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Discrimíname más

El grito de las personas que se tatúan: ¡Soy diferente, respétame!
(FOTO: )
TEXTO Jorge Serratos y María Luisa López FOTOGRAFÍA Jorge Serratos
| domingo, 1 de noviembre de 2015 | 00:10

¿Te han prohibido la entrada a algún restaurante o bar por tu forma de vestir? ¿Te han negado
un trabajo por tu corte o color de cabello? ¿Y tú te sentarías a la misma mesa con un par de hombres tatuados hasta los ojos? ¿Estrecharías su mano? ¿Te cambiarías de acera al ver un hombre ‘rayado’?
La apariencia física figura entre las primeras cinco causas de discriminación en México

Es mediodía y el calor sobre el Eje Central a la altura de la calle de Madero se funde con el bullicio de la multitud que camina por esta zona del Centro Histórico. Y ahí van Víctor y Adrián, quienes llaman la atención de todos aquellos que los encuentran al paso aun sin quererlo, pero que también, casi al instante, provocan sin buscarlo reacciones esquivas. 

Ambos cruzan la avenida y entran en un pequeño súper para hacer una recarga de celular. La mirada de la cajera muestra temor inmediato cuando los voltea a ver y tras unos segundos de silencio, alcanza a musitar: “No tenemos”. Aún no salen del lugar y la misma chica responde a otro cliente: “Permítame un segundo…”, ante la misma petición de una recarga telefónica.

Esta escena es común para ellos. Y es que Víctor (Calavera) y Adrián (Araña) son parte de una minoría que se asume como “Los Rayados”, personas que por diversas razones y en diferentes circunstancias han decidido tatuarse el cuerpo sin parar hasta llegar al extremo de hacerlo en sus glóbulos oculares con todos los colores posibles: morado, azul, rojo, negro, una moda que empieza a propagarse en México, aunque ya es más común en otras partes del mundo desde hace varios años.

Su apariencia siempre termina por ser un problema. Aunque no para ellos, sí para quienes deciden darles un trato diferenciado por su aspecto físico. Y es que aunque en México incluso está prohibida la discriminación a nivel constitucional, esta sigue siendo el pan nuestro de cada día.

A pesar de que en los últimos años se ha incrementado el reconocimiento sobre las distintas causas de discriminación y también sus efectos, encontramos que la relación entre esta y la apariencia física sigue siendo una constante de nuestra sociedad mexicana, reconoce la especialista en derechos humanos Hilda Téllez.


Cualquier circunstancia que escape de una “normalidad construida”, y que puede ser el vestirse de tal manera, tener una apariencia física tan específica como estar tatuado en tal o cual grado y en cualquier parte del cuerpo —como en el caso de Calavera y Araña— o tener perforaciones… todo lo que escape a esa “normalidad”, origina todavía y lamentablemente múltiples circunstancias de discriminación, acepta la ex directora general del área de Quejas del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), quien destaca que justamente la apariencia física se encuentra entre las primeras cinco causas de discriminación en México.

Entre los factores que intervienen y hacen más compleja la lucha contra el trato diferenciado que puede obstaculizar el acceso a servicios y derechos de cualquier ciudadano sin importar su apariencia, están por supuesto los relacionados con la desigualdad social o los vinculados con la institucionalidad o normas de política pública que conllevan un efecto discriminatorio.

“Pero la parte más fuerte está en los factores culturales, que se materializan en los prejuicios, los estereotipos y la normalización de la discriminación, y que se construyen de manera artificial, porque si bien es cierto que cualquier persona con o sin tatuaje puede cometer un delito, lo que origina una creencia como esa es que cuando alguien tiene un tatuaje sin más viene el estigma de que alguien que pudo lastimar su cuerpo, a juicio de esa persona que construye el prejuicio, es capaz de cometer una conducta delictiva forzosamente”.

Son prejuicios muy difíciles de derrumbar y esto tiene su clara expresión con la manifestación de rechazo de una gran parte de la sociedad, y que puede identificarse en un hecho tan sencillo como el que un empleado de un establecimiento mercantil le niegue el servicio a una persona por el simple hecho de su apariencia, por estar tatuado y no porque llegue a agredirlo.

Por eso, enfatiza la promotora de derechos humanos, es importante que se puedan ir revirtiendo los prejuicios, una construcción cultural artificial que no necesariamente obedece a la realidad de las personas, aunque sea la creencia común.

El peso del prejuicio


Las historias de vida de Calavera y Araña pesan tanto como los prejuicios sobre su apariencia. No lo niegan. Pero hoy les gustaría tener “una vida normal”. Aceptación y oportunidades. Pero en un país como el nuestro, donde aún es difícil pensar en aceptar al otro sin discriminar en determinadas circunstancias, es aún más difícil pensar en reintegrar sin la sombra del trato diferenciado.

Originarios de Iztapalapa, ambos recorren cotidianamente las calles de la Ciudad de México desde muy temprano y en transporte público ofreciendo estampas de santos a cambio de algunas monedas para obtener algunos recursos monetarios, ya que según su propio testimonio, no pueden conseguir trabajo por su apariencia. Y sí, también por su pasado...

Víctor (Calavera), hoy de 34 años, es el cuarto de nueve hermanos, “todos bien preparados” según su propio relato. Pero entre los trazos de su vida que se anima a contar está el logro de terminar la primaria, la secundaria y el bachillerato cuando cayó en “La Cana” (la cárcel). Estuvo preso ocho años.

“Comencé a tatuarme cuando murió mi mamá, me rayé su nombre en el cuerpo para no olvidarme de ella… Y de ahí fue otro y otro hasta tatuarme los ojos y hacerme lengua de serpiente (o lengua bífida que implica un corte en la misma desde la parte central hasta la punta) con mi compa El Plaga, la neta eso sí me dolió, pero quiere uno ser diferente. Aunque ¿sabes qué duele más que la pinche maquinita cuando te está rayando la piel o cuando la aguja entra en tu ojo para pintarlo? Es el desprecio de la gente o de tu familia”.

En ocasiones, relata Calavera, le han pedido que no asista a reuniones familiares porque “sacas de onda” a los invitados, o incluso, a no estar presente en su casa para un estudio socioeconómico de sus “carnales” cuando solicitan empleo. También le negaron en una ocasión inscribir a uno de sus sobrinos al kínder por la misma razón: los tatuajes. “Y pues ahí sí se la armé de tos porque ‘yo también estoy estudiado —le dije—, ¿sabe cuántos ricos y famosos están tatuados? ¡Su problema es sólo cultural, conozca primero a la gente!’”.

“Que nos traten igual”


Adrián (Araña), de 35 años, sólo estudió la primaria. Su “desmadre” empezó como a los 14 años, justo por esa época se tatuó un diablo y para cuando cumplió 16 ya estaba en el Tutelar de Menores. Luego vinieron el Reclusorio Norte, el Sur y el Oriente. “Pasé 17 años de mi vida en ‘Cana’… ahí me tatué la primera araña en el cuello, y ahí aprendí que las rayas te dan respeto, así que me seguí rayando dentro hasta casi quedar como estoy ahora”.

Una de sus hermanas, cuenta, estudió para ser abogada porque le prometió a su madre que lo iba a sacar de la cárcel. “Hoy me arrepiento de haber cometido tantos errores. Tengo familia y por ellos llevo tiempo portándome bien, el único vicio que no puedo superar, son las rayas (tatuajes). Por eso apenas me tatué los ojos”.

Y como en el caso de Calavera, los tatuajes siempre le resultan un problema. Entre otras cosas, cuando trató de tramitar su credencial de elector se la negaron. Pero su hermana lo asesoró legalmente y están por entregársela. “Muchas veces es difícil hablar con la gente... nos discrimina sólo por las rayas”.

Hace unos meses, al subir a vender sus estampas de santos a un camión, un joven le arrojó una de ellas a la cara a Adrián y lo ofendió. Él no pudo controlar el enojo y respondió a golpes. Llegó una patrulla y el joven lo acusó de robo. De nuevo a la “Cana”. “¡Y que me entamban con los más locos, chale, secuestradores y violadores… y yo sólo por mis rayas! Lo bueno que duró poco porque claro, no hubo pruebas en mi contra”.

En otra ocasión, ambos se acaban de subir al camión sobre Periférico Sur, y cuando comenzaban a hablar un hombre se aventó por la puerta trasera y en circulación. “Pensó que íbamos a asaltar a los pasajeros sólo porque andamos rayados. Por eso ahora que nos dan el chance de hablar de nosotros, de la banda rayada, queremos pedir que nos traten igual, que nos escuchen. Todos tenemos derecho a empezar de nuevo, cada quien guarda sus recuerdos como quiere, algunos en su mente o en su corazón, nosotros no somos envidiosos, preferimos marcarnos el cuerpo y mostrarlos… Porque cada raya tiene una historia”, dice Araña, a quien su abuela Petra siempre advirtió que no encontraría trabajo si se hacía todo eso que a ella no le gusta porque es “gente de antes”.

“Pero qué le vamos hacer… es mi nieto, si tu viera dinero pagaba para que le quitaran eso de la cara porque se la desfigura y él no está tan feo, cuando veo las fotos de cuando estaba chico qué distinto era… era un niño hermoso”, afirma Petra, de 83 años, con quien Adrián vive.

¿Buena apariencia?


Las historias de Víctor y Adrián son sólo dos ejemplos de una escena multiplicada de discriminación por apariencia física en México, que ocupa una de las cinco principales causas junto con la discapacidad, condiciones de salud, orientación sexual y género.

“Donde se produce mayormente la discriminación por la apariencia física es en el ámbito laboral —seguido por el educativo—, bajo el argumento cuestionable de una ‘buena apariencia’, cuando hay requisitos justificados como la preparación o características en general para cada trabajo, pero ¿qué es la buena apariencia?”, cuestiona Hilda Téllez.

Hace unos años, cuenta la ex funcionaria de Conapred, se lanzaron convocatorias públicas para cargos de elementos de seguridad aduanal en los que había por ejemplo una prohibición expresa de que no podía participar una persona que tuviera tatuajes, sin mayor explicación.
En su momento el Conapred hizo una investigación de las razones, y el argumento era que el hecho de que una persona tenga un tatuaje lo podría relacionar con algún grupo delictivo o el haber estado en prisión, lo cual constituye sencillamente un prejuicio. Mirar al otro de forma negativa, de entrada.“No necesariamente es así. Podrían pedir otra cosa, una investigación o comprobación de lo contrario, pero no juzgar por la apariencia”.

 

La apariencia, y en particular el uso de tatuajes, no tiene que ser equivalente a la criminalización y su consecuente discriminación. Pero sucede, durante su desempeño como titular en la Dirección General Adjunta de Quejas de Conapred, Hilda Téllez lo constató. En las denuncias que se presentaban por este motivo, con frecuencia se mencionaba que al ingreso de una persona tatuada a algún centro comercial o un bar, por ejemplo, el personal de seguridad les seguía automáticamente asumiendo que entraba una “persona sospechosa”, cuando un acto delictivo lo podría cometer incluso una mujer embarazada y eso no se considera de entrada.

Al cierre de 2014, de acuerdo con registros del Conapred, uno de los focos rojos de la discriminación en México estuvo en la apariencia física. La agenda está puesta: la diferencia nos hace iguales. Hace falta aceptarlo.