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A las órdenes de la legión triqui

Un ejército de niños sigue los pasos de los campeones de pies descalzos
Promedio escolar de 8.5 hablar la lengua materna y ayudar en labores de casa, son requisitos para los niños triquis. (FOTO: Orlando Cruzcamarillo, cortesía Sergio Zúñiga y Archivo )

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Orlando Cruzcamarillo
| domingo, 17 de enero de 2016 | 00:10

Lo saben: es importante estudiar y que la palabra venganza se  desdibuje de su camino. Algunos de ellos no sólo han salido por primera vez de su comunidad sino que han viajado fuera de su país para que los llamen campeones. Lo son y su inspiración es “el loco del libro y el balón” que ha logrado reclutar a 2 mil 600   niños y niñas triquis  de Oaxaca que han encontrado futuro, o lo buscan, en el baloncesto

 

 

Los niños llegaron entusiasmados porque en la sierra la felicidad pasa por un aro y un balón de basquetbol. Descalzos la mayoría, apenas un puñado calzando huaraches de cuero, se arremolinaron expectantes en la cancha de baloncesto de Cruz Chiquita, comunidad situada en el municipio de Santiago Juxtlahuaca, en el estado de Oaxaca. 

Es un sábado de 2010 y está por llegar el nuevo entrenador que quiere formar varios equipos. Asentada en lo alto de una montaña y rodeada de un espeso bosque de pinos y encinos, el viento frío de las tardes de Cruz Chiquita contrasta con el vigoroso sol que se planta a mediodía. Los niños descalzos caminan sobre el concreto recalentado de la cancha, más que incómodos, fascinados por la estatura de quien llega, el entrenador Sergio Zúñiga: 1 metro con 85 centímetros. Una vez reunidos, el hombre de gran estatura frente a ellos, les pregunta: ¿Les gusta jugar basquetbol? 

Muchos años atrás, en 1956, los habitantes de Cruz Chiquita habían sido bombardeados y ametrallados por un avión del Ejército, que los hacía responsables de la muerte de tres militares. En el 2010, por las mismas fechas en que Sergio Zúñiga llegó a dar entrenamiento deportivo a niños, el principal centro ceremonial y político de los triquis, San Juan Copala, se encontraba sitiado por decenas de hombres armados con fúsiles R-15 y Ak-47 que querían tomar el pueblo y hacerse del poder. Y es que, de entre las 62 etnias que existen en México, la historia de la nación triqui, de apenas 36 mil habitantes de acuerdo con la Comisión de Desarrollo Indígena (CDI) , es sin duda la más atroz. Durante más de medio siglo los crueles y extravagantes asesinatos, las venganzas perpetuas, los expulsados y las tierras arrasadas son habituales. A ese minúsculo punto de la sierra se presentó Sergio Zúñiga con la determinación de cambiar el destino de cientos de niños. ¿Sus herramientas? El estudio y el basquetbol. Y lo comenzaron a llamar “el loco del libro y el balón”. 

 En  2015  el equipo infantil triqui obtuvo en Alemania un nuevo campeonato mundial

 

Victoria descalza 

Después de lograr en 2013 marcadores de 82-16, 72-16… y obtener el título del IV Festival Mundial de Mini-Baloncesto, en Córdoba, Argentina, los comenzaron a llamar Los niños basquetbolistas de la Montaña o Los campeones de los pies descalzos. Montaña y descalzos, dos palabras que definían perfectamente su vida: aislamiento y extrema pobreza, un lugar común para describir a las comunidades indígenas. De ahí que Oaxaca, Chiapas y Guerrero, sean los tres estados más pobres y a la vez concentren la mayoría de los 15 millones 700 mil mexicanos considerados como indígenas. Pero por la incesante violencia en que han vivido los triquis, sus vecinos, mestizos y mixtecos, los consideran asesinos por naturaleza. Incluso mi padre, que siendo originario de Tecomaxtlahuaca —a 40 minutos en coche, de San Juan Copala—, sabía algo de ellos. Era 1948 y mi padre era un niño de 10 años cuando acompañó a su padrino Pedro, de oficio arriero y comerciante, a uno de sus viajes a la costa oaxaqueña. Habitantes de un mundo a punto de desaparecer ante el avance del automotor y la abertura de nuevas carreteras, el periplo se hacía a pie y duraba tres días. Ineludiblemente el camino pasaba por el corazón de la nación triqui, San Juan Copala. Aquel día avanzaban a paso firme cuando mi padre vio con espanto dos cabezas cercenadas que yacían sobre la vereda. Su padrino, quien le había advertido de lo que podrían ver por Copala, sólo ordenó apretar la marcha. Siguieron hasta que un hombre, con machete en mano, los detuvo, ¿traen tortilla?, preguntó en un español precario. Asintieron. Hubo trato, él dio plátanos y ellos tortillas. El triqui les aconsejó no beber del arroyo que estaban por pasar. Frente a la vena de agua comprendieron: la cabeza de un tercer hombre se había convertido en una pálida piedra de río. Ahora, en 2010, la voz de Sergio Zúñiga rompe aquel recuerdo mientras explica: “El basquetbol no es sólo botar el balón y aventarlo. Tenemos que aprender realmente cómo jugarlo…”. La voz del coach Sergio no es imperativa ni estentórea, sino aún más poderosa: serena. Él y sus auxiliares caminan entre los pequeños cuerpos y meticulosamente les va explicando la forma correcta de realizar los ejercicios. Acostumbrados a cortar leña, llevarla a cuestas, subir y bajar descalzos las infinitas veredas de la montaña, Sergio advierte su poderosa resistencia física. En tanto los niños aprenden palabras nunca antes escuchadas: bíceps, tríceps… hay que fortalecerlos para ser unos verdaderos atletas. “¿Y cómo es que sabe todo esto?”, se preguntan los triquis que pasan de la extrañeza a la sorpresa. Sergio les cuenta de sus cursos, sus viajes y, sobre todo, de que el estudio es la única forma para ser mejores, en el deporte y en la vida. Su voz serena no sólo trasmite confianza, sino ante todo conocimiento. Ávidos de ese saber, los niños y jóvenes quedan maravillados. Bernardino de Jesús, de 17 años y originario de la comunidad de Rastrojo, y a quien cuatro años antes le habían matado a su papá y que pensaba migrar a Estados Unidos para trabajar, disipó sus dudas en su primer entrenamiento: “De repente llega el profesor como una luz que alumbra todo y yo fui a esa luz y lo seguí en todas partes”. Esa tarde Sergio les hizo una promesa a sus jugadores. Una promesa que con el tiempo devino en diminuta. 

 Las niñas  se han integrado poco a poco a los grupos de entrenamiento

 

Histórico territorio en disputa 

Las descargas de los fusiles rezumbaban nítidas en el templo de San Juan Copala. Apenas las oía Sóstenes Ramírez se lanzaba por donde intuía la emboscada entre la montaña. Para un sacerdote de 26 años colmado de fe nada era imposible o casi, tenía que llegar y siempre llegaba. A veces para una curación desesperada, ungir los santos óleos a los agonizantes y la mayoría de las veces sólo para rezarles a los tiroteados y macheteados. “Como caminaban en familia, iba la esposa, los hijitos y a todos los mataban. ¡Qué tragedia, decía dentro de mí!”, recuerda aún conmocionado Sóstenes Ramírez, a casi 50 años de su llegada a Copala. Hoy tiene 78 años y en 1963 se convirtió en el primer sacerdote en Copala. “Desde que tenía uso de razón se hablaba en despectivo de los triquis. Incluso en mi tierra hacen una danza en carnaval donde los presentan de manera irónica, como gente mala”.

 —¿Por qué de sus disputas? —le pregunto. 

—Ellos peleaban por la hegemonía, querían ser los primeros entre los barrios (comunidades) y aún entre chamacos peleaban… según ellos estaban afiliados a un grupo que peleaba el poder. A veces iban a sus casas y los acribillaban a todos. La disputa entre los líderes era un manantial de odios y venganzas que pasaban de generación en generación, potenciadas por la impunidad. 

El legendario cronista, periodista y antropólogo mexicano Fernando Benítez (1912-2000), visitó San Juan Copala en 1965 y en su obra Los Indios de México no sólo habla del padre Sóstenes Ramírez, sino también de cómo jueces corruptos liberaban a los asesinos. Sumado a la proliferación de armas y el alcoholismo, la violencia era una cultura viva entre los triquis. Lo sorprendente es que eran poseedores de fértiles huertas de plátano y café. Varios de los acaparadores de Juxtlahuaca y Putla, además de crearles el vicio del alcoholismo e incitarlos a matarse entre ellos, les pagaban sus productos con armas. Siempre desconfiados, los rifles eran probados con gente que iba caminando a lo lejos, si acertaban, el arma era buena y si no, pues no servía. Sóstenes no podía evitar reconvenirlos con un breve discurso dicho con sutileza. 

—Ah, padre, tu palabra tan bonita, pero háblalo con ese chiquito, porque su cabeza está tierna, entra tu palabra, pero cabeza maciza ya no entra —respondían. 

Benítez lo advirtió magistralmente: “Todo Copala, a excepción de la iglesia es provisional y está marcado por el sello de la locura y la muerte... puede confundirse con suicidio colectivo “. 

 

¿Dónde quedó la bolita? 

No se sabe con certeza cómo llegó el basquetbol a la región triqui, algunos intuyen que fue por los misioneros religiosos norteamericanos que han llegado desde hace décadas. Lo que es un hecho, es la gran pasión que tienen los triquis por el baloncesto. Por lo regular las distintas comunidades forman sus equipos y compiten entre sí. No todas contra todas, porque hay unas que son enemigas mortales. Sergio Zúñiga estableció tres reglas para integrarse al programa: 8.5 de promedio escolar, hablar la lengua materna y ayudar en las labores en casa. Junto con sus auxiliares instruían por dos semanas en una comunidad, dejaban a un joven encargado y seguían su peregrinar por otro pueblito más. Uno de los primeros entrenadores triquis fue Sebastián Ortiz, encargado de Rastrojo. De 23 años, casado y con dos hijas, recuerda que en el 2010 se dirigía caminando con 20 niños a una concentración en Río Venado, cuando una ráfaga de balas detuvo su paso. Aterrorizados, se echaron al piso. No sabían si era una advertencia para que no siguieran ese camino o simplemente alguien jugaba con su Ak-47, en tierra de emboscadas ambas posibilidades eran reales. Se desviaron a Río Metates, donde un señor les ofreció comida sin cobrarles un céntimo. Aquella pausa le sirvió para tranquilizar a los niños. Sebastián les explicó que “la violencia es problema de los señores grandes”, pero sobre todo, apeló a esa pasión que los hacía caminar por más de tres horas con el estómago vacío entre lodosas veredas: “A mí me gusta entrenar a los niños”, soltó. Y dirigiéndose a la niña que se asustó más y ya quería regresar le preguntó: “¿Tú no quieres jugar basquetbol?” La niña dijo que sí. Todos querían jugar. Otros hubieran echado sus pasos atrás, Sebastián y sus jugadores, no. Su palabra empeñada: “Siempre me ha gustado llegar antes a los entrenamientos, no faltar al profe Sergio. Porque si tú faltas algún día, no te van a confiar, entonces es la palabra que llevo en la cabeza todos los días”.

En 1975 los triquis se unen para defender sus tierras de las invasiones de los mestizos y fundan su primera organización política llamada El Club. Pero esa incipiente asociación no detiene sus disputas interétnicas. Un veterano chofer del extinto Instituto Nacional Indigenista —quien me pidió no citar su nombre—, me dijo que en la década de los 80 había temporadas que no se dio abasto con tantos muertos que transportó. Ni la policía, ni los soldados entraban, sólo él estaba autorizado. Apenas iba sacando uno o dos rumbo al Ministerio Público de Juxtlahuaca, cuando ya había otra balacera. Al día de hoy las comunidades están aglutinadas en tres organizaciones: MULT (Movimiento Unificado de la Lucha Triqui), UBISORT (Unidad de Bienestar Social en la Región Triqui) y MULTI (Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente). Sus líderes forjan alianzas o las rompen dependiendo sus intereses. En el 2007 el MULTI y la UBISORT se aliaron para fundar el Municipio Autónomo de San Juan Copala. Para 2010 la autonomía sólo es sostenida por el MULTI y desde los cerros que rodean Copala está sitiado por hombres armados con fusiles de asalto. Desde que se fundó el municipio autónomo se contabilizaron 15 asesinatos, incluido el de Elías Fernández, de 9 años, muerto por una bala que entró a su salón de clases. 

 

El héroe ilegal 

En el 2013 platico por primera vez con Sergio Zúñiga. Cuenta que antes se ganaba la vida jugando en torneos de provincia, donde los equipos se refuerzan con jugadores foráneos a los que les pagan con parte del premio disputado. Uno de esos torneos cambió su vida. No sucedió en una comunidad triqui, sino en otro desolado pueblito mixteco de Oaxaca llamado El Vergel. Y adonde Sergio Zúñiga, junto con su equipo, llevaron sardinas para comer, una vez preparadas, una multitud de niños emergieron como si el aroma se hubiera dispersado por el pueblo. Esos rostros de hambre lo conmovieron tanto que se preguntó: “¿Esto es México?”. Sabía de la pobreza, “pero no a esos extremos… como si fuera África”. Se prometió hacer algo. A Sergio le faltaba recorrer un largo y fatigoso camino en su preparación. Con estudios deportivos en México (la UNAM), Argentina y Cuba, recuerda una de las clínicas que más le significaron en su formación. Sucedió en Acapulco, donde un coach norteamericano de apellido Smith se presentaría. Sergio no tenía dinero y tuvo que empeñar su televisión para poder asistir. No se arrepintió, las palabras de Smith lo fascinaron a tal grado que decidió seguirlo, como tiempo después harían con él sus pupilos triquis. El problema es que era hasta EU y no tenía visa y tampoco dinero; obstáculos casi insuperables para un hombre casado y con una esposa embarazada. Consciente de que los grandes logros significan grandes sacrificios, se lanzó de ilegal. En la vida los hombres generosos suelen encontrarse con naturalidad, de allí que cuando tocó la puerta de Smith fue bien recibido. Se hospedó en su casa y también le consiguió un trabajo. Su estadía de meses no fue fácil. Todavía no se perdona el no haber estado cuando nació su hijo. Pero todo cobró sentido cuando su cuñada, conocedora de las desdichas triquis, lo retó: “¿Por qué no haces algo por esos niños?” A Sergio le gustó el desafío porque sonaba a imposible. Si lograba “algo milagroso” con los triquis, lo podía hacer en cualquier lado. En 2010 se reunió con los líderes triquis y el consejo de ancianos. “Planteamos el programa, estaba diseñado para el área de Rastrojo, pero al ver que era importante le dieron una validez y dijeron que se extendiera”. 

—¿Crees que ha contribuido a la paz? —le pregunto.

 —Yo considero que sí —responde. 

Otro de los obstáculos: los maestros de la sección 22 de la CNTE, que daban notas de 10 y 9 al por mayor. Los alumnos de sexto ni siquiera sabían leer bien y ya ni digamos realizar las más elementales operaciones aritméticas. Molestos, cuando se les reclamó, cerraron las escuelas. Al final fueron sustituidos por otros que se coordinaron con el proyecto. Ahora los chicos tienen un seguimiento pedagógico, pero lo más importante para Sergio es que en los campamentos tienen sus tres comidas al día. “En sus casas no, allí dividen sus platos en dos, las tortilla se divide en tres. Es muy triste. Cuando vi que quitaban un poco de comida para servirme a mí, casi lloro. Porque nosotros le debemos dar a ellos y no ellos a nosotros”. La promesa que les hizo en el primer entrenamiento fue llevarlos a jugar, en octubre de ese 2010, a Aguascalientes. A los niños les sonó a prodigio porque nunca habían salido de sus comunidades. Ahí demostraron su extraordinario juego llegando a la final, pero mientras la disputaban contra el equipo de Tamaulipas, se enteraron del asesinato de Heriberto Pazos, líder del MULT e impulsor del programa de basquetbol. Los afectó al tal grado que perdieron. A pesar de todo, Sergio pensó que su misión estaba cumplida. Sus jugadores eran conscientes de la importancia de estudiar, la palabra venganza se les había desdibujado y conocían por primera vez un lugar amable fuera de sus montañas. Pero su extraordinaria disciplina, su entrega y su entusiasmo dijeron otra cosa: el viaje apenas comenzaba. 

Ya es 2013. La única manera de que un extraño ingrese a las comunidades es ir acompañado por un conocido de los pobladores. En mi caso, los hermanos Octavio y Guillermo Merino, auxiliares del coach Sergio Zúñiga, fungen como mis guías y traductores en la visita a la comunidad de Rastrojo, pueblo enclavado sobre una ladera calurosa. Apenas bajamos de la camioneta miramos a varias adolescentes —unas ataviadas con huipiles y otras vistiendo jeans—, que se dirigen a la cancha de basquetbol. Casarse con una o varias de ellas, no es cuestión de enamorarlas, sino de pagar a sus padres entre 80 mil y 300 mil pesos. “Por eso nosotros nos robamos a nuestras esposas”, bromea uno de mis guías. Incluso me dicen que los padres no permiten que sus hijas jueguen porque su “precio va disminuyendo”. Algo que poco a poco han ido cambiando, por lo visto. Quiero conocer a los jugadores del programa y llegamos primero con Modesto López de 12 años. Vive en una pequeña choza de madera con sus padres y sus nueve hermanos, mejor dicho ocho, pues uno migró en busca de trabajo. La hermana más grande, de 17 años, abandonó sus estudios y ahora se encarga de sus hermanos. El más pequeño es un bebé que no deja de llorar durante nuestra visita, es comprensible nadie tiene una vida fácil aquí. 

La miseria ronda el 84.6 por ciento de la región y el 69.9 por ciento de las familias (integradas en promedio por ocho miembros), sobrevive diariamente con un salario mínimo o menos. Ver a extraños es poco común, así que mientras caminamos, se nos une un grupo de niños que nos siguen en fila por la vereditas, pero cuando trato de hacerles la plática sólo sonríen, su español precario no les da confianza para responder. Al llegar a la casa de Melquíades Ramírez nos encontramos a su mamá y a su abuelita tejiendo huipiles. Esa prenda que les toma seis meses de trabajo, con suerte se las pagan en Juxtlahuaca a 3 mil pesos. Quinientos pesos por un mes de arduo trabajo. Aquí todas las mujeres son artesanas, campesinas, comerciantes. En las familias triquis es común la ausencia del padre, ya sea porque migró y nunca regresó o porque fue asesinado; al progenitor de Melquíades lo mataron. Su casa no varía en comparación de las demás, es de madera y piso de tierra. Melquíades es un chico tímido, que está aprendiendo un español más fluido. 

Descalzo y ataviado con el uniforme de su equipo de basquetbol de la primaria, apenas contesta nuestras preguntas con una voz suavecita. Pero cuando le digo que el profesor Zúñiga lo considera un estupendo basquetbolista, entra inmediatamente a su casa y sale risueño con múltiples medallas y trofeos ganados. Su abuela y su mamá, lo miran y sonríen orgullosas. Antes de marchamos la mamá de Melquíades nos obsequia unas tortillas y unos plátanos. Es costumbre aquí. 

 

¿Y si mañana se acaba el mundo? 

Gregorio Chávez, mejor conocido como el profe Goyo, es el encargado del albergue en Guadalupe Tilapa de la CDI (Comisión de Desarrollo Indígena), población que está afiliada al MULTI, por lo que es adversaria de San Juan Copala y Rastrojo que son del MULT. Por eso me interesa conocerla. Es una tarde de enero de 2014 cuando abordamos un taxi en Juxtlahuaca. Los temas magisteriales están de moda. Fiel a su estirpe, el taxista comienza la plática:

 —El gobierno ya los amoló con lo de las reformas a la educación ¿no? 

—Sí —asiente el profe Goyo—, ni cómo cambiarlas, ya están en la Constitución. Es como si dijeran, mañana se acaba el mundo ¿y a quién le reclamas? 

El baloncesto ha transformado la vida de estos niños que  nacen en condiciones de pobreza y violencia.

En 30 minutos llegamos a un punto donde la brecha termina. Triquis, sobre todo ancianos y mujeres, cargan sobre sus espaldas bultos con el escaso bastimento que han traído de Juxtlahuaca. De cuerpos consumidos y mirada baja, inician el retorno a sus casas caminando. La carretera que llegaba a Guadalupe Tilapa está bloqueada, cualquiera que ose utilizarla puede morir acribillado por los pistoleros que cuidan que nadie la transite. Por eso el último trecho para llegar al poblado es caminar por una veredita que rodea la zona de peligro y fluye por un bosque de enormes ocotes y voladeros grises de tan profundos. Después de tres horas de camino llegamos. No pasa mucho tiempo cuando un hombre con su AK-47 terciado se presenta al albergue. Me saluda con amabilidad y comienza a hablar en triqui con el profe Goyo. Sin duda, sobre mi presencia. En el albergue, alrededor de 40 niñas y niños reciben alimentos y van a la escuela. Varios de los más pequeños aparece frente a mí haciendo poses de hombres armados, apuntan con sus deditos o con un tronquito. Se ríen y me exigen tomarles fotos. Prácticamente todos tienen familiares en EU, sólo esperan un poco para unírseles y trabajar en los campos agrícolas de allá. Les pregunto que si son buenos basquetbolistas. Se les ilumina el rostro y responde que sí, muy buenos. Uno de ellos saca su modesto celular y me muestra fotos de sus trofeos ganados. ¿Quién ganaría si jugaran contra los famosos niños basquetbolistas? pregunto. ¡Nosotros! responden al unísono. No deja de ser triste que algunos padres de estos niños puedan ser enemigos mortales de los padres de los otros pequeños basquetbolistas... La leyenda cuenta que debido a su indomable carácter los triquis fueron expulsados de Monte Albán. Sin embargo, la violencia interétnica se puede rastrear hasta la Revolución, aunque sólo participaron al final de la conflagración, sí acumularon suficientes armas como para matarse entre constitucionalistas y zapatistas. Otros dicen que todo inició en 1956 con el bombardeo a Cruz Chiquita. También se escucha la homérica versión de que todo comenzó con el robo de una mujer de Guadalupe Tilapa. Incluso sus reyertas han saltado al ciberespacio donde existen varios blogs acusándose mutuamente de los múltiples asesinatos acontecidos en la región. Una vez le pregunté al profe Goyo, miembro del MULTI y del Municipio Autónomo de Copala, si ellos también disparaban como el líder de la UBISORT, Rufino Juárez, acusaba. El profe Goyo, lo aceptó: “lo que es”. También me dijo que lo belicoso lo “traían en la sangre”, que la violencia siempre sería entre ellos. Esa especie de irrevocable autocondena me decepcionó, sobre todo porque fui testigo de su esfuerzo por mejorar las condiciones del albergue. En Juxtlahuaca una mujer me soltó una afirmación brutal: “¡Los triquis me dan asco!”. Enseguida enumeró sus porqués: “En primera son asesinos, en segunda son mugrosos y en tercera son flojos”. Un empleado del hospital me comentó que se esmeran en tratarlos rápido. La razón: “son matones”. No los respetan, les temen o los deprecian. Aunque estas mismas personas recuerden numerosas excepciones, y que son la mayoría, de mujeres y hombres trabajadores y pacíficos. He visitado las colonias triquis Nuevo San Juan Copala y Lomas de San Ramón, en Baja California, donde cientos se asentaron huyendo de la pobreza y la violencia. No obstante, muchos son explotados en los ranchos agrícolas, han salido adelante de forma pacífica. Pero los prejuicios son poderosos. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz consideró que el insulto más infamante para el mexicano es ser un “hijo de la chingada”. La realidad es que la peor injuria, incluso para todo latinoamericano, es que lo llamen ¡indio! Es como un escupitajo a la cara. Porque ser indio representa en el imaginario todo lo que nadie quiere ser: ignorante, pobre, sucio… Sólo así se entiende que los gobernantes dejaran pudrir a través de los años las disputas de los triquis. Que se maten, son indios. 

Por eso no dejaba de preguntarme ¿cómo contar la historia de un pueblo azotado por la violencia y el racismo? La respuesta llegó cuando me disponía visitar por primera vez San Juan Copala. Ese día abordé en Juxtlahuaca un taxi y mi sorpresa fue ver que una chica triqui, Cecilia, sería mi conductora. Si en el DF son poco comunes las taxistas, en la sierra me pareció todo un descubrimiento. Mientras platicábamos reparé en la foto de un niño que tenía en el tablero. ¿Es tu hijo?, pregunté. El rostro de Cecilia ensombreció: “Es mi hermanito de dos años, murió en una emboscada”, respondió. Me quedó claro que sobre la pugna entre las organizaciones, importan aún más las historias de las víctimas y de quienes se niegan a sucumbir bajo el destino de violencia que les han impuesto sus mayores. Los niños basquetbolistas son un ejemplo. 

Los jóvenes entrenadores triquis lo tienen claro: la política en sus comunidades es asunto de los mayores y no de su incumbencia, su única prioridad son los niños. Es una tarde de 2015 y platico con dos de ellos en las instalaciones de la Academia de Basquetbol Indígena de México (AMIB), en la ciudad de Oaxaca. Guillermo Merino asegura que lo más importante es “ver hacia el futuro y dejar el pasado que se vivió en la región”. Enfocarse en la manera de llegar a más niños. Y lo han hecho: en 2010 la aventura inició con 500 niños, cinco años después son 2 mil 600 y la idea abarcar a 10 mil jugadores indígenas de todo México. El programa ha tenido sus bajas. Modesto López, a quien conocí junto a sus 8 hermanos en Rastrojo, abandonó el basquetbol debido a sus carencias económicas y también porque no aguantó los entrenamientos. En tanto Melquiades Ramírez, el chico huérfano que vivía con su mamá y su abuelita se convirtió en uno de los mejores jugadores del programa. Sus vertiginosos pases de alero han sido conocidos en Orlando, Los Ángeles, Austin, Santo Domingo, Buenos Aires… En mi última visita platiqué con él de nuevo. Después de comer los chicos se habían puesto a jugar ajedrez. Un poco más fluido en su castellano, Melquíades sigue hablando bajito. Me dice que tienen que leer un libro cada 15 días y me cuenta de La letra escarlata y El juego perfecto. Pero lo suyo también es la cantada y me lo demuestra entonando una balada de la Banda MS con su voz suavecita: “Entre más te miro yo más me convenzo…” Sabe, como su coach Sergio Zúñiga, que no es lo estruendoso de la voz sino el tono perfecto.

NOTA:
Esta investigación del narrador Orlando Cruzcamarillo recibió apoyo del FONCA a través del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales 2014.