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Buscando a Benedicto XVI

Una periodista chilena está sorprendida de que en México, donde ocho de cada diez personas se dicen católicas, no hay imágenes de Benedicto XVI en los principales centros de culto. En cambio, la nostalgia por Juan Pablo II cuelga de las paredes de la Catedral, la Basílica de Guadalupe y de cuanta capilla existe, aunque dejó de ser Papa hace casi siete largos años

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Por Catalina Jaramillo, Fotos: Catalina Jaramillo y Archivo EL UNIVERSAL
| domingo, 25 de marzo de 2012 | 00:10

Lo primero que me llamó la atención al entrar en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México fue un Cristo negro. Eran mis primeros días de visita y, como chilena, estaba emocionada al descubrir el Centro de este país. Entré a la iglesia para refrescarme un poco después de  haber recorrido el Templo Mayor, en medio del caos de esta gran urbe y el eterno griterío de los ambulantes. Tomé unas fotos de aquel Cristo negro y seguí. Justo antes de salir, me topé con grandes imágenes de Juan Pablo II en uno de los dos pequeños negocios que venden artículos religiosos dentro del templo. Había un póster de Karol Wojtyla con la Virgen de la Guadalupe y otro, repetido dos veces,  con la leyenda "México siempre fiel". Sonreí y recordé que Benedicto XVI es Papa desde 2005.

Intrigada por esta nueva curiosidad mexicana, regresé para buscar, pared por pared, alguna imagen de Benedicto XVI adentro de la Catedral. No había ninguna. Y en una de las capillas laterales me encontré de nuevo con Juan Pablo junto al altar, en un gran cuadro enmarcado en madera dorada, con la imagen de el Papa viajero en su alba blanca, casulla roja y solideo (el sombrerito) blanco.

Volví a mirar las vitrinas de los pequeños puestecitos de la Catedral y sólo hallé más vírgenes, medallas y figuritas de Juan Pablo, la Guadalupana o de otros religiosos o santos venerados por los católicos. De Benedicto XVI, nuevamente, nada.
En estos días el Papa visita por primera vez México, pero en las decenas de iglesias a las que he llegado, luego de ese día en la Catedral, cinco meses atrás, sólo veo imágenes de Juan Pablo II. Confieso que me obsesioné en buscar la cara del pontífice alemán en parroquias, templos, iglesias y capillas católicas.

Tampoco en la Basílica

En la Basílica de Santa María de Guadalupe pasó lo mismo, ni luces de Joseph Aloisius Ratzinger, pero sí de una estatua de bronce de seis metros de alto de Juan Pablo II a cuerpo entero, vestido en su indumentaria papal con la mitra, el sombrero cónico y el báculo en una mano. Su imagen también está en la capilla del Cerrito y en miles de puestos donde los visitantes  pueden tomar fotos. Benedicto XVI tampoco estaba siquiera en el mercado que hay afuera de la Villa, donde sí ofertan las imágenes de Juan Pablo II y de la Guadalupana como pan caliente. Le pregunto a uno de los vendedores por qué no hay imágenes del Papa y no sabe darme una respuesta. Me dice que Juan Pablo es beato y que el Papa no, que quizá es por eso.

La respuesta no me satisface. Me parece curioso que en un país donde más del 80 por ciento de la población asegura que es católica, apostólica y romana, no haya ninguna relación con su líder. Vuelvo a la Catedral.

"¿Tiene una cadenita del Papa?", escucho a un señor pedir en el puestecito donde están los pósters de Juan Pablo II. Su mujer y su hija de unos siete años lo acompañan.

La mujer de edad mediana que atiende el pequeño local no le pregunta nada al posible comprador  y se pone a buscar la cadenita con la figura de un polaco y no de un alemán. No me aguanto la pregunta.

—¿Disculpe, a qué Papa se refiere usted?
—A Juan Pablo II —me dice,  como si fuera obvio.
—Pero Juan Pablo dejó de ser Papa hace casi siete años —le digo—. Juan Pablo II ya no es el Papa.

Héctor Lino Ramírez, un hombre originario del  Distrito Federal, me mira extrañado y me explica en varias palabras que en México el Papa es Juan Pablo II. Que después de la visita del "nuevo" Papa, la situación en el país seguramente  cambiará.

Juan Pablo II visitó México en cinco ocasiones: enero de 1979, mayo de 1990, agosto de 1993, enero de 1999 y julio de 2002. Desde su primera visita, los mexicanos le abrieron los brazos y le cantaron "Amigo", la canción de Roberto Carlos, debajo de su balcón, como quien le canta serenatas a su amada.

El Papa viajero hizo una gira por varias ciudades del país, beatificó y canonizó a Juan Diego en la Basílica de la Guadalupe; beatificó también a los indígenas de San Francisco Cajonos,  Oaxaca, Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles.

"Al Papa éste (así llama a Benedicto XVI) no lo quiere uno como al anterior", me dice más abiertamente Herlenda Gómez, de 53 años, a la salida de la Catedral. "Como que este Papa no convence".

Herlenda me presenta a su hija Elena y me dice que justamente estaban hablando de esto mismo durante la mañana, en su casa de Naucalpan. Elena Miranda, que no rebasa los 25, habla más que su madre y se anima con el tema de los jerarcas.

"A Juan Pablo tú lo veías y como que te tranquilizabas, te daba como paz, o sea una parte bonita. Y a él (Benedicto) lo ves como a cualquier otra persona que hubiera entrado, como que no hubo ese contacto al principio", me explica Elena.

Herlenda bromea diciendo que van a tener que sacar muchas imágenes de Juan Pablo II cuando Benedicto XVI venga, porque es más famoso y más querido que su sucesor.  Elena cree que las ciudades se están preparando para recibirlo más por compromiso que por simpatía.

"La gente no está emocionada", opina  Elena, segura, como si fuera una psicóloga social. "La gente fiel no lo hace porque le nazca, lo hace porque... bueno,  pues a ver qué pasa. No lo esperas con agrado, lo esperas como por compromiso", reitera.

Es sábado y hay poca gente en a Catedral. Juan Manuel Velázquez, un católico joven, de 27 años, y Cecilia Rodríguez, cuatro años menor, paseaban por el Centro y decidieron visitar. Para él, la ausencia de imágenes del "nuevo Papa" es porque no hay cercanía con él y porque Juan Pablo marcó mucho a México por sus visitas, por lo que es difícil para el pueblo adaptarse.

Para ella, Juan Pablo transmitía más cosas con su mirada y Benedicto tiene una imagen más dura. "Es como indiferencia lo que transmite", analiza.

Pero más allá de las sensibilidades, el Papa es la cabeza de la Iglesia católica y la Catedral es su embajada en cada país. ¿No es esto como si en el Palacio de Gobierno hubiera una foto de Vicente Fox en vez de la de Felipe Calderón? Así que decido preguntarle a  una autoridad eclesial.

"No necesariamente", me responde el padre Manuel Corral, secretario ejecutivo de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), la entidad con más poder de los católicos en México. "Generalmente en la iglesia no  ponen imágenes del Papa cuando está vivo. Sí en la nunciatura. Después ya queda a criterio de cada uno. A veces puedes verlo en oficinas de los obispos".

Para el padre Corral, la gran presencia de imágenes de Juan Pablo II en las iglesias se debe a que sólo hace dos meses terminó el recorrido de sus reliquias por el país: una cápsula de sangre de Wojtyla, colocada en un relicario en forma de cruz y pegada al pecho de una figura de cera a tamaño natural, y un fajín que fue su escudo papal estuvieron en la Basílica de la Guadalupe en enero de 2011. Hasta ahí llegaron aproximadamente 200 mil fieles. Después las reliquias viajaron durante cuatro meses, hasta diciembre pasado.

"No lo digo para justificar. Lógicamente, el papa Juan Pablo II hizo cinco viajes y la gente siempre le profesó un cariño especial", agrega Corral. "Pero yo creo que aunque hay un desconocimiento del Papa actual, lo van a recibir con mucho entusiasmo".

Le pregunto qué pasará cuando Ratzinger entre a la iglesias y no vea fotos suyas. Corral promete que han hecho una intensa campaña para poner imágenes y lienzos de Benedicto XVI en León, Guanajuato: "Vamos a bombardear de sus fotos".

Habrá que ver si  después de la visita de Benedicto XVI México se obstina en su fidelidad a Juan Pablo  II o si le quita por fin lo de "nuevo" a un Papa que lleva casi siete años en la cabeza de la Iglesia.

 

CATALINA JARAMILLO decidió venir a México  para conocer el país y la cultura de miles de migrantes que conoció en Nueva York, donde diariamente escribía de política y crimen. Aquí descubrió que México es su nueva religión y que se hizo adicta a los tacos y a la comida callejera