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Cuba, D.C. Preparando el embarque

La mayoría de los cubanos exiliados en Estados Unidos esperan con ansia poder regresar un día a la isla; los más viejos sueñan con la caída del régimen de los hermanos Castro, mientras que los más jóvenes, los que sólo escucharon del comunismo de voz de sus padres y abuelos, aplauden la iniciativa del presidente Barack Obama para poner fin al bloqueo. Este ejército de expatriados en tierra “enemiga” rebasa el millón, y ya hace planes para hacerle la revolución a la Revolución
El bar “Cuba Ocho”. En el barrio de la Pequeña Habana, es un punto de encuentro social y cultural de la comunidad en el exilio. (FOTO: Mirko Cecchi Desde Miami )
TEXTO Claudia Bellante /FOTOS Mirko Cecchi Desde Miami
| domingo, 14 de junio de 2015 | 00:10

Desde que comenzó el deshielo en las relaciones entre la isla rebelde y el gigante capitalista, no pasa un día sin que Emilio Izquierdo Jr. escriba en su Facebook un mensaje contra el “pacto sucio, cómplice y secreto entre Barack Hussein Obama y los Castro comunistas”, a lo que se ha añadido, en las últimas semanas al Papa Francisco, a quien llama Papa Pancho. Este deshielo inició con un apretón de manos en la Cumbre de las Américas, el pasado 10 de abril.

Emilio es un marielito de 67 años, uno de los 125 mil cubanos que zarparon desde el puerto de Mariel hacia el sur de Florida durante el éxodo masivo de 1980.

Y la razón por la que habla así es señal de las torturas sufridas en las cárceles de Fidel, acusado de asistir a la Iglesia católica, como informa su “ficha delictiva”, antes de que, a los 32 años, junto con su joven esposa y su hija menor, dejara la provincia de Pinar del Río para siempre. Hoy en día, en la propiedad de Bahía Honda, que había pertenecido a su familia, se ha instalado la Empresa de Telecomunicaciones ETECSA que hace poco ha activado el servicio telefónico directo entre Cuba y EU. Eso no lo puede soportar.

Nos reunimos en el restaurante Rancho Luna, en  la Pequeña Habana, el barrio donde vive la mayoría de los cubanos en Miami. Según el Censo de Población de 2010, sobre un total de 1,241,685 cubanos residentes en EU, son 1,213,438 los que viven en la Florida (tan sólo  en Miami hay 856,007). “Si nos fijamos en los números, representamos una pequeña fracción de la población, pero siempre nos destacamos: incluso el próximo presidente podría ser un cubano”, dice orgulloso.

Emilio es el coordinador de la asociación Cuban American Patriots and Friends y uno de los representantes más activos del exilio cubano. Para él, mientras la familia Castro se mantenga en el poder, no habrá diálogo ni perdón. “Estos acuerdos sólo harán más ricos a los Castro, pero dejarán a nuestro pueblo en la miseria”. Emilio es republicano, cree en Dios, en la patria y en el capitalismo. También considera a Obama un traidor. Todavía no ha decidido a quién apoyar en las próximas elecciones, todo depende de la posición que los distintos candidatos tomarán en relación con Cuba, pero no descarta a Marco Rubio, actual senador por Florida e hijo de inmigrantes cubanos, partidario del embargo.

Nelson Galán, hombre de 50 años, alto e imponente, es compañero de lucha de Emilio, pero sobre la reanudación de las relaciones tiene un punto de vista más moderado. Sus padres son revolucionarios y nunca han pensado en salir de Cuba. Él llegó a Miami en 2004 y el primer trabajo que pudo encontrar fue en una cafetería de la Pequeña Habana llamada épicamente La libertad. En la isla era abogado, como su madre, pero en EU, gracias a las subvenciones que el gobierno destina a los exiliados políticos, volvió a estudiar y se apuntó a la facultad de Ingeniería. Ahora es director de proyecto en una multinacional y conduce un Audi blanco de 70 mil dólares. Todo esto en Cuba, con un sueldo que apenas habría superado los 20 dólares al mes, no sería posible. En estos 11 años, Nelson ha regresado dos veces a su casa: “Voy sólo para sufrir —explica—, cuando estoy ahí me doy cuenta de que los problemas cotidianos de la gente, de mi familia, ya no son los míos”.

Nelson no tiene dudas sobre cuál sería la estrategia adecuada para derrocar al régimen de los Castro: “La oposición necesita dinero, hacen falta fondos para pagar a la gente, y que haga la revolución contra la Revolución”. Un plan que de inmediato trae a la mente episodios dramáticos de la historia moderna latinoamericana, como la huelga de los camioneros apoyada por Nixon para derrocar al gobierno de Salvador Allende y fomentar el golpe de Estado de Pinochet en Chile. Para Nelson es tan difícil la situación en Cuba y los ciudadanos están tan ocupados tratando el día a día, que sin apoyo externo nadie encontrará la fuerza para rebelarse.

Todo cambia

Pero a pesar de las ideas de Emilio y Nelson, un estudio de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) señala que 68 por ciento de los cubanos residentes en Miami favorece el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba y el mantenimiento o ampliación de las relaciones de negocios. Los datos muestran que los inmigrantes que han llegado recientemente, y los más jóvenes, están interesados en una relación más fluida con la isla, que quienes arribaron en las primeras olas migratorias a partir de 1959.

“Ellos no saben cómo están realmente los cubanos porque viven aquí desde hace mucho tiempo”,  dice Samaria, de 27 años, dueña de un estudio de fotografía especializado en fiestas de 15 años. “Nos mudamos desde que tenía 19, pero no fue un problema, porque todos mis amigos están aquí. Sólo los mayores se quedan. Miami para mí es como Cuba, sólo que hay comida”, resume sonriendo. Teri, su madre, es costurera y le acompaña cada día en los diferentes shootings.

 

Para Samaria, fotógrafa de quinceañeras, vivir en Miami es igual que vivir en La Habana..., pero con comida.

 “Si sigues las reglas, esta es la tierra de las oportunidades, pero es muy duro”, admite cansada y enrojecida por el calor. La modelo de hoy es Giselle, adolescente cubano-americana que habla spanglish y posa vestida como una ninfa tocando un piano de cola en el agua. Su fiesta de quinceañera se va a hacer en un hotel en Varadero, junto con la parte de la familia que se ha quedado. “Debido a que ninguna de las políticas anteriores trajeron ningún cambio, yo estoy a favor de lo que Obama está haciendo, siempre y cuando ayude a los cubanos a vivir mejor y no me impida enviar dinero a mis padres”, confiesa Liudmira, la madre de la chica, quien  en la facultad de Química de la Universidad de Santiago de Cuba estudió ruso y ahora es propietaria de una empresa de transportes. Para Liudmira no hay nada malo en regresar a Cuba cada vez que pueda: “Sólo terminar el despegue comienza el aterrizaje, se tarda un momento”.

Pero para Emilio y los que piensan como él, esta actitud no es aceptable: “Ahora ya no existen exiliados políticos, sólo migrantes económicos”, comenta con decepción.

Todos se quieren ir

El exilio en Miami está dividido, como nunca antes. Por un lado “los ancianos”, que recuerdan con nostalgia una Cuba que ya no existe y que, en cualquier caso, después de 56 años, sería diferente de la que dejaron. Por otro, “los jóvenes”, que han vivido el comunismo como un hecho, sin apoyarlo ni combatirlo; simplemente lo encontraron y, con el tiempo, han llegado a conocer sus contradicciones.

 Y aunque, según un estudio publicado en marzo por la agencia  Bendixen&Amandi, la reanudación de las relaciones hacen esperar un futuro mejor para la isla; 69 por ciento de los cubanos de entre 18 y 34 años desea salir y, más de la mitad sueña con una nueva vida en “territorio enemigo”, donde gracias a la Ley de Ajuste Cubano, de 1966, disfrutan de un estatus privilegiado que los hace diferentes de cualquier otro inmigrante, y que les permite, entre otras cosas, solicitar la residencia después de un año y un día de entrar en el país, tener un permiso de trabajo después de tres meses, y para los seis primeros meses recibir ayuda financiera y cupones de alimentos.

 “Yo me he ido por aburrimiento”, admite Carlos Díaz, de 29 años, cuando nos reunimos para tomar un café en Starbucks. “Cuando era adolescente pertenecía a la Unión de Jóvenes Comunistas, no era un opositor, pero estaba harto de ver la misma calle, las mismas caras, de ganar 20 dólares al mes a pesar de ser  profesor de la universidad y editor de una revista, de comer arroz y limón, porque a menudo no había nada más en la nevera y de no tener papel higiénico”. Con él vive Liliana Rodríguez, que llegó hace unos meses, después de vivir algunos años en Bogotá. Liliana y Carlos crecieron juntos, pero ella nunca tuvo interés en la política. “Liliana era parte del universo juvenil”, sonríe su amigo, dándose cuenta de cómo la expresión se refiera a algo nebuloso, difícil de definir e interpretar en un contexto marcado en base a definiciones estrictas y de opuestos. “Yo miro a mi abuelo —dice Liliana— que ama a Fidel, hizo la revolución con él, es del partido y entiendo que es tan terco en su convicción, porque si de repente estuviera cuestionando lo que siempre ha creído, esto le llevaría a ver derrumbarse toda su vida”.

En palabras de Liliana, así como en las de Carlos, no hay ira ni deseo de venganza, sino la comprensión absoluta de una historia que tuvo sus momentos de gloria, sus héroes y que hizo la esperanza de muchos, dentro y fuera de Cuba, de que un mundo mejor era posible. Pero luego las cosas salieron de otra manera y ahora lo que ellos quieren es irse, simplemente, a ver cómo puede ser su futuro en otro lugar. “Cuando me interrogaron para darme el asilo político en la frontera con México, dije cosas que son verdaderas, pero exagerando un poco —confiesa ella—, porque eso era lo que ellos querían oír”. Liliana era periodista en Cuba, como Carlos, y cuando pidió permiso para salir del país, sus editores tuvieron que asegurarse de que no tenía información confidencial. Ahora trabaja en el aeropuerto. “Finalmente, mi marido y yo nos podemos permitir una casa que es sólo nuestra, y no puedes imaginar cómo me hace feliz gastarme los 12 dólares, que un tiempo fueron todo mi sueldo, para comprar una pizza y unas cervezas e invitar a nuestros amigos a ver un partido”.

También Aly Sánchez, 29 años, pasó por México antes de llegar a Miami. “Yo nací en el campo —cuenta—, para mí nunca ha habido otra vida más allá que eso y la escuela de actuación en La Habana. No puedo decir que me faltara algo o que he sufrido las consecuencias de una dictadura, simplemente tenía un sueño y si me hubiera quedado no lo habría alcanzado”. Aly en Cuba era actriz de telenovelas y ganaba 10 dólares al mes, hasta que un día le ofrecieron hacer un anuncio en la Ciudad de México, y ella aprovechó la ocasión. “Los que me contrataron me dijeron que no me preocupara, que iban a buscarme al aeropuerto, pero cuando llegué no había nadie. Me quedé sola 15 días hasta que un tío de Miami me pagó un pasaje hasta la frontera. Pasé en un momento, pero una vez al otro lado, pensaba que ya estaba en Miami, yo no sabía nada de la geografía”, admite. Una vez instalada en su nueva vida, Aly empezó  inmediatamente a buscar trabajo en la televisión, en el canal cubano América TeVé. “Cuando me presenté a los estudios me daba vergüenza porque mi ropa estaba gastada y mi cabello no era tan brillante como el de las otras chicas. Allá no tenemos champú”. Pero después de sólo un año, Aly consiguió el papel de la mala en una popular serie televisión, llevándose a casa unos 240 dólares por día. Luego entró al programa humorístico TN3, lleno de sketches que se burlan del régimen de los Castro y que se distribuye en la clandestinidad en la isla por los pocos que tienen acceso a una antena parabólica.

El canal  América TeVé, que transmite en la Florida, tiene gran éxito entre  la comunidad cubana gracias  al programa de comedia “TN3”, en donde en la mayor parte del tiempo se burlan de Fidel Castro.

En la producción también está la maquillista Moraima Alfonso, que huyó de Cuba en 2004, como otros 37 mil que se lanzaron al mar en una balsa para intentar llegar a Estados Unidos, en medio de una profunda crisis económica y de una serie de manifestaciones en contra del gobierno que pasaron a la historia como Maleconazo, ya que cientos de personas llenaron el Malecón de La Habana y se enfrentaron con la policía. “Salí justo el día en que Bill Clinton promulgó la ley Pies secos, pies mojados, lástima que yo no lo sabía”. En virtud de esa ley todos los cubanos que consiguieran tocar tierra podrían quedarse, mientras los interceptados en el mar serían llevado a la base de Guantánamo “indefinidamente”. Moraima permaneció allí un año y medio. “Fue como vivir en un campo de refugiados —recuerda—, con las carreteras que se convertían en ríos de barro cada vez que llovía. Y los niños que nacieron en el principio ni siquiera se reconocieron: Cuba no los quería y para Estados Unidos no existían”. A pesar de lo que ha pasado, Moraima no recrimina nada a su país de adopción. “Aquí, en un tiempo muy corto, trabajando duro, conseguí lo que en Cuba no habría ganado en la vida”.

Cada año, alrededor de 40 mil personas abandonan Cuba. En los tres primeros meses de este año fueron 9 mil 371 personas. Eso equivale a un aumento de 118 por ciento sobre el mismo período de 2014.

Muchos cubanos lo hacen legalmente, a bordo de un avión, pero la tragedia de los balseros continúa. Según cifras de la Guardia Costera norteamericana, hasta el 22 de abril de  2015 fueron interceptados 2 mil 86 cubanos en alta mar o que tocaron tierra en suelo estadounidense.

Para muchos de ellos ya no sólo existe el deseo de una vida mejor, sino la sospecha de que el comienzo de un nuevo curso en las relaciones entre los dos países pondrán en duda la condición jurídica de la que gozan los cubanos al ser refugiados políticos de un régimen comunista. Porque terminada la Guerra Fría para siempre, el enemigo dejaría de ser tal y los ciudadanos llegados desde esa isla pícara se convertirían en simples inmigrantes. Y es obvio que esto puede dar mucho miedo y llevar a la caída de una nueva ilusión, probablemente la única que les queda:  la de un país en el que sólo hace falta pisar tierra para que todo sea posible.

 

La peluquería Gamboa, ubicada en la Calle 8 de Miami (corazón de la Pequeña Habana), es una de las favoritas de los exiliados cubanos.