Quién era en realidad? Porfirio Barba Jacob, que de niño y de joven fue Miguel Ángel Osorio, que durante un breve tiempo fue Maín Ximénez y luego, durante un tiempo no tan breve, Ricardo Arenales: ¿quién era este hombre? Porfirio Barba Jacob, que al final de su vida llegó a pensar en llamarse Juan Pedro Pablo y pasar así de tener un nombre que no tenía nadie a tener un nombre que era todos y, por tanto, lo convertía en nadie: ¿quién era? El 23 de junio de 1941, medio año antes de su muerte, Porfirio Barba Jacob escribía en una carta: "Mi enfermedad sigue avanzando. Ya no soy Barba Jacob el optimista, Barba Jacob el errabundo, Barba Jacob el impetuoso. Ahora soy el viajero que se marcha definitivamente hacia lo desconocido". Barba Jacob el agnóstico, Barba Jacob el iconoclasta, ahora escribía: "Pero ya creo en Dios, ha resucitado en mi alma la fe vibrante y consoladora, mi corazón ha vuelto a la niñez". No fue la única vez que asoció la religión con la nostalgia: "Mi fe renacida en los escombros de mi alma", escribió más tarde, "el recuerdo de la niñez, esas cosas que se van ahondando en el corazón a medida que pasan los tiempos". Eso escribía el que ya no era Barba Jacob el impetuoso, Barba Jacob el errabundo, Barba Jacob el optimista. Todas esas cosas no era. ¿Pero quién era, entonces?
Era un colombiano que vivió más tiempo fuera de Colombia que en ella. Era un periodista mercenario que sólo escribía por dinero pero que produjo, según Alfonso Reyes, la mejor prosa periodística de la lengua española. Era un defensor de ideas liberales que, en algún momento, justificó los fascismos europeos. Era, como lo escribió el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, "homosexual, sifilítico y marihuanero" pero también un espíritu conservador que aconsejaba a alguien en una carta: "cuide su moral y su salud, no pierda todo el tiempo, lea cuanto pueda". Era un oportunista que llegó a escribir una biografía del revolucionario mexicano Pancho Villa, a pesar de que años antes había tenido que huir de México por sus escritos antirrevolucionarios.
Todo eso era.
Y era un poeta, un gran poeta que nunca publicó un libro en vida. Sus versos aparecieron en revistas de mayor y menor prestigio, en periódicos, en cuadernillos, pero si hubo libros fue porque los publicaron sus amigos, a veces sin consultárselo, lanzando al mundo versiones muy diversas de los poemas, lo que le provocaba grandes disgustos. En síntesis: la bibliografía de Barba Jacob es una contradicción tozuda. Los libros que quiso publicar quedaron inéditos; los que se publicaron durante su vida no tuvieron su participación cabal.
Libros que quiso publicar y no publicó: una novela de juventud llamada Virginia, escrita en el municipio colombiano de Angostura y cuyo manuscrito fue sometido a embargo por el alcalde bajo cargos de inmoralidad. Una colección de poemas titulada La vida profunda que, anunciada en 1928, recogería los poemas de su vida pasada pero que nunca llegó a existir. Una colección de poemas sin título que recogería los poemas de su vida presente pero que, por supuesto, corrió la misma suerte desgraciada. Un tratado sobre la Filosofía del lujo. Una novela sobre su niñez titulada Viaje a Sopetrán, y de la que llegó a escribir algunas páginas que se perdieron después de su muerte.
Libros que otros publicaron sin pedirle autorización o sin que él tuviera oportunidad de dar el visto bueno sobre las versiones de los poemas o sobre su organización: Rosas negras, publicado por sus amigos de Guatemala en 1932, sin su consentimiento, usando como prólogo un escrito autobiográfico que Barba Jacob había escrito en México años atrás. Canciones y elegías, publicado por sus amigos de México en 1933. La canción de la vida profunda y otros poemas, publicada en Colombia por Juan Bautista Jaramillo Meza en 1937. Y el que apareció después de su muerte: Poemas intemporales. Se publicó en México, en 1944. El escritor colombiano Fernando Vallejo, autor de El mensajero, la mejor biografía jamás escrita sobre Barba Jacob, dice que se publicó en una "imprenta oficial y con papel regalado".
Todo lo cual, como se sabe, no ha impedido que miles de colombianos sean capaces de recitar, aunque nunca hayan oído hablar de Porfirio Barba Jacob, los siguientes versos:
Hay días que somos
tan móviles tan móviles,
Como las leves briznas
al viento y al azar.
De manera que Porfirio Barba Jacob fue muchas cosas.
Bueno, sí. ¿Pero quién era?
***
—Ah, tú quieres que te hable de “Perfidio” —me dice Juan Manuel Roca.
No se puede decir de Roca, uno de los grandes poetas de su generación, que sea heredero directo de Barba Jacob. Pero todo poeta colombiano lo es de alguna manera. Todo poeta colombiano ha pasado al menos un momento bajo su hechizo. Los versos de Roca se deben leer dentro de la tradición de ese otro poeta inmenso que es Aurelio Arturo, uno de los más grandes que ha producido jamás Colombia, pero, como dice Roca, "Arturo siempre manifestó su admiración por Barba Jacob". Y luego cuenta que a Luis Cardoza y Aragón, el poeta guatemalteco, le dolía recordar a Barba Jacob gritando desde una esquina de Bogotá: "Una limosna para el más grande poeta de Colombia". Se refiere Roca a un poema que Cardoza y Aragón publicó en sus Poesías completas en 1977:
En la esquina de El Tiempo,
en la esquina del tiempo,
Un esqueleto —con piltrafas
De amojanada carne ardiente
recubierto—,
Te escupe el rostro, Bogotá, y te tiende,
Lento cuervo de sombra,
El ala mendicante:
'Una limosna para el más grande
poeta de Colombia'.
El Tiempo era el periódico bogotano cuyas oficinas quedaban en el corazón de la ciudad, la calle Diecisiete con carrera Séptima, y que Cardoza y Aragón conoció bien pues vivió en Bogotá varios años. Del guatemalteco —de su curioso libro El río— es también la siguiente descripción física de Barba Jacob, más metafórica que literal, de apariencia cruel pero de fondo compasivo:
Era delgado, moreno, aindiado, terroso, de aire meditabundo, de vértices y vórtices, entre cetrino y asfalto, literario hasta la indecencia, con algo de cadáver viviente de luz y de vileza. Todo él fue un supositorio, una almorrana, un fruto ácido. Su rostro, de burócrata de funeraria, de emisario de la fatalidad; rostro laminado, que más así lo veía por la nariz aquilina desplomada sobre la boca infecta, que resistía con dificultad el hongo venenoso de un sonreír inseguro y equino. Había demencia en los ojos de esta centaura tenebrosa.
—Más que estudios de su poesía —dice Roca— lo que ha crecido es su leyenda negra. Los críticos confunden su vida con su obra.
Lo cual tal vez resulte inevitable, dice, dada la "enorme vitalidad" y el "exotismo" de esa obra. Pero hay algo de impostado en su vida, algo que no resulta del todo genuino.
—Ese carácter trashumante —dice Roca— es como una forma de insatisfacción y de rebeldía, aunque no pocas veces esto tenga ciertos rasgos fraudulentos. Se trata de una rebeldía con algo de teatral, de una puesta en escena, pero sin duda es una actitud refractaria a la vida rutinaria y un desprecio por la vida burguesa. Esos periodos de paria más que de viajero no lo invalidaban para, en sus cortos momentos de bonanza económica, enfundarse como buen hedonista en kimonos de seda y beber los mejores vinos.
Paria o viajero, trashumante o exiliado, Barba Jacob hizo del desarraigo una manera de vivir más que ningún otro poeta latinoamericano. ¿De dónde le venía ese carácter? O, dicho de otra forma: ¿de qué huía?
—Los pocos años que pasó en Angostura —dice Roca— o en Santa Rosa de Osos, este último un pueblo camandulero que tiene más iglesias que casas, sin duda debieron marcarlo con un aire conventual que quiso exorcizar con azufre.
Santa Rosa de Osos, en el departamento colombiano de Antioquia: allí nació Barba Jacob el 29 de julio de 1883 (el mismo día que Benito Mussolini, recuerda Fernando Vallejo). Salvo que Barba Jacob no nació Barba Jacob, sino Miguel Ángel Osorio Benítez, un niño flaco, desgarbado y feo que algunos compañeros de escuela apodaban "carecaballo".
La única imagen que queda de su padre, Antonio María Osorio, es una foto en la que aparece, muy joven, vestido con la sotana de los seminaristas (luego abandonaría el seminario, pero el seminario no lo abandonaría a él: seguiría siendo un hombre religioso hasta el fundamentalismo). ¿Y su madre, Pastora Benítez? La foto que queda, según Fernando Vallejo, la muestra vestida de negro. Miguel Ángel, dice Vallejo, nunca la quiso: para él era apenas una mujer extraña que lo llevó a Angostura a los pocos meses de nacido, lo dejó a cargo de sus abuelos —la versión familiar no incluye ninguna explicación detallada de las razones— y se fue con su marido a Bogotá. Así describe al abuelo la biografía de Vallejo: "burdo, rudo, tacaño, ignorante, rezandero". La abuela fue la persona a quien más quiso Miguel Ángel: su muerte en 1905, cuando él tenía veintidós años, debió de romper uno de los pocos lazos que todavía unían al joven con su tierra.
A Roca le gusta evocar las palabras que aparecen en el prólogo de Rosas negras, el libro de 1932 (y que no son el prólogo de nada, sino un texto titulado originalmente La Divina Tragedia, que Barba Jacob escribió en México y luego fue rescatado, sin avisar, por los amigos que publicaron el libro): "Allá en mi nativa Antioquia y en su más áspera porción, donde el cura melifica y amenaza, las madres procrean hijos como la caña de maíz granos, y la civilización es dulzura sin inventos, obras de misericordia sin locomotoras, castidad sin cinematógrafo". O estas otras: "¿Qué me diste tú, Santa Rosa de Osos, ni tú Angostura, ni tú mi nutricia Colombia, para educarme? Una escuela en donde se arremolinaban como cuarenta niños, amén de veinte grandezuelos, en un salón sin ventanas; donde el maestro, cuando no faltaba, era borracho socarrón o caramelo de pedagogía religiosa, y donde aprender a leer era como una risueña designación de la fortuna".
Santa Rosa de Osos, Angostura, Colombia entera, como escenario de asfixia, como una gran pesadilla de claustrofobia.
—Toda esa pregonada actitud de poseso, de maldito, quizás le venga de su propia repulsa al cristianismo vivido en su infancia —dice Roca—. Pero hay mucho en todo esto de lo que el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán llamaba la capacidad de simulación del colombiano, y nada más colombiano que Porfirio. Tal vez por eso acostumbraba a decir que "vivir es esforzarse". Se esforzó, sí, al mismo tiempo que en crear sus poemas con mucho rigor, en lavarse la máscara antes que la cara, en crearse un personaje.
Las máscaras. La primera se la puso en 1901. Tenía 18 años; había comenzado ya a componer versos e incluso algún relato, y aun textos que navegaban a medio camino entre la prosa y el verso, y en uno de ellos apareció fugazmente un tal Maín Ximénez con el que Miguel Ángel Osorio tuvo un breve coqueteo. Maín Ximénez no era propiamente un seudónimo, sino el personaje de un largo poema, pero eso no quiere decir que Miguel Ángel no lo usara en alguna ocasión o se confundiera con él. Cinco años más tarde, en 1906, Miguel Ángel llegó a Barranquilla, el gran puerto colombiano sobre el Caribe, y allí decidió llamarse Ricardo Arenales. Según lo cuenta Vallejo, había considerado nombres diabólicos como Terremoto o Centellas, pero luego descubrió el sustantivo Arenales. "Y se hizo este razonamiento: Arenales es una extensión de arena; la arena es el desierto; y el desierto era su alma". Con el nuevo nombre firmó un puñado de poemas en Barranquilla, uno de ellos titulado En la muerte de Carmen Barba Jacob. Es la primera vez que aparecen los curiosos apellidos en su biografía. Pero antes de que los tomara como propios pasaron dieciocho años, dieciocho años trashumantes en que todo el mundo lo conoció como Ricardo Arenales. El 22 de octubre de 1907, Ricardo Arenales se embarcó hacia Costa Rica. Así comenzaron su exilio y su leyenda.
De Costa Rica a Jamaica, de Jamaica a Cuba. En Cuba, seis meses de vida despreocupada fueron lo más cerca que estuvo de la tranquilidad: se involucró con la gente del periódico El Fígaro, donde descubrió que el ilustrador era colombiano, luego que era antioqueño, luego que era de Santa Rosa de Osos, luego que era su pariente a través de su abuela materna. De Cuba a Veracruz, donde esperó un mes hasta que consiguió el dinero para un pasaje de segunda clase a Ciudad de México. Allí lanzó una moneda al aire: "Águila, Monterrey; sol, Guadalajara". Salió águila y fue a dar a una Monterrey por entonces provinciana, donde consiguió empleo en el periódico llamado El Espectador. Se acostumbró a mantener a una puta enfrente, visitándola en pleno día cada vez que necesitaba "despejarse la cabeza", y fundó, con dinero prestado, una de las grandes revistas de su tiempo: la Contemporánea, que publicó a Alfonso Reyes y a los hermanos Henríquez Ureña. En Monterrey fue testigo de una tormenta de proporciones bíblicas y de una serie de inundaciones que mataron a cientos y dejaron quince mil damnificados. Una de esas noches de tormenta, según escribiría años después, "celebré mis nupcias con la Dama de Cabellos Ardientes". Fernando Vallejo me hablaría más tarde de ella:
—Es la marihuana, pero también la lujuria —me dijo.
Barba Jacob acababa de descubrir un ingrediente esencial de su vida.
—Trabajó como periodista en Monterrey, Texas y, claro está, en Ciudad de México —dice Roca—. Allí quiso sumarse a las tropas de Álvaro Obregón, un general manco del que los mexicanos de hoy dicen que era el menos corrupto de los militares, pues tenía sólo una mano para robar.
En México conoció la revolución y su violencia. Escribió para varios periódicos, y desde sus páginas lanzó dardos envenenados a los triunfantes (a la revolución la llamó "vandalismo mal encubierto"). Poco a poco, sus posiciones le fueron creando enemigos poderosos y cerrando las puertas, hasta que levantó tienda de nuevo. A quienes lo amenazaban les escribió, desde las páginas de El Churubusco, las siguientes palabras: "Los anónimos que llegan hasta las oficinas de Churubusco dirigidos a mi nombre, me hacen saber que estoy definitivamente en la lista negra, y que he de pagar con mi vida el delito de no haber palpitado de entusiasmo ante los triunfos de una revolución que no es nacional porque detrás de ella no se columbra otra cosa que las ambiciones y las perfidias del yanqui". No es sorprendente que poco después —a mediados de 1914— se le vea abandonando México de manera casi clandestina. El destino fue Guatemala: allí tuvo uno de los encuentros fundamentales de su vida. Tras un recital de su propia poesía, conoció a un escritor local que se volvería su acompañante más asiduo durante la temporada guatemalteca, y que debe su breve fama a aquel excéntrico poeta colombiano de voz profunda y ademanes convencidos.
—Arévalo Martínez —dice Roca—. El que lo adoptó como personaje de su relato "El hombre que parecía un caballo".
Rafael Arévalo Martínez escribió ese relato en el mes de octubre, y lo hizo a raíz de una disputa famosa con Barba Jacob. Al parecer, Arévalo Martínez le había dado el manuscrito de una novela autobiográfica y le había pedido su opinión. Pero Barba Jacob se desentendió y, días después y en un ataque de orgullo, Arévalo se presentó en su casa para recuperar la obra. "Si traspasa usted la puerta con esos originales, no vuelva a poner un pie aquí", le espetó Barba Jacob. Arévalo Martínez se marchó y la ruptura de la amistad fue irremediable. Dice Fernando Vallejo que Arévalo Martínez escribió el cuento sobre Barba Jacob para paliar la pérdida, y al hacerlo nos dio la imagen más conocida del poeta. En esos rasgos físicos —el mentón en punta, la cara estrecha, los dientes prominentes, los ojos pequeños, la nariz quebrada— estaría de acuerdo más de uno. "Este hombre de mirada arrogante", escribe Vallejo sobre Barba Jacob, "que le hacía recoger el mentón con el gesto arisco de un brioso corcel".
—Luego trabajó en Guatemala —dice Roca—, y en Nueva York, y en Honduras, y en San Salvador.
De esos tránsitos no se sabe mucho. En El mensajero se lee que el tirano guatemalteco Estrada Cabrera lo echó del país por su "conducta escandalosa". Pero no sabe Vallejo, ni sabe nadie, de qué conducta se trataba. Tampoco se sabe qué hizo en Honduras. Pero sí se sabe que para abril de 1915, con 32 años, estaba de nuevo en La Habana, de nuevo publicando en El Fígaro. Durante esa segunda estadía en la ciudad escribió varios de sus poemas más conocidos, entre ellos la Canción de la vida profunda:
Y hay días en que somos
tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
Pero nueve meses después de haber llegado a La Habana, mientras era todavía Arenales, ya estaba embarcándose de nuevo, incapaz de quedarse quieto. El invierno lo pasó en Nueva York, escribiendo en español por doscientos dólares al mes, donde, solía decir, iba a regar semillas de marihuana al Central Park; el verano lo sorprendió en el puerto de La Ceiba, en Honduras; en La Ceiba lo sorprendió la quiebra y se fue clandestinamente hasta Amapala, puerto hondureño sobre el Pacífico, donde le preguntó a un amigo: "¿Y yo para dónde voy?". El amigo le dijo que en San Salvador había dinero y no había poetas, de modo que a San Salvador fue a dar.
—Allá tenía todo —me dirá Vallejo—. Nombre, plata, amigos. Hasta el presidente lo llamaba.
Y sin embargo, en diciembre de 1917, ya se marchaba otra vez, ahora a Monterrey.
—No se entiende por qué —me dirá Vallejo—. Porque así era él.
Recaló en Monterrey y de Monterrey se fue por la misma razón que le había hecho abandonar San Salvador: porque así era él. Estuvo en Ciudad Juárez, en El Paso, hasta en San Antonio. Fue por esos días que escribió la legendaria biografía de Pancho Villa: legendaria, según Vallejo, porque nadie la tiene, porque no existe de ella ningún ejemplar. Después del periplo norteño, el poeta volvió a Ciudad de México. Y se quedó hasta que, esta vez, no se fue sino que lo echaron.
Lo echaron de México. Hacia 1922, Barba Jacob escribía en el periódico Cronos violentas editoriales contra las publicaciones gobiernistas, contra ministros y autoridades y contra el artículo 33 de la Constitución, que permitía la expulsión de los extranjeros indeseables. Más tarde el mismo artículo le fue aplicado a él: el ministerio de Gobierno lo expulsó por ser extranjero y "participar en política". Barba Jacob fue a dar a Guatemala, y allí ocurrió su segunda metamorfosis. En la noche del 15 de septiembre de 1922, estuvo a punto de ser fusilado cuando lo confundieron con Alejandro Arenales, un enemigo del régimen. Así decidió que ya era hora de cambiar de nombre. En ese momento murió Ricardo Arenales y nació Porfirio Barba Jacob. A los pocos días, según Vallejo, sus amigos más íntimos recibieron "unas esquelas fúnebres con orlas negras, en que un desconocido, Porfirio Barba Jacob, les participaba el deceso de su amigo común Ricardo Arenales".
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ es un periodista colombiano que colabora con diversas publicaciones españolas y latinoamericanas, como "Letras Libres", "Cuadernos Hispanoamericanos", "Lateral", "El Malpensante" y "Gatopardo". Ha escrito varios libros, entre los que destaca la novela "El ruido de las cosas al caer", por el que recibió el premio Alfaguara en 2011. Sus libros se han publicado en 14 lenguas y en veinte países