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Chavela Vargas: Ya vengo de vuelta

Chavela Vargas está por cumplir 94 años y hoy presenta en Bellas Artes un disco-tributo a Federico García Lorca, su amante eterno, su fantasma. La trovadora luce vibrante, fascinada con el canto de los pájaros. Escuchándolos voy dejando de vivir sin morirme, así, dejo de vivir, viviendo.
Por Laura Castellanos, fotos de Dante Castillo
TEPOZTLÁN, MORELOS | domingo, 15 de abril de 2012 | 00:10

El mediodía transcurre espléndido. Amanda Franco conduce por la carretera hacia la Quinta Monina, frente al Cerro del Chalchi. La encargada de relaciones públicas de Discos Corasón me cuenta que la intérprete de Un mundo raro suele decir "¡Ay ya!" cuando le aburre una entrevista. Y así da por terminada la conversación. En el estéreo suena el cidi La luna grande: Homenaje de Chavela Vargas a Federico García Lorca, en el que la trovadora declama la obra del poeta, acompañada de boleros rancheros interpretados con guitarra. El disco se presenta en el Palacio de Bellas Artes el mismo día en que se publica este texto. Al llegar a la caseta de peaje damos vuelta a la derecha. Algunos kilómetros más adelante encontramos el Cerro del Chalchi, un manojo de peñascos secos por falta de lluvia. Descendemos del auto y tocamos al portón.

Poco antes de llegar a la casa de Tepoztlán, Amanda me confesó los temores de Mary Farquharson, cofundadora de Discos Corasón, y de María Cortina, amiga y representante de la cantante. A las dos Marías les preocupaba que la amante del poeta cancelara la entrevista de último momento. Temían que la cantante se sintiera mal de salud o de ánimo. Su inquietud se debía al nerviosismo con que Chavela enfrenta su presentación en Bellas Artes, pero también a que la mujer, que el 17 de abril cumple 94 años, lleva una vida alejada del bullicio, sobre todo después de que quedó paralítica hace cuatro años.

Amanda me insiste en que a la trovadora le fastidian las entrevistas, que suele quejarse de que siempre le preguntan de sus borracheras con José Alfredo Jiménez, de su vida lésbica en los años cincuenta y de su relación con Frida Kahlo.

Se abre la puerta de la Quinta Monina. Nos recibe Tobi, un maltés negro y viejo, detrás van Joaquinito y Lola, dos xoloitzcuintles. Lola es la guardiana de la intérprete. Cuatro casas pequeñas comparten el jardín amplio y árido. Había visto fotos que me hicieron pensar que el lugar era un edén en época de lluvias. Pero ahora sólo se ven algunos árboles, cactáceas, arbustos de bugambilia, pasto ralo, suelo terroso. Lo único colorido es la jacaranda en flor que se eleva a las afueras de la propiedad, frente al Chalchi. Debajo de la sombra de un árbol alto se dispuso una mesa de plástico con sillas, a unos metros de la alberca. Ahí esperamos con incertidumbre a la inspiradora del Boulevar de los sueños rotos, la célebre canción de Joaquín Sabina:

En el bulevar de los sueños rotos
vive una dama de poncho rojo,
pelo de plata y carne morena.
Mestiza ardiente de lengua libre,
gata valiente de piel de tigre
con voz de rayo de luna llena.

Desde nuestra ubicación vemos que en la casa más próxima, la del frente armado con ventanales de cristal, se aprecia a una enfermera jalar una silla de ruedas en reversa. La hace girar pausadamente para salir al jardín. Lentamente queda al descubierto la poseedora de la voz agrietada y rasposa infaltable en las farras de desamor, aclamada en el Olympia de Paris y condecorada con la Gran Cruz de Isabel la Católica por el gobierno español. La mujer que causó revuelo por cantar con jorongo y pantalones en los años cuarenta y cincuenta, viste guayabera roja escarlata y pantalón de mezclilla. Unos lentes de sol le cubren la visión y su semblante es risueño. Luce vibrante. Chavela nos transmite su gozo. De manera espontánea camino hacia ella y le tomo las manos sedosas, sin fuerza. La saludo. Mi mirada choca contra sus gafas, pero adivino sus ojos chispeantes arropados por arrugas. Doy un paso atrás y le presumo mi blusa yucateca negra con flores bordadas en rojo: "¡Mire! ¡Vengo de Chavela Vargas!". No es uno de sus jorongos emblemáticos, pero el gesto de vestir con sus colores predilectos le hace gracia, ríe.

Amanda, Chavela y yo nos instalamos en torno a la mesa sombreada. Los perros se echan a nuestro alrededor. Mientras saco mi grabadora hago la plática: "¿Qué árbol es éste?", señalo hacia la copa que nos da cobijo. Ni voltea a verlo. "No sé pero es terrible, se le rompen las ramas y se caen", arrastra su voz grave. Me lo informa muy tranquila, por cierto. Yo, discretamente, elevo la vista para ver si hay alguna rama amenazante. Luego supimos que se trata de un fresno. La señora del pelo plateado no le teme a sus ramas. El fresno la respeta, pues es una chamana declarada y conoce las fuerzas de la naturaleza. También las invisibles, pues es sabido que, según ella, habla con el fantasma de Lorca.

La costarricense que llegó a México a los quince años ya no tiene la melena azabache, tampoco alza los brazos inyectados de pasión contenida al cantar La llorona, y sus piernas que la llevaron de las parrandas salvajes a los escenarios internacionales ahora están inertes. Pero está viva. Cuando la madre postiza de Pedro Almodóvar cumplió 90 años en 2009, le hicieron una especie de homenaje despedida en el Teatro de la Ciudad en la capital mexicana. Tenía poco tiempo de quedar postrada en la silla de ruedas. Todo mundo pensaba que estaba en la antesala de la muerte. No fue así. Poco después publicó sus memorias: Las verdades de Chavela. Y en 2010 sacó el disco ¡Por mi culpa! Su voz era débil, se pensaba que sería su última grabación. Y hela aquí, dos años después, vital y alegre, presentando el disco con los poemas del personaje que la obsesiona y hablando sin miedo de la vida y de la muerte. "Ya vengo de vuelta, sé a dónde fui y para dónde voy", me dice a la sombra del fresno terrible.

La hechicera Cupaima

Apenas comenzada la entrevista hace presencia la parte chamana de la solista que acostumbra portar medallones y dijes de poder durante sus actuaciones, aquella que afirma que indígenas la sanaron en su infancia de una enfermedad de los ojos y de la poliomelitis en la finca rural donde creció. Enciendo la grabadora cuando ella repara en el trinar insistente de los pájaros. "Vivo llena de los cantos de estos pájaros que están desesperados por lluvia, oye su canto", me pide y hace una pausa. "Escuchándolos voy dejando de vivir sin morirme, así, dejo de vivir, viviendo".

Como mujer de sabiduría la iniciaron en una ceremonia encabezada por chamanes wixarrica, en el desierto Wirikuta, territorio sagrado de San Luis Potosí. No recuerda en qué año. Cuenta que aconteció una noche estrellada en que los indígenas hicieron sonar las caracolas. Le dieron el nombre de Cupaima. En su lengua: amiga, hermana que te comprende. Los chamanes le enseñaron a hablar con las estrellas, la noche, el Chalchi. Y a curar el cuerpo y el espíritu. Chavela dice que percibe algunas enfermedades de la gente, pero no entra en detalles sobre sus habilidades como sanadora. Sólo dice que cura sin que la gente se dé cuenta, a través de una plática dulce. En cambio sí me explica qué significa ser una buena chamana: "Es ser consciente de para qué sirves y cómo sirves, y quién te necesita, sin pensar en ganar un centavo, porque entonces todo pierde la belleza".

La percibo cómoda, relajada. Conforme la charla avanza ella por momentos se abandona en digresiones sobre Lorca. La escucho. Luego, suavemente regresamos al tema que nos ocupa. Continúa el hilo de la conversación: si bien la iniciaron en el camino mágico en San Luis Potosí, desde antes se percató de que algo interno luchaba por manifestarse. "Sentía una cosa rara y me dije '¿qué esto, qué tengo?' Yo no estoy enferma, me siento muy angustiada, ¿qué busco?". Con la ceremonia huichola aprendió que no debía asustarse y asumir su poder. Así lo hizo.

—Mira esos pajaritos, piden agua —interrumpe el tema de la conversación inesperadamente—. Hasta los pájaros sufren —y voltea la cabeza hacia un cardenal que revolotea a unos metros de distancia.
—¿Pero por qué no llueve? —comienzo a angustiarme por los pájaros.
—Porque no es hora, estamos en primavera, ahora no llueve, hay que esperar unos días o meses para que llueva y vuelta otra vez a florecer todo, a cantarle al mundo, y yo a darle gracias al mundo por tener donde pueda estar tranquila.

Misteriosamente la atmósfera se va transformando. Un vientecillo cobra ímpetu y el cielo azul se va tornando grisáceo. Un chiflido se escucha en el camino de terracería que colinda en la parte de atrás del terreno. Lola se levanta de inmediato. Ladra sin parar. Joaquinito y Tobi la secundan. "Lola, Lola", la llama con cariño su protegida. Lola, rebelde, la ignora. "Lola está oyendo ruidos allá afuera, deben ser estudiantes, trabajadores o majaderos", aventura al cruzar sus manos. Instantes después el chiflador se va y Lola vuelve a echarse en su lugar.

Cupaima dice por tercera vez que los pájaros claman por lluvia, y a mí ya me da sed. Amanda ofrece traernos un par de bebidas. En otro momento de su vida la cantora que Carlos Monsiváis definió como "Hemiciclo a José Alfredo Jiménez" hubiera recibido un tequila en el rincón de una cantina. Pero ahora su enfermera le manda un vaso con agua de jamaica. Yo me sacio con agua natural. Algunos truenos se escuchan lejanos. "¿No será que usted como chamana está atrayendo la lluvia?", le pregunto. "No me extrañaría nada, pero no va a llover ahorita", predice.

Entonces recuerdo que Chavela narra en sus memorias que cuando vivió en la casa de Playa Zapote, Veracruz, clavaba espejos en la tierra ajada del jardín para que lloviera. La residencia se la prestaba Miguel Alemán Velasco, cuando fue gobernador del estado (1998–2004). Era la época en la que la coautora de la versión moderna de La Macorina resucitó con furia luego de perderse en el trago desmedido durante 15 años. A Alemán lo conoció de niño, cuando su padre fue presidente y ella vivió su época dorada de juergas con personajes de la cultura popular, a fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta. El sortilegio de los espejos en la casa de Playa Zapote provocó fenómenos incontrolables. Un día un huracán se llevó el techo de la residencia. Por eso la chamana no hiere la tierra en la Quinta Monina. "No, que va, ya no", me dice.

En cambio considera que su magia interna la llevó a materializar La luna grande. Ella misma no encuentra otra explicación para comprender cómo le nació la idea del disco. "No lo sé, estoy guiada por una fuerza que ni yo misma entiendo". Pero sí está convencida de que gracias a su alquimia regresará a Bellas Artes, 17 años después de haberse presentado ahí por vez primera. Y está entusiasmada porque en esta ocasión le rendirá homenaje a su poeta: "Como chamana tenía que ser así, lo he deseado, lo he pedido, lo he trabajado".

El fantasma de Lorca

Cuando entramos de lleno al tema de Lorca, el aire arrecia. Por momentos pretende volar las hojas que tengo en la mesa, al lado de mi libreta. Conecto los audífonos a la grabadora para corroborar que la voz de la apasionada de la canción vernácula se registre, pero el ruido de las ráfagas de viento la hacen por momentos inaudible. Debo tomar la grabadora y acercarla a su boca.

Amanda me había comentado que cuando La Vargas expresa su fervor por el poeta, se transforma. Me encantaría ver el cambio que se produce en su mirada, pero sus lentes lo imposibilitan. No le gusta quitárselos ante extraños. Incluso sale con ellos en la contraportada de su disco La luna grande. Pero lo que sí percibo es que aunque no vea sus ojos algo cambia en su expresión. Recuerdo haber leído que Lorca le dijo en alguna ocasión al escritor Juan Chabás: "Una cosa es la cultura y otra es la luz. Eso es lo que hay que tener, luz". Y la artista se ilumina cuando habla de él. Chavela Vargas cuenta que desde niña el andaluz se hizo presente en su vida. Escuchaba una voz que le pedía contemplar con detenimiento el vuelo de la mariposa o la belleza del pájaro carpintero en la finca exuberante en la que creció. Esos son sus únicos recuerdos plácidos de esa época de su vida, pues siempre ha dicho que sufrió un gran rechazo y maltrato por parte de su familia, sin que hasta ahora conozca la razón. La cantante bravía dice que con los años constató que esa voz desconocida era la del lírico célebre.
Suele relatar que el fantasma del dramaturgo la visitaba cuando ella se hospedaba en la Residencia de Estudiantes de Madrid, tras su irrupción artística en tierras españolas a fines de los años noventa. El autor de Yerma vivió en esa misma casa en los años veinte. Ahí conoció a Luis Buñuel, Rafael Alberti y Salvador Dalí. La declamadora se hospedó de forma casual en la misma habitación que él ocupó. El republicano que hizo pública su homosexualidad y fue fusilado por fuerzas falangistas, solía aparecerse en la habitación. Lucía joven, con un traje verde oscuro, tipo militar. "Él me decía que tenía ganas de hablar, y yo no le podía decir que estaba muerto", recuerda. Otras veces dice que lo escuchaba tocar el piano de la casona. Ella le hacía compañía.

Cuando estamos más entradas hablando del escritor, otra fuerza de la naturaleza se hace presente, esta vez en el terreno poblado de arbustos resecos aledaño a la parte trasera del jardín. Al vendaval que sube y baja en intensidad, y a los truenos distantes que de pronto resuenan, se suma el sonido creciente del crispar del fuego. "¿Qué es eso?", pregunto extrañada. Amanda y yo nos incorporamos de volada y observamos a lo lejos una llamarada que hace tronar los arbustos marchitos. "¿Quién lo hizo?, así se hacen los incendios2, expresa Amanda. Le pareció ver a un hombre entre los ramales muertos. Yo no veo a nadie. La enfermera sale de la casa y externa que nunca había visto arder el solar.

Regresamos a la mesa. La reina de las coplas impetuosas ni se inmuta. Vaya, ni pregunta qué pasó. Sigue hablando del personaje que a veces la acompaña en sus noches de insomnio. En La luna grande se incluyen algunos poemas de Lorca que han sido significativos en su vida. Amanda me dijo que en particular la trovadora pidió que incluyeran un fragmento de Romance de la pena negra. En éste la protagonista hace honor a su nombre, Soledad Montoya, y enfrenta con dolor su soledad y vejez. A la cantante le preguntaron qué le decía ese romance y ella respondió algo así: "No hay nada más qué decir". Un fragmento:

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.

Fito Páez musicalizó el poema con vehemencia. Pero la interpretación de la diva ranchera es desgarradora. De manera excepcional Discos Corasón decidió no musicalizarla.

—Es muy bello el Romance de la pena negra pero también es trágico —le comento.
—¡Claro! Si usted piensa un rato, todo lo hermoso y todo lo bello tienen un final triste, una cosa rara, que lo llena a uno de angustia, y esa angustia es creadora, le dice a uno "espérate, sigue".

Otro de los poemas seleccionados en La luna grande alude a la mezcla de belleza y fatalidad que la seduce. Es un fragmento de la comedia El maleficio de la mariposa y parece haber sido escrita para ella. De hecho, Amanda le tomó una foto en primer plano en el que el Cerro de la Mariposa de Tlayacapan, Morelos, sale de fondo. La juglar añosa lo entona con sentimiento acompañada por la melodía Mujer, de Agustín Lara. En un trozo del poema se le escucha expresar:

Yo soy el espíritu
de la seda.
Vengo de un arca misteriosa
y voy hacia la niebla.
Que cante la araña
en su cueva.
Que el ruiseñor medite
mi leyenda.
Que la gota de lluvia se asombre
al resbalar sobre mis alas muertas.

El crispar del fuego sube de tono. Un leve olor a quemado nos llega a la mesa cuando la portavoz del poeta comparte que La luna grande agravó sus noches insomnes. Dice que no duerme nada más de pensar que debe estar a la altura del evento en el Palacio de Bellas Artes. Que quizá la audiencia piense que dará una cátedra lorquiana pero no será así, será sólo un "mano a mano" poético.

—Tendré que oír muchas críticas, me llamarán de todo, ya estoy preparada —anticipa.
—¿Pero qué le hacen a usted las críticas?
—Nada —se carcajea.

Está convencida de que el autor de Arbolé arbolé la acompañará en Bellas Artes. Por lo pronto se enfrenta a un dilema: ¿Dónde guardará tal noche en su ser interno? Se lo pregunta porque teme que al morir ese recuerdo trascendental se esfume para siempre. "No sé dónde voy a guardar esa noche, porque no hay donde guardar nada, te mueres y se acabó, no hay más".

El valor  del silencio

La corriente aleja la humareda del jardín. El fuego que se extendió en un radio aproximado de 10 metros se va aplacando. La camioneta que transita sobre el camino de terracería suscita de nuevo el coro de Lola, Joaquinito y Tobi. La enfermera se acerca a la entrevistada y le apapacha la espalda. Luego la enfermera y Amanda toman distancia de la mesa. Quedamos las dos solas. La cantora se muestra serena. Le pido de favor que me firme Las verdades de Chavela. "Lo siento, ya no puedo escribir", se lamenta. Cubre una mano sobre la otra. Un leve temblor asoma en la mano oculta. Entonces la inquiero sobre sus silencios, muy conocidos entre sus cercanos. "Tanto el ruido como el silencio enseñan mucho, los silencios son importantes", me dice. Se calla. Los perros dejan de ladrar. Por un momento, todo enmudece.

Los riatazos de la vida

Amanda retorna a la mesa cuando pregunto a mi interlocutora cuál es su agenda diaria en compañía de sus dos enfermeras: Lorena y Lili. Explica que le cuesta trabajo dormir, despierta muy entrada la mañana, desayuna al mediodía un café con una galleta, y pasa el resto del día dentro de la casa; no acostumbra salir al jardín, a menos que tenga visitas. Come pescado asado alrededor de las cinco de la tarde, después la recuestan en su cama. Un poco lee. Un poco ve televisión. Las horas transcurren lentas. Oscurece, y de nuevo, otra noche en vela.

Chavela me cuenta que no sólo el fantasma de García Lorca la visita por las noches. Otros espectros de su pasado también la frecuentan. A veces toman forma de pensamientos recurrentes. En ocasiones se presentan en retazos del sueño que apenas logra conciliar. Así, por ejemplo, sueña a la niña desamparada que fue, y el resentimiento que creía que había vencido se aviva de nuevo. En otros momentos rememora las noches en las que andaba de "vieja borracha", con José Alfredo Jiménez en la cantina El Tenampa.

Música ranchera casi no escucha. Quizá un poco de su amigo entrañable o de Cuco Sánchez. Nunca de la dinastía Fernández. "Me tiene muy harta Vicente Fernández y el hijo, que están mañana tarde y noche suene y suene", se sincera. "Ellos piensan que son los dueños de México y no, pero déjelos, ya se llevarán su riatazo". La ovacionada en el Carnegie Hall de Nueva York también ya se llevó los suyos. Sobretodo cuando una mañana de 2009 despertó y descubrió que sus piernas no le obedecían. Estuvo varios días en el Instituto de Neurología, pero todo fue en vano.

"Dejar de caminar ha sido un riatazo —dice—. Tengo que hablar con el chamán mayor y decirle lo que me pasó, y que aquí estoy, ¿qué hago? ¿Me desespero? ¿Me suicido?". La mujer que nació libre, acostumbrada a desplazarse a donde le diera la regalada gana, de pronto se quedó anclada a una silla de ruedas, dependiente de la ayuda de los demás. Su nueva realidad la aisló en la casa modesta que alquila en la Quinta Monina. La tiene amueblada con un antecomedor azul rey, el color preferido de Frida, y una salita con cojines de lana con bordados mazahuas. La única habitación es austera, pintada de azul cielo. Alrededor de su cabecera de madera están sus compañías más queridas: la foto descolorida de Lorca, que le acompaña desde hace décadas, una Virgen de Guadalupe amarillenta, sus retratos con Almodóvar, otros con una de las dos Marías, la de su amiga y representante. Lola es su compañera cotidiana, inseparable.

A pesar del dolor interno que le provoca estar paralítica, estima que ha recibido riatazos mayores en su vida. Pero los otros no se ven, sólo se sienten: "¡Uf! —exclama— Yo creí en la amistad de muchos amigos, pero me ofendieron, me dejaron porque era puro interés, eso me ha pasado muchas veces, lo cual me tiene muy sin cuidado porque aquí estoy, con 93 años".

La recta final

Ya transcurrieron más de dos horas de entrevista y la futura cumpleañera sigue fresca y contenta. El viento se torna brisa ligera, el humo de la quemazón extinguida gana presencia. Pronto nos veremos obligadas a ingresar a la casa. También porque su enfermera sugiere adelantar la sesión de fotos para darle a su paciente animosa el descanso obligado.

Al final de la conversación me animo a preguntarle por Frida. Corro el riesgo de que la coplera bravía me lance un "¡Ay ya!".  Le menciono la carta que la pintora le envió al poeta Carlos Pellicer, en la que externa lo que experimentó al conocerla: "Se me antojó eróticamente". La carta se reprodujo en Las verdades de Chavela. La Vargas no me manda al diablo. Por el contrario, reflexiona: "Ya todo pasó, a mis años, en mi momento, todo lo he vivido como humana, con todas las fallas, con todo lo grande, lo bueno, así he vivido y así voy a morir".

—De qué se arrepiente Chavela —intento descubrir alguna expresión en su rostro.
—De nada, no me arrepiento de nada —sigue apacible.

Le pregunto que con cuál poema de Lorca se queda en la recta final de su vida. Declama un fragmento del poema "Muerte de Antoñito el Camborio", incluido en el Romancero gitano:

En la recta final
tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.

Como la chamana lo predijo, la lluvia no cayó. Los pájaros seguirán sedientos.

 

LAURA CASTELLANOS escribe sobre radicalización social y cultura popular. Es autora de cuatro libros. Su obra ha sido traducida al francés, italiano y alemán. El poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo eligió uno de sus reportajes para la "Antología de la crónica latinoamericana actual" de reciente publicación. Esta periodista creció en Guadalajara y lamentó mucho no haber podido brindar con Chavela con un shot de tequila sino con un vaso de agua de jamaica al momento de entrevistarla en Tepoztlán