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'WATCHAVATO': EL ARTISTA CONVERSO

Se llama Luis Romero, pero todos lo conocen como el Watchavato, y sí es culichi, de Culiacán pues, del meritito Sinaloa. Y aunque es reconocido fuera de México como uno de los mayores representantes de la narcocultura, el artista sinaloense asegura en entrevista con Domingo que su trabajo aborda los recuerdos, la infancia y una cultura del noroeste que no necesariamente tiene que ver con el crimen
Watchavato Durante más de 20 años de trabajo como artista urbano (FOTO: ENRIQUE SERRATO FRÍAS )
TEXTO Alejandra S. Inzunza / FOTOGRAFÍA Enrique Serrato Frías
| domingo, 28 de junio de 2015 | 00:10

Hace un año, en 2014 y por estos meses, entre las avenidas Madero y Álvaro Obregón de Culiacán, Sinaloa, lucía un billete gigante, de 3 por 5 metros, pegado en una pared. Era de un dólar y tenía la figura de Jesús Malverde, el legendario bandido de cabello negro y ojos azabache que hoy es venerado como santo por muchos. Encima de la imagen se leía la leyenda: “Infinitas gracias”. Debajo se encontraba la firma de un tal Watchavato. El letrero duró 10 días. La policía lo quitó.

¿Quién es ese tal Watchavato?  Habrá que comenzar por contar que Luis Romero tenía seis años cuando su padre se fue de casa y nunca lo volvió a ver. De aquella época, sólo recuerda acompañar a su madre al supermercado La Ley y después parar en el templo construido a Jesús Malverde, una figura a la que se le ha hecho un culto en Sinaloa y al que se le apoda el “santo de los narcos y de los pobres”.  Él jugaba afuera de la capilla. Ella se paraba ante el busto de su ídolo y lloraba.

Luis Romero ya era conocido como Watchavato —una frase en splanglish común en Sinaloa que significa “mira a ese chico”— cuando tuvo un accidente de coche en el Distrito Federal. Era 2007. Salía de su estudio en la colonia Roma con su amigo Rafael Ortiz y en el camino, en el cruce de Álvaro Obregón y Monterrey, justo enfrente de una tienda de alquiler de películas, un automóvil se estampó contra ellos. Ortiz murió. Romero no podía sentir sus piernas. En ese momento sólo pensó  en el santo sinaloense: “Malverde házme que camine y yo te hago una manda”. Volvió a caminar.

Es imposible entonces hablar de Watchavato, un hombre rollizo, de barba pelirroja, que siempre se tapa la cara con una gorra, sin relacionarlo con Jesús Malverde, el santo, en cuya capilla hay fotos de campos de amapola, cientos de placas de agradecimientos de presuntos narcotraficantes y dólares pegados en las paredes. Durante más de 20 años de trabajo como artista urbano, Luis Romero ha tapizado las paredes de Francia, Australia, Italia y Estados Unidos —por nombrar solo algunos países—,  con la cara o nombre del patrono.  Pero para él, la figura de Malverde no tiene que ver con el narcotráfico sino con la familia. Su madre se acercaba al templo como si Malverde fuera su padre. Así que desde niño, él empezó a verlo como algo íntimo, personal. “Es como mi abuelo el vato”, cuenta Watchavato, quien ha salido al mundo como un artista que representa a la narcocultura, aunque en realidad, dice, está cansado de ella.


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Eligio González León cuidó de la capilla de Malverde durante décadas. Le tocó ver a las miles de personas que se acercan cada año al templo frente a las vías del tren, que compran las imágenes del santo, le rezan, le piden que los ayude en causas desesperadas. González fue testigo de un culto con más de un siglo de antigüedad, similar al de San Judas Tadeo, patrono de las causas perdidas. Malverde es visitado día y noche. A las afueras de la capilla se venden todo tipo de souvenirs, incluso placas de Culiacán que han sustituido los tradicionales tomates por la imagen del “santo”, que no es reconocido por la Iglesia católica. Aunque no se ha comprobado si realmente Jesús Malverde vivió,  se dice que fue un peón que robaba a sus patrones para ayudar a los pobres, que se escondía en los sembradíos entre hojas de plátano —de ahí el apodo de  mal verde— y después fue torturado y asesinado por los mismos.

Sus creyentes afirman que cumple todo tipo de milagros. A González le salvó la vida después de un accidente y desde entonces, prometió velar por él. Ahora, su hijo Jesús sigue cumpliendo la manda de su padre y apenas entrar a la capilla, llena de veladoras e imágenes de la virgen de Guadalupe alrededor del busto de un hombre de camisa  blanca, corbata negra y un pelo negro azabache, Jesús ofrece un sobre para quien quiera donar algo al “bandido milagroso”.

 

El vato malverdiano

Cada vez que Watchavato va a Culiacán, pasa a saludar a Malverde. Se considera a sí mismo “malverdiano”. Se sienta frente a él y acaricia su estatua en medio de una capilla sofocante por el calor de las velas, que supera los 37 grados de temperatura en  Culiacán.

Cuando fue salvado por el santo, cuando volvió a caminar, juró que también se lo pagaría, pero no con dinero, sino con difusión. Afuera de la capilla, entre decenas de placas de piedra que rinden los honores de decenas de familias, hay una que dice: “Infinitas gracias”, firmada por él. Así se tituló la serie de obras que llevó al artista culichi a la fama.

Luis Romero también cumplió con su palabra. Llevó a Malverde hasta el otro lado del mundo: a Australia. “Infinitas gracias”, pasó por todo México, Estados Unidos y partes de Europa. El también llamado “santo de los pobres” acabó en miles de billetes de un dólar. Mientras algunos lo criticaban por hacer apología del narcotráfico, por el culto que le rinden muchos traficantes a Malverde, pocos entendieron que se trataba de algo mucho más íntimo y cercano, de un favor personal. Watchavato quería que cada quien lo interpretara a su manera.

“Culiacán me da nostalgia. Me recuerda mi infancia, a mis padres y que todo se acaba, en DF todos me hablaban sólo de narco. Preguntaban: ¿Has visto a un muerto? ¿Cómo suena un cuerno de chivo?”

Y así sucedió con cualquier otro símbolo de la narcocultura. Cuando empezó a pintar las paredes con leyendas del santo o incluso con la imagen de Chalino Sánchez —el mayor cantante de narcocorridos sinaloense,  quien murió asesinado a manos de un cártel de la droga—, el público no sabía de qué se trataba.  Debajo de la imagen sólo  se leía “Vato perrón”. Él explicaba con ironía que se trataba de una obra de arte. “La gente pensaba que había un homenaje en honor a Chalino o que ya se acercaba el 3 de mayo (aniversario de Malverde)”, cuenta el Watchavato, a bordo del coche por el que recorremos el centro de Culiacán.  Algunos sí entendían el mensaje y arrancaban su obra de las paredes, la enmarcaban, y la atesoraban en su casa.

Mientras circulamos por Culiacán, pasamos por varias calles dónde se ve su firma y por aquella pared entre la Obregón y Madero, donde estaba aquel billete enorme con la cara de Malverde. “A mí me duele que lo quiten, pero entiendo el lenguaje de ellos, de los policías”, dice.

Ahora sólo se ve la sombra del grabado de un billete de dólar.

No nació para narco

Luis Romero nació en una familia de artistas, siendo el menor de 10 hermanos. “No había otra cosa qué hacer y ser narco nunca se me dio”, dice entre risas el célebre estencilero al pasar frente a las vías del tren, donde hace unos años cruzó el río junto al graffitero sinaloense Stous, para pintar los vagones del tren durante la noche sin que nadie los viera. En esas noches fuera de la ley, con el deseo de dejar un sello en todo tipo de pared, nació su amor por el arte urbano. Aunque se adentró en el arte desde los seis años, fueron dos de sus hermanas, las que de alguna manera lo guiaron a encontrarse como artista. Una de ellas era cantaora de flamenco y adaptaba a esos tonos versiones de canciones de Chalino Sánchez y Chayito Valdéz; otra de ellas, María,  hacía grandes exposiciones de pintura, pero su obra no tenía el impacto que el quería tener como artista. “Ella preparaba sus exposiciones, montaba su obra y el mero día, la raza iba por los canapés y la bebida. Tengo eso muy grabado y entonces yo siempre pensé:  Quiero que la gente vea mi obra, la respete y sea parte de ella y poco a poco, creciendo, conocí movimientos del street art”.

Luis Romero se fue al Distrito Federal para estudiar Bellas Artes. Admiraba a artistas urbanos como Blek Le Rat —el francés que pinta ratas en las paredes influenciado por el esténcil propagandístico de Mussolini—, mientras llenaba las paredes de la ciudad con stickers.  En aquel momento, cuando pegaba carteles con harina y agua caliente,  Romero todavía no era Watchavato. Pero fue su nostalgia por Culiacán lo que lo convirtió en ese vato, en un representante de la cultura del noroeste, en un artista enamorado de su ciudad y sus habitantes. Watchavato nació por Culiacán. Y en ese Culiacán de los años 80 empezaba a predominar una cultura al narcotráfico.  “Culiacán me da nostalgia. Me recuerda mi infancia, a mis padres y que todo se acaba, pero en DF todos me hablaban sólo de narco. Me preguntaban: ‘¿Has visto a un muerto? ¿Cómo suena un cuerno de chivo?’ Llegó un momento en el que no podía decir que no, que no podía negar que vi que mataran al papá de un amigo  o que a un amiguito de la secundaria no llegara y su mamá nos contara porqué, todo eso era el día a día”, comenta frente a unos tacos tradicionales de carne asada, que apenas prueba porque no puede parar de hablar. Los tacos son una de las cosas que más extraña del norte.

Watchavato se crió en un barrio en el que muchos de los vecinos se dedicaban al tráfico de drogas. “Parecía normal que mataran a Juanito y a Pedrito y todo mundo sabía que lo iban a matar”, dice el todavía representante de la narcocultura. Pero en aquel entonces un narco era diferente. Se les llamaba gomeros y eran personas de campo que los demás respetaban. “Un gomero era como si fuera zapatero. Recuerdo a mi madre decir: ‘Ahí vive el gomero a la vuelta’. No parecía algo malo, como ahora, que vivir junto a un narco es incómodo, es mal visto. Es como saber que algo muy cabrón va a suceder, pero antes no era así”, relata el artista.

El sinaloense empezó a pintar a  personajes como Malverde porque había crecido con ellos. En aquel momento no entendía la relación de la política o del sistema con el narco. Sus paredes llenas de nostalgia hablaban de lo que él veía. Sus letras eran de armas, marihuana, corridos y de todo lo que pasaba en Culiacán. Pero su intención era homenajear a su ciudad. “Lo que yo hacía no era apología, nunca he dicho que esté bien, pero sí soy un vocero o un vato que cuenta historias de su contexto, no lo podía negar”.

Hasta que un día se cansó.

Vato narcochic

Watchavato se recuerda a sí mismo, nervioso, volando en un avión a Francia.  Era el año 2000 y después de tapizar varias ciudades de México con su trabajo, era la primera vez que viajaba al extranjero.

Lo habían llamado para participar en una polémica exposición llamada Narco Chic Narco Choc  —junto con otros artistas sinaloenses como Teresa Margolles y Héctor Falcón—, que al exhibirse  en Francia se le calificó desde México cómo “políticamente incorrecta” por abordar la estética de la narcocultura.

El chico que se apoderaba de grandes formatos para imprimir la cara de Chalino Sánchez y que narraba narcocorridos en esténcil, de repente estaba cruzando el charco para exponer a lo grande.

Watchavato era ese wey que creía que el sistema valía madre y se apoderaba de espacios. Y de repente, yendo a Francia, pensé que todo ese recorrido de haber  pegado stickers había valido la pena, porque ahora había alguien que lo valoraba, y estaba montando una exposición... Sí, me cambió la vida”.

Desde entonces, cada vez que lo llamaban para exponer en el extranjero, el tema siempre tenía que ver con la narcocultura. Tanto, que a esa exposición en Francia, decidió ir vestido de narco. Ahí estaba Luis Romero. Llevaba una camisa blanca de seda con la estampa de la virgen de Guadalupe, un cinturón piteado, un pantalón blanco y unos huaraches que decían “Culiacán, Sinaloa”. Fue un éxito para todos: su galería, la prensa y para las francesas.

 

Adiós a la narcocultura

Hace unos años, cuando la revista Proceso sacó Narcoméxico, un especial de tres números sobre cómo el crimen organizado empezaba a hacerse de todo el país, el graffitero sinaloense aparecía en una de esas ediciones como uno de los máximos exponentes de la narcocultura. Pero en el resto de las páginas se encontró con reportajes sobre asesinatos, descabezados, narcomantas y desaparecidos. “Cuando vi la revista de principio a fin me di cuenta que yo no quería estar ahí y que se pensara que mi trabajo era solamente  eso”, recuerda un Luis Romero  horrorizado.

Si Watchavato comenzó como un expositor de la narcocultura, de Sinaloa, de la nostalgia y de sus raíces, acabó estupefacto por el  crecimiento que había tenido el tráfico de drogas en los últimos años y los estragos que esto ocasionaba en el país.

“Cuando vengo acá (a Sinaloa) es el tema que menos quiero tocar, pero cuando estoy lejos es lo que más.  Quiero estar lejos de esas cosas... Tuvo que ver con ese cambio, el auge de la violencia, del gomero aquel a lo que es ahora.

“Yo recuerdo a Culiacán como un rancho. Ahora que vengo veo otra cosa, una prepotencia, ahora te pones nervioso, te asustas, tienes esa incomodidad de no querer estar ahí porque llegaron esos vatos”.

El artista, que se vestía de narco unos años atrás, renunció por completo a la narcocultura.

Amor de lejos, adiós a la rebelión

“Quiero estar lejos de esas cosas... Tuvo que ver con ese cambio, el auge de la violencia [...] Yo recuerdo a Culiacán como un rancho. Ahora que vengo veo otra cosa: prepotencia, te pones nervioso, te asustas, no quieres estar ahí, porque llegaron esos vatos

En las calles de Culiacán hay decenas de stickers que dicen “See you soon”, firmadas por Watchavato. Se las dedicó a una ex novia, en la que dejó de pensar el día que se la encontró con otro chico. Su arte siempre fue una forma de catarsis, de enviar mensajes y de intercambiar emociones con el público.

Cuando renunció a la narcocultura, le dedicó una serie a sus amigos. Luis Romero vivió el Culiacán en que la gente se convertía en narco o se iba a Estados Unidos.

Él nunca se fue. Pero vio volver a todos sus amigos convertidos en cholos o pandilleros, que hablaban splanglish. Al verlos regresar a Culiacán, encontró la manera de dejar de lado la parte que trabaja sobre narcocultura y se centró en una nueva serie: “Mi clica es primero”, en la cual hacía un homenaje a esos hombres migrantes que habían regresado a México transformados. Los pintó de pies a cabeza, habla de ellos y dice sus nombres, los pintó por todo Culiacán y los llevó hasta Tijuana. No quería exponer esta serie en la Ciudad de México  porque era una serie que iba al norte. Tenía que subir. 

Pero llegó un momento en el que su arte se volvió como aquella novia que quieres demasiado pero de la que tienes que alejarte.

“De tanto haberlo hecho, lo entiendes tanto y lo reconoces, que pierdes el sentido, el cariño. Creo que vino de la mano de mi ruptura, hace tres años, y detonó con muchas cosas.  Se me abrieron bastante los ojos y empecé a analizar mi trabajo”, explica el artista.

La reflexión lo llevó a pensar: “Esto no es street art”. Y así tituló su siguiente exposición.  A sus 43 años, nació un Watchavato crítico consigo mismo, que ya no encajaba en las corrientes urbanas actuales, en las que un artista se cuelga de una grúa de dos metros y pasa horas pintando un graffiti en una pared. “Para mí eso ya no es street art, es un muralismo en gran formato, una nueva corriente de muralismo. Yo no entro en esa movida, pero lo hacen muy bien”.

Watchavato empezó a pintar las paredes con lo que no consideraba arte. Empezó con una serie sobre esto no es esto.  Escribía: “This is not a good graffiti” en un muro limpio con una tipografía perfecta y estilística. Entró en una etapa de cambio.

“Nunca me quise casar, ni tuve hijos y ahora podría casarme y tener dos hijos”, apunta sonriente, irónico, sobre como cambian las cosas con el tiempo. En los últimos años, se ha convertido en un hombre nada conformista.

Miró a sus obras pasadas con vergüenza. Recuerda una pared en la que escribió: “No hay amor más puro y verdadero que el de este estencilero”. Ahora ve ese trabajo y piensa que “ese vato ya no existe”.

El street art se convirtió en una forma de nostalgia: “Extrañaré siempre el arte urbano como un movimiento de rebelión”, sentencia con un taco en la mano.  Su última obra, expuesta hace unos días en Los Ángeles, es un papel blanco, enmarcado, en negro, firmado y sellado con una máquina láser de lado a lado, en la que sobresale la frase: “This is not a good idea”.