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Bob Gruen temblaba de pies a cabeza. Todo el maldito lobby del hotel neoyorquino se movía. Estaba limpio, no había tomados drogas y tampoco había ingerido alcohol, pero no podía dejar de temblar. Sólo estaba nervioso, y no era para menos, estaba a punto de conocer y fotografiar a John Lennon. Era 1974 y para aquel entonces ya había inmortalizado a buena parte de los mitos vivientes de la historia del rock and roll, como Bob Dylan y los Rolling Stones, pero ninguno tenía el magnetismo del ex beatle. Sus fotos habían sido incluidas en una gran antología de fotos de rock y el director del libro le pidió sin demasiados preámbulos que lo acompañara para entrevistar a Lennon y a Yoko Ono, como parte de la promoción de un nuevo disco: Elephant memories. Cuando llegaron al hotel, el compañero de Bob, que ya conocía a la pareja enamorada, habló a la habitación y le avisó a Gruen cómo venía la cosa.
—John y Yoko estaban durmiendo y se acaban de despertar. No sabían que venía con un fotógrafo y no les agradó mucho la idea. Pero ya se van a despertar un poco más, se van a sentir mejor y te van a dejar subir para que les tomes fotos. Les van a gustar tus fotografías y tú les vas a caer bien, es probable que se hagan amigos. Seguramente van a querer que hagas fotos para sus álbumes, porque ese es el tipo de personas que son.
Gruen tragó saliva y se quedó en el bar del hotel esperando. Su compañero vendría a buscarlo cuando todo estuviera listo. Aproximadamente veinte minutos más tarde lo mandaron llamar. Cuando Bob iba hacia la habitación de los Lennon, primero notó que sus manos empezaron a temblar, luego el resto de su cuerpo.
En ese estado era imposible que tomara una buena foto y mucho menos que causara una buena impresión. Se detuvo por unos segundos, respiró hondo y se convenció de que todo estaría bien si se tranquilizaba y se comportaba tal como era normalmente. Entró en confianza y le tomó una sesión de fotos. Su vida y su futuro profesional estaban cambiando para siempre.
Gruen ya había tomado coraje, el suficiente como para pedirles que lo dejaran ir a tomar fotos al ensayo de la banda esa misma noche. Varias semanas más tarde lo llamaron y le preguntaron que si podían utilizar sus fotografías del álbum Some time in New York City.
Esa noche empezó a forjarse la amistad con Lennon, que cambiaría la vida de Bob Gruen, un fotógrafo freelance, como le gusta definirse.
“Son el tipo de personas que admiro, alentaban a la paz y al amor y eran perseguidos por sus opiniones políticas”, explica Bob Gruen, demasiado prolijo para ostentar tanto rock and roll a sus 65 años. Lo dice tranquilo durante su última visita a Buenos Aires en diciembre, adonde llegó desde Nueva York —su lugar en el mundo— para presentar 70 de sus mejores fotos.
A la hora de elegir sus influencias Gruen no duda. Elige a Man Ray “por hacer arte a través de la fotografía” y a Henri Cartier Bresson “por captar el momento decisivo”. Pero el más importante de sus mentores es el ucraniano Arthur H. Fellig, alias Weegee, que “siempre estaba en el lugar correcto en el momento apropiado”. Ése también es el verdadero don de Gruen, la clave de su éxito y también la del principio de todo. Mucho tiempo antes de congregar (en 2007) en la Universidad de Sao Paolo a 40 mil visitantes en una muestra de su obra y de exponer en el Museo de Brooklyn, el MoMA Tokio, en los Países Bajos e Inglaterra.
La música lo llevó a ver a Ike y Tina Turner, pero fue un amigo el que lo empujó hacia su destino. En uno de los shows, tomó varias instantáneas y sacó —en su opinión— una de sus mejores fotos de su carrera. Llevó las imágenes al siguiente show para enseñárselas a sus amigos. Uno de ellos lo empujó delante de Ike cuando pasaba por ahí. Ike las vio, le gustaron y lo invitó a los siguientes shows. Bob no sólo volvió, también se embarcó en su siguiente gira. Por aquel entonces Gruen tenía una de las primeras cámaras de video portátiles, así que empezó a grabar los conciertos de la futura escandalosa pareja.
“A Tina le gustaba que pudiera reproducir los shows en la habitación del hotel y señalaba los errores de las Ikettes, las coristas”, recuerda Gruen; que en 1971 registraría la portada del disco Workin' Together, su primera tapa de álbum.
Hasta ese entonces Bob Gruen había estado usando una Minolta que le había regalado su padre. Con unos cuantos dólares en el bolsillo se convenció de que era hora de hacer un cambio y se compró una Nikon. La estrenó en un concierto de Chuck Berry en el Madison Square Garden. Chuck estaba tratando de volver a las grandes ligas de la mano de Keith Richards, uno de sus admiradores más famosos.
“Era un concierto de resurrección del rock and roll. Yo estaba parado en una butaca tratando de sacar unafoto de Chuck raspando la guitarra, cuando un guardia de seguridad después de pedirme que me bajara, me levantó en andas y me lanzó hacia el pasillo. En el aire, pude sacar una toma desde el ángulo justo”. Otra vez Gruen y su misticismo. Otra vez en lo cierto, en el momento justo, en el lugar indicado. Como Weegee.
La muerte sorprende a Bob
La lista es larga y John Lennon ni siquiera es el primero. Sid Vicious y su novia Nancy, que apareció asesinada en la cama del bajista de Sex Pistols, engrosan la fila de rockeros que han muerto en los 46 años de carrera del fotógrafo. Él está seguro de que el rey del punk no la mató. “Él la amaba y estaba tranquilo cuando estaba con ella”, dice Gruen con un dejo de tristeza. El último muerto quizás fue el más querido: Joe Strummer, líder de The Clash. En los 80 visitaba seguido a Bob en su casa de Nueva York. “En los 90 asistimos a los shows de su banda preferida, Los Mezcaleros. Mi esposa y yo teníamos que acordarnos de salir con las gafas de sol, porque con Joe la noche siempre terminaba a las ocho de la mañana. La última vez en Nueva York terminamos bailando en las mesas de un bar. Murió de un infarto un mes después, tenía un espíritu muy poderoso. Era la voz de su generación”, recuerda.
Para Gruen los Sex Pistols le daban a los espectadores ganas de gritar, pero The Clash les entregaba las verdaderas razones. “Yo prefiero las personas que están buscando soluciones. Como decía John (Lennon): ‘No hay problemas, sólo soluciones’. Pero eso no impidió que Gruen se subiera al autobús que llevó de gira a los creadores del punk y del no future. Allí las cosas eran más tranquilas que en los shows en los que la banda y el público se arrojaban objetos. “Cuando se abrían las puertas de aquel camión se abrían las puertas del mismísimo infierno. Eran jóvenes arrogantes y muy libres. Todo el tiempo decían lo que se les ocurriera. Y sin embargo debo decir que alguna idea tenían de lo que estaban haciendo”, insiste Gruen.
La prueba de su afirmación se esconde en una anécdota que, por supuesto, tiene una foto. En una de las tantas paradas de esa gira, Vicious y Gruen hicieron una pausa para comerse un hot-dog. Bob tomó la cámara y apuntó, pero el Sid le pidió que esperara. Se esparció mostaza y ketchup por la boca para jugar con un pin que decía “soy un desastre”. Fueron apenas cinco minutos y el retrato forma parte de la colección permanente del National Portrait Gallery de Londres. “Eran un desastre pero sabían cómo expresarlo”, dice Bob.
Gruen se dio el gusto de fotografiar a los mejores rockeros de la historia y, también, a uno de los pintores más singulares, como Salvador Dalí. Cuando el surrealista español quería hacer un holograma del cerebro de la estrella de música pop, llamó a Alice Cooper para que le hiciera de modelo. “Fue una de las sesiones de fotos más interesantes que tuve”, matiza el fotógrafo. Dalí hablaba y hablaba sobre el arte del confusionismo y no se le entendía una palabra. Alice tenía puesto dos millones de dólares en diamantes. Lo protegía un enorme guarura con una metralladora, gas pimienta y otros artefactos.
Trabajó con muchas bandas que no llegaron a nada, pero también con Led Zeppelin, que tenía su propio avión privado (aunque en realidad se lo prestaban para las giras). Robert Plant le pidió la famosa foto de la banda debajo del avión, de rollo que para Gruen resume todos los excesos del estilo de vida del rock and roll en la década de 1970.
Gruen no necesita imprimirle entusiasmo a sus anécdotas. Lee con voz monocorde, sin emoción, pero sus historias igual conmueven, porque nada es más cierto que siempre supo estar en el momento y en el lugar indicados. Por ejemplo, en el Festival de Folk de Newport de 1965, donde Bob Dylan enchufó sin previo aviso una guitarra eléctrica. Para Gruen significó la declaración de que el rock and roll es la verdera música tradicional de Estados Unidos. De ese episodio fue mucho lo que se sugirió. Que Dylan fue abucheado, que hubo golpes entre los espectadores. “En realidad había tanta gente vitoreándolo como abucheándolo. Los espectadores se gritaban desde las butacas. Las personas parecen tenerle miedo a cualquier tipo de cambio”, dice.
Dylan es su cuenta pendiente: nunca logró trabar una verdadera amistad, aunque pudo tomarle fotos. La primera fue en una gira del disco The rowling thunder. El músico no permitía las fotografías, pero Gruen registró el momento y lo publicó. Unos meses después, se encontraron por casualidad en la calle. El músico estaba enojado por la foto que tomó sin permiso. “Fue como encontrarme con Dios y descubrir que me quería matar”, se ríe por fin Bob.
Sus caminos volverían a cruzarse en otra dimensión. Después de un recital de George Harrison en el Madison Square Garden, Gruen asistió a una fiesta en el hotel donde estaba la banda junto al baterista y el mánager, que eran sus amigos. Después de un rato el ex beatle ingresó al lobby.
—¿Quiénes son estas personas? —preguntó muy indignado George Harrison.
Y luego, dirigiendo la vista hacia Gruen, le gritó fuerte:
—¿Y tú quién eres?
—Soy Bob Gruen.
—Tú no eres Bob Dylan. Bob Dylan es mi amigo y tú no eres él.
Gruen no tuvo tiempo de corregirlo, dos enormes guardias de seguridad lo tomaron de los hombros y lo sacaron.
A Bob le gusta sentirse de Nueva York, aunque no haya nacido allí. Por eso usaba sistemáticamente una camisa con la leyenda New York City y cada vez que veía al vendedor ambulante en Time Square, compraba de a montones para sus amigos. Uno de sus grandes amigos, después de los temblores del principio, era John Lennon. Con la playera puesta le tomó una de las fotos más icónicas del otro ex beatle.
“John me había pedido que le tomara fotos para su nuevo álbum Walls & bridges. Quería que fueran unas tomas rápidas para no interrumpir su rutina de grabación y quería fotos diferentes de su cara para poder armar diferentes expresiones pasando velozmente las fotos recortadas. Puse una tela blanca en la terraza e hice una serie de tomas. Después de un rato le sugerí que se pusiera la camiseta que le había regalado un año antes, porque se vería perfecta contra la línea del horizonte con todos los edificios de fondo. No tenía idea de que sería tan famosa como llegó a ser”, recuerda Gruen.
Tiempo después, el presidente de Estados Unidos Richard Nixon quería que deportaran al polémico Lennon. “¿Cuál era su crimen?”, pregunta Bob antes de contestarse. “Que osó hablar de la paz en un país en guerra”, sentencia Gruen sin reparar que él está en Buenos Aires con su muestra gracias al auspicio de la embajada estadounidense en la Argentina. Estados Unidos, por cierto, nunca ha dejado de estar en guerra.
“Yo creía en John y Yoko y una de las razones por las que quería ayudarles era porque consideraba que su mensaje de paz y amor era muy importante. Quería sacarle a John una foto delante de la estatua de la libertad para dramatizar su caso, ya que la estatua de la libertad es un símbolo de bienvenida al país cuyo país quería echarlo. Me fascinó que John me dejara tomarle la foto, pero me sorprendió que después de sacarla no fueron muchos los medios gráficos que la publicaron, porque no querían verse involucrados en la pelea política de John. Después de que murió John en 1980 la foto se hizo popular”.
“Las personas identifican a Lennon como un símbolo de libertad personal similar al de la Estatua de la libertad. Pero John también era un buen padre, dice Bob Gruen. Por eso se había pedido tiempo para estar con su hijo. “Cuando su hijo Sean tenía un año, me pidió que fuera a tomarle unas fotos para enviárselas a su familia. Parecía más feliz que nunca y se alejó de la vida pública durante los siguientes cinco años”.
Después de pasar un año en Japón, John y Yoko llamaron a Bob para que fuera a tomarles las fotos promocionales de Double Fantasy, su nuevo disco. Gruen tomó muchísimas fotos, incluida una de John y su hijo en el nuevo estudio del músico. En diciembre volvió a tomarle fotografías. Durante la sesión, Lennon empujó a Yoko contra la pared y la besó sensualmente. “Toma una así: esto es lo que todo el mundo quiere ver”, dijo John, que estaba exultante y planeando una gira mundial. “Pocos días después lo mataron. Es la peor pérdida que experimenté, pero uno se acostumbra y aprende a seguir adelante”.
GUIDO CARELLI LYNCH es un periodista argentino que pasa buena parte de su día en la revista cultural “Ñ”, del diario “Clarín”, y colabora para la revista “Orsai”. Sólo le gustan las fotos espontáneas