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Acapulco rojo

Si Agustín Lara viviera, ¿qué le cantaría a María Bonita? Porque este puerto está pasando por una etapa poco romántica. Un guerrerense nos relata qué sucede allá, y un fotógrafo, el único mexicano premiado en el World Press Photo 2012, nos muestra postales poco inspiradoras de una ciudad afectada por la violencia
Por David Espino. Fotos de Pedro PArdo
ACAPULCO, Guerrero | domingo, 29 de abril de 2012 | 00:10

Desde cualquier colonia del anfiteatro de Acapulco se mira fastuosa la bahía de Santa Lucía. Las luces de los hoteles de la costera se proyectan en el mar y hacen de éste un vasto espejo donde se refleja la luminiscencia de las discotecas y de los restaurantes de acceso restringido. Al igual que el brillo de las tiendas comerciales que ofrecen marcas francesas e italianas y el neón poderoso de los antros.

Desde La Garita —una de las 800 colonias que se yerguen en las laderas de los cerros y las planicies—, la costera fosforece demasiado cerca. Como una aureola. Sólo falta bajar la avenida Farallón para llegar a ella. Sólo eso. Pero es una proximidad visual. Quienes viven acá, los colonos que alimentan su economía doméstica con el comercio formal e informal, acceden a las tiendas y hoteles con nombres gringos sólo para trabajar, muchos como subempleados. La Diana Cazadora, instalada en su glorieta, mira ese ir y venir de acapulqueños.

Desde arriba, a distancia, la arena de la playa semeja una duna tragada por cemento, hormigón y asfalto. Acá se doraron la piel a 40 grados al sol cerca de trece millones de turistas en 2011. El mismo sol que hace brillar las crestas de las olas y hace del mar un espejismo de aguas cristalinas y doradas playas para quienes llegan hasta este lugar. Pero sólo es eso: una ilusión óptica que oculta los enterococos fecales, tanto como a la ciudad y a sus vicios. La cocaína y la marihuana corren por todos lados. El negocio del narcotráfico mantiene a esta ciudad en movimiento, y en vilo. El comercio de la droga agita las entrañas de los cinturones de miseria con callejones y andadores con drenaje a flor de suelo, sacude las áreas suburbanas con sus calles de alcantarillas obstruidas e iluminación esporádica, y penetra hasta las zonas residenciales con amplios jardines y piscinas con fuentes. En una de estas mansiones descansaba de vez en cuando el capo del narcotráfico Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, antes de ser arrestado en agosto de 2010, en el Estado de México.

El negocio de la droga opacó el glamour cosmopolita de La Perla de Pacífico —como llaman los gobernantes a este puerto— a partir de 2005, cuando inició la ola de violencia que en los últimos seis años ha dejado cerca de ocho mil muertos, según las últimas cifras oficiales. El mercado de estupefacientes es tan poderoso que duplica las ganancias anuales que genera el turismo en Guerrero. Mientras los visitantes dejan siete mil millones de dólares, el narcotráfico mueve 14 mil millones de dólares, según fuentes extraoficiales de la Procuraduría General de la República.

"Tony Tormenta" y La Garita

La historia de la violencia que ha generado tantas muertes en Acapulco se divide en dos episodios. Uno fue la llegada del líder del cártel del Golfo, Tony Tormenta, a pelear el territorio al cártel de Sinaloa, comandado por Joaquín El Chapo Guzmán Loera, y el otro fue  el enfrentamiento en La Garita. El primero ocurrió en agosto de 2005 y  el segundo, cinco meses después. Ambos se pueden resumir en dos palabras: violencia y muerte.

El 2 de agosto de 2005 el subdirector operativo de la Policía Investigadora Ministerial, Julio Carlos López Soto, y el escolta Pedro Noel Villela Aguilar, fueron levantados (retenidos, secuestrados) de calles acapulqueñas. López fue asesinado y su cuerpo abandonado después en un lugar público para que fuera visto. Al escolta lo dejaron vivir nomás para que diera un mensaje de sus captores: "Que ya está en Guerrero el Tony Tormenta con 120 de Los Zetas —ex brazo armado del cártel del Golfo, integrado por ex soldados y considerado por la DEA (Drug Enforcement Administration) una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos— para partirles su madre a Los Pelones  y a los agentes de la Procuraduría de Justicia de Guerrero; que reciban saludos de Goyo Saucedo, y que arriba Tamaulipas", dijo el escolta Villela Aguilar con una cara de espanto. La guerra entre los capos de la droga ya estaba cantada.

Luego, el 27 de enero de 2006, la policía preventiva de Acapulco persiguió desde la entrada del puerto, por la carretera federal 95, a un grupo de supuestos sicarios que iban en dos camionetas Liberty. Los alcanzaron en La Garita, poco antes de las 3:00 de la tarde. Nadie supo a ciencia cierta qué pasó durante el tiempo que transcurrió entre la detención y la balacera. Tan pronto tronaron  los cartuchos de los rifles Kaláshnikov, la gente huyó entre el humo de neumáticos y carne quemada. La iglesia de Nuestro Señor del Perdón, que está a unos metros, fue el refugio más próximo. Los pobladores de La Garita vieron de lejos cómo los policías disparaban frenéticos contra la camioneta Liberty, que terminó por incendiarse, mientras más cartuchos estallaban por el fuego.

Una granada también explotó, pero entre el pánico y el caos no se supo si fue lanzada desde el segundo vehículo o fue alcanzada por las llamas. De los tripulantes que iban tres murieron calcinados, otros huyeron por los callejones empedrados de La Garita desde donde tiraron algunas ráfagas. Tap, tap, tap, tap, se oyó el tableteo seguido por los gritos. Un pistolero herido se bajó como pudo y se arrastró por el asfalto. El rastro de sangre lo siguió hasta que lo remató otro agente. Tres meses después, el 19 de abril de 2006, las cabezas cercenadas de dos policías de la Secretaría de Vialidad, que participaron y mataron a los narcotraficantes, fueron abandonadas en el mismo sitio. Con ellas un mensaje inapelable: "Para que aprendan a respetar", se leía en una cartulina fluorescente dejada al lado de la cara amoratada del comandante Mario Núñez Magaña, uno de los decapitados que pudo identificarse; el otro, después se supo, era un agente que también participó en el tiroteo.

Seis años con sus puestas de sol han pasado desde este episodio y no hay faro que guíe a este puerto hacia tierra firme. Ha sido una noche larga, como largas son las noches de los antros afterhours y de los tabledance de culos finos y firmes, o como largas pasan las horas en las exclusivas discotecas de las zonas Dorada y Diamante que Acapulco oferta a los turistas nacionales y extranjeros. Este fue el comienzo de una pesadilla de la que todavía no despiertan los acapulqueños.

Espejismo cosmopolita

Acapulco es México en cualquier parte del mundo. Decir Acapulco es decir México. No importa si pertenece a Guerrero o a cualquier otro estado del país. Y de seis años para acá, mencionar el nombre de este puerto representa dos cosas: droga (cocaína, morfina, marihuana, hachís, tachas y sus 79 variantes, crack, cristal) y playa. Estos dos ingredientes son parte de la dicotomía de la fatalidad, éxito y fracaso del Acapulco contemporáneo en el planeta. Son también los que mueven la economía en el submundo, en el Acapulco de a de veras. Porque Acapulco no empieza en su playa más popular ni termina en la zona más exclusiva, Caleta-Punta Diamante. Hay ciudades ínfimas, perdidas en sus cuatro puntos cardinales, excepto hacia el sur, porque allí topa con el mar. Seis comunidades y 800 colonias, ninguna ha estado excluida de episodios de violencia ligada al narcotráfico: La Garita, La Laja, La Mira, La Mica, Reforma, Vista Hermosa, Lirios, Petaquillas, Ciudad Renacimiento, La Sabana, Zapata, Las Cruces, La Providencia, el Barrio Negro, en lo alto de la clasemediera Costa Azul... a cuyos adolescentes buscan los enganchadores de dealers para convertirlos en tiradores de grapas (bolsitas con un gramo de cocaína), que nada tienen que perder porque nada tienen. Son los guías de turistas de los adictos, de los yonquis que mueren por una dosis, o mejor dicho, de los que pagan lo que sea por una dosis. Los que mueren son los otros, los vendedores.

En estos territorios las oportunidades de que los jóvenes ingresen a una vida de calidad son mínimas: bajos niveles educativos, alta deserción escolar, desnutrición marcada, pobreza galopante, hacinamiento en viviendas, violencia y desintegración en el núcleo familiar. Falta de condiciones para tener, al menos, una perspectiva clara de desarrollo económico y social a mediano plazo. Entre sus calles y vías, entre las casas a medio terminar, con paredes de tabique bruto, hay un par de parques o campos deportivos por decenas de cantinas donde se venden cervezas a precio de bodega, o tianguis que han hecho de la venta de piratería el modo más rápido de obtener grandes ganancias con pequeñas inversiones. El lugar idóneo, también, para el crecimiento y desarrollo del contrabando de todo tipo.

En estos sitios La Maña es monarca, una organización criminal integrada en su mayoría por ex policías ministeriales sin rostro, pero con muchos ojos y oídos que ha crecido bajo la sombra del cártel de Sinaloa. Según información policial, ellos hacen el trabajo de reclutadores de dealers y halcones (chicos que se encargan de vigilar las calles e informan de redadas militares), distribuidores a gran escala de cocaína y marihuana, supervisores e informantes para la mafia que mueve el comercio y el trasiego de drogas. Acá La Maña manda sobre muchas cosas. Controla amplios territorios de la zona norte y oeste de Acapulco, Ciudad Renacimiento, entre éstos. Controla el flujo de productos piratas, cidis, aparatos eléctricos, ropa e incluso juguetes. Autoriza el funcionamiento de cantinas, discotecas y antros de tabledance y hasta impone administradores para garantizar el flujo de su droga. Autoriza a quienes venden en las calles y, por supuesto, les cobra derecho de piso y protección para que los recaudadores de la oficina de Gobernación no los molesten.

Los bachilleres demuestran en sus notas que están frente a un nivel educativo para el que no fueron preparados. Antes de fin de curso al menos la mitad termina de chalán o de chofer del transporte público que llega a su colonia; lavando automóviles o vendiendo cualquier baratija; de payasos o cantando en los mismos automotores que llegan a sus barrios, los mismos que antes tomaban para ir a la preparatoria.

Otros acaban sus vidas como hombres mono: inhalando bajo puentes y desagües tiner o pegamento 5000 en recipientes o bolsas de plástico. O asaltando transeúntes o pasajeros de los mismos camiones que van a sus colonias. Las chicas terminan sus vidas siendo madres prematuras, de meseras, o bailando, lánguidas, en algún lupanar a donde las fue a dejar algún chico que las enamoró para luego prostituirlas. Estas áreas son fértiles para los enganchadores de dealers. Pululan muchachos que sueñan con ganar hasta dos mil pesos diarios por la venta de grapas. Lo aceptan porque es lo único con lo que pueden acceder rápido y en definitiva a la vida disipada que Acapulco ofrece en su página web: ropa de marca, comida en abundancia, vida nocturna y mujeres que en otras condiciones no hubieran ni siquiera soñado. Lo hacen porque nada tienen y nada pierden.

Pero de esta parte de Acapulco pocos saben. Las guías rojis la omiten, los espots y los carteles publicitarios de la  Secretaría de Fomento Turístico perecen cubrirla con una costera de ensueño, un Princess o un Mayan Palace. Como quien mete la suciedad de la casa bajo la alfombra.

El "tirador" de droga

La cocaína corre en las playas. La venden parianeros, comerciantes ambulantes, pescadores, chulos (regenteadores), meseros y masajistas. Hasta las niñas mustias que hacen trencitas a las chilangas saben guiar por unos pesos hacia la grapa o el churro. Droga se consigue en Plaza Francia o Plaza España. En la playa la Angosta, en la Bonfil y sus bares de surfistas o en el Revolcadero y su pueblo costero. En Sinfonía del Mar y en la legendaria Quebrada. Por los tacos del Morro, en la colonia Petaquillas, en el barrio El 30 y en La Sabana o en la vasta Ciudad Renacimiento. En el Zócalo y en el Malecón. En la Condesa y sus antros gay o heterosexuales. Lo mismo da. En la zona Roja de putas, travestis y alcohólicos. En los billares de la avenida Cuauhtémoc y en, o por, la Plaza del Mariachi.

Se consigue en restaurantes, en hoteles familiares, moteles de orgasmos de paso y hostales de springbreak. Se anuncia mediante pegotes en los paradores del servicio de transporte público. Corre con los agentes de Tránsito que persiguen a los turistas amanecidos. Va sobre las camionetas de los policías y en el billete de mil pesos que los agentes llevan y gastan con teiboleras de lujo como si fueran de a 20. La cocaína todo lo corroe, como al tabique nasal que deshace. Todo lo corrompe, y en Acapulco está en el aire.

—A mí nada más me dan para mi piedrita y yo los llevo, los llevo donde la venden —ofrece el hombre flaco, en huesos, de ojos amarillos y hondos y sube al coche. Es una sombra. Habla sin descanso ante la ansiedad y el hastío de quienes nos hacemos acompañar. Señala calles que parecen laberintos mientras platica su vida de desdicha y su adicción que con los años se hizo irremediable. Hoy sólo el crack consigue tranquilizarlo. Los estragos del ácido se notan en su piel resquebrajada, en sus labios malva y en sus ideas desordenadas.

Se subió al automóvil por recomendación de otro conocido que sabe dónde conseguir droga. La cocaína corre disuelta por sus venas como glóbulos blancos.

—Aquí es. Ustedes denme el dinero y den la vuelta en aquella esquina. De regreso me llevan donde me encontraron —instruye y desaparece entre flores de buganvilias de una casa con un jardín cuidado, de aspecto familiar.

—Nadie diría que allí es una narcotiendita —dice el conductor del vehículo compacto donde vamos.

—Nadie diría que en este vecindario clasemediero y tan cercano a la Costera se vende cocaína —dice otro acompañante que viaja atrás del conductor.

El dealer sale escurridizo por donde entró y se mete como comadreja al vehículo.

—¡Listo! —dice eufórico—. Ahora a la estación —completa y extiende la mano donde trae la droga. 150 pesos la grapa de un gramo de cocaína de baja calidad. 100 pesos de propina.

—¡Es mierda! —dice el copiloto una vez que se la mete y siente los primeros efectos; luego pasa el polvo blanco al que maneja. Para entonces ya pasamos a dejar al dealer a donde lo encontramos.

—La sensación es contraria a lo que hace una buena coca; me apendejó todo. Chale —dice el chofer.

Llevamos 12 horas sin dormir, seducidos por los antros afterhours.

—Mejor estaciónate allí, donde están los tacos Chemise. A ver si unos de aporreadillo me alivianan —pide el copiloto y recarga su cara maltrecha por el desvelo en el respaldo.

Los Chemise son vecinos del Chicas, un tabledance que está en la avenida Farallón y es famoso por sus hermosas y jóvenes mujeres. La vía marcha veloz junto con sus miles de vehículos con placas del Distrito Federal que van llegando desde las 6:00 de la mañana. A medio kilómetro está la glorieta de La Diana Cazadora y a sólo metros de ésta las olas revientan en la arena tibia.

La fama de "la negra"

Todo Guerrero gira en torno a Acapulco. Su economía es el cordón umbilical que lo alimenta, la ubre donde se amamantan las arcas públicas. Los pueblos de Guerrero, los 81 municipios que lo integran, son satélites de la gran urbe, y muchos de éstos son los mayores productores de marihuana y amapola en México. Teloloapan, Tlacotepec, Tecpan y su pueblos gemelos, San Luis San Pedro y San Luis la Loma; Atoyac con su Edén y su Paraíso; Petatlán y su serranía, aportan 60 por ciento de la producción de amapola en todo el país, según la organización Servicio Nacional para la Paz.

De la amapola se extrae la goma de opio, y de la negra —como se le conoce por acá en el argot del narco a la goma por el color que toma una vez que se seca y se hace resina— se produce la heroína. Ésa es una de la razones por las que este puerto y sus costas están en pugna. Es la joya de la corona que El Chapo Guzmán le disputa a sangre y fuego al cártel de los hermanos Beltrán Leyva, comandando por Héctor, El H, que —contrario a lo que se pueda pensar respecto a su decadencia luego de la muerte de Arturo, El Barbas, su principal cabecilla—, según fuentes de la Policía Ministerial contrastadas con fuentes de la Procuraduría General de República aún es sólido y fuerte, y teje alianzas con células que operan en otras ciudades, como Los Rojo, el cártel de la Sierra y La Maña. Otras fuentes policiales aseguran que el cártel Independiente de Acapulco —remanente del grupo que comandaba  La Barbie— también está en la pelea.

Guerrero es terreno idóneo para el trasiego y desembarque de enervantes por sus anchos y solitarios litorales. De Acapulco hacia Michoacán, por la vasta región de la Costa Grande: Coyuca, San Jerónimo, Tecpan, Papanoa, Petatlán, Zihuatanejo, hasta Lázaro Cárdenas. O hacia Oaxaca, con el rumbo de la Costa Chica: Cruz Grande, San Marcos, Copala, Marquelia, Punta Maldonado hasta colindar con El Faro o Playa Ventura. Los grandes cargamentos de cocaína vienen, según fuentes de la Procuraduría General de la República, de Chiapas y Tabasco, desembarcada sobre todo de Colombia, Panamá, El Salvador, Nicaragua y Venezuela. Y, de acuerdo con gente ligada al narco, se la llevan hasta Tijuana. De muchas formas. Una de tantas es mediante muchachillas de El Paraíso y otros poblados de la serranía de Guerrero. La transportan en sus zapatos de plataforma o como toallas femeninas.

Su destino las aguarda con éxito la mayoría de las veces.

Historias de la muerte

Del enfrentamiento en La Garita ocurrido en enero de 2006 se vinieron los hechos en cadena, inextinguible la mecha que incendió Acapulco, se propaló por el estado y en su camino ha dejado un rastro de cuerpos desmembrados, cabezas cercenadas y 367 levantados-desaparecidos que han sido documentados por el organismo no gubernamental Taller de Desarrollo Comunitario, que hace un trabajo de búsqueda y apoyo a familiares en Guerrero.

Acá ya no es novedad contar cadáveres y nadie quiere el trabajo. Ni en la Procuraduría General de la República, ni en la Procuraduría General de Justicia del estado, ni en el Servicio Médico Forense. Es más, evaden dar datos precisos cuando se les piden fichas mortuorias. Nadie habla de circunstancias ni de nombres y apellidos. Como si cada fallecido no fuera más que un dígito que indicara cualquier cosa. Nadie salvo las viudas y los huérfanos marcados para siempre por la violenta muerte. La misma que a fuerza de verla todos los días, han hecho santa. La única, la verdadera. Y le rezan para que cuando llegue lo haga sin aspavientos. Sigilosa e intempestiva. Indolora.

La cifra de los muertos parece interminable y las historias atrás de los números son desgarradoras:

Yolanda tomó el teléfono y enmudeció al escuchar la noticia. No derramó ni una lágrima, no ante los ojos incrédulos de sus tres hijas. Cogió las llaves de su camioneta y fue a donde habían asesinado a su esposo. Lo encontró con el cráneo destrozado, el cerebro deshecho se esparcía sobre el parabrisas. La expansiva de la Kaláshnikov dio en el blanco. Aún no lloraba. Yolanda veía inminente, diáfano como esta imagen, su final y el de su esposo. Le conmovió que no se murieran juntos, que no estuviera ella allí,  menudita como es, deshecha por las ojivas 7.62 que nunca fallan. Dio la instrucción a su chofer para no dejar llegar mediante billete o pistola a los peritos forenses y mandó traer los servicios de una funeraria. Pagó lo que le pidieron por el traslado rápido y discreto del cadáver. El dinero que hoy no tiene entonces le sobraba.

Las niñas se enteraron de su orfandad cuando vieron los preparativos del sepelio en la sala de mármol. Entonces vinieron los llantos, inconsolables, profundos, recuerda Yolanda. El entierro fue familiar. Lo último que hizo en su rancho cercano a una hora de Acapulco. Luego emigró con sus hijas a España convencida que de lo contrario sería la próxima en las exequias, y dejó el negocio de las drogas para siempre. Atrás quedó el palacete donde vivió una década. Camionetas, armas, mucho dinero y mucha más droga de la que no alcanzó a disolver en el excusado, quedaron también al final del día. Tres años duró allá, desde 2007 hasta que se les acabó el efectivo. El regreso ha sido traumático.

"Las cosas siguen igual o peor", dice sin despegar mucho los labios en lo que la mayor de sus hijas, ya con 14 cumplidos, escucha en su teléfono celular un corrido:

Con cuerno de chivo y bazuca en la nuca/ volando cabezas al que se atraviesa,/
somos sanguinarios, locos bien ondeados, nos gusta matar./
Pa’dar levantones somos los mejores,/
siempre en caravana toda mi plebada,/
bien empecherados, blindados y listos para ejecutar.


Es Sanguinarios del M-1 y, más allá de la semántica, M-1 es la clave de operación de Manuel Torres Félix, jefe de sicarios de  El Chapo Guzmán, y con la letra ella juega a ser la líder del cártel de sus hermanas. Pero sólo juega... Mientras, la menor, de cuatro años, aún pide soltar al cielo globos con gas helio y recados atados a un cordón para su padre muerto. Le dice que lo ama, que lo extraña, que se cuide. La otra hermana está encerrada en sus 12 años. "El rencor crece en ella", dice Yolanda, con las palabras pegadas en la boca. "Es como su padre: guarda su odio para cuando quiera sacarlo".

Yolanda todavía  despierta de vez en vez llorando y aterrada cuando se ve en sueños frente al féretro sangrante de su marido.

Kaláshnikov, la favorita

Ninguna acción del narco es casual en la lógica de la lucha por ganar ciudades para el trasiego y venta de drogas. Es la razón de la sinrazón. Se avanza, una tras otra. Poniendo sellos de sangre. Banderas de muerte. Es la nueva conquista con los AK-47 por delante. Ese fue el movimiento que hizo Tony Tormenta —abatido en Matamoros en noviembre de 2010— cuando anunció su llegada a Acapulco con 120 zetas en agosto de 2005. No hizo falta conocer de Allan Greenspan o Adam Smith para saber que matándose unos con otros autorregulan su mercado y maximizan su propio beneficio. No hizo falta saber de teorías económicas para expandir su tríada: poder, riqueza y trasiego de drogas. Aún sobre los intereses de El Chapo. Era necesario porque, según la policía, el anuncio en 2005 de la extradición del hermano del Tony y entonces líder del cártel del Golfo, Osiel Cárdenas Guillén, preso en 2003 y enviado a Estados Unidos hasta 2007, les restó fuerza e influencia con oficiales militares en Tamaulipas, su cuna y natural zona de acción.

Desde entonces, la onda sorda de las Kaláshnikov no ha dejado de expandirse como pandemia sin antivirales. La AK-47 o cuerno de chivo, como se le conoce también en México por la forma de cuerno que tiene su cargador de 30 tiros, ha sido el arma favorita de los narcos y sus sicarios. La firma de sus acciones. El estigma letal con el que han cobrado fama sus víctimas. Mortal es la ojiva en el lugar donde impacte. Nunca falla, ni en el agua ni en lodo. Es el escupitajo del diablo que carcome Acapulco y cuya saliva, inmensa como su bahía, no ha terminado de secarse.

Las Kaláshnikov lo mismo le han dado a niños escolares como Rodrigo Cortés Jiménez, asesinado en febrero de 2011, que a amas de casa, estudiantes, transeúntes, vacacionistas, taxistas, agentes de tránsito, policías, militares, políticos, prostitutas, dealers, celadores, presos... 6 mil 621 ejecuciones extrajudiciales, de acuerdo con los datos recopilados entre 2005 y 2010 por la Secretaría de Seguridad Pública. 953 en los primeros seis meses de 2011. 7 mil 574 muertos en total. Hay listados con nombres y apellidos,  por orden alfabético,  por fecha de ejecución, por desaparición o por levantón. Según datos de organizaciones civiles, han muerto:

Por mes. Inés Prudencia Bedolla (murió en abril de 2005, ese mes hubo ocho asesinatos), Teodoro Vega Rodríguez (mayo 2005, tres asesinatos), Silvestre Zamora Fierro (junio 2005, ocho asesinatos), Alfonso García Rosas, (julio 2005, 11 asesinatos), Josefina Juárez Sánchez (agosto 2005, 17 asesinatos), Jorge Ávila Herrera (septiembre 2005, cinco asesinatos), Ignacio de la Rosa Murillo (octubre 2005, dos asesinatos), Silverio Rodríguez Peñaloza (noviembre 2005, 10 asesinatos), Diego Bahena Armenta (diciembre 2005, un mes que registró tres asesinatos).

Por año. Rodrigo Maldonado Mario (murió en 2005, ese año hubo 792 asesinatos), Savador Medina Narváez (2006, 965 asesinatos), Albino Baltazar López (2007, 885 asesinatos), José Raúl Cortés Chavarría (2008, 951 asesinatos), Marcelino Marino Santiago (2009, mil 452 asesinatos), Antonio Valdez Andrade (2010, mil 576 asesinatos), Rodrigo Cortés Jiménez (2011, 953 y contando, hasta llenar tres veces el cementerio más antiguo de Acapulco, el San Francisco, donde yacen sepultados tan sólo 2 mil 234 cadáveres).

Acuérdate de Acapulco

La Garita, el enfrentamiento cuyas secuelas no han dejado de contarse, ha marcado la vida de prácticamente todos. Rompió equilibrios, las fragilísimas líneas imaginarias que no debían cruzarse. Rompió con pactos y reglas no escritas entre el narco y las fuerzas del Estado. Cambió radicalmente la vida de casi un millón de habitantes que tiene Acapulco y la tranquila visión de los paseantes. La decapitación de los policías que ejecutaron a los narcos horrorizó a la población, indeleble su cometido. La Costera y sus calles no han vuelto a ser las mismas. Según la Secretaría de la Defensa Nacional, 3 mil 500 efectivos del Ejército, la Marina, agentes federales y del estado patrullan las calles acapulqueñas. Entran y salen hacia todos los puntos de la entidad.

De un momento a otro, imperceptible el instante, la población pasó de espectadora muda, de testigo atemorizado a inculpada indirecta. Objeto de detenciones en retenes para someterse a requisas. En cualquier parte del estado. Donde sea. Incluso en plena zona turística, donde se simula, donde se busca ser impecable, los retenes militares son a la luz del día.

—Buenas tardes señores, esta es una revisión de rutina. ¿Podrían salir por favor por la puerta de atrás? —ordena un hombre con playera de la Policía Federal tan pronto como el chofer abre la puerta del camión del servicio urbano.

Viajan unos 20 pasajeros. Disfrutaban el aire acondicionado y la vista plena del mar. Es la 1:30 de la tarde. Afuera del automotor, el calor de 40 grados hace ver las cosas como si estuvieran debajo del agua. Sofoca. La zona del Asta Bandera, en la popular playa Papagayo, negrea de agentes y el tráfico rueda lento por las camionetas oficiales y otros camiones y vehículos que también son inspeccionados. Todos son culpables.

—¡Esto es un atropello! —reclama un hombre chaparrito y con bermuda hasta las espinillas, camisa floreada, por fuera. Turística típico—. Vengo desde Cozumel (Quintana Roo, más al sur de México), imagínese la impresión que me llevo de aquí.

Los agentes estatales, municipales y federales que están en el filtro como parte de una acción policial llamada Operación Conjunta contra el narcotráfico no lo escuchan o fingen no escucharlo. "¡Con las manos arriba y viendo hacia el camión, señores!", instruyen autoritarios. Luego el cateo, minucioso, desde las axilas hasta los pies por los policías con rifles R-15 en el hombro y sus pistolas enfundadas en la cintura.

—¡Entrando, entrando por la puerta de enfrente! —siguen las órdenes propias de un toque de queda.

El asfalto reverbera.

—¡Si no somos delincuentes! —grita un pasajero tan pronto alcanza la ventanilla.

—¡Váyanse a revisar a la Petaquillas! —grita otro, evidentemente acapulqueño, mientras sube al autobús dando la espalda a los policías que ni lo atienden. Petaquillas es una colonia brava y como en la colonia Cuerería o el barrio del Tanque, las narcotienditas se confunden con fondas, tiendas de ropa y peluquerías que cunden en las callejuelas siempre observadas por chicos en bicicletas, pero la policía ni se asoma. Quizás por eso.

El camión retoma su marcha y algunos todavía rumian mientras se acomodan en la frescura del clima artificial. De las ventanillas se mira a los turistas chapotear abrazados por el sol y la sal del océano Pacífico que reposa en la polución de la bahía de Santa Lucía.

 

DAVID ESPINO es periodista independiente, ajedrecista de ratos libres, cafeinómano, lector recalcitrante, y vive con su gato "Meko". Esta es una versión ajustada de una crónica que aparece en su libro "Acapulco dealer", editado por la Universidad Autónoma de Guerrero y que por estos días comienza a circular en las librerías del país