un cabrón en la actualidad que se levante a las cuatro de la mañana, corra seis kilómetros y se vaya al gimnasio a entrenar a tantos.

En el camino, dice, el manager tiene que lidiar con los boxeadores antes de poder ganar grandes bolsas. A algunos les ha financiado sus primeros años en el gimnasio. Con otros, hablar con sus familias para que no los estén molestando en los entrenamientos. En ocasiones, hasta ser asesor financiero.

También debe lidiar con la fama. Incluso con los más grandes le sucede: el 23 de marzo dijo que a Márquez ya se le había subido, que por eso ni siquiera lo había ido a saludar tras su victoria con Pacqiao. Cuatro días después ya charlaban en el gimnasio.

También, dice, hay que controlar a los políticos que aprovechan los triunfos de los boxeadores para alimentar su imagen:  "Los políticos nos roban, nos rompen la madre y todavía hay que ir a rendirles pleitesía y reírse como un pendejo ante las cámaras. No, eso es algo que a mi me cuesta mucho".

Todo eso es parte del trabajo, dice don Nacho: "Aquí se paren chayotes".

Tiene registrados 25 campeones del mundo en su historia, incluidas dos mujeres. Su meta era llegar a este número, pero ya le ha quedado corto. Ahora quiere 30 y ya trabaja con los candidatos. Por ahora, además de intentar recuperar el cetro con González, está el pleito de Márquez contra Timothy Bradley, donde Dinamita buscará ser el primer mexicano en ganar cinco títulos mundiales en el mismo número de divisiones. Zaragoza asegura que don Nacho morirá en un cuadrilátero: "Nunca se va a retirar". Beristáin espera poder morir en su casa.

LOS MEJORES

Éstos son los boxeadores míticos, todos campeones mundiales, a los que Beristáin ha entrenado

> Daniel Zaragoza, cuatro veces campeón mundial

> Gilberto Román

> Juan Manuel Márquez, campeón mundial en cuatro divisiones distintas

> Rafael Márquez

> Humberto 'Chiquita' González

> Ricardo Finito López

> Jonnhy González, campeón mundial peso Gallo y Pluma

> Ábner Mares, campeón mundial Gallo y Supergallo

> Laura Serrano, primera campeona mundial mexicana

 

JOSÉ LUIS TAPIA ha cubierto peleas de boxeo que van desde las derrotas de JC Chávez ante De la Hoya, hasta el retiro de Zaragoza y la consagración de Márquez. Descubrió que si un deporte refleja la forma de ser del mexicano, es el pugilismo: no importa que tanto te golpee el enemigo, terminas abrazándolo.