Unos días antes de que se convirtiera, por primera vez, en campeón mundial de los pesos medianos, Julio lucía cansado. Luego de cada ronda obligatoria de ejercicios, se alejaba del ring hasta quedarse inmóvil frente a los espejos del Wildcard, un gimnasio de Los Ángeles, California, donde el hijo de la leyenda del boxeo mexicano hacía sombra contra un enemigo imaginario. Tiraba golpes al aire, torcía la cintura, bajaba la cabeza. “Tres rounds más”, le gritó su preparador físico, Alex Ariza. El junior apenas sonriendo se acercó hasta las cuerdas del cuadrilátero, bebió un poco de agua y continuó con su entrenamiento.
Afuera del club lo esperaban algunos fotógrafos y, por su mirada, se podía adivinar que si existieran pasadizos secretos en el gimnasio, hubiera preferido perderse en uno de esos inexistentes laberintos, antes que pararse frente a las cámaras y posar con su mejor sonrisa.
Julio César Chávez Jr. estaba a punto de batirse con un peleador alemán al que vencería luego de doce rounds en los que demostró superioridad. Los jueces le dieron el triunfo, pero buena parte de la prensa lo criticó por no haber tenido “el hambre” de noquear a su adversario. Aquel día de junio de 2011 advertí a un muchacho de 25 años harto de entrenar dos o tres veces al día, pero decidido a ganar. “La pelea contra el alemán Sebastian Zbik, en el Staples Center de Los Ángeles, va a estar complicada”, dijo al tiempo que tomaba un poco de aire para continuar con la charla.
“Todos esperan una pelea franca y recia, pero no es tan fácil; este contrincante es fuerte y correoso. Sólo Freddie y yo sabemos cuáles son los riesgos de esta pelea. Lo que me ayuda a continuar es todo lo que aprendí de mi padre, a tolerar las críticas de los demás y las presiones que vienen con cada pelea”, añade con ese marcado acento sinaloense.
Aquella vez, al finalizar el entrenamiento fuimos al Kabuki, un restaurante de Sushi, en Vine Street, en el corazón de Hollywood. Conversamos durante varias horas. Le gustan los relojes, lo coches (quiere comprarse un Ferrari), vestirse bien (Hugo Boss es una de sus marcas favoritas); pero también hubo un tiempo en que gastaba su dinero sin control. Algo que ya quedó en el pasado. Como buen norteño, le encantan los mariscos y las nieves. Esa tarde evitó hablar sobre su papá.
El tamaño del padre
La vida del Julio César Chávez González, papá del junior, no fue distinta a otras historias de hombres humildes que logran fama y fortuna. Su ambición por convertirse en boxeador profesional lo hacía robarle tiempo a su trabajo como ayudante de su padre en Ferrocarriles Nacionales de México para poder ponerse los guantes y pegarle a la pera en un modesto gimnasio de Culiacán. En 1979, logró subirse a un ring de amateurs y pronto obtuvo su primer reconocimiento como boxeador al ganar el torneo de los Guantes de Oro. En 1980, debutó como profesional, derrotando por un golpe efectivo, en seis rounds, al olvidable Andrés Félix y, el 13 de septiembre de 1984, Chávez, contra todas las expectativas, derrotó por nocaut a su compatriota Mario Azabache Martínez, para obtener el campeonato del mundo, el primero de seis que ganó en tres divisiones de peso, además de lograr un récord casi perfecto de 117 peleas: 89 nocauts, seis derrotas y dos empates.
Podríamos hablar durante horas de las hazañas de Chávez padre y más de uno tendría alguna anécdota que contar: “yo lo conocí”, “me saludó”, “nos tomamos una foto”, “lo invité a comer a mi casa”, pero eso no importa ahora. Quizá la única verdad que subsiste a todas las tramas es que éste fue el mejor boxeador mexicano de todos los tiempos y el más grande peleador que ha existido en la historia del boxeo mundial. Hay quienes dicen que si JC Chávez se hubiera interesado por la política se habría convertido en presidente del país.
El caso es que este deportista vio nacer a su primer hijo, Julio César Chávez Carrasco, el 16 de febrero de 1986, cuando el campeón ya sumaba 50 peleas ganadas. A este primogénito le tocaría cargar con responsabilidades familiares que incluyen convertirse en el conejillo de indias que debe poner el ejemplo a sus hermanos. Durante la niñez de Julio, la fortuna del padre llegaba de la mano de la fama. A diferencia de JC Chávez, Julio no conoció las carencias y, por lo mismo, recibió una educación precisa, lejos del hambre y las preocupaciones. Después la familia creció y llegaron Omar, Cristian y Nicole, hermanos del Jr. y, hasta cierto punto, sus cómplices en todo.
Confesiones del hijo de una leyenda
Dos semanas después de su primera defensa del título mediano ante el estadounidense Peter Manfredo, a mediados de noviembre, me encuentro con Julio en el Hotel St. Regis de la Ciudad de México. Han pasado seis meses desde que nos encontramos en el Wildcard. Ahora luce menos cansado, se nota tranquilo y nos detenemos a ver el panorama desde un piso lejano a la superficie de la tierra. Minutos después se acerca uno de los vencedores pugilísticos de su padre, el californiano Óscar de la Hoya, quien saluda al junior afectuosamente, lo felicita por su última pelea… y se despiden sin aspavientos. En el boxeo también hay caballeros, hombres serenos que pueden extenderle la mano a otro sin compartir convicciones ni intereses.
“La vida familiar es complicada, porque todos al mismo tiempo debemos comprendernos y ayudarnos”, cuenta Julio. Lo espero unos segundos, le gusta pensar todo muy bien antes de hablar, es precavido. “Creo que uno de los momentos difíciles de mi infancia tuvo que ver con que mi papá no estuvo con nosotros por un buen tiempo. Lo entiendo bien, fue un momento en el que hubo muchos problemas con él. Por desgracia se dejó atrapar por el alcohol y las drogas, y era nuestro trabajo ayudarlo a salir de todo. Esto sumado a cosas personales que ocurrieron con mi familia, te ayudan a saber con quién puedes contar cuando las cosas se tornan complicadas, y todo esto lo aprendí muy chico, así suele ser la vida”.
A mediados de los años 90, Julio César Chávez González tuvo algunas recaídas por su adicción al alcohol, cosa que no es ningún secreto, ya que muchos medios publicaron un sinfín de historias sobre diversos desenfrenos del legendario boxeador. Debido a eso, el ritmo de los entrenamientos de JC Chávez bajó y, tiempo después, en 1993, llegó un empate contra Pernell Whitaker que, como dicen los entrenadores de box, supo más a derrota que a otra cosa. Luego de casi 20 años de permanecer invicto, Chávez perdió finalmente contra Frankie Randall, en 1994; éste fue el momento clave en la vida del campeón mexicano, ya que todo fue cuesta abajo en cada pelea que disputara hasta el anuncio de su retiro, en 2005. Fue entonces cuando el mejor boxeador mexicano de todos los tiempos se quitó las vendas y dijo adiós, sin partir del todo.
Frida, la novia de Julio, se hace presente en el salón donde converso con el nuevo campeón. Se toman un momento a solas, ella le arregla la corbata y lo ayuda a ponerse el reloj: son las 14 horas. Julio me ofrece que comamos. Le digo que no hay tiempo, que debemos terminar la sesión de fotos. Parece desanimarse. No porque desee que coma con él, sino porque le urge, obviamente, marcharse con su novia.
Cuando Julio habla acerca de los lazos que lo unen a su familia, primero hace algunas diferencias. “Mi familia son los que siempre han estado conmigo, tengo muchos parientes, pero no sé si están conmigo”. A este joven boxeador le importa la lealtad de sus cercanos. En una profesión como el boxeo, donde abunda el dinero, es fácil llenarse de “amigos”.
Alguna vez le pregunté a uno de sus asistentes qué tan común era toparse con decenas de oportunistas que buscaban a Julio, la respuesta fue sencilla: uno al mes, por lo menos. De pronto un día, de la nada, se aparece un tipo en el gimnasio, viene un día, otro día y al tercero ya invita al junior a comer a su casa y, cuando menos lo imaginas, ya está hablándole de un negocio o de cosas que sólo benefician a los convenencieros.
“Hay que saber cuidarse en esta profesión, hay que cuidar las finanzas, es complicado vivir sin tener una seguridad económica”, dice el junior.
“Lo más complejo es sobrellevar a la gente”, susurra Julio, como deseando que nadie más lo escuche. Desde que inició su carrera como profesional, en 2004, siempre ha tolerado la presión que el público ejerce sobre él tan sólo por ser el hijo del campeón más querido de México, una posición envidiada por muchos, pero complicada para quien la resiste. Julio toma un poco de aire y mira el horizonte, después explica despacio sus tribulaciones: menciona que es espinoso boxear contra un mar de críticas que lo invaden después de cada pelea. Las comparaciones con su padre nunca cesan: ¿Quién es mejor? ¿Quién pegaba más duro? ¿Quién tiene mejor técnica?
Lo único que Chávez Jr. puede hacer es pelear para sí mismo y para su padre, según cuenta; a él únicamente le interesa fortalecer el nombre de su familia, continuar con la leyenda que inició JC Chávez a principios de los años 80, en Culiacán.
“La gente cuando escucha que voy a pelear siempre dice que estoy continuando con la leyenda, y eso es lo que quiero, que la gente recuerde siempre el nombre de mi padre como algo grande e inolvidable. Él (Chávez padre) hizo grandes cosas, no creo que nadie pueda llegar a superarlo, pero al final yo sé que él también cometió errores y todo eso que era tan bonito pues se fue quedando atrás por el alcoholismo y las drogas, pero yo quiero cambiar el pasado y comenzar de nuevo, y para eso me preparo”.
Hoy, dice Julio mientras se le dibuja apenas una perceptible sonrisa, está la familia contenta porque su papá volvió a formar parte de la vida de todos, a tomar las riendas y a interesarse en cada problema que puedan tener sus hijos. Hace un par de años, su hermano Omar peleó contra Marco Nazareth, quien perdió la vida, luego del combate, por un derrame cerebral ocasionado por los golpes que le propinó Omar.
Fue un momento duro para la familia, pero siempre estuvo presente JC Chávez, animando a su hijo y, ambos, estuvieron al pendiente de la familia de Nazareth. Es importante para Julio que su papá esté cerca de la familia y, a juzgar por su mirada, esa batalla ya fue superada. La recuperación de Don Julio, en este sentido, es un peso menos para el hijo. “Entonces, ¿no quieres comer?”, me pregunta una vez más.
Las motivaciones de Julio
La gente mide a los boxeadores por la supuesta “hambre” que puedan tener. No es ningún secreto. Puedo asegurar que quienes han asistido a una pelea de box, aunque sea amateur, han presenciado, entre el público, a aficionados que presumen sus conocimientos pugilísticos; de hecho, nunca falta el sabelotodo que profetiza el futuro de cualquiera de los dos hombres que se golpean sobre el ring y los definen como si fuesen expertos diciendo: “el rojo no tiene hambre”, “al azul le faltan huevos”. Por supuesto, otros, los más callados, negarán categóricamente el discurso profético de los bebedores de cerveza pues son, ellos mismos, boxeadores frustrados.
“Las puertas se me abrieron pronto”, me dice Julio. “No pasé por muchas cosas por las cuales pasan un sinfín de boxeadores, y yo sé que tuvo mucho que ver mi padre. Ser hijo de quien soy tampoco es nada fácil, la misma gente quiere más de ti, pero no puede uno estar compitiendo con algo que fue y sigue latente en el pensamiento de todos”.
No obstante, nadie le regaló lo que ha conseguido este hombre que se ha subido al combatir al ring más de 40 ocasiones, obteniendo la victoria y logrando 31 nocauts y un empate. Sencillamente hay decisiones que este boxeador ha tenido que tomar como, por ejemplo, cambiar a todo su equipo de trabajo luego de que en noviembre de 2009, Julio diera positivo en el antidoping por un diurético que su equipo le suministró, previo a la pelea con Troy Rowland, en Las Vegas. Razón por la cual se anuló el combate y fue urgente el cambio de equipo con el cual debía continuar su carrera. “Me molestó eso, ellos se equivocaron, pero no puedes cometer errores como esos, son muy delicados”, aclara Julio un tanto desilusionado por lo ocurrido.
Con la mira puesta en mejorar su desempeño como boxeador, Julio se acercó hace un par de años al estadounidense Freddie Roach, el entrenador de Manny Paquiao (el tres veces campeón mundial) y Amir Khan (actual campeón welter ligero). Las reglas del cuatro veces nombrado entrenador del año fueron sencillas: “si te cuadras y haces todo lo que yo te diga te entreno, si no, te puedes ir”.
Este cambio fue benéfico para el joven deportista. Su estilo se depuró: su táctica defensiva mutó hacia una estrategia de contraataque veloz. Julio ahora es un peleador más técnico y decidido a la hora de estar sobre el ring con su contrincante. Si éste hubiera seguido bajo la tutela de sus tíos, quizá su carrera habría continuando sin rumbo, enfrentando oponentes que poco lo habrían retado. En el box como en la vida, la capacidad se mide con respecto a los adversarios con quienes uno se enfrenta.
Julio dice categórico que sí tiene “hambre”, que desea hacerse de un nombre para reclamar su propio espacio dentro del mundo del box. “Si tú me preguntas si estoy listo para pelear contra Saúl El Canelo Álvarez, te puedo decir que estoy listo. Ahora sí estoy listo. Ya dije que sí lo hago, que pongan la fecha. Lo único que digo es que sea parejo para ambos; quieren que pelee en un peso que sencilla y biológicamente no puedo dar, por pura lógica es imposible que baje tanto; si quieren que esa pelea se haga ya dije que está bien pero en un peso que nos favorezca a ambos. Ya no depende de mí”, cuenta Julio respecto a la presión que ejercen algunos medios para que se lleve a cabo una pelea entre ambos.
El Canelo Álvarez es un boxeador mexicano de peso welter (66.7 kilogramos), mientras que el junior combate en peso mediano (72.6). La diferencia de casi 10 kilos es todo un factor en este deporte.
Sí tiene hambre
Julio dice que tiene muy claro su futuro: le interesa ser un buen promotor, un hombre de negocios. “El problema es que nadie se interesa por los peleadores que inician y muchos de ellos tienen potencial, pero nunca llegarán a figurar porque nadie los apoya. Un boxeador sabe por todo lo que pasa otro boxeador para llegar a una pelea. Un promotor se maneja con otras dinámicas: como nunca han boxeado, no entienden todo el proceso que ocurre en la mente de uno, y por eso precisamente los promotores siempre desean sacar la mayor ventaja, hasta donde el boxeador los deje”.
“Yo quiero ser una persona que se interese en los problemas de los boxeadores y sobre todo deseo ayudarlos. Digamos que a mí se me abrieron las puertas pronto y yo deseo abrirle las puertas a otros, porque México es una potencia mundial del boxeo y puede crecer mucho más siempre y cuando exista alguien que se interese por hacer que este deporte crezca al máximo. Ese es mi objetivo”, dice el junior con un dejo de hartazgo.
En este salón del Hotel St. Regis ya sonó la campana. Julio me da la mano. “Ojalá nos veamos pronto, no nos despedimos”. Se marcha con Frida, ya contento. Antes de cruzar la puerta del salón, voltea, y me dice: “Para la otra mejor comemos juntos un Sushi, ¿no crees?”.
HUGO ALFREDO HINOJOSA es un boxeador frustrado que además ha escrito cine y teatro (en 2009 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia). El residente de la Royal Court Theatre es fanático del paracaidismo
vrs